Esta es la última vez

Esto es la última vez

Bueno, ¿nos vamos a casa? preguntó Diego con una sonrisa, acomodándose en el coche.

Clara no dijo palabra. Sólo lo miraba, inquieta, mordiéndose el labio.
No sé ni cómo decírtelo Pero prométeme que no vas a gritar, ¿vale? dijo ella, aferrándole suavemente la mano y lanzando una mirada al asiento trasero

*****

Seguramente nunca se habrían conocido si no llega a ser por un golpe de suerte. Diego se dirigía a una reunión de trabajo en otra ciudad y, más o menos a mitad de camino, su coche se paró en seco.

¡Venga, no me hagas esto ahora, arranca! intentaba negociar con su abuela un SEAT Ibiza del 2000 que justo el mes pasado acababa de pasar la ITV.

Pero ni hablar, el coche no le hacía ni caso.

Y la verdad es que no podía hacer mucho más. Diego era buen conductor, nunca había tenido un accidente, pero de mecánico ni una pizca.

Miró el motor durante un rato, a ver si veía algo raro, pero nada. Cerró el capó y se puso a mirar alrededor.

Había quedado tirado en una curva. Una pista de tierra salía justo hacia un lado, y según el cartel, llevaba directo al pueblo de Gaticos.

No tenía mucha elección y ya empezaba a hacerse de noche. Así que echó a andar en dirección al pueblo, confiando en que allí no vivieran solo gatos.

Por eso casi brincó de alegría cuando entre los árboles vio salir a una chica. Llevaba en una mano un cuchillo de cocina y en la otra un cubo de plástico lleno de setas.

¡Perdona, espera! gritó Diego, apurando el paso hasta casi tropezar.

La desconocida se giró, extrañada. Y cuando Diego se fijó en sus ojos, el corazón le dio un vuelco. Muy claro

Se le vinieron a la cabeza aquellas historias de su padre, que contaba que cuando conoció a su madre le pasó lo mismo: Hijo, tan fuerte me dio, que pensé que era un infarto. Pero no era amor.

¿Qué querías? preguntó la chica mientras Diego aterrizaba de la nube.

Él, en shock, se detuvo a dos pasos, mirándola como si acabara de ver a una santa.

Yo ¿yo? farfulló Diego, todavía embobado.

Claro. ¿Por qué me llamabas?

Ah, cierto Es que mi coche se ha roto dijo señalando la carretera. Y el pueblo más cercano es Gaticos, ¿no?

Exacto. A diez minutos andando, si vas por aquí, y sí, hay gente que entiende de coches. Mi padre mismo, es mecánico de toda la vida.

¿De verdad? ¡Qué suerte!

Así fue como se conocieron.

Durante el paseo, charlaron como si se conocieran de toda la vida. Fue la primera vez que Diego no se sintió incómodo hablando con una chica. Con chicas en general era tan tímido y torpe, que en las citas ni le salían las palabras.

Pero con Clara fue diferente. Era como si el destino, harto de verle hacer el ridículo, por fin le pusiera delante a la persona adecuada.

Mientras el padre de Clara, don Vicente, revisaba el coche que habían remolcado con su viejo SEAT 131, Diego se sentaba en el porche con la madre de la chica, doña Rosario, y la propia Clara, que le servían té.

A cada lado de Diego, un par de gatos le miraban curiosos. Contó cinco, pero seguro había más. ¡Con razón esto se llama Gaticos!, pensó.

Así que ibas de paso, ¿eh? le preguntó Rosario, reponiéndole la taza.

Sí, me mandó la empresa a una reunión, y bueno, el coche decidió protestar

Así que eres de ciudad, ¿verdad?

Eso es. Donde naces, debes servir, como decía mi abuela.

¡Ay, eso le digo yo a Clarita, pero nada! Que si estudiar, que si el pueblo es pequeño Menos mal que al menos viene a vernos.

En la ciudad hay más opciones, claro pero el trato no es igual dijo Diego. Aquí la gente se cuida más.

Y tanto asintió Rosario. Aquí somos familia, pero en la ciudad, ves algo malo y ni te giras. Y los pobres gatos allí los abandonan. Por eso tenemos tantos. Sólo dos son de aquí de siempre, Misha y Dulcinea. Los demás, rescatados de la calle.

En la ciudad hay muchísimos gatos y perros callejeros condescendió Diego.

Y siguieron charlando. Al final, Vicente apareció, sonriente: había conseguido revivir el viejo SEAT de Diego, y ya podía seguir camino.

¡Muchas gracias! dijo Diego, sacando la cartera. ¿Cuánto le debo?

Vicente y Rosario se miraron, ofendidos casi.

En este pueblo no cobramos por ayudar, joven replicó Vicente. Así que guarda eso.

Pues gracias, de verdad. Iré yendo, que es tarde.

¡Tarde dice! sonrió Rosario. Quédate a dormir, hombre. Y mañana ya sigues.

Diego intentó negarse, pero entre Clara, don Vicente, doña Rosario y la cuadrilla de gatos, no tuvo opción.

A la mañana siguiente, tras un desayuno de campeonato, Diego por fin partió a su destino.

Una semana después, de regreso, no pudo evitar desviar el camino para agradecerles.

A don Vicente le llevó una caja de herramientas nuevas, a Rosario un juego de té precioso y a Clara, un ramo de flores digno de una boda. De paso, acercó a Clara hasta su residencia de estudiantes y le ayudó con las maletas.

Y aquello, lejos de ser el final, fue el principio.

Diego y Clara siguieron hablando. Pronto, Diego supo que no quería perderla, y se atrevió a pedirle matrimonio. Clara aceptó encantada.

Sólo faltaba hablarlo con los padres de Clara.

A ver, Diego dijo Rosario, muy seria. ¿A ti te gustan los gatos?

¡Me encantan! mintió sin dudar.

Tras una pausa, añadió:

Pero a tu hija la quiero más todavía.

Eso sí me gusta respondió Rosario. Porque los gatos hay que quererlos ¿Y si os lleváis una gatita? Así no os sentiréis solos en casa.

Ay, doña Rosario, es que vamos a estar de alquiler hasta ahorrar para una hipoteca, y la casera como que no le hace gracia el tema mascotas.

Lo entiendo, claro. Pero una casa siempre debe tener al menos un gato

En realidad, Diego no odiaba a los gatos, sólo prefería que vivieran en casa ajena. Sus padres nunca le dejaron tener animales.

Quizás simplemente no estaba preparado Así que planteó a Clara:

Clara, tú no querrás llenar la casa de gatos, ¿no? Como tu madre

Tranquilo. Lo entiendo. El piso no es un cortijo.

Y encima alquilado añadió Diego.

En cualquier caso, nunca discutieron por ello.

Vivieron juntos en armonía. Clara apañada y brillante, sacaba tiempo para estudiar (estaba acabando la carrera) y cuidar el piso como una reina.

Todo iba bien hasta que

hasta que a Clara le salió ese don especial: ir por la calle y tropezarse, siempre, con gatos necesitando ayuda.

A cada uno lo acogía, curaba, se desvivía, y luego buscaba familia para él.

El primer gato que rescató se lo quitó de encima literalmente a unos chavales que lo estaban maltratando.

Clara, sabes que la casera está a un pelo de echarnos por los animales protestó Diego.

Lo sé, pero ¡tú sabías con quién te casabas! Soy de Gaticos, y allá los gatos se ayudan.

Pero

No te preocupes, mi promesa sigue en pie. No los vamos a quedar. Sólo hay que encontrarle casa. No puede quedarse en la calle, ¿vale?

Aquél encontró un hogar con la prima de Diego. El segundo gato apareció bajo el coche de un vecino. Estaba muy enfermo y apenas se tenía en pie.

Clara lo cuidó como sólo ella sabía (el cariño y las vitaminas hacen milagros) y Diego se lo llevó a un amigo del trabajo que necesitaba un gato para atrapar ratones.

Y así, uno tras otro. Perdiendo la cuenta

Diego, a estas alturas, tenía prácticamente todos sus conocidos, amigos y hasta a su jefe con gatos adoptados por culpa de su mujer.

Al jefe, don Ignacio, incluso le entregaron dos, que el primer día le pusieron la oficina patas arriba. Diego temblaba pensando que se los devolvía y lo despedía, pero todo lo contrario: don Ignacio estaba feliz de la vida, y hasta le propuso un ascenso y le subió el sueldo. Y eso llegó de perlas, porque

ya podían pensar en firmar una hipoteca. Los dos estaban trabajando y todo iba viento en popa.

*****

Espérame en el coche. Y por favor, ¡ni se te ocurra salir! le pidió Diego, antes de cruzar con prisas hacia la tienda de recambios.

Clara asintió, puso la radio, pero no le gustó la música que sonaba. Apartó el móvil buscando algo interesante. Nada.

Levantó la vista, se desperezó y se animó a estirar las piernas andando junto al coche. El viaje había sido largo y necesitaba oxigenarse.

Venían de casa de la tía abuela de Diego, en Ávila, que había aceptado adoptar a un gato de tres patas encontrado en la carretera por Clara.

No se pudo salvar la pata, pero sí al animal, y la tía estaba encantada.

Qué pena que Diego no se decida a que tengamos ya un gato, pensó Clara.

