«¿Acaso esa mujer despiadada, semejante a una bestia acorralada, es su madre?». Sus palabras: «Eras mi error de juventud» – así resonaron en sus oídosAquel recuerdo lo persiguió hasta el último atardecer, recordándole que el pasado nunca se desvanece por completo.

«¿Será que esa mujer, tan fea como una bestia acorralada, es su madre?» sus palabras retumban en sus oídos: «Eres el error de mi juventud».

Alejandro sólo sabe que lo hallaron aullando de hambre y miedo en el umbral de la casa de un bebé. La madre del niño, quizá con una pizca de conciencia, envuelve al recién nacido en una manta caliente, lo cubre con una ligera chalina de pelo de cabra y lo coloca, envuelto, dentro de una caja de cartón. No quiere que el pequeño se congele.

No hay ninguna nota que indique el nombre del niño al nacer, ni su origen. Sólo que en su mano aprieta un gran colgante de plata con la letra «A», una herencia de su desconocida madre. El colgante no es de los que se venden en cualquier joyería, sino una pieza artesanal con el sello del orfebre que lo creó.

Las autoridades utilizan esa pista para intentar localizar a la madre, una mujer que parece haber desaparecido, pero el caso se enfría. El orfebre falleció hace muchos años y sus libros no mencionan aquel artículo.

Así, el registro del orfanato escribe: Alejandro «Desconocido». Con ese título pasa a ser otro niño bajo el amparo del Estado.

Todo su infancia la pasa en un orfanato madrileño, con pleno subsidio social. Le falta el amor de unos padres y sueña con encontrar a su madre y a su padre algún día.

«Seguramente mi madre hará algo terrible y volverá a buscarme», piensa, como hacen todos los niños abandonados.

Al salir del orfanato, su educadora le coloca el colgante al cuello y le cuenta su historia.

«¿Entonces mi madre quería que yo la encontrara», exclama Alejandro.

«Quizá; o tal vez tú, sin querer, arrancaste el colgante de su cuello. A los niños les encanta agarrar cosas. El colgante estaba apretado en tu puño, sin cadena», sugiere la educadora.

El Estado le asigna un pequeño piso propio. Ingresa en un instituto técnico, se gradúa y consigue trabajo en un taller de coches.

***

Conoce a Alba por accidente: se topan en la calle, los libros de moda que ella llevaba se esparcen por el suelo y él, torpe, se apresura a recogerlos mientras se disculpa. El golpe de la caída hace que ambos derramen lágrimas y chisporroteen de la risa. Se quedan allí, rodeados de gente que los rodea, y se miran sonriendo entre sollozos. En ese instante Alejandro se da cuenta de que se ha enamorado para siempre.

«Tengo que compensar mi torpeza. ¿Te invito a tomar algo en una cafetería?», le propone.

Alba acepta sin dudar, encantada por la torpeza adorable de Alejandro, que le parece casi fraterna.

«Alejandro, siento como si te conociera de toda la vida», dice después de cinco minutos de charla.

«¡No me lo vas a creer, yo siento lo mismo!», responde él.

Comienzan a salir, y su cariño es tal que nunca se pierden de vista: se llaman, se escriben, se sienten mutuamente. Cada vez que Alejandro se corta o se golpea en el trabajo, Alba llama al instante para preguntar si está bien.

«Eres mi otra mitad, mi destino», le dice Alejandro a Alba. «Qué pena que no pueda presentar a mis padres a mi prometida, porque no tengo familia».

«Yo estoy aquí, y sé que mis padres te aceptarán», responde ella.

***

«¿Qué dices con mi chico del orfanato? ¡Estás loca! Todos allí son duros, sin educación», exclama Lidia Vasquez, madre de Alba, agarrándose el pecho y dejándose caer en el sillón de cuero.

«Mamá, Alejandro es un muchacho bueno y alegre. No podemos juzgar a todos por igual», intenta defenderlo la hija.

«Exacto, hija. Antes de formarse una idea, hay que conocer a la gente y conversar con ella. Entonces veremos si nos llega al corazón», interviene Iván Román, padre de Alba y oficial de recursos humanos.

«¡No! No criamos a nuestra hija para que se case con alguien sin linaje! ¿Y si sus padres son inmorales?», grita la madre, enfadada.

«Lo averiguaremos cuando lo conozcamos», replica Iván con ceño fruncido.

Lidia, sin seguir discutiendo, se retira silenciosa a su habitación, cerrando la puerta de un portazo.

Iván guiña un ojo a Alba:

«Tranquila, hija, todo saldrá bien».

