¿Y tú que no me creías?
Un par de días después, Verónica llamó otra vez. Esta vez su voz sonaba bastante alterada.
Te lo dije, tía, tu Damián es muy sospechoso. Pero tú, nada, sin hacerme caso Pues ahora ¡tengo pruebas!
¿Qué pruebas ni qué niño muerto? preguntó Olga, y notó un escalofrío recorriéndole la espalda…
«¿Qué demonios ha averiguado esta sobre mi idílico novio?».
*****
No por nada en España decimos: Vísteme despacio, que tengo prisa.
Olga, que ya contaba veintiséis castizos años, había escuchado ese refrán unas cuantas veces y procuraba grabárselo bien en la cabeza. Por si las moscas.
Pero justo aquella tarde fatídica no le quedaba otro remedio que arriesgarse: salía del súper con dos bolsas llenas, vio el autobús número 21 parado y, con sus puertas abiertas de par en par, y
salió disparada como si fuera el último día de rebajas.
¡Espere, porfa! le gritó la pobre Olga al conductor, que estaba más interesado en chatear en su móvil que en los peatones desesperados.
Y entonces pasó lo impensable. Se le rompió el tacón del zapato, luego se torció el tobillo, y aterrizó de rodillas en el suelo, rompiendo esas medias nuevas que tanto le gustaban.
Varios tomates rodaron por la acera, junto con la barra de pan y una bolsa de patatas.
Olga miró impotente hacia el autobús, que se alejaba a paso de tortuga, y se emocionó tanto que se le humedecieron los ojos.
¡Vaya tela!
En ese momento recordó el refrán y le recorrió la cara una sonrisilla melancólica. Sí, no hay que correr tanto en la vida
Ya está, basta de emociones fuertes por hoy. Pido un taxi y me largo a casa tranquilita, pensó amargada mientras intentaba levantarse.
De repente, una figura masculina apareció a su lado. No le vio la cara (maravillas del sol madrileño), pero escuchó una voz de esas que te hacen cosquillas en el alma.
¿Dónde va usted tan deprisa, señorita? ¿Le duele mucho? Déjeme que le ayude.
Estaba corriendo a por el bus… si es que luego el siguiente tarda media hora, ¡qué cruz! suspiró Olga, aceptando la mano.
El hombre la levantó con cuidado y con toda naturalidad empezó a recoger sus compras del suelo.
Muchísimas gracias, de verdad dijo Olga, notando que el buen hombre tenía una mirada de lo más simpática. Ya iba a reclamarle sus bolsas cuando él sonrió y se las quedó.
Mire, si quiere la llevo a casa.
¿A casa? se sorprendió Olga. No, no, que llamo a un taxi y en paz, no se agobie, de verdad.
Pero vamos a ver, ¿pa qué vas a llamar? rió el hombre. Si yo mismo soy taxista. Venga, que le ayudo a llegar al coche.
Olga, que normalmente se pensaría siete veces no subirse con un desconocido, ahora solo quería llegar a su sofá. Además, aquel hombre no era para nada intimidante. Al contrario, transmitía buen rollo.
Durante el trayecto, el taxista, llamado Damián, se dedicó a contarle, con mucha gracia, anécdotas cotidianas de sus clientes.
Una vez, una señora se enfadó porque la llevé demasiado rápido contó.
¿Pero qué dices? rió Olga.
Tal cual, la mujer tenía cita en la pelu a las nueve y pidió el taxi a las ocho, por si acaso había atasco. Yo tiré por calles secundarias y llegamos en media hora. Y va y llama a la centralita a protestar: ¿Y ahora qué hago yo esperando aquí media hora, eh?
Ay, qué paciencia
Bueno, ya llegamos, Olga. ¿Es este tu portal o he metido la pata?
Sí, sí este es asintió Olga.
¿Qué piso es?
¿Disculpa? ¿Para qué quieres saberlo? aguzó Olga, poniéndose en modo prevención.
Por ayudarte a subir las bolsas, vamos ¿Cómo vas a subir tú sola con ese pie como una morcilla?
Ella dudó. Por un lado, subir esas bolsas sola iba a costar sangre, sudor y lágrimas. Por otro, tampoco le apetecía que el buen hombre supiese exactamente dónde vivía.
Tranquila, mujer. Que no muerdo. Solo quiero ayudar, y ni te cobro la carrera.
Eso sí que no Estás trabajando, así que te pago.
Que no pienso coger ni un céntimo, mujer, desiste.
Olga puso cara de bueno, allá tú, sacó un billete arrugado de diez euros y lo dejó en el asiento delantero.
Damián, sin que ella lo viera, cogió el billete y, disimuladamente, lo metió en una de las bolsas mientras guardaba las compras en el maletero. Luego acompañó a Olga hasta la mismísima puerta.
Gracias otra vez, Damián.
De nada, mujer sonrió. Si quieres, mañana te llevo al trabajo, no me cuesta nada.
¡Vaya! ¿Y es que ahora eres mi chofer personal? le siguió la broma Olga.
¿Y por qué no?
Así fue como empezaron. Damián la recogía cada mañana para llevarla a la oficina y después le daba un paseo de vuelta por la tarde. Y, curiosamente, ¡no le aceptaba nunca dinero!
Damián, ¿es que a todos tus pasajeros les haces estas ofertas? ¿O yo soy la afortunada?
Olga, habíamos quedado en tutearnos, ¿no?
Ya Pero se me hace raro. Nos conocemos de hace tres días. Pero ¿y lo del dinero?
Solo tú tienes esa suerte dijo Damián con un guiño.
Lo que empezó con un tropiezo almacenó cenas interminables, paseos nocturnos por el centro de Madrid y mucha, mucha complicidad. A Olga cada día le gustaba más ese taxista caballeroso.
Nunca se imaginó que los conductores de taxi podían ser así de majos.
Un mes más tarde, Olga presentó a Damián a su mejor amiga. Buscaba veredicto femenino de confianza.
No me gusta nada sentenció Verónica en cuanto estuvieron a solas en la cocina.
¿Pero por qué no? Si es encantador, guapo, y ni fuma.
Ahí está lo raro, Olga. Yo iba en taxi un montón cuando no tenía coche, y a uno como ese jamás le vi. Es demasiado buena persona Tiene pinta de no estar en su salsa.
¿Qué insinúas?
Que Damián no es quien dice ser. Vaya que resulta ser un estafador.
Pero si los estafadores van tras la pasta, y este no me ha cobrado ni un euro nunca.
Ahí está lo raro. ¿Qué taxista lleva gratis a una desconocida? Su salario tampoco es para tirar cohetes, y ahora va y hace el milagro. No sé Me huele a que quiere ganarse tu confianza. En fin, tú pediste mi opinión y ahí va: ese tío es raro y no me gusta nada
Las palabras de Verónica se le quedaron dando vueltas. Por un lado, no quería hacerle caso. Por otro igual razón no le faltaba.
Damián había irrumpido en su vida como Príncipe Azul. ¿Y si era literal?
Olga decidió seguir adelante, pero ir poco a poco. Mejor conocerle bien antes de saltar a la piscina (o a la fuente de Cibeles, que impresiona más).
*****
¿Qué pasa, que hoy no tienes ganas de fiesta? ¿En la oficina te han dado la paliza del siglo? preguntó Damián cuando Olga se subió al coche.
No, en la oficina bien. Es por otra cosa…
¿El qué?
Verónica, la amiga con la que cenamos hace poco, trabaja de voluntaria en una protectora de animales. Y dice que últimamente no va nadie a adoptar. Han puesto anuncios por Internet y todo, pero ni con esas Me da una pena… Si pudiera, me llevaría un par de gatitos, pero la casera me mata.
Le fue contando cómo habían encontrado a un gatito gris y famélico en la estación de Atocha, y a otro pelirrojo con una pata torcida junto al ayuntamiento. Y otros más con historias de lágrima fácil.
Cada semana aparecen más. Pronto ni cabrán en la protectora…
Vaya faena ¿Dónde está la protectora?
A las afueras de Madrid, por eso va tan poca gente…
Al día siguiente, Verónica llamó de nuevo. El tonito era ese de te-traigo-noticia-gorda.
Hola, Olga. ¿Te imaginas quién ha venido hoy a la protectora?
No me digas que el alcalde…
Tu chico, Damián. ¡Y se ha llevado a uno de los gatitos! Dice que quiere ayudar. ¿Le contaste tú lo nuestro?
Sí, y mira, ha surtido efecto. ¿Se llevó al gris, al anaranjado o a quién?
Al gris Pero, tía, yo no acabo de fiarme. A mí ese chico…
Anda ya. Que no te guste, vale, pero tampoco puedes negar que ha hecho un buen gesto.
Ya veremos si buen gesto o no…
Mujer, adoptar un gato está bien. Cuantos menos estén en la protectora, mejor.
Verónica se tragó la última palabra porque alguien la llamó y tuvo que colgar.
Esa misma tarde, Olga y Damián paseaban por El Retiro. Olga moría de curiosidad, esperando que él le confesara que había adoptado un gato. Pero el tío, ni mu.
Damián
¿Dime?
¿Por qué no me has contado lo de la protectora? ¿Y el gatito?
Vero te lo habrá chivado
¡Claro! ¿Creías que esto podía ser secreto? Te lo agradezco de corazón. De verdad, ha sido un detallazo.
Por eso no dije nada. Yo lo hice porque sí, no para que me tiren flores…
Lo sé
Olga empezó a darse cuenta de que igual Verónica estaba equivocada y que Damián realmente era un buen tipo. ¿Será que me tiene envidia?, pensó un momento, aunque enseguida se sintió culpable. Verónica, con su genio, sí, pero jamás le tendría celos.
De eso estaba segura.
*****
A los dos días, Verónica volvió a llamar, esta vez medio llorando.
Te lo dije, Olga, ese Damián está tramando algo raro. Pero tú, que no, que muy majo… ¡Pues tengo pruebas!
¿Pero de qué hablas? sopló Olga, sintiendo un escalofrío…
«¿Y ahora qué ha hecho el pobre?».
Que ha venido dos veces más a por gatos. Ayer y hoy.
¿Quería devolver al gatito?
No, Olga. ¡Se ha llevado otros dos!
¿Y? Si hay gente que tiene tres gatos en casa y tan felices.
¿No te resulta sospechoso? Tres gatos, el soltero del taxi ¿Tú te imaginas a un taxista ocupándose de tres bichillos? Encima, cada vez venía cuando había voluntarios diferentes y preguntaba a todos
Olga no tenía palabras. ¿Qué estaba pasando?
Le preguntaré. Y a ver qué me dice… masculló, colgando.
*****
Oye, Damián, ¿me invitas a tu casa algún día? Ya estuviste en la mía…
Claro, pero otro día mejor Está todo hecho un desastre ahora mismo.
¿Y el gato? ¿Ya le pusiste nombre?
El gato está bien, no te preocupes. Y lo del nombre ya llegará sonrió.
Después de eso, Olga empezó a sospechar. Damián nunca mentía, pero ahora aquí olía a chanchullo. No mencionaba ni por asomo el par de gatos extra que, según Verónica, había adoptado.
«¿Tendrá razón Verónica? ¿Y si mi príncipe es, en realidad, un villano de película de sobremesa de Antena 3?»
Al día siguiente, Olga le contó a Verónica sus dudas.
Te lo dije Si llega a venir en mi turno, le plantaba la pregunta: ¿Para qué tantos gatitos, hombre?. Pero claro, iba turnándose para que nadie sospechase. Tía, tú misma le dijiste lo del refugio…
Sigo sin entender el porqué. ¿Qué va a querer un buenazo como él con tanto gato? No cuadra.
¡Porque no es tan bueno, Olga! ¿Te has fijado que ni te deja entrar en su casa? ¿No será porque no hay ni rastro de gatos?
¿Tú crees?
¿Y si nos vamos a la policía…?
Espera, Vero. Creo que tengo un plan para averiguar la verdad.
*****
Durante días, Olga y Verónica plantaron guardia en la entrada de la protectora, como detectives con café con leche y mollete de desayunar, listas para pillar a Damián con las patas en la masa.
Olga le contó que se marchaba un par de días de viaje de trabajo, aunque en realidad era mitad plan, mitad vergüenza ajena.
¡Olga, que viene! Está eligiendo otro y, mira, como si le hiciese gracia todo.
Entonces es verdad… Ay, qué desilusión. ¿Le has abordado?
No, le espié por la ventana.
Bueno, pues adelante, tal como planeamos, a destapar el pastel.
*****
Cuando Damián salió del refugio, ellas lo siguieron con el coche de Verónica por media capital, auténticas agentes especiales versión Chamberí.
Lo curioso fue que llevaba el gatito en el coche todo el trayecto.
Por fin, paró ante un bloque de pisos del barrio de Lavapiés.
Ya está, a entregar otro pedido, susurró Olga.
Del coche bajó una señora mayor, de esas que parecen llevar toda la vida dando de comer a palomas en el parque. Damián le entregó el gato y la mujer le agradeció entusiasmada.
¡No aguanto más! exclamó Olga, saliendo disparada hacia él.
Pero ¡Olga! ¿No estabas en un viaje de curro? se sorprendió Damián.
Me salté el viaje ¿Y tú? ¿Me explicas qué haces con los pobres gatos del refugio? No me vengas con cuentos de que están en tu casa, porque sé que no.
¿Pero qué película te has montado tú ahora, Olga? preguntó Damián atónito, mientras abrazaba al minino.
La abuela los miró como si estuviera viendo Sálvame y se fue, por si acaso.
¿Me quieres explicar o llamo a la poli? ¿Tanto misterio con los gatos?
Si es que no hago nada raro. Los busco una familia. Tú misma me contaste que nadie venía a adoptarles… Así que pensé en ayudar.
¿Buscas dueños entre tus clientes?
Eso es. Pero me aseguro de que sean responsables eh Que yo para eso tengo ojos. Solo a buena gente.
Verónica, que no aguantaba más, bajó del coche.
¿Y tú por qué le sigues el rollo, Olga? ¡Que seguro que te está engañando!
Vero, escucha un momento
Mira, hagamos una cosa interrumpió Damián. Hay un bar justo aquí al lado; nos tomamos un café y os cuento todo, con pelos y señales, lo prometo.
Olga y Verónica, un poco cortadas, aceptaron. Total, después de tanto lío, un café no hace daño.
Ya en la cafetería, Damián explicó la historia real:
Mira, mi hermano trabaja de taxista, pero hace poco se cayó de una escalera pintando el baño y se rompió la pierna bastante mal. Me pidió que le cubriera estos días y así no perder la licencia. Yo tengo curro, pero me apañé para echarle un cable.
¿Y a qué te dedicas tú, entonces?
Pues resulta que soy dueño de la tienda de animales que hay en la glorieta. Pero necesitaba el taxi para hacer tiempo y, ya que estaba, pensé en ayudar a esos pobres gatos. No todo el mundo va a la protectora, está muy lejos. Así que llevaba un gatito en la ruta y, si veía oportunidad, lo ofrecía a pasajeros que parecían de fiar. Y de paso, les regalaba un vale de descuento para la primera compra del felino.
Un momento de silencio. Olga y Verónica miraban entre alucinadas y avergonzadas.
Pues mira, Damián resultó ser inocente rió Olga, guiñando un ojo a Verónica. Y tú, Vero, que si el hombre era un monstruo
Bueno, tampoco me digáis nada, que cualquiera sospecharía. Y al final tenía yo razón, ¿eh? No era realmente taxista. Pasa que salió honrado y todo.
Por cierto, Verónica, si necesitáis ayuda en la protectora pídeme pienso o lo que sea, que os echo un cable.
Eso se agradece mucho más que los discursos.
¿Y el gatito de hoy, qué? preguntó Olga.
A ese me lo quedo yo. Que volver al refugio no es plan.
¿Y me invitas a tu casa ya, o sigues diciendo que está patas arriba?
¡Hoy está como una patena, bienvenida seas!
Aquella noche, por fin, Olga descubrió que Damián no mentía: en su piso convivían dos gatitas y, ahora, un tercer miembro el travieso blanquirrojo, a quien bautizaron Maese.
A partir de ahí, Olga y Damián formaron una peculiar familia. Maese y las dos gatas se entendieron y, muchas veces, eran ellas quienes se escondían del pequeño terremoto que no paraba de jugar.
El hermano Vasili volvió a conducir su taxi y, en los días libres, Olga y Damián se llevaban otro minino a ofrecer durante los trayectos, con el permiso de Verónica.
Y, curiosamente, ¡siempre encontraban casa ese mismo día!
Porque, si lo piensas, los gatos necesitan una persona igual que muchas personas ni saben que necesitan un gato. Pero ahí están, esperando encontrarse…