Pero bueno, al día siguiente por fin se mudaban del piso alquilado al nuevo, el que ya era suyo. Reforma hecha, muebles instalados Quedaba sólo trasladar cosas y, con suerte, convencer a Diego del todo.

Levantó la mirada al cielo, se puso a contar gorriones y entonces, lo vio.

Junto a un banco había un diminuto gatito. Y no sólo estaba ahí, sino que la miraba, fijo, como si le estuviera pidiendo permiso para irse con ella.

Ay, ojalá pudiera llevarte, pero Diego no me lo va a perdonar suspiró.

Aun así, no pudo apartar los ojos del pequeño. ¿Y si intentaba convencerle a él?

Pero enseguida desechó la idea. Diego últimamente estaba muy sensible, probablemente porque ya habían repartido más gatos que nunca entre su círculo.

El gatito la miró, después se puso a andar directo hacia ella.

Madre mía, ¿y ahora qué hago? se puso nerviosa Clara.

Se metió al coche y, sin cerrar del todo la puerta, se quedó observando.

El gatito se acercó y, ni corto ni perezoso, intentó colarse por la rendija. Como diciendo: ¿Por qué te escapas, si sabes que vengo a por ti?

Y ahí sí, a Clara se le cayó el alma encima. ¿Qué le iba a decir a Diego?

Él le había advertido: ¡esta era la ÚLTIMA VEZ!

Pero le era imposible hacerse la dura.

Clara abrió despacio la puerta, miró al pequeñajo fijamente y no se resistió: lo acarició.

Pequeño, discúlpame, pero no puedo Mi marido no me va a entender. Le prometí que nunca más. Esta misma mañana se lo prometí.

El gatito le devolvió la mirada, maulló y saltó al interior del coche, se le subió a los muslos y ronroneó.

Clara no podía ni moverse, él la miraba como si supiera que sólo hacía falta un empujón más.

El pequeño entonces, muy serio, se enderezó y le puso las patitas al cuello. Como abrazándola, temeroso de que ella lo entregara a otra persona.

No te voy a dejar irte susurró Clara. Ella lo sabía: el gato lo había decidido por los dos. Si él quería quedarse, ¿quién era ella para impedirlo?

¿Y Diego? ¿Me entenderá?, pensó, justo cuando él salía de la tienda.

*****

Bueno, ¿nos vamos ya? preguntó Diego con una sonrisa al subir.

Clara seguía callada, aterrada, mordiéndose los labios.

Diego no sé cómo decírtelo. Pero prométeme que no vas a enfadarte le agarró la mano, después le señaló el asiento trasero. Tenemos que hacer otra parada. O dos.

Él, captando el percal, se giró y

¿Otra vez?

Perdona, se me ha ido de las manosTe juro que esta vez ni lo he tocado. Ha venido él.

Pero me prometiste

El gato, aunque pequeño, no era tonto. Saltó sobre Diego, le abrazó la pierna y se le puso a ronronear bajito, casi como un rezo. Maulló suave, como suplicando su oportunidad.

Y ahí, fue el corazón de Diego quien comenzó a derretirse.

Le acarició torpemente y, de repente, el gatito dejó de maullar y ronroneó con más fuerza.

Clara, de verdad no me quedan amigos ni familia sin gato gracias a ti. Ya no sé a quién más ofrecérselo.

Pues igual igual no hay que buscarle casa se atrevió Clara.

¿Cómo?

Que nos lo quedemos. Ya no estamos en alquiler, es NUESTRA casa. Y además, hay una tradición: dicen que al mudarte, lo primero que debe entrar en casa es un gato, para que no falte de nada.

Bueno vale, venga. Pero que conste: es la primera y

¡Y última vez! soltó Clara, dándole un abrazo.

Así es.

Lo sé, cariño. Gracias. No tengo vergüenza en decirlo: eres el mejor del mundo.

Al día siguiente, ahí estaban los dos frente a la puerta de su piso nuevo. Diego bajó al pequeño gato, que con la cola bien alta cruzó la puerta y, sin dudarlo, se lanzó a explorar la casa.

Cuando lo vieron echarse a dormir sobre la cama, los dos rompieron a reír.

Ya está claro quién manda aquí sonrió Diego.

Simplemente quiere estar con nosotros. Los gatos de casa necesitan a su gente le respondió Clara, abrazándole.

Clara siguió ayudando a los animales, buscándoles siempre un hogar con Diego de cómplice. Y aunque él seguía diciéndole que sea la última vez, ella cada vez le daba la misma promesa.

Pero ya sabes cómo es esto El último del último, sólo será cuando todos los gatos y perros tengan ya casa y no haga falta salvar a ninguno más.

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