La última llamada

La última guardia

Desde que amaneció, a Lucía le rondaba por la cabeza una corazonada extraña, de esas que, como el gazpacho recalentado, presagian que algo malo está por pasar.

Intentó tranquilizarse llamando corriendo a su madre, pero Rosario Jiménez la recibió al teléfono con ese humor que solo tienen las madres andaluzas despejando cualquier sospecha:

¡Uy, hija, estoy como un roble! Ni dolores ni nada ¿Por qué preguntas?

Por nada, mamá, solo por si acaso Venga, que me tengo que ir a trabajar. Si pasa cualquier cosa, me llamas.

Que sí, que sí.

Después de colgar, Lucía pensó que ya podía relajarse. Pero nada, ni pizca. La inquietud persistía y el mal fario se le agarraba al estómago como la fabada de la noche anterior.

¿A qué venía esa sensación? No había razón aparente para estar tan nerviosa Aunque claro, con su trabajo, uno nunca sabe. Y encima era lunes. El lunes, como bien saben los españoles, es el peor invento después de la tortilla sin cebolla.

Apuró el café deseando que supiera a calma más que a espresso, miró el reloj (las seis y media, ni los metros habían despertado), se vistió a toda prisa, metió algo para picar en la mochila y salió dirección a su puesto.

*****

En la base de ambulancias, Lucía se cruzó con Javier, el conductor con el que ese día le tocaba recorrer medio Madrid. Javier la saludó efusivamente con la mano, a lo que Lucía solo respondió con un asentimiento más bien tirando a lunes.

¿Pero tía, qué cara traes hoy? le dijo Javier con esa eterna sonrisa, encendiéndose un cigarro. ¿Te ha pasado algo?

No, Javi. Todavía nada. Pero tengo el palpito de que hoy va a pasar algo musitó muy seria.

¡No me agafes la mañana, por dios! ¿No habrás dormido bien o qué?

Lucía no soltó palabra.

Alzó la vista apenas. El cielo plomizo, lleno de nubes barrigonas. Mismo color que los lunes en Madrid: entre gris tormenta y gris Renfe de cercanías.

¿Y si es solo la lluvia?, pensó Lucía. Desde niña la detesto, así que igual no es un mal presentimiento, sino la falta de sol.

Casi se rió. Un mini-alegrón de haber encontrado el origen de los males.

Le duró el consuelo lo que un caramelo a la puerta de un colegio.

¡Suerte en la guardia, compañeros! gritó una chica que pasaba corriendo, recién llegada al equipo.

Javier se atragantó con el humo, luego, recobrando el habla, le mostró el puño en broma. La chica se le quedó mirando como si acabara de invocar una maldición gitana.

¡Ay, perdón! No me acordabadijo ella, roja como un tomate.

Cultura de base: nunca, jamás desees buena guardia al que entra de turno en urgencias en España. Trae más mala suerte que cruzarse con trece gatos negros juntos.

Ahora sí que va a pasar algo, segurosusurró Lucía, sintiendo un escalofrío de esos que ni el orujo cura.

¡Menudo gafe, hija! rezongó Javier tirando su cigarrillo en la papelera.

*****

Lucía se mordía el labio cada vez que la central mandaba un nuevo aviso por la tablet: dirección, causa

Varón, 35 años, cefalea intensa. Se le traba la lengua. Sospecha de ictusavisaba la operadora por el altavoz.

Lo que me faltaba… pensaba Lucía. En las ambulancias hay que estar preparado para todo, pero ella sentía cada caso como propio. Y los de posible muerte, ni te cuento.

Pero, por suerte, al llegar descubrió que al paciente solo le trababa la lengua la resaca de la fiesta de anoche. Salvaje cumpleaños, al parecer. Le dio una pastilla y el típico consejo de madre:

¿Y si me bebo una caña, me alivia? preguntó él, sujetándose la cabeza.

¡Ni se te ocurra! Eso es pan para hoy y hambre para mañana. Si quieres llegar a viejo, deja el alcohol.

Al salir, Lucía soltó un suspiro. A ver si Javi tiene razón y esto del presentimiento es solo agotamiento profesional, pensó.

Empezaba a tranquilizarse cuando la central les mandó directos al cementerio.

¿¿Al cementerio?? preguntó Javier, ojiplático.

Sí, hombremurmuró Lucía, encogida sobre su tablet.

Hoy daban sepultura a un artista local famosísimo (o eso decían; Lucía jamás había oído su nombre). La mitad de Lavapiés parecía estar allí: jóvenes, viejos, todos llorosos o serios con un clavel en la mano. Lucía rezaba interiormente para que no ocurriera una tragedia entre las lápidas. Y nada, ni un desmayo.

Después, vinieron avisos normales: caídas, fiebre, lumbago. Cosas molde lunes.

Así pasaron casi doce horas y la jornada iba acabando. Solo faltaban diez minutos para volver a la base y Lucía soñaba con una ducha, la cama y el cielo de Madrid, aunque estuviese gris.

Por si acaso, volvió a llamar a su madre:

Todo bien, hija le contestó Rosario. Me hago la cena y luego me veo las noticias.

¿Qué tal tu madre? preguntó Javi cuando Lucía guardó el móvil.

Perfectamente.

¿Ves? ¡Si no ha pasado nada grave! ¡Y tú dale que te pego todo el día con el mal presentimiento!

Pero oye, es que sigo sintiéndolo. No sé explicarlo tengo la mosca detrás de la oreja.

¿Y si te buscas una mascota? Relajan mucho, te lo aseguro.

¿En serio?

Hombre Yo tengo a Gato, que me ronronea cada noche cuando llego. Se me quitan todas las penas.

Con mi horario no me cuadra ni una tortuga Yo vivo sola, Javi; aunque quisiera, no podría cuidar de nadie.

Pero antes de seguir el debate, la tablet zumbó: la última llamada de la jornada.

Lucía, lo siento, pero aún te queda un aviso. Calle Machado, 23. ¿Piso un momento?

¿El 4º B?

Sí, justo, ¿cómo lo sabes? sorprendida la operadora.

Allí vive Don Ignacio González. Voy tanto que ya parece que le voy de visita. Se habrá quejado otra vez del corazón, ¿verdad?

Hubo un silencio triste al otro lado.

Falleció, Lucía. Por la mañana, seguramente. Ya está la policía, pero necesitamos tu presencia, ya sabes por qué

Ya respondió Lucía, como si hablara desde un sitio muy lejano.

Dejó la tablet con cuidado, las manos heladas, y miró a Javier, que solo le dio una mirada de esos de amigo: que no se dicen, pero se sienten.

Qué pena Don Ignacio. Era buen hombre, según me contabas. Pero tú no tienes culpa, Lucía. Él no quiso ir al hospital, ni pasaba por la consulta. ¿Lo tienes claro?

Lucía se recostó, cerró los ojos y se dejó llevar por los recuerdos.

*****

Conoció a Don Ignacio hace mes y medio. Él mismo llamó a la ambulancia por un dolor fuerte en el pecho.

Tiene la puerta abierta. Puede pasar directamente dijo la operadora.

De acuerdo.

Nada más cruzar el recibidor, un cachorrillo le salió al paso. Más pequeño que una barra de pan. Primero ladró, luego corrió a esconderse detrás de su dueño.

Me lo encontré en la calle sonrió Don Ignacio. Y ahora no hay quien lo separe de mí.

Precioso cachorro. Ojalá pudiera tener uno yo.

¿Y por qué no?

Problemas de turnos, ya sabe Pero a lo que vamos, usted ¿cómo anda de salud?

Don Ignacio contó su historia. Problemas de corazón desde la muerte de su esposa, mal controlados en el centro de salud, por lo que ya ni iba. Prefería el remedio casero: pastillas de farmacia y rezar.

Eso no es tratamiento, Don Ignacio. Hágase un electro.

La prueba confirmó riesgos serios, pero no hubo manera de convencerle para ingresar.

Y al pequeño Lucas, ¿quién lo cuida? Mejor algo para el dolor, doctora.

Eso solo tapa el problema. Le recomendaría ir al hospital

Ya han venido otros compañeros vuestros, siempre igual. Pero yo, a hospital, ni en sueños. Puedo firmarle el rechazo si hace falta.

No hubo forma. Nunca. Ni las siguientes veces, porque Lucía era siempre la que respondía a sus llamadas casi semanales.

Antes se me pasaba rápido. Ahora cada vez peor.

Es que sin tratamiento lo suyo va empeorando, Don Ignacio. Seamos sensatos

Es que si me pasa algo, al menos la vecina ha prometido cuidar de Lucas. Incluso le enseñé dónde guardo los ahorros para la comida.

¿Dinero?

Sí, para que no pase hambre, pobre. La gente a veces no adopta por falta de perras

Un tío de los buenos.

Regresar allí ahora, sabiendo que no podrá charlar más con él, le daba un pellizco terrible. Porque sí, esta vez el último aviso era realmente el último.

Y, por mucho que Javier insistiera, Lucía sentía ese poco de culpa. Debí convencerle para ir al hospital. Debí

Lucía, ya hemos llegado.

¿Eh? sintió la mano de Javier en el hombro.

Eso, que hemos aparcado.

Lucía, con piernas de flan, subió al tercer piso. En la puerta estaban ya el policía de barrio y la vecina, Doña Carmen, con la que también había coincidido en una de esas urgencias.

La escenita no se la quitaba de la cabeza: la vez que Don Ignacio se desmayó en la calle, cachorro en brazos, y Carmen llamó a la ambulancia.

Buenas tardes, Lucía.

Hola, Doña Carmen. ¿Fue usted quien llamó a la policía?

Sí, claro. Nadie más lo iba a hacer. El perrito no paraba de ladrar desde primera hora y me extrañó que Ignacio no saliera a pasear, como siempre. Pero pensé: ya tendrá un mal día.

¿Y luego?

Me fui a la huerta y al volver, el perro seguía ladrando. Llamé a la poli, vinieron con el cerrajero y se le nublaron los ojos, señalando la habitación.

Entiendo. Gracias.

Lucía entró, miró a Don Ignacio durante largo rato, peleando con las lágrimas. Rellenó el parte, firmó. Y entonces se acordó de lo esencial: el cachorro.

Rebuscó por toda la casa, la cocina, el baño, incluso el balcón.

¿Busca algo? preguntó el policía, curioso.

Debería haber un cachorro aquí, y no lo veo por ningún lado. ¿Ha visto uno?

¿Uno pequeñito, oscuro? Sí, aquí andaba, ladrando como loco. Pero creo que la vecina se lo llevó.

¡Gracias a Dios!, suspiró Lucía.

Temía que hubieran echado al cachorro a la calle y eso Don Ignacio nunca lo habría soportado.

Despidió al policía y fue a ver a Doña Carmen, que ya había desaparecido.

¿Lucía? se extrañó Carmen al abrir la puerta. ¿Ha pasado algo?

Solo quería agradecerle que haya acogido a Lucas. ¿Cómo está? ¿Muy triste?

¿Quién está triste?

Lucas el perrito. ¿Lo tiene usted, verdad?

¡Ah! El bicho Sí, bueno, me lo llevé, pero solo para bajarlo a la calle un rato. No quiero perros en casa, yo bastante tengo con mis propios líos y esos ladridos

¿Le soltó en la calle?

¡No le eché, simplemente le abrí la puerta para que corriera! Yo bastante hice con aguantarle el ladrido toda la mañana Además, Ignacio me prometió lo de los ahorros y yo no sé nada de eso.

Pero él me dijo que usted

Mira, Lucía, ahora no puedo hablar. Perros, si quieren vivir, aprenderán. Alguien buena gente lo recogerá.

*****

Lucía bajó las escaleras a todo correr y salió a la calle. Ya llovía, y no de ese chispeo tímido, sino de goterones madrileños.

Lucía, ¿por qué te mojas? ¡Vente a la furgoneta! le gritó Javier.

Dejó el maletín en el asiento y cerró la puerta tras ella.

¿Y ahora qué te pasa? Javier salió desconcertado.

Mira, Javi, vete tú a la base, yo tengo que encontrar al cachorro.

¿Qué cachorro? Explícate, anda.

Le contó rápido lo ocurrido mientras Javier encendía otro cigarro, mordiéndose la lengua.

No habrá ido lejos. Está por aquí, seguro. Tú vete, yo me apaño sola.

Javier tiró el cigarro al suelo y lo pisó como si acabara de aplastar el gafe de la jornada.

Ni de broma te dejo aquí. Además, va a anochecer. Buscamos juntos a tu perrillo.

¿Pero la ambulancia?

Que no se enteren, mujer. Total, peor sería que te pasara algo sola.

Ambos peinaron el barrio diez minutos, bajo el aguacero. Hasta el policía de turno, al salir del portal, se unió a la expedición.

¡Lo he encontrado! gritó Javier, triunfante junto a un banco. Lucía corrió allí.

Bajo el banco, encogido, estaba Lucas, gruñendo como si acabase de ver a la bruja de los caramelos.

¡Lucas, chiquitín! Lucía soltó un llantito, o eso parecía; con tanta agua ya daba igual distinguir. ¿Te acuerdas de mí?

Lucas, que la había visto mil veces y alguna le había robado media croqueta, olfateó, gimoteó y se acercó, reconociendo por fin alguna mirada buena en el lunes de perros que se marcaba el día.

Lo sé, pequeño, lo sé Ignacio ya no está Ahora somos tú y yo.

Javier se giró para secarse los ojos que los hombres españoles no lloran, pero sí, y el policía miró al cielo, no fuera a pillarle alguien sensible.

Yo no podré ser tu dueño como él, Lucas, pero lo voy a intentar. ¿Te vienes?

Y Lucas, que era perro pero no tonto, se fue con Lucía. Porque sabía distinguir a quien tenía buen corazón y porque también detestaba la lluvia.

*****

Al principio, Lucía temía no poder con el cachorro. Pero ahí estaba Rosario, al quite.

En sus turnos, la madre alimentaba, paseaba y hasta le hablaba a Lucas. Los días libres, los tres juntos al parque, tomando el sol y alguna vez unas tapas.

Nunca se arrepintió Lucía de adoptar a ese cachorro huérfano que nadie quería, porque ahora su piso sonaba a vida y hasta comprendía mejor a Don Ignacio. Como médica no aprobaba que él evitara el hospital, pero como persona, lo entendía.

Y, al cabo del tiempo, la familia creció.

El mismo policía de barrio, ese gallego risueño llamado Andrés, acabó viniendo a casa con flores. Lucas lo olfateó, lo juzgó ytras un ladrido de bienvenidale dejó entrar.

A Lucía, por fin, la visitaba esa felicidad que tanto había esperado. Y sí, el presentimiento era real solo que el futuro era mucho mejor de lo que ella había imaginado.

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