«Gracias, papá», le da un beso en la mejilla y propone: «¿Invito a Alejandro el sábado?».

«Claro, veré a quién tiene tan loca mi única hija», responde él.

***

En el día pactado Alejandro, elegante y bien afeitado, llega con dos ramos de flores (uno para Alba y otro para la futura suegra) y un pastel, a la puerta del apartamento de la chica.

Alba, radiante, lo guía a la cocina.

«Mamá, papá, os presento a mi Alejandro».

El padre estrecha su mano, Lidia recibe las flores y, de repente, se vuelve pálida como la cera. Parece que ha perdido la voz por un instante. Recobra el aliento y, tras un momento, invita a todos a la mesa.

«Perdonad, me he alterado un poco», justifica su retraso.

Durante la comida, Lidia le pregunta:

«Alejandro, ese colgante tuyo es muy singular, no parece una pieza de serie».

«Es lo único que tengo de mi madre. Cuando me encontraron en la puerta del orfanato, lo apreté con el puño».

Lidia no vuelve a decir palabra durante toda la velada; solo revuelve los guisantes verdes en su plato.

A Iván le gusta el futuro yerno; descubren intereses comunes: fútbol, esquí y pesca.

«¡Qué buen chico!», comenta cuando Alejandro se despide.

«¿Qué tan bueno?», grita Lidia, irritada. «Sin educación, sin modales».

«¿Qué te pasa, Lidia? ¿Estás loca? ¿Qué le ha hecho?», pregunta Iván, sorprendido.

Lidia, inquebrantable, se vuelve hacia su hija y dice:

«¡Debes romper con él, ahora mismo!».

Y se encierra de nuevo en su habitación.

***

«¿Qué hago? ¿Qué hago?», se agolpan pensamientos desesperados en su cabeza. «¡Cómo es posible que esos dos se encuentren bajo este inmenso cielo!». Levanta los ojos, llenos de lágrimas, a una vieja fotografía escondida entre los cristales de la estantería.

En la foto en blanco y negro, una joven ella misma posa con orgullo, y en su cuello lleva el mismo colgante que hoy ve en Alejandro.

«Entonces no lo perdí entonces; ese pequeño ladrón lo arrancó», piensa.

Guarda la foto en el bolsillo:

«No pueden verla Iván y Alba ahora. Tengo que inventar algo».

Lidia pasa la noche sin dormir. La única solución que se le ocurre es convencer a Alejandro de que abandone la ciudad para siempre.

«Hija, perdóname, ayer me comporté mal. Quisiera disculparme con Alejandro. ¿Me das su número?».

Alba, sin sospechar nada, le da el número de su novio y sale de casa con buen humor.

Lidia, sola, marca el número de Alejandro.

«¡Alejandro, hola! ¿Podrías venir a casa dentro de una hora?».

«Claro, allí estaré».

En una hora, Alejandro llega como un torbellino a la puerta del apartamento. Lidia abre, con el semblante enfermo y lloroso.

«Tenemos que hablar», dice brevemente y lo lleva al salón.

«Alejandro, debes romper con Alba. Es mi secreto. Jura que ni mi hija ni mi marido lo sabrán».

«Lo juro», responde Alejandro, tembloroso, y se sienta en el sofá.

«Alejandro, Alba es tu hermana», declara Lidia, mostrándole la foto donde el colgante adorna su propio cuello.

«¿Mamá?», pregunta, las lágrimas inundando sus ojos. «¿Y el padre…?».

Lidia sacude la cabeza:

«No, Iván Román no es tu padre. Con Vane nos conocimos, él se fue al ejército. Yo era joven e imprudente, y después de que quedé embarazada… él me abandonó. No le dije a Vane nada. Cuando el embarazo se notó, me mudé a la casa de mi madre, le dije que el bebé había muerto y lo dejé en la puerta del orfanato. Después regresé, y unos meses después Iván y yo nos casamos».

«¿Y yo?», suplica Alejandro, incapaz de contener el llanto.

«Tú eres mi error de juventud. No tienes derecho a destruir lo que con tanto esfuerzo he construido. Naciste sin ser invitado, y ahora llegas cuando nadie te espera. ¡Lárgate! ¡Desaparece y deja en paz a mi familia!», exclama Lidia.

Alejandro se queda inmóvil, sin palabras.

«¿De verdad eres mi madre?», murmura, mientras la frase que la mujer lanzó al principio se repite en su cabeza.

«Adiós, Lidia Vasquez», suspira, levantándose del sofá.

En ese momento, la puerