No me arrepiento de nada

¡Y que cuando vuelva, el piso esté limpio! Doña Pilar salió al rellano y cerró la puerta con tal ímpetu que las ventanas del descansillo vibraron.

Carmen, que justo bajaba por la escalera, también se sobresaltó. Se quedó quieta, intentando pasar desapercibida. Pero fue en vano; Doña Pilar la vio.

Ah, Carmencita ¡Buenos días!

Doña Pilar dejó con descuido una caja de cartón en el suelo, recogida de una antigua olla exprés; mientras, se abrochaba a toda prisa el abrigo, evidenciando que tenía prisa por marcharse.

Buenos días, Doña Pilar contestó Carmen con una sonrisa cortés. ¿Otra vez han hecho alguna trastada los niños?

¡Y tanto! No sabes la cantidad de paciencia que hay que tener refunfuñó la vecina, forcejeando aún con el último botón.

Justo entonces, la caja en el suelo empezó a moverse.

Carmen, desconcertada, estuvo a punto de dar un brinco, aunque se encontraba lo bastante lejos. No es que fuese miedosa Simplemente, jamás pensó que pudiera haber algo vivo en esa caja.

¿Pero qué demonios habrá dentro?

Su imaginación dibujó, en tono humorístico, una olla exprés enfadada porque se había negado a cocinar verduras y por ello había sido sentenciada a un final indigno.

Mira, observa dijo Doña Pilar, levantando la caja para mostrar su contenido.

Carmen bajó un par de escalones, se acercó y miró dentro.

Sabía perfectamente que allí no habría ollas vivientes, por supuesto, pero lo que encontró le sorprendió igual y para bien.

Dos grandes ojos la miraban desde el fondo, pertenecientes a un pequeño gato.

¡Qué ricura, por Dios! exclamó Carmen.

Sí, para ti será una ricura musitó Doña Pilar, cerrando la caja.

¿Y de dónde ha salido?

Los críos… que se lo encontraron en el parque y lo trajeron. Y yo, tonta de mí, les dejé quedárselo. Está siendo un suplicio. Me encandiló con esa carita y esos ojazos, pero ya dicen que no es oro todo lo que reluce. Por fuera parece adorable, pero de carácter igualito que mi ex marido.

Bueno, Doña Pilar, los gatitos en cuanto crezcan serán más tranquilos trató de animarla Carmen. ¿Lo lleva usted al veterinario para las vacunas?

¿Veterinario? ¿Vacunas, Carmen? ¡Ni hablar! No aguanto más. He decidido llevármelo al pueblo, a la casa del campo. Que viva allí.

Carmen la miró perpleja, aún convencida de que debía de estar de broma. Pero dado el entrecejo fruncido y el tono frío, estaba claro que hablaba en serio. Ni siquiera era el Día de los Inocentes, era quince de noviembre.

¿Un gatito al pueblo ahora, en otoño?

¿Y qué hago, espero hasta primavera? ¿Qué más da cuándo llevarlo? Si fuera invierno, también lo haría. Eso no es un minino, es una calamidad.

De tanto hablar, a Doña Pilar ya le empezaba a faltar el aire.

Al recobrar el aliento, continuó:

¡Tendrías que ver lo que arma! Ni cuando me quedé sola con mis dos hijos tomaba yo tanto tranquimazin, te lo juro. Así que ya está decidido: ¡Al pueblo va!

Pero

Mira, podría dejarlo en el patio, pero seguro que los niños lo encuentran y lo traen de nuevo a casa, y lo esconden en algún armario. No, no, no quiero más disgustos.

Miró el reloj en el móvil y negó con la cabeza:

Me estás liando, Carmen. Salgo tarde, como me pierda el bus, la liamos.

Acomodó la caja en los brazos, giró en redondo y comenzó a bajar la escalera, aferrada a la barandilla.

Carmen la siguió con la mirada, incapaz de entender cómo se podía abandonar a un gatito solo en una casa vacía del campo. Allá moriría de frío en dos días.

¡Espere, Doña Pilar! gritó al fin.

¿Qué pasa ahora? ¡Te he dicho que llego tarde!

No le lleve al pueblo. Permítame intentar buscarle una familia. Déjemelo a mí, por favor.

Doña Pilar frenó

y giró despacio.

¿Y eso? ¿Insinúas que mis manos no son buen sitio? La miró con gesto afilado. Que sepas que con estas manos he criado a dos hijos.

No es eso Sólo pienso que en el campo, solo, no sobrevivirá.

Si quiere hacerlo, lo hará. Y si no, pues mala suerte, no tenía que haber nacido.

No diga eso.

¿Qué culpa tengo yo? Es que el gato no sabe vivir en piso.

¡Si es un bebé! Aprenderá, ¡claro que aprenderá! Carmen se impacientó. Y usted tampoco mandó a sus hijos al pueblo y los grita todo el día

Mis hijos son mis hijos. No compares. Pero, si lo quieres, toma.

Dejó la caja en el suelo.

Mejor para mí. Ni tengo que ir ahora al pueblo, ni gastarme euros en el bus. Y ya veremos cuánto duras tú se burló Doña Pilar.

Y, con una sonrisa sardónica, entró a su casa, pegando tal portazo que Carmen la oyó gritar:

¡A ver, que aquí nadie ha empezado a limpiar! ¡A ver esos móviles, venga ya!

Carmen no oyó nada más. Tomó la caja, se asomó para asegurarse de que el gatito seguía ahí y subió a su piso.

Sin esperarlo, allí estaba, de pronto, ella convertida en flamante dueña aún incrédula de una caja de olla exprés y un pequeño felino.

Por supuesto, no era su plan del día. Iba al súper, simple y llanamente por café, y todavía no comprendía cómo se había visto arrastrada por la situación.

En realidad, nunca le habían apasionado los animales. Le eran indiferentes; nunca sintió esa exagerada devoción de los que hablan de sus perros o gatos.

Pero, dejar al pequeño a su suerte No. Eso no podía hacerlo Carmen. La indiferencia no es inhumanidad.

Además, ¿para qué complicarse tanto, abandonarlo en el campo, cuando seguro que alguien estaría encantado de llevárselo y cuidarlo?

Es cuestión de tomar buenas fotos, subirlas a internet y enseguida ¡Media ciudad vendría a la puerta a por él!

O eso creyó.

*****

Carmen no perdió el tiempo. Al llegar a casa, le hizo un reportaje al gatito y colgó las fotos en foros de Adopciones gratuitas y Se busca hogar para peludos.

Después, por fin, se marchó de compras, trayendo además del café, algo de pienso para gatitos (pues hasta que se lo llevaran, había que alimentarlo), un arenero de plástico y arena absorbente. Gasto imprevisto, claro, pero ¿qué remedio?

Esto lo daré de regalo a quien se lo lleve, pensaba, mientras sonreía, segura de estar haciendo una buena obra. Ni un euro le dolía gastarse así.

El gato, según contó Doña Pilar, se llamaba Roscón, aunque el animal no respondía. Carmen le buscó otro nombre. Tras un rato, eligió el número 132.

Ahora te llamarás Pichí, ¿te gusta? preguntó al gato.

¡Miau! contestó él, y salió disparado al recibidor para abordar las zapatillas de pelo, convencido de que el rey del pelaje era él.

Carmen sonreía al verle, antes de sentarse a trabajar.

Trabajaba como fotógrafa freelance, gestionando encargos casi a diario, y la profesión, además de gratificante, le proporcionaba unos buenos ingresos.

Ese día tenía que editar una sesión reciente, así que encendió el ordenador, abrió Photoshop y, con cara seria, empezó a retocar fotos.

Solo que la tranquilidad duró poco.

Pichí, tras ganar la batalla contra las zapatillas, comenzó a correr por todo el piso, chocando contra todo.

¡Ey, pequeñajo! Carmen giró en la silla y le amenazó cariñosamente con el dedo.

El gatito se detuvo y la miró muy atento. ¿Dices algo importante? Porque ir a jugar me urge.

Entiendo que te aburras y quieras jugar, Pichí, pero recuerda: esto es solo temporal

¡Miau!

¡No me discutas! Eres mi invitado y toca comportarse, ¿vale?

No debió decir eso.

El gato, cómo no, puso cara de drama, tan convincente que Carmen se avergonzó de inmediato. Muchísimo.

¿Cómo puede uno enfadarse con algo tan pequeño?

Vale, juega, pero en silencio cedió al final.

El minino, encantado, reanudó sus carreras, estrellándose sin complejos aquí y allá.

Veo la meta, no los obstáculos Esto es Pichí en persona, pensaba ella.

Para sobrellevar el ruido, Carmen se calzó los auriculares y puso música, concentrada en retocar una nueva foto.

Pero al poco, el meteórico Pichí acabó bajo el escritorio, y de un manotazo experto desconectó el cable del ordenador desapareciendo acto seguido. Demuestra ahora que fue culpa suya.

¡Vaya por Dios ¿Cómo puede pasar esto?! fue lo único que acertó a decir Carmen frente a la pantalla negra.

Media hora después, la única que ahora corría por la casa intentando pillar a un escurridizo (y aparentemente invisible) gato era ella.

No lo logró. Sí pudo, mientras tanto, golpearse el dedo gordo contra la silla y la rodilla, dos veces, con el sillón.

En cuanto consiguió retomar el trabajo, echó mano del móvil para revisar los comentarios y likes en sus publicaciones pidiendo familia para Pichí.

Likes y comentarios a montones. Pero al leer, se desanimó.

Todos decían lo mismo:

¡Qué gato más bonito!, Menuda suerte tienes, ¡Es un amor!

Pero nadie quería adoptarlo. Ni un solo mensaje directo, ni una llamada, ni gente esperando a la puerta. Nada.

Pensando que quizá era porque vivía lejos, añadió a sus mensajes que ella lo entregaría en mano, incluso en otra ciudad, incluso en la otra punta del país.

Ahora sí, seguro que alguien responde, se animó Carmen.

Mientras tanto, el gatito, agotado, saltó al sofá y se tumbó bocarriba, mostrando barriga en plan Ámame tal y como soy. Carmen no pudo evitar sentarse junto a él y acariciarlo hasta que se quedó dormido.

Ella también se quedó traspuesta.

Así pasaron la tarde y tarde-noche. Trabajar, ese día, fue misión imposible.

*****

Una semana después, Carmen comprendía que encontrarle un buen hogar al gato era una misión mucho menos sencilla de lo que había pensado. Muchos likes, muchos comentarios y nada más. Nadie, absolutamente nadie, la contactaba.

Pasados otros tres días, Carmen incluso pensó:

¿Y si no encuentro quién lo adopte? ¿Tendrá que vivir conmigo… para siempre?

¡Justo lo que me faltaba! exclamó en voz alta, arrepintiéndose enseguida.

Pichí dormía junto al teclado, abrazado a su ratón (motivo por el cual Carmen llevaba cuarenta minutos sin poder trabajar). Pero al oír la exclamación, abrió un ojo, la miró y se quejó, como diciendo: ¿No ves que es mi siesta?

Carmen suspiró, cogió el móvil y revisó, sin esperar nada, los mensajes bajo sus anuncios.

Por supuesto, lo mismo: ¡Qué suerte tienes!, Precioso minino, pero ninguna intención de adoptar.

Con cada nuevo mensaje, Carmen sentía menguar la esperanza de encontrar buenas manos para Pichí.

Entonces recordó su reciente visita al psicólogo, para entender por qué, teniendo trabajo, dinero y piso propio, sentía ese pequeño vacío inexplicable.

La vida la había tratado bien. Pero últimamente, esa sensación de tenerlo todo pero faltar algo no se iba.

Y no era cosa de pareja; se había propuesto parar en ese aspecto.

Creo que tú lo que tienes es demasiado tiempo libre le decía su amiga Lucía, que en el fondo la envidiaba un poquito.

No, Lucía. Trabajo igual o más que tú, ¡si a veces ni findes tengo libres!

Pues será que te falta ¿eso? sugirió Marta mientras terminaba su tarta.

¿El qué?

No quién, sino qué. ¡Te falta grasa para ser feliz! Si hubieras comido más pasteles de niña

Las bromas con las amigas no resolvieron nada, y decidió dejar de darle vueltas al asunto.

Aunque ¿y si lo que me faltaba era justamente Pichí?, pensó de repente. Quién sabe. Por probar

*****

Pasó un mes volando desde que Carmen acogió, supuestamente de manera provisional, al minino. Y nadie, ninguno de los mil doscientos veintiocho admiradores de sus fotos, quiso quedarse con él.

Ahora, treinta días después, empezaba a entender por qué.

En estas semanas tanto pasó, que contarlo bien llevaría media vida, pero puede resumirse así:

Pichí era espabilado: le entendía al vuelo, incluso cuando Carmen le pedía por enésima vez dejar el sofá tranquilo.

Procuraba, por costumbre, ejercer nuevos oficios. Saboteó cuatro juegos de cortinas (y Carmen decidió que el piso ganaba luz sin ellas).

Tampoco le hizo gracia ser chef, pues tras probar y escupir pepinillos, setas en escabeche y patatas cocidas, determinó que prefería el pienso premium.

A fin de cuentas, la vocación verdadera de los gatos es dar alegría.

Eso sí: para Carmen, alegría era dormir a pierna suelta y acabar a tiempo de editar álbumes. Desde la llegada del minino, esa paz no existía.

Bastaba sentarse o tumbarse para que Pichí apareciera con ojos suplicantes: ¿Jugamos?. Y armaba tal jaleo, que a veces faltaban palabras para describirlo.

Ahora entendía a Doña Pilar, aunque, por supuesto, no compartía su actitud. Jamás podría abandonar al gato. Ni siquiera cuando se sentía agotada.

También hubo momentos buenos. Por fin, Carmen dejó de pensar que le faltaba algo en la vida. La cuestión se evaporó.

También aprendió a limpiar rápido, antes de que el gato despertara y desordenara todo.

Y la felicidad, las carcajadas, los pequeños progresos Como la primera vez que Pichí supo usar solito el arenero (antes ella lo llevaba cada noche a las tantas): eso sí que fue motivo de felicidad, lloró de pura alegría.

A Pichí le dio por encender y apagar el flexo por las noches, hasta que Carmen lo guardó con las cortinas, y notó que, sin ellos, el piso parecía más grande.

En fin, a todo se acostumbra uno, y Carmen se acostumbró.

Y, después de ese mes, se dio cuenta de algo inesperado: no era Pichí quien vivía en su casa, sino ella quien acudía cada día a la suya. Pasaba el día fuera trabajando, y el dueño del piso era el minino, quien la recibía cada tarde y la despedía cada mañana.

Dejó de buscar familia para él: ella era la buena mano que Pichí necesitaba. Estaba dispuesta a soportar sus diabluras, a levantarse mil veces a jugar, a acariciarle hasta que ocupase toda la cama.

Estaba lista, y no se arrepentía de nada. Porque lo quería. Porque era imposible no quererle.

Y él, por supuesto, le devolvía el cariño: ya no la despertaba temprano, y se limitaba a tumbarse a su lado, esperándola hasta que ella abriera los ojos.

Silencioso, aunque a veces la miraba recriminando: ¿Hasta cuándo vas a dormir, humana? ¡Te echo de menos!Una mañana, Carmen despertó con la ligera sensación de unas patitas suaves sobre la mejilla. Abrió los ojos y Pichí estaba allí, atento, estudiándola. No era el gesto de siempre: esta vez, el minino llevaba algo en la boca. Un humilde lazo rojo, rescatado de quién sabe dónde, depositado como un tesoro junto a su almohada.

Carmen sonrió. Sin pensarlo, se sentó en la cama, acarició la cabecita felina y se sintió, con asombro, completamente en paz. Ya no buscaba algo más; en realidad, nunca había faltado nada. A veces, lo que creemos provisional resulta ser lo necesario, lo que se queda.

Pichí ronroneó, empujando el lazo contra sus dedos. Carmen lo recogió y, mientras el minino se ovillaba en su regazo, entendió, definitiva y suavemente, que no hay soledad donde hay compañía que se escogeaunque sea pequeña, peluda y algo trasto.

Sonrió mirando al techo soleado y, por primera vez en mucho tiempo, dejó que el café se enfriara sin prisa. Afuera, la ciudad arrancaba su bullicio; adentro, Carmen descubría la rutina más extraordinaria de todas: pertenecer y ser correspondida. Porque a veces, el hogar llega con la sorpresa de un simple miau, y todo vuelve a empezar.

Pichí bostezó, satisfecho, y se tumbó junto a ella, dueño indiscutible de la casa, del lazo rojo, y de una humana a la que, sin pedir permiso, le había devuelto la alegría.

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No me arrepiento de nada
Mi marido me comparó con la esposa de su amigo durante la cena, y acabó con un plato de ensalada en el regazo – ¿Otra vez has sacado este juego de vajilla, Olga? Te pedí el de la cenefa dorada, el que nos regaló mamá para el aniversario. Es más elegante – refunfuñó Víctor, frunciendo el ceño ante el plato que Olga acababa de colocar sobre el mantel blanco. Olga se quedó un segundo congelada, con el manojo de perejil en la mano. Le daban ganas de contestar con brusquedad, decirle que ese juego de vajilla no se puede meter en el lavavajillas y que no piensa quedarse fregando platos a la una de la madrugada después de los invitados. Pero se contuvo. Hoy era el cumpleaños de Víctor, cincuenta años, celebración especial, y no quería amargar el ambiente desde el comienzo. – Víctor, ese juego es para doce comensales y sólo somos cuatro. Además estos platos son más hondos, mejores para el asado – contestó tranquila, mientras decoraba la gelatina con ramas de perejil. – Mejor revisa si has enfriado bien el vodka. Inés y Rubén deben llegar en cualquier momento. Víctor murmuró algo y se fue hacia el frigorífico. Olga lo miró de espaldas y suspiró. La última semana había sido una carrera frenética: la contabilidad del trabajo, el cierre de trimestre, los preparativos de la fiesta. Víctor se negó tajantemente a celebrar en un restaurante, dijo que «nadie cocina mejor que tú, Olga, y para qué tirar el dinero en postureo». Para ella, el halago incuestionable del marido escondía la típica economía doméstica y su desgana por enfrentarse con los precios del menú. Así que Olga se pasó tres noches después del trabajo marinando carne, cocinando verduras, horneando bizcochos de Napolitano y enrollando las berenjenas rellenas que tanto le gusta al homenajeado. Le dolían las piernas y la espalda, y no tuvo tiempo de hacerse la manicura: sólo pudo pintarse las uñas con brillo transparente. Una llamada en la puerta la sobresaltó. – ¡Voy! – gritó Víctor, cambiando el gesto de inmediato. La hosquedad desapareció y apareció la sonrisa hospitalaria del anfitrión. Marina entró en el recibidor. Entró como quien flota, no de otra manera. Esposa de Rubén – el mejor amigo de Víctor – siempre parecía recién salida de la portada de una revista: esbelta, pulida, con un vestido beige elegante ceñido al cuerpo. Llevaba una bolsita de boutique de marca. Detrás entró Rubén cargado de paquetes con regalos y botellas. – ¡Olga, cariño! – Marina besó a la anfitriona en la mejilla, inundándola con una nube de su caro perfume. – ¡Qué bien huele! Siempre una heroína en la cocina. Yo no podría, jamás. Yo a Rubén se lo dejé claro: si quiere fiesta, que me lleve al restaurante. Yo no me acerco a los fogones, tengo la manicura perfecta. Olga instintivamente escondió las manos tras la espalda. – Bueno, alguien tendrá que ocuparse de un poco de calor de hogar – sonrió al tomarle el abrigo a la invitada. – Pasad, que ya está todo puesto en la mesa. La cena empezó al modo tradicional. Brindis por el cumpleañero, comentarios sobre los regalos (Rubén regaló una caña de pescar profesional que Víctor llevaba medio año deseando), bromas y risas. Olga no dejaba de ir y venir entre la cocina y el salón, cambiando platos, reponiendo aperitivos y asegurándose de que nadie se quedara sin bebida. Ella sólo alcanzó a probar una cucharada de ensaladilla rusa y un trozo de queso. Víctor, animado por el primer chupito, se relajó. Se reclinó sobre la silla y contempló admirado a Marina, que iba cortando la merluza con una delicadeza de modelo. – Marina, como siempre estás espectacular – dijo en voz alta. – Te miro y pienso: ¿tienes algún truco? Comes y se nota que cuidas la línea. ¡Y el vestido, vaya! Se nota que una mujer sabe cuidarse. Marina se recolocó el mechón con coquetería. – Ay, Víctor, dices unas cosas… Es sólo disciplina. Gimnasio tres veces por semana y cero carbohidratos después de las seis. Y claro, todo el cuidado. Encontré una crema facial milagrosa. – ¡Eso! – levantó el dedo Víctor, como quien escucha la mayor sabiduría – ¡Disciplina! ¿Oyes, Olga? ¡Disciplina! Pero tú siempre lo mismo: «estoy cansada, no tengo tiempo». Mira a Marina, también trabaja y parece una chica joven. Olga, justo poniendo en la mesa una enorme bandeja de cerdo asado, quedó paralizada. Ella era jefa de contabilidad en una firma grande, llevaba la casa, el piso de la playa, ayudaba con los nietos cuando venían sus hijos. Marina sólo trabajaba de recepcionista en una peluquería dos días sí y dos no, y ellos no tenían niños. – Víctor, mejor no comparemos – respondió Olga suavemente, intentando evitar líos ante los invitados. – Cada uno tiene su ritmo de vida. Prueba el asado, es una receta nueva, con ciruelas. Pero Víctor, con la lengua desatada por el alcohol y sus viejos agravios, seguía con el discurso de macho herido y bocazas. – ¡¿Qué más da el asado?! – agitó la mano sirviéndose un trozo enorme de carne – Comer es comer. Pero la estética… Rubén, tienes suerte. Vienes a casa y no te encuentras a una cocinera en bata, sino a un hada. Así da gusto. ¿Y nosotros, Olga? Siempre esas cazuelas, siempre el olor a cebolla frita. Yo te lo digo: apúntate a spinning, haz ejercicio. Y tú: «que la espalda, que la tensión». Excusas de vaga. Rubén, incómodo, intentó cambiar de conversación: – Víctor, no seas así. Olga es una joya de cocinera. Esta carne no la hace nadie. Mi Marina, por ejemplo, no cocina nada; nosotros vamos de comida rápida o comida para llevar. – ¡Justamente! – añadió Marina, suavizando el tono aunque lo empeoró – Es verdad, no me gusta cocinar. Pero así tengo tiempo para mí. El hombre debería querer lo que ve, ¿verdad, Víctor? Víctor sonrió relamiéndose, mirando a la esposa de su amigo: – ¡Eso sí es! ¡Querer con los ojos! Y aquí… – señaló con desdén a Olga, sentada enfrente – Olga, te has puesto vestido y te has peinado, pero… sigues teniendo ese aspecto… gastado. De tía cansada, ¿entiendes? Mira los ojos de Marina, viven. Los tuyos sólo ven precios del mercado. Cayó un silencio espeso. Rubén se dedicó a su plato, Marina retorcía la servilleta. Olga sintió como si le hubieran dado una bofetada con la mano que antes planchaba, la noche anterior, esa camisa azul que usaba Víctor para seguir humillándola. Recordó cómo ahorró para su regalo de cumpleaños, recortando de sus gastos en estética. – Víctor, basta – dijo en voz baja, firme. – Te has pasado. – ¡No me he pasado! – bramó el marido. – ¡Digo la verdad! El amigo se ve en la adversidad, la esposa en la comparación. Rubén, míralas: tú puedes presumir de esposa pero yo, da vergüenza. ¿Te has visto en el espejo? Ya no eres la de antes. ¡Ya sois de la misma edad, por Dios! – No tenemos la misma edad, Víctor – replicó Olga con frialdad – Marina tiene treinta y ocho y yo cuarenta y ocho. Y Marina no sube bolsas de la compra cinco pisos cuando se rompe el ascensor, mientras tú te quedas en el sofá. – ¡Ay, ya empezamos! – Víctor puso los ojos en blanco. – ¡Yo trabajo! ¡Llevo el dinero a casa! Exijo que mi mujer se adapte a mi estatus. ¡Y tú… sólo sirves para cortar ensaladas! Por cierto, la ensalada… – pinchó con el tenedor el plato de ensaladilla – Ni eso te sale bien. La de Marina en Navidad era ligera, esponjosa. La tuya, mazacote de mayonesa. Como tú. Esa fue la última gota. Algo en Olga se rompió. Veinticinco años de paciencia se agotaron, y en vez de calor quedó un vacío y una gélida rabia. Se levantó. Víctor, sin notar el cambio, seguía farfullando: – Digo la verdad, Rubén, ¿no crees? La mujer debe inspirar. Y aquí, sólo aburrimiento. Bata, pantuflas, cocido. Mortífero… Olga tomó el plato grande, repleto de ensaladilla. Era fresco, muy empapado en mayonesa y decorado con betarraba. Kilo y medio, fácil. Rodeó la mesa, se paró junto al marido. Él alzó la vista por fin. – ¿Qué pasa ahora? – preguntó, desafiante – ¿Falta sal? ¿Has racaneado mayonesa? – No, Víctor – respondió Olga calmadamente, voz firme – Tiene todo. Sólo que pensé que tienes razón: sólo sé cortar ensaladas. Y como te falta estética y ligereza, esta ensalada te vendrá mejor que a nadie. Y con esas palabras, volcó el plato. El tiempo se detuvo. Rubén abrió la boca, Marina soltó un alarido ahogado, y la masa rosa y blanca, pegajosa y grasa, se aplastó en las rodillas de Víctor, sobre sus flamantes pantalones beige de aniversario. *Chof.* El sonido fue jugoso y húmedo. El río de mayonesa bajó por las perneras, la betarraba se impregnó en la tela, las rodajas de pescado decoraron la bragueta. Durante un instante reinó el silencio absoluto. Víctor miraba sus rodillas, incrédulo; el jugo rojo se expandía como pintura de artista en sus pantalones. – ¡¿Qué has hecho?! – bramó, levantándose. Ensalada por el suelo, alfombra, zapatos. – ¡Estás loca! ¡Son nuevos, idiota! Olga dejó el plato vacío sobre la mesa: – Pero está rico, Víctor. Y alimenta. Y fíjate: todo natural, hecho por mis manos. – ¡Te voy a…! – Víctor levantó el brazo, pero Rubén reaccionó y agarró a su amigo. – ¡Víctor, tranquilo! ¡La has obligado tú! – ¿Obligado?! ¡¿Yo?! – chillaba Víctor, meneando los pantalones sucios – ¡He dicho la verdad y me ha tirado comida! ¡Límpialo! ¡Ahora mismo! ¡Anda a cuatro patas, limpia! Marina, pálida, se pegó al respaldo. Fin de la velada. Olga miró con asco a su marido, como a un insecto: – Lo limpiarás tú – repuso, seca. – O llamas a una empresa. Total, eres hombre de estatus, ¿no? Yo me marcho. Tiempo de cuidarme yo. Como dijiste: inspirar. Se giró y salió del salón. En el recibidor se puso el abrigo y cogió el bolso. De fondo, los gritos de Víctor y los intentos de Rubén de calmarlo. – Olga, ¿a dónde vas? – Marina apareció, nerviosa, por el pasillo – Olga, no te vayas, está borracho, no lo dice en serio… – Sí lo dice, Marina – respondió Olga, mirándola sin rencor. Sólo pena. – Siempre lo pensó. Gracias por venir. Me abriste los ojos. Olga salió al aire fresco de otoño. No tenía adonde ir, pero tampoco podía quedarse en casa. Se sentó en el banco del portal y pidió un taxi: «A casa de mamá». Su madre falleció dos años antes, pero el piso seguía vacío. Ahora le servía. Víctor la llamó veinte veces esa noche: primero para gritar, luego para rogar. Olga no contestó. Se compró una botella de vino y chocolate en el supermercado 24h, llegó al piso de su madre – aún olía a libros y a polvo –, y por primera vez en años simplemente se tumbó en el sofá, sin pensar en lavandería ni desayunos. Las siguientes dos semanas fueron un infierno para Víctor. Olga no volvió al día siguiente. Ni al siguiente. Vivía en casa de su madre, iba al trabajo, y por las tardes… Por las tardes se apuntó al masaje, ese mismo que llevaba tres años sin permitirse. Víctor se quedó solo. Descubrió que la comida no aparece en la nevera por sí sola, ni los calcetines saltan de la lavadora a la cómoda sin ayuda. Los primeros tres días tiró de empanadillas y usó vaqueros (los pantalones beige no se pudieron ni arreglar). Presumía por teléfono con Rubén: – Da igual, volverá. ¿Dónde va a ir con cincuenta años? Se cansará de hacer teatro y volverá. Y veré si la perdono. Pero al cuarto día, ya no quedaban camisas limpias. Él no sabía planchar y odiaba hacerlo. Al quinto, le dolió la barriga de tanta comida preparada. El sexto día se dio cuenta que no había papel higiénico y había olvidado comprarlo. El piso se llenó de suciedad. La mancha de ensaladilla en la alfombra apestaba a mayonesa y pescado. El ambiente doméstico que creía natural se fue desmoronando. Y Olga… Olga