No me arrepiento de nada

¡Y que cuando vuelva, el piso esté limpio! Doña Pilar salió al rellano y cerró la puerta con tal ímpetu que las ventanas del descansillo vibraron.

Carmen, que justo bajaba por la escalera, también se sobresaltó. Se quedó quieta, intentando pasar desapercibida. Pero fue en vano; Doña Pilar la vio.

Ah, Carmencita ¡Buenos días!

Doña Pilar dejó con descuido una caja de cartón en el suelo, recogida de una antigua olla exprés; mientras, se abrochaba a toda prisa el abrigo, evidenciando que tenía prisa por marcharse.

Buenos días, Doña Pilar contestó Carmen con una sonrisa cortés. ¿Otra vez han hecho alguna trastada los niños?

¡Y tanto! No sabes la cantidad de paciencia que hay que tener refunfuñó la vecina, forcejeando aún con el último botón.

Justo entonces, la caja en el suelo empezó a moverse.

Carmen, desconcertada, estuvo a punto de dar un brinco, aunque se encontraba lo bastante lejos. No es que fuese miedosa Simplemente, jamás pensó que pudiera haber algo vivo en esa caja.

¿Pero qué demonios habrá dentro?

Su imaginación dibujó, en tono humorístico, una olla exprés enfadada porque se había negado a cocinar verduras y por ello había sido sentenciada a un final indigno.

Mira, observa dijo Doña Pilar, levantando la caja para mostrar su contenido.

Carmen bajó un par de escalones, se acercó y miró dentro.

Sabía perfectamente que allí no habría ollas vivientes, por supuesto, pero lo que encontró le sorprendió igual y para bien.

Dos grandes ojos la miraban desde el fondo, pertenecientes a un pequeño gato.

¡Qué ricura, por Dios! exclamó Carmen.

Sí, para ti será una ricura musitó Doña Pilar, cerrando la caja.

¿Y de dónde ha salido?

Los críos… que se lo encontraron en el parque y lo trajeron. Y yo, tonta de mí, les dejé quedárselo. Está siendo un suplicio. Me encandiló con esa carita y esos ojazos, pero ya dicen que no es oro todo lo que reluce. Por fuera parece adorable, pero de carácter igualito que mi ex marido.

Bueno, Doña Pilar, los gatitos en cuanto crezcan serán más tranquilos trató de animarla Carmen. ¿Lo lleva usted al veterinario para las vacunas?

¿Veterinario? ¿Vacunas, Carmen? ¡Ni hablar! No aguanto más. He decidido llevármelo al pueblo, a la casa del campo. Que viva allí.

Carmen la miró perpleja, aún convencida de que debía de estar de broma. Pero dado el entrecejo fruncido y el tono frío, estaba claro que hablaba en serio. Ni siquiera era el Día de los Inocentes, era quince de noviembre.

¿Un gatito al pueblo ahora, en otoño?

¿Y qué hago, espero hasta primavera? ¿Qué más da cuándo llevarlo? Si fuera invierno, también lo haría. Eso no es un minino, es una calamidad.

De tanto hablar, a Doña Pilar ya le empezaba a faltar el aire.

Al recobrar el aliento, continuó:

¡Tendrías que ver lo que arma! Ni cuando me quedé sola con mis dos hijos tomaba yo tanto tranquimazin, te lo juro. Así que ya está decidido: ¡Al pueblo va!

Pero

Mira, podría dejarlo en el patio, pero seguro que los niños lo encuentran y lo traen de nuevo a casa, y lo esconden en algún armario. No, no, no quiero más disgustos.

Miró el reloj en el móvil y negó con la cabeza:

Me estás liando, Carmen. Salgo tarde, como me pierda el bus, la liamos.

Acomodó la caja en los brazos, giró en redondo y comenzó a bajar la escalera, aferrada a la barandilla.

Carmen la siguió con la mirada, incapaz de entender cómo se podía abandonar a un gatito solo en una casa vacía del campo. Allá moriría de frío en dos días.

¡Espere, Doña Pilar! gritó al fin.

¿Qué pasa ahora? ¡Te he dicho que llego tarde!

No le lleve al pueblo. Permítame intentar buscarle una familia. Déjemelo a mí, por favor.

Doña Pilar frenó

y giró despacio.

¿Y eso? ¿Insinúas que mis manos no son buen sitio? La miró con gesto afilado. Que sepas que con estas manos he criado a dos hijos.

No es eso Sólo pienso que en el campo, solo, no sobrevivirá.

Si quiere hacerlo, lo hará. Y si no, pues mala suerte, no tenía que haber nacido.

No diga eso.

¿Qué culpa tengo yo? Es que el gato no sabe vivir en piso.

¡Si es un bebé! Aprenderá, ¡claro que aprenderá! Carmen se impacientó. Y usted tampoco mandó a sus hijos al pueblo y los grita todo el día

Mis hijos son mis hijos. No compares. Pero, si lo quieres, toma.

Dejó la caja en el suelo.

Mejor para mí. Ni tengo que ir ahora al pueblo, ni gastarme euros en el bus. Y ya veremos cuánto duras tú se burló Doña Pilar.

Y, con una sonrisa sardónica, entró a su casa, pegando tal portazo que Carmen la oyó gritar:

¡A ver, que aquí nadie ha empezado a limpiar! ¡A ver esos móviles, venga ya!

Carmen no oyó nada más. Tomó la caja, se asomó para asegurarse de que el gatito seguía ahí y subió a su piso.

Sin esperarlo, allí estaba, de pronto, ella convertida en flamante dueña aún incrédula de una caja de olla exprés y un pequeño felino.

Por supuesto, no era su plan del día. Iba al súper, simple y llanamente por café, y todavía no comprendía cómo se había visto arrastrada por la situación.

En realidad, nunca le habían apasionado los animales. Le eran indiferentes; nunca sintió esa exagerada devoción de los que hablan de sus perros o gatos.

Pero, dejar al pequeño a su suerte No. Eso no podía hacerlo Carmen. La indiferencia no es inhumanidad.

Además, ¿para qué complicarse tanto, abandonarlo en el campo, cuando seguro que alguien estaría encantado de llevárselo y cuidarlo?

Es cuestión de tomar buenas fotos, subirlas a internet y enseguida ¡Media ciudad vendría a la puerta a por él!

O eso creyó.

*****

Carmen no perdió el tiempo. Al llegar a casa, le hizo un reportaje al gatito y colgó las fotos en foros de Adopciones gratuitas y Se busca hogar para peludos.

Después, por fin, se marchó de compras, trayendo además del café, algo de pienso para gatitos (pues hasta que se lo llevaran, había que alimentarlo), un arenero de plástico y arena absorbente. Gasto imprevisto, claro, pero ¿qué remedio?

Esto lo daré de regalo a quien se lo lleve, pensaba, mientras sonreía, segura de estar haciendo una buena obra. Ni un euro le dolía gastarse así.

El gato, según contó Doña Pilar, se llamaba Roscón, aunque el animal no respondía. Carmen le buscó otro nombre. Tras un rato, eligió el número 132.

Ahora te llamarás Pichí, ¿te gusta? preguntó al gato.

¡Miau! contestó él, y salió disparado al recibidor para abordar las zapatillas de pelo, convencido de que el rey del pelaje era él.

Carmen sonreía al verle, antes de sentarse a trabajar.

Trabajaba como fotógrafa freelance, gestionando encargos casi a diario, y la profesión, además de gratificante, le proporcionaba unos buenos ingresos.

Ese día tenía que editar una sesión reciente, así que encendió el ordenador, abrió Photoshop y, con cara seria, empezó a retocar fotos.

Solo que la tranquilidad duró poco.

Pichí, tras ganar la batalla contra las zapatillas, comenzó a correr por todo el piso, chocando contra todo.

¡Ey, pequeñajo! Carmen giró en la silla y le amenazó cariñosamente con el dedo.

El gatito se detuvo y la miró muy atento. ¿Dices algo importante? Porque ir a jugar me urge.

Entiendo que te aburras y quieras jugar, Pichí, pero recuerda: esto es solo temporal

¡Miau!

¡No me discutas! Eres mi invitado y toca comportarse, ¿vale?

No debió decir eso.

El gato, cómo no, puso cara de drama, tan convincente que Carmen se avergonzó de inmediato. Muchísimo.

¿Cómo puede uno enfadarse con algo tan pequeño?

Vale, juega, pero en silencio cedió al final.

El minino, encantado, reanudó sus carreras, estrellándose sin complejos aquí y allá.

Veo la meta, no los obstáculos Esto es Pichí en persona, pensaba ella.

Para sobrellevar el ruido, Carmen se calzó los auriculares y puso música, concentrada en retocar una nueva foto.

Pero al poco, el meteórico Pichí acabó bajo el escritorio, y de un manotazo experto desconectó el cable del ordenador desapareciendo acto seguido. Demuestra ahora que fue culpa suya.

¡Vaya por Dios ¿Cómo puede pasar esto?! fue lo único que acertó a decir Carmen frente a la pantalla negra.

Media hora después, la única que ahora corría por la casa intentando pillar a un escurridizo (y aparentemente invisible) gato era ella.

No lo logró. Sí pudo, mientras tanto, golpearse el dedo gordo contra la silla y la rodilla, dos veces, con el sillón.

En cuanto consiguió retomar el trabajo, echó mano del móvil para revisar los comentarios y likes en sus publicaciones pidiendo familia para Pichí.

Likes y comentarios a montones. Pero al leer, se desanimó.

Todos decían lo mismo:

¡Qué gato más bonito!, Menuda suerte tienes, ¡Es un amor!

Pero nadie quería adoptarlo. Ni un solo mensaje directo, ni una llamada, ni gente esperando a la puerta. Nada.

Pensando que quizá era porque vivía lejos, añadió a sus mensajes que ella lo entregaría en mano, incluso en otra ciudad, incluso en la otra punta del país.

Ahora sí, seguro que alguien responde, se animó Carmen.

Mientras tanto, el gatito, agotado, saltó al sofá y se tumbó bocarriba, mostrando barriga en plan Ámame tal y como soy. Carmen no pudo evitar sentarse junto a él y acariciarlo hasta que se quedó dormido.

Ella también se quedó traspuesta.

Así pasaron la tarde y tarde-noche. Trabajar, ese día, fue misión imposible.

*****

Una semana después, Carmen comprendía que encontrarle un buen hogar al gato era una misión mucho menos sencilla de lo que había pensado. Muchos likes, muchos comentarios y nada más. Nadie, absolutamente nadie, la contactaba.

Pasados otros tres días, Carmen incluso pensó:

¿Y si no encuentro quién lo adopte? ¿Tendrá que vivir conmigo… para siempre?

¡Justo lo que me faltaba! exclamó en voz alta, arrepintiéndose enseguida.

Pichí dormía junto al teclado, abrazado a su ratón (motivo por el cual Carmen llevaba cuarenta minutos sin poder trabajar). Pero al oír la exclamación, abrió un ojo, la miró y se quejó, como diciendo: ¿No ves que es mi siesta?

Carmen suspiró, cogió el móvil y revisó, sin esperar nada, los mensajes bajo sus anuncios.

Por supuesto, lo mismo: ¡Qué suerte tienes!, Precioso minino, pero ninguna intención de adoptar.

Con cada nuevo mensaje, Carmen sentía menguar la esperanza de encontrar buenas manos para Pichí.

Entonces recordó su reciente visita al psicólogo, para entender por qué, teniendo trabajo, dinero y piso propio, sentía ese pequeño vacío inexplicable.

La vida la había tratado bien. Pero últimamente, esa sensación de tenerlo todo pero faltar algo no se iba.

Y no era cosa de pareja; se había propuesto parar en ese aspecto.

Creo que tú lo que tienes es demasiado tiempo libre le decía su amiga Lucía, que en el fondo la envidiaba un poquito.

No, Lucía. Trabajo igual o más que tú, ¡si a veces ni findes tengo libres!

Pues será que te falta ¿eso? sugirió Marta mientras terminaba su tarta.

¿El qué?

No quién, sino qué. ¡Te falta grasa para ser feliz! Si hubieras comido más pasteles de niña

Las bromas con las amigas no resolvieron nada, y decidió dejar de darle vueltas al asunto.

Aunque ¿y si lo que me faltaba era justamente Pichí?, pensó de repente. Quién sabe. Por probar

*****

Pasó un mes volando desde que Carmen acogió, supuestamente de manera provisional, al minino. Y nadie, ninguno de los mil doscientos veintiocho admiradores de sus fotos, quiso quedarse con él.

Ahora, treinta días después, empezaba a entender por qué.

En estas semanas tanto pasó, que contarlo bien llevaría media vida, pero puede resumirse así:

Pichí era espabilado: le entendía al vuelo, incluso cuando Carmen le pedía por enésima vez dejar el sofá tranquilo.

Procuraba, por costumbre, ejercer nuevos oficios. Saboteó cuatro juegos de cortinas (y Carmen decidió que el piso ganaba luz sin ellas).

Tampoco le hizo gracia ser chef, pues tras probar y escupir pepinillos, setas en escabeche y patatas cocidas, determinó que prefería el pienso premium.

A fin de cuentas, la vocación verdadera de los gatos es dar alegría.

Eso sí: para Carmen, alegría era dormir a pierna suelta y acabar a tiempo de editar álbumes. Desde la llegada del minino, esa paz no existía.

Bastaba sentarse o tumbarse para que Pichí apareciera con ojos suplicantes: ¿Jugamos?. Y armaba tal jaleo, que a veces faltaban palabras para describirlo.

Ahora entendía a Doña Pilar, aunque, por supuesto, no compartía su actitud. Jamás podría abandonar al gato. Ni siquiera cuando se sentía agotada.

También hubo momentos buenos. Por fin, Carmen dejó de pensar que le faltaba algo en la vida. La cuestión se evaporó.

También aprendió a limpiar rápido, antes de que el gato despertara y desordenara todo.

Y la felicidad, las carcajadas, los pequeños progresos Como la primera vez que Pichí supo usar solito el arenero (antes ella lo llevaba cada noche a las tantas): eso sí que fue motivo de felicidad, lloró de pura alegría.

A Pichí le dio por encender y apagar el flexo por las noches, hasta que Carmen lo guardó con las cortinas, y notó que, sin ellos, el piso parecía más grande.

En fin, a todo se acostumbra uno, y Carmen se acostumbró.

Y, después de ese mes, se dio cuenta de algo inesperado: no era Pichí quien vivía en su casa, sino ella quien acudía cada día a la suya. Pasaba el día fuera trabajando, y el dueño del piso era el minino, quien la recibía cada tarde y la despedía cada mañana.

Dejó de buscar familia para él: ella era la buena mano que Pichí necesitaba. Estaba dispuesta a soportar sus diabluras, a levantarse mil veces a jugar, a acariciarle hasta que ocupase toda la cama.

Estaba lista, y no se arrepentía de nada. Porque lo quería. Porque era imposible no quererle.

Y él, por supuesto, le devolvía el cariño: ya no la despertaba temprano, y se limitaba a tumbarse a su lado, esperándola hasta que ella abriera los ojos.

Silencioso, aunque a veces la miraba recriminando: ¿Hasta cuándo vas a dormir, humana? ¡Te echo de menos!Una mañana, Carmen despertó con la ligera sensación de unas patitas suaves sobre la mejilla. Abrió los ojos y Pichí estaba allí, atento, estudiándola. No era el gesto de siempre: esta vez, el minino llevaba algo en la boca. Un humilde lazo rojo, rescatado de quién sabe dónde, depositado como un tesoro junto a su almohada.

Carmen sonrió. Sin pensarlo, se sentó en la cama, acarició la cabecita felina y se sintió, con asombro, completamente en paz. Ya no buscaba algo más; en realidad, nunca había faltado nada. A veces, lo que creemos provisional resulta ser lo necesario, lo que se queda.

Pichí ronroneó, empujando el lazo contra sus dedos. Carmen lo recogió y, mientras el minino se ovillaba en su regazo, entendió, definitiva y suavemente, que no hay soledad donde hay compañía que se escogeaunque sea pequeña, peluda y algo trasto.

Sonrió mirando al techo soleado y, por primera vez en mucho tiempo, dejó que el café se enfriara sin prisa. Afuera, la ciudad arrancaba su bullicio; adentro, Carmen descubría la rutina más extraordinaria de todas: pertenecer y ser correspondida. Porque a veces, el hogar llega con la sorpresa de un simple miau, y todo vuelve a empezar.

Pichí bostezó, satisfecho, y se tumbó junto a ella, dueño indiscutible de la casa, del lazo rojo, y de una humana a la que, sin pedir permiso, le había devuelto la alegría.

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