Ana siempre se sintió como una sombra dentro de su propio hogar. Su madre, Doña Carmen, mostraba una clara predilección por sus hermanas mayores, Almudena y Celia, dándoles más cariño y calor. Esa injusticia hirió profundamente a Ana, pero ella guardó el rencor en su interior, intentando siempre complacer a su madre y acercarse, aunque sea un poco, a su amor.
«¡Ni se te ocurra vivir bajo mi mismo techo! El piso será para tus hermanas. Desde niña me miras como a una cría de lobo. Vive donde te plazca», fueron esas las palabras con que Doña Carmen echó a Ana fuera en el mismo día de cumplir dieciocho años.
Ana protestó, alegando que no era justo. Almudena sólo llevaba tres años más, y Celia cinco. Ambas habían terminado la universidad gracias a los pagos de su madre; nadie les había apremiado a independizarse. Pero Ana siempre había sido la diferente. A pesar de sus esfuerzos por ser «buena», en la familia sólo recibía un afecto superficialsi es que se podía llamar amor. Sólo su abuelo, Don José, le brindaba verdadera ternura. Fue él quien acogió a su hija embarazada cuando el marido la abandonó sin dejar rastro.
«Quizá a mamá le preocupa mi hermana. Dicen que me parezco mucho a ella», pensaba Ana, intentando encontrar una razón a la frialdad materna. Intentó varias veces conversar sinceramente con su madre, pero cada encuentro terminaba en escándalo o berrinche.
Don José era su verdadero sostén. Los recuerdos más dulces de su infancia estaban ligados al pueblo de la sierra, donde pasaban los veranos. Ana adoraba trabajar en el huerto, en la hortaliza, ordeñar vacas, hornear empanadascualquier cosa que le permitiera posponer el regreso al hogar, donde cada día la recibían con desdén y reproches.
«Abuelo, ¿por qué nadie me quiere? ¿Qué tengo de malo?», preguntaba a menudo, aguantando las lágrimas.
«Te quiero mucho», respondía él, con suavidad, sin mencionar nunca a la madre o a las hermanas.
La pequeña Ana quería creer en sus palabras, que el amor existía, aunque fuera de una forma especial Pero a los diez años su abuelo falleció, y desde entonces la familia la trató peor. Sus hermanas se burlaban, y su madre siempre les echaba la culpa.
A partir de ese día, nada nuevo llegaba a sus manos: solo ropa de segunda mano de Almudena y Celia. Ellas se mofaban:
«¡Qué chulísimo top! A barrer el suelo, Ana, lo que sea necesario».
Y cuando la madre compraba dulces, las hermanas se los devoraban, entregándole a Ana solo los envoltorios:
«Toma, tonta, recoge los paquetes».
Doña Carmen escuchaba todo pero nunca los regañaba. Así Ana creció como la «cría de lobo», una figura innecesaria que suplicaba amor a quienes la veían no sólo como inútil, sino como objeto de burla. Cuanto más se esforzaba por ser buena, más la odiaban.
Cuando, en su decimoctavo cumpleaños, su madre la echó, Ana encontró trabajo como auxiliar de hospital. La resistencia y el esfuerzo se volvieron su rutina, y por fin le pagabanaunque escasos euros. Allí, nadie la despreciaba. Si la bondad no se encontraba con la hostilidad, ya era un progreso.
Su jefe le ofreció la posibilidad de una beca para formarse como cirujana. En aquel pequeño pueblo de la provincia, los especialistas escaseaban, y Ana ya había demostrado talento entre los pacientes.
La vida era dura. A los veintisiete años, no le quedaba ningún pariente cercano. El trabajo se convirtió en su vida entera, literalmente. Vivía para los pacientes a quienes salvaba, pero la soledad nunca la abandonaba: seguía habitando una residencia, como antes.
Visitar a su madre y hermanas resultaba una constante decepción, así que Ana intentaba ir lo menos posible. Cuando todos salían a fumar y cotillear, ella se retiraba al balcón a llorar.
Una tarde, en medio de esa tristeza, un colegael auxiliar Juliánse le acercó:
«¿Por qué lloras, guapa?»
«¿Qué guapa? No te burles», contestó Ana, reservada.
Se consideraba una rata gris, sin percatarse de que, a punto de los treinta, había adquirido una delicada melena rubia, grandes ojos azules y una nariz perfecta. La torpeza juvenil había desaparecido, sus hombros se enderezaron, y el peinado recogido en un moño estricto parecía querer escapar.
«¡Eres realmente hermosa! Valórate y no agaches la cabeza. Además, eres una cirujana prometedora, tu vida se perfila bien», le animó Julián.
Llevaban dos años trabajando juntos; a veces le regalaba chocolates, pero esa fue su primera conversación sincera. Ana rompió a llorar y le contó todo.
«Quizá deberías llamar a Don Diego, el que acabas de salvar. Trata bien a sus pacientes y se dice que tiene muchos contactos», sugirió Julián.
«Gracias, Julián. Lo intentaré», respondió ella.
«Y si eso no funciona, podríamos casarnos. Tengo un piso, no te maltrataré», añadió en tono de broma.
Ana se sonrojó, y de repente comprendió que hablaba en serio. Él no veía a una huérfana desventurada, sino a una mujer que merecía amor.
«Vale, lo consideraré», sonrió, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que no era una «bestia de carga», sino una joven bella con un futuro por delante.
Esa misma noche marcó el número de Don Diego:
«Soy Ana, la cirujana. Me diste tu número y dijiste que podía llamarte si surgían problemas», empezó, dudando.
«¡Ana, qué alegría que hayas llamado! ¿Cómo estás? Mejor nos vemos. Ven a casa, tomemos té y charlemos tranquilamente, que a los mayores nos gusta conversar», respondió el hombre, cálido.
Al día siguiente era su día libre, y Ana fue de inmediato. Le contó su situación y le preguntó si conocía a alguien que necesitara una cuidadora.
«Entiendo, Don Diego, estoy acostumbrada al trabajo duro, pero ya no puedo más»
«¡No te preocupes, Ane! Puedo conseguirte un puesto de cirujana en una clínica privada. Además vivirás conmigo. Sin ti, no estaría aquí», respondió.
«¡Claro, Don Diego! ¿Tus familia no se opondrá?»
«Mi familia sólo aparece cuando me voy; les importa el piso», contestó con tristeza.
Así empezaron a convivir. Dos años después, floreció un romance entre Ana y Julián, que a menudo se prolongaba entre tazas de té. Don Diego, sin embargo, no aprobaba a Julián y no perdía oportunidad de advertirle:
«Perdona, pero Julián es bueno, solo que débil e influenciable. No confíes demasiado en él».
«Don Diego es demasiado tarde. Ya decidimos casarnos. Hace dos años él me propuso en broma y ahora estoy embarazada», anunció Ana, casi resplandeciente. Añadió luego, «¡Tú sigues siendo importante! Te visitaré cada día, eres como familia».
«Ane, no me siento bien. Mañana vamos al notario y registraré una casa en el pueblo a tu nombre. Siempre te ha gustado la vida rural; será tu dacha o lo venderás si quieres», propuso Don Diego, dudando.
Ana se opuso: era demasiado, él viviría mucho tiempo y la casa debería ir a sus hijos. Sin embargo, Don Diego se mantuvo firme.
Al descubrir que la vivienda estaba en el mismo pueblo donde vivió su querido abuelo, la sorpresa la invadió. La casa original había sido derribada, el terreno vendido, y ahora extraños habitaban allí. Pero el hecho de poseer ese pequeño rincón avivó recuerdos cálidos.
«No lo merezco, pero mil gracias, Don Diego», agradeció sinceramente.
«Solo una cosa: no le digas a Julián que la casa está a tu nombre. No preguntes por qué. ¿Me lo permites?», pidió, serio. Ana asintió, prometiendo cumplir. Cómo explicar el origen de la casa a Julián seguía sin respuesta, pero podría decir que se había reconciliado con su madre.
Poco después, Don Diego, además de sufrir secuelas de un ictus, fue diagnosticado con cáncer y rechazó la cirugía. Ana organizó su funeral y se mudó con su futuro esposo.
Los problemas surgieron al séptimo mes de embarazo, cuando ya llevaban seis meses juntos.
«Tal vez deberías trabajar un poco antes de que nazca el bebé», sugirió Julián.
Ana había dejado temporalmente la clínica donde Don Diego la había colocado. Pensó vivir de sus ahorros, contando con el apoyo de Julián, pero sus palabras la hirieron.
«Bueno quizá», respondió insegura. Ella hacía la compra, pero Julián resultó tacaño. El niño crecía en su vientre y ella no quería renunciar a la boda.
Una semana antes del gran día, mientras Julián no estaba, una mujer desconocida entró en el apartamento con su propia llave.
«Hola, soy Lena. Julián y yo nos queremos, y él solo tiene miedo de decírtelo. Así que lo digo: ya no eres necesaria», proclamó la alta y delgada rubia con determinación.
«¿¡Qué!? ¡Nuestra boda es en pocos días! ¡Ya hemos pagado todo!», balbuceó Ana, confundida. Ella había asumido la mayor parte de los gastos del modesto banquete en una cafetería.
«Lo sé. No hay problema. Julián se casará conmigo. Tengo contactos en el registro civil; lo arreglaremos rápido», aseguró Lena, como si ya estuviera decidido.
Lena no tenía intención de marcharse. Cuando Julián apareció, sólo murmuró:
«Ana, lo siento Es verdad. Ayudaré con el bebé, pero no me caso contigo».
«Haremos una prueba de paternidad», añadió Lena, poniendo su mano en el hombro de Julián.
«¿¡Prueba de paternidad!? ¡Eres mi primer y único!», gritó Ana, lanzándose contra él con puños.
«¡Deja de gritar! ¡Sólo tienes treinta y actúas como niña!», se rió Lena.
Julián permaneció inmóvil, sin defender a Ana, mirando al suelo. Todo giraba en torno a Lena; él era un mero espectador pasivo.
Ana empezó a empacar. No tenía sentido luchar por un hombre que la abandonaba con facilidad. Lena le contó que ella y Julián habían salido años atrás; se había casado, pero ahora estaba libre. Ana sólo era una sustituta temporal hasta que apareciera la mujer de ensueño.
Podría haber exigido explicaciones a Julián, pero ¿qué conseguiría si él dejaba que Lena tomara su lugar?
«Al fin la casa sirve», pensó Ana.
La vivienda era útil, aunque carecía de agua corriente. Sin embargo, la leña era excelentesu abuelo le había enseñado todo lo necesario para la vida campestre. Era habitable. ¿Cómo dar a luz sola? Aún había tiempo; encontraría la solución.
El fuego estaba apilado, el cobertizo robusto, y la nieve cubría la entrada, lista para ser retirada. Las pilas de leña estaban llenasun verdadero hallazgo en aquel frío.
Era bueno que Don Diego la hubiera presentado a los vecinos como la nueva dueña y esposa del hijo. No habría preguntas innecesarias.
Ana, como siempre, llamó a su madre y hermanas. Como era de esperar, le aconsejaron dejar al bebé en un orfanato y «la próxima vez no te metas con cualquiera antes de la boda». También cotillearon sobre cómo Julián no había devuelto el dinero del casamiento, la mitad del cual ella había pagado.
Nadie sabía de la casa. Ahora Ana podía esconderse de todos y recomponerse.
El frío era terrible; ni siquiera se quitó la chaqueta de plumas. Cuando empezó a remover las brasas del horno, el atizador golpeó algo duro.
Quitó los guantes y sacó una caja de madera que bloqueaba la leña. Estaba sellada, con grandes letras en la tapa: «Ana, esto es para ti». Reconoció la caligrafía al instante: era de Don Diego.
Dentro había fotos, una carta y una pequeña cajita. Sus manos temblaron al abrir el sobre y leer:
«¡Querida Ane! Debes saber que soy hermano de tu abuelo. Él me pidió que cuidara de ti».
La carta reveló que, años atrás, hubo una ruptura entre el abuelo y Don Diego, pero antes de morir, el hermano mayor encontró a Don Diego y le pidió buscar a Ana cuando cumpliera dieciocho. También dejó una herencia que su hija jamás entregaría.
Don Diego no había localizado a Ana de inmediatosu madre y hermanas ocultaron su dirección. El destino los juntó en el hospital cuando él se atendía y ella era su doctora. Quiso contarle antes, pero el tiempo no lo permitió, así que decidió entregarle la casa que su abuelo había comprado a él en vida, sabiendo que su hija nunca cedería nada a la nieta.
Otro golpe vino con la carta: su madre no era su madre biológica. Ana era hija de su hermana fallecida, a quien su madre siempre había envidiado. En la fotomadre y padre jóvenes, abrazando a una niña pequeña. Ana sobrevivió porque estaba con su abuelo el día del accidente.
En la caja había billetes de cinco mil euros, dejados por el abuelo. El tacto de ese dinero calentó su corazón. Lágrimas rodaron por sus mejillas. Ahora ella y su bebé estaban seguros.
Al encender el horno, pareció que todas sus penas, traiciones y rencores se consumían en las llamas. Empezaría de nuevopor el bebé y por ella.
Con el tiempo perdonaría a quienes le hicieron daño, pero ya no los buscaría. Esa casa sería su refugio.
Don Diego siempre decía que una buena casa debía pertenecer a quien la apreciara. Aseguró haberla construido en su juventud con sus propias manos, con los mejores materiales.
«No es una casa, es una maravilla. ¡Durará doscientos años!», solía repetir. El pueblo estaba a dos paradas de autobús.
Sí, el sueldo era bajo y la ayuda para el bebé todavía incierta, pero lo esencial era que tenía techo, ahorros y una profesión. Era joven, hermosa y tendría un hijo.
Por primera vez, Ana sintió que, al fin, era una persona verdaderamente feliz.






