No hay escape
¿Señora Margarita, no me reconoce? Soy yo, Paco… su único sobrino.
¿Paco?
Durante unos segundos, mi tía respiró con dificultad.
¡Ay, por Dios! Pensé que ya habrías estirado la pata o que estarías entre rejas. No llamas, no escribes jamás…
*****
¿Por qué justo ahora?, pensaba yo, Paco, sentado frente al portátil y escuchando cómo el taladro de al lado perforaba las entrañas de mi paciencia. Oírlo, lo que se dice oírlo, no quería, pero ni las manos sobre las orejas, ni los cascos, ni esconderme bajo la almohada servían de nada.
Inútil todo.
Cada impacto del taladro venía acompañado de ese chillido metálico insoportable, como si no estuviera en mi piso, sino en plena obra de la Gran Vía de Madrid.
¿Pero cuándo va a parar esto? ¿Hasta cuándo nos van a torturar así?
Se me antojaba cruzar el pasillo corriendo, salir al descansillo, derribar la puerta metálica de una patada y arrebatarle a mi vecino su odioso taladro.
Pero esas son fantasías locas o, en el mejor de los casos, material para una nueva novela.
La realidad es que mi vecino, Víctor, ex legionario, y mucho más grande que una cama matrimonial, sería capaz de utilizar ese mismo taladro conmigo como arma contundente.
Por eso, resignación y paciencia.
Podría soportarlo, si no fuera por una circunstancia…
El director de una importante editorial, al parecer tras leer mi anterior novela sobre un asesinato misterioso en un pequeño pueblo ficticio de Castilla, se puso en contacto conmigo y me ofreció un contrato.
Un contrato jugoso. Me prometió una buena suma de euros.
¡Acepto! exclamé lleno de ilusión.
Perfecto, pero hay una condición: la novela debe estar lista en tres meses me soltó el editor.
Por supuesto, ni lo dude.
Como siempre: digo que sí, luego ya pensaré. Y claro, acepté sin tener ni idea de qué escribiría.
Era obvio que debía ser un thriller de esos que te enganchan, pero para hacerlo bien había que encontrar la idea clave, construir una trama sólida y desarrollar personajes interesantes. Y lo más importante: idear el crimen central.
Y los crímenes de novela, ay, no aparecen así como así. Exigen darle bien a la cabeza. Revisarlas todas.
La última vez me costó medio año solo encontrar el punto de partida. Pero entonces no tenía plazo. Ahora sí: tres meses. Nada más.
Justo ahora los vecinos deciden reformar Y entre el ruido del taladro en mi azotea, solo me venían a la cabeza pensamientos de muerte.
Le pregunté a Víctor, aprovechando que fumaba en el balcón, cuánto tiempo pensaba seguir con las obras.
Pues tres meses, por ahí. ¿Te molesto o qué?
No, nada, sólo por curiosidad… balbuceé, y me retiré cerrando bien la puerta de la terraza.
Supe entonces que si me quedaba en casa, la novela no saldría jamás. Tocaba huir. Pero ¿a dónde?
Eché cuentas para un hotel y descarté: demasiado caro.
Alquilar otro piso era mejor opción, pero igualmente un gasto. Y… ¿qué garantía tenía de que allí no ocurriría lo mismo? Quizá en la nueva casa el vecino celebre el nacimiento de un hijo durante un mes o una niña aprenda a tocar piano a todas horas.
No, alquilar es mucho riesgo. Podría salir más caro que el hotel si tengo que mudarme cada semana.
Algo retumbó en la pared de al lado y, del susto, me olvidé de que estaba sentado sobre la cama, justo bajo una balda llena de mis libros.
Mientras me frotaba la cabeza dolorida, recordé a mi tía, Margarita Ortiz.
Nuestra relación era tibia: ni buena ni mala; probablemente ninguna. La última vez que la vi fue en el entierro de mi madre. Siete años atrás.
Ya es raro, pero todavía recordaba su número. Se me olvidaba el mío propio, pero el suyo no. Tras el golpe, el número apareció claro en mi memoria.
Sería pecado no aprovechar esa señal.
¡Diga! reconocí su voz al instante. Me alegré de que aún estuviera viva.
Hola, Margarita, soy Paco.
¿Paco Paco el fontanero? Mira que pensé que te había liquidado ya lo del grifo, ¿no? ¿O te dejé a deber algo?
No, Margarita, soy yo Paco. Su único sobrino.
¿Paquito?
Tras unos segundos, suspiró profundamente.
¡Ay, que pensé que ya habías pasado a mejor vida o que te habían encerrado! No das señales…
Sigo vivo. Es que el trabajo no me deja ni un momento para llamar me excusé.
¿Trabajando día y noche siete años? ¿Seguro que no te explotan o qué?
No, hombre. Es que soy escritor. Novelas, sobre todo policiacas, porque se venden bien.
¿Y para eso estudiaste física? ¡Con lo que tu madre y yo gastamos en tus matrículas!…
Uno se da cuenta tarde de lo que realmente quiere, tía. Pero, mire, le llamo por algo…
Ajá, que no era solo por saber cómo estoy, ¿verdad? Seguro que necesitas algo…
Bueno, sí Quería pedirle un favor.
¿Dinero?
No, su casa de campo.
¿Quééé? ¿Quieres quedarte con mi casa de campo? Vaya morro tienes, paco, ¡te has dado un golpe en la cabeza, seguro!
¿Cómo lo sabe? solté, aún frotando el chichón. ¡No me refiero a quedármela, tía! Solo quiero quedarme un tiempo, para escribir en paz…
Pues mira, justo estoy vendiéndola. Bueno, la está llevando una inmobiliaria.
¿Puede esperar un poco? Solo tres meses…
Veré. Pero, dime, ¿para qué la necesitas? Si es para llevar señoritas, te advierto: ¡NO! Ni se te ocurra.
¿Qué dice, mujer? Ni que yo tuviera novia ¡No tengo ni mujer!
Le conté la verdad y hasta le puse el altavoz para que oyera el taladro infernal.
¿Lo oye, tía? No estoy mintiendo. ¡Écheme una mano!
Al final, se conmovió y me permitió alojarme tres meses, pero con una condición: debía dejar el terreno presentable para la venta.
¡Hecho! acepté. Mándeme el contacto del agente.
Lo que no sé es cuándo iba a encargarme de limpiar si apenas tenía tiempo. Esperaba poder terminar la novela antes y dedicarme luego a la faena.
*****
Creí que lo tenía todo bajo control. Fin del verano, todos los vecinos del campo regresados a Madrid.
Iba a estar solo en el chalecito. El buen tiempo le añadía encanto incluso aunque no hubiera grandes comodidades.
Me deslicé resolutivo entre los hierbajos hasta que una voz ronca sonó inesperada:
¡Quieto! ¿Quién anda ahí?
Me quedé clavado.
Te hago una pregunta, ¿por qué callas? volvió la voz.
Soy Paco.
¿Y qué haces aquí?
Venía de invitado.
¿A quién? No vive nadie por aquí desde hace años. ¿Será que vienes a robar?
Es la casa de mi tía, Margarita Ortiz. Me ha dejado alojarme tres meses. Se lo juro.
Acércate a la valla.
¿Cuál? ¿Izquierda o derecha? pregunté, desorientado.
A la izquierda.
Me acerqué donde indicó y allí vi al vecino: un señor mayor con un enorme perro de mirada hambrienta que prometía pesadillas.
El hombre, eso sí, era más hablador que el noticiero. Se presentó como Inocencio.
Convencido de mi identidad, empezó a contarme hasta la vida de las tomateras. Supuse que la soledad le hacía hablantín.
Mira, Paco, yo vivo aquí ya siete años. Les di el piso a los hijos y me vine para acá. Luego el Fiel me adoptó. Ya somos inseparables.
Ajá… dije, mirando de reojo al perro. Él no me quitaba la vista de encima tampoco.
Y vigilo las casas del resto. Hay quien deja neveras, microondas, televisores… Cobro una miseria, pero algo es algo. ¿Así que tú, tres mesecitos y a escribir, eh?
Eso es, solo tres meses. Aquí necesito silencio, que en la ciudad no lo tengo.
Pues aquí, salvo tú, yo y Fiel, nadie queda. Tranquilidad total.
*****
Tras despedirme de Inocencio, descargué los bultos: comida, portátil, microondas. Frigorífico, por suerte, había. Televisión, ni falta me hacía allí.
Eché un vistazo al jardín y suspiré profundamente.
Habrá que dejar esto decente, que son tres meses aquí. Encima, el vecino tiene el suyo impecable
Me pasé cuatro días limpiando. Para el quinto ya no quedaba ni un yuyo.
Toda esa maleza la apilé en el fondo. Por si se puede hacer compost, me justificaba.
Fiel me vigilaba en silencio. Un silencio que, sinceramente, acojonaba.
Menos mal que la valla metálica era alta. Sólo el verla me tranquilizaba los nervios mejor que cualquier valeriana. Sin ella, ya estaría canoso del susto.
Bueno, ya va siendo hora de ponerme con la novela me animé al fin abriendo el portátil.
Tenía tiempo de sobra y, además, ni gallos al amanecer, ni coches, ni taladros. Una paz absoluta. Pero la alegría me duró un suspiro.
Apenas pulsaba la primera tecla, Fiel rompía el silencio ladrando como un descosido en la parcela de al lado.
¿Pero qué le pasaba? Pensé. Los días anteriores, ni mu. Y ahora, ladridos a todo volumen. ¡Peor que el taladro de Víctor en Madrid!
Además, cada vez que yo salía al jardín, Fiel callaba y movía la cola. Pero yo volvía adentro, y vuelta a ladrar.
¡Será posible! ¿Esto es una broma?
Le pregunté a Inocencio y él solo se encogió de hombros.
Lo ató a la cadena pero el perro ladraba el doble.
Así continuamos. Yo, incapaz de escribir nada, pues sólo tenía el eco del ladrido dentro del cráneo.
Habría jurado que podría lanzarme encima del perro y callarlo de un guantazo, igual que hacía en mis fantasías, o en alguna novela.
En la realidad, ni loco me acercaba a menos de tres metros
¿Y qué hago? me pregunté. Debería irme. Pero, ¿a dónde? A ninguna parte. Una semana y ni una línea escrita.
El estrés me bloqueaba. Daba igual el tiempo frente a la pantalla: la hoja seguía en blanco.
Acababa deambular sin rumbo por el terreno y vaciando la nevera.
Inocencio, ¿por qué su perro solo ladra cuando entro a la casa?
¡Yo qué sé! Pero debe de ser que le caes bien.
Pues yo no puedo decir lo mismo…
Lo irás queriendo. Mucha gente decía lo mismo y ahora sus perros son su familia.
Seguro que no todos. Fíjese que a Fiel alguien lo debió abandonar antes de encontrarlo usted.
Esos no son personas, hijo. No lo son.
*****
La tarde de ese día, llegó una ambulancia al terreno de al lado. Desde el baño, por una rendija, presencié cómo sacaban a Inocencio en camilla.
Le oí decir, jadeando:
¿Y quién va a cuidar las casas? ¿Quién le va a echar pienso a Fiel? Si se queda solo, no sobrevive
Tranquilo, señor. Le cuidarán en el hospital y volverá pronto. Ahora tenemos que llevarle le consoló el sanitario.
Esa noche no dormí. Oí a Fiel aullar a la luna hasta el amanecer.
Al día siguiente, y el siguiente, la misma historia. Hasta que vino la Guardia Civil.
Entró al terreno, revisó la casa, la precintó y cuando salía, le abordé:
Perdone, ¿qué ha pasado?
¿Y usted, quién es?
Vivo aquí, temporalmente…
Le conté lo mismo que a Inocencio, pasaporte incluido, y el teléfono de mi tía. Y él me confirmó la fatal noticia.
Ha muerto tu vecino. Infarto.
Qué pena Era un buen hombre. ¿Y el perro? ¿Se le va a dejar aquí solo?
No lo sé. Si quieres, adóptalo. Si no, suéltalo. Ya se buscará la vida.
“Fácil decirlo…”, pensaba, mirando al hambriento Fiel atado a la cadena.
¿Tienes hambre, verdad? me salió del alma. ¡Claro que tenía hambre!
Le tiré un trozo de chorizo por encima de la valla, pero mi puntería sigue fatal se quedó lejos. Fiel por más que intentaba, no alcanzaba por la cadena.
Probé dos veces más, igual de inútil.
Resoplando, crucé al terreno y, temblando, me acerqué a soltarle la pieza de embutido.
Fiel se la tragó sin miramientos, igual con el siguiente bocado. Me armé de valor, le liberé de la cadena y, a los dos segundos, se abalanzó sobre mí para llenarme la cara de lametones.
¡Aaah! grité.
Pero nadie me oyó; estábamos solos.
Pensé en soltarlo para que se fuera a buscarse la vida, pero Fiel no se movió de mí. Me seguía a la zaga como una sombra.
Bueno, ¿qué quieres, que te quede aquí para siempre?
¡Guau!
Mira… esto es de mi tía y aquí no se pueden traer bichos. Además, estoy de paso. Y dentro de nada, ni eso, porque no voy a entregar la novela a tiempo gracias a ti.
¡Guau!
Eso, eso. Por tus ladridos y tus aullidos noches enteras, no he escrito ni un párrafo le reñía.
Aunque de nada servía. A Fiel no le importaban mis quejas y parecía decidido: Ahora tú eres mi dueño y punto.
Tuve que rendirme.
Para mi sorpresa, ya no ladró más, ni me interrumpió. Pero lo peor es que la inspiración seguía sin aparecer.
Me había desacostumbrado tanto al silencio, que ahora el cerebro estaba bloqueado.
Hasta me pesó haber dejado Madrid. Igual, con las emociones que me suscitaba el taladro de Víctor, hubiese escrito una novela buenísima sobre un ex legionario asesinado con un taladro…
Total, que me dediqué a cualquier cosa menos escribir. Un día, arrastré la caseta del perro al jardín y le puse una puerta con barrotes (soldada a base de apañársela uno mismo). Amigos: Fiel se comía toda mi comida del jardín cada vez que daba la espalda.
Colocaba la mesa fuera (el tiempo era una delicia), iba a por la tetera, y ¡zas!, los platos ya vacíos.
¡Eso no se hace, bribón!
Pero Fiel me miraba contrito y no podía enfadarme.
Así que traje la caseta. Mano de santo, pensé. Dejé al perro dentro, cerré el pestillo, fui a por el té y
¡No puede ser!
Otra vez los platos limpios.
Miré dentro, el pestillo intacto. Poltergeist, pensé.
Al día siguiente resolví el misterio. Observando desde la ventana, vi aparecer un gato gris, que saltó en la caseta, abrió el pestillo con la pata, yen equipoambos se lanzaron a zamparse todo.
Después, el perro volvió al cubil y el gato cerró la puerta.
Esto ya roza el surrealismo
Decidí no cerrar más a Fiel. Comíamos juntos, el uno bajo la mesa, y el gato, al que apodé Atrevido, se unía al festín.
En señal de gratitud, Atrevido cazó todos los ratones de la casa y me los dejó, ordenados, al pie de mi cama.
Debieron de oír mis maldiciones hasta en Aranjuez aquel domingo.
Recapitulemos musité sorbiendo el té: Dos semanas y ni una palabra. Ni argumento, ni personajes, ni nada. Pero sí tengo perro y gato que alimentar. ¿Con qué lo haré?, pensé al ver el frigorífico vacío.
Tocaba ir a la ciudad a comprar. Planeaba ir solo, pero Fiel y Atrevido tenían otros planes. Saltaron al coche antes que yo.
La excursión, incluyendo compras y pausas para que los amigos hicieran sus necesidades (y de paso espantaran gorriones), ocupó más de tres horas. Con ellos, no existen planes posibles; lo que ellos deciden, así es. A veces me daban ganas de largarme, pero ¿a dónde? No tenía salida…
*****
Tras la cena, me convencí de que al día siguiente llamaría al editor para cancelar el contrato y empezar a recoger.
Pero el destino tenía otros designios.
Al anochecer, mientras apuraba el tercer vaso de té, oí a pocos metros el motor de una furgoneta. Por el ruido, no era turismo.
Me pareció extraño. Llamé a la Guardia Civil para informar.
Me dijeron estarían atentos y que vendrían en breve.
Vi como una furgoneta se paraba junto a la casa de Inocencio. Yo estaba en el baño sin luz (la bombilla fundida). Desde ahí, vi cómo dos tipos entraban al domicilio, revolviéndolo todo.
Esa actitud no dejaba lugar a dudas: eran ladrones.
¿Qué hacer? ¿Esperar a la Guardia Civil? Podían largarse en minutos…
Lo mejor era actuar ya, pensé, tanteando el papel higiénico en la penumbra.
Salí, pedí a Fiel y Atrevido que se quedaran fuera y fui hacia la furgoneta.
Vi montones de electrodomésticos en el maletero: frigoríficos, microondas, televisores, incluso una consola de videojuegos. Vaya gustos.
De pronto, los ladrones salieron.
Me resultaban extrañamente familiares, aunque no caía de dónde.
Oye, buen botín, ¿eh? dijo uno.
Sí, y este viejo aún tenía medallitas que podremos revender.
Entonces me vieron.
¿Tú quién eres?
¡Guardia Civil! improvisé, repitiendo como en las pelis. ¡Estáis detenidos, manos arriba y espalda contra la pared!
El de la tele palideció.
Pero el otro…
¡Que no es ningún guardia! ¡Seguro que es el vecino escritor del que hablaba el viejo!
¡Ah, cierto! rió su compinche.
Jamás he sabido pelear, así que ya me veía muerto.
Pero justo cuando venían hacia mí, de la oscuridad surgieron mis fieras. Atrevido saltó a la cabeza de uno y empezó a amasarle el cráneo con las uñas mientras Fiel tiraba al otro al suelo, gruñendo y dejándole la cara babeada.
¡Aaaah! gritó uno.
“Chilla lo que quieras, nadie va a escucharte”, sonreí.
Atrevido también dejó KO al compinche con su masaje felino.
Entre tanto, até como pude las manos de uno con la cadena del perro. Una solución improvisada…
En unos minutos llegó la Guardia Civil, cambiando la cadena por esposas y felicitándome:
¡Buen trabajo, Paco! Has atrapado a estos dos tú solo.
No solo, jefe señalé a mis aliados animales. Dos amigos me ayudaron.
Conocí a menos leales, te lo digo. Cuídalos siempre…
“Ya no podría soltarlos ni queriendo”, pensé.
¿Quiénes son esos tipos? Me suenan…
Son los de la ambulancia Llevaban tiempo robando por aquí. Yo llevaba medio año persiguiéndolos y tú en una noche me los sirves en bandeja.
Cuando todo pasó, corrí a casa: de pronto tenía la mejor idea para mi novela.
*****
Dos meses y medio más tarde entregué el manuscrito al editor, que devoró la historia de un tirón.
¡Madre mía, Paco! ¡Esto es un bestseller! Lo vamos a petar. El dinero te llegará tras publicar y tendrás un buen porcentaje.
Con lo que me pagaron, vendí mi piso en Madrid y compré la finca de mi tía.
Luego, adquirí el terreno de Inocencio y los junté.
Construí una casa nueva con baño dentro y calefacción decente.
Así pasé a vivir allí, con Fiel y Atrevido. ¿Por qué no?
Silencio y felicidad, rodeados de campo y lo mejor: junto a mis mejores amigos.
Por el día, trabajaba en mis novelas; por la tarde, recorríamos los alrededores para vigilar que todo estuviera en orden.
Agradecía la suerte, y a Víctor, su taladro infernal, porque, sin sus obras, jamás habría terminado aquíA veces, mientras escribo en la terraza frente al atardecer, Fiel a mi lado y Atrevido dormitando en mi regazo, me río al recordar que vine aquí huyendo del ruido y terminé hallando el estrépito exacto que mi vida necesitaba: el de la lealtad, la rutina compartida y las historias que solo los animales y la soledad campestre pueden contar.
Ya no busco ruidoni lo temo: lo acepto cuando llega, lo transformo; no hay escape posible de uno mismo, salvo entregándose, quizá, al inesperado festival de ladridos, maullidos y recuerdos que la vida me regaló.
Ahora, cuando alguien me pregunta por mi método de escritura, les digo: hace falta un poco de caos, bastante paciencia, algún ladrón despistado y, sobre todo, amigos de los que no se pueden comprar ni vender. Así, todo final es posible, y ninguna historia, por más fantástica que parezca, supera la alegría sencilla de saber que, en algún recodo del mundo, finalmente encontramos nuestro lugar.
Vamos, chicos les susurro cuando apago el portátil y el día se apaga con él. No hay nada de lo que huir. Aquí, por fin, nos quedamos.