rejuveneció. No tenía que cargar bolsas, sólo cocinaba para ella y comía poco. Dormía bien. Sus colegas lo notaron. – Olga, te veo diferente. ¿Te has enamorado? – bromeaban. – Sí, chicas – respondía – Me he enamorado de mí. Por fin. Dos semanas después, Víctor la esperó en la salida del trabajo. Parecía del todo derrotado: camisa arrugada, barba de tres días, cara de perro apaleado y un ramo de tres claveles en celofán. – Olga… – empezó, nervioso. Olga lo miró, tranquila y fría. – ¿Qué quieres, Víctor? – Olga, esto ya está bien, ¿no? Ya está la broma. Vuelve a casa. Allí… hay que regar las flores. Y la gata te echa de menos. No tenían gata. – No voy a volver, Víctor – sentenció – He pedido el divorcio. Te llegará la citación. Víctor se quedó de piedra. – ¿¡Divorcio!? ¿Pero estás loca? ¿Por una ensalada y unas palabras? ¡Veinticinco años! – Justo. Veinticinco años sólo para que me uses de criada, cocinera, fregona. Nunca como persona. ¿Querías un hada? Busca una. Marina, quizás. Aunque Rubén te partiría la cara. Busca alguna que flote, huela a perfume y no haga nada. Ojo: las hadas no limpian baños, ni cocinan cocido. – ¡Olga, perdóname! – suplicó, agarrándola de la manga, la gente miraba. – ¡Fue una tontería! ¡Se me fue la cabeza! ¿Te compro un abrigo? ¿O ese pase al gimnasio? Olga soltó una carcajada amarga y alegre a la vez. – ¿Al gimnasio? ¿Para ser como Marina y no darte vergüenza conmigo? No, Víctor. Voy al gimnasio. Para mí. Y el abrigo, si me apetece, me lo compro yo. Ahora mi sueldo da para mucho, si no lo gasto en tus caprichos y tus cañas de pescar. – ¿Y yo, qué? – preguntó, deshecho – ¡Yo no puedo ni usar la lavadora, tiene mil botones! – La instrucción está en internet, Víctor. O contrata una asistenta. Yo me jubilo de esposa. Sin indemnización. Le soltó la manga y caminó hasta el metro. Espalda recta, paso ligero. Víctor se quedó ahí, con los claveles marchitos en la mano. Recordaba la velada, el asado exquisito, la luz acogedora, y ese instante en el que la ensalada se deslizaba por su pierna. – Tonta… – musitó, pero sonó inseguro. – Qué tonta… Pero al regresar al piso vacío y maloliente, a la pila de platos sucios y restos resecos, el tonto resultó ser él. Llamó a Rubén. – Rubén, ¿me invitas a cenar algo casero? – Lo siento, tío – la voz de Rubén era tensa – Marina y yo discutimos. Le dije que podía cocinar aunque fuera una vez, y me gritó que no piensa hacer de cocinera. Dijo: «Mira lo que le pasó a Olga y Víctor, acabaron con ensalada en las piernas. Yo paso». Ahora estoy a dieta de fideos instantáneos. Víctor miró la mancha de ensalada en la alfombra. Parecía la silueta de un corazón, partido y sucio. Pasaron seis meses. Olga y Víctor se divorciaron en paz. Los hijos, ya adultos, intentaron reconciliarlos, pero viendo a la madre radiante y al padre quejumbroso, se decantaron por ella. Víctor jamás aprendió a cocinar. Adelgazó, se deslució; las camisas las lleva a la tintorería – caro, pero qué remedio. Probó con otras mujeres, pero todas «no eran como Olga». Una no sabía hacer croquetas, otra exigía restaurante diario, otra preguntó el sueldo y frunció el ceño. Olga celebró su cumpleaños cuarenta y nueve en una cafetería con amigas. Estrenando vestido y corte de pelo. – ¿Te arrepientes? – preguntó una. Olga removió el café y sonrió: – Sí, claro. Me duele no haberle tirado la ensalada en la cabeza hace diez años. Todo ese tiempo intenté ser perfecta para quien nunca lo apreció. Miró por la ventana. Por la calle primaveral caminaban parejas, felices o no. Y supo que su felicidad dependía sólo de sí misma, no de cortar el embutido finito ni de los halagos a otras esposas. Su felicidad estaba en sus manos. Y esas manos ya no huelen a cebolla: huelen a libertad y a crema fina. Y la ensalada… Ahora la compra en la tienda gourmet. Un poquito. Sólo cuando le apetece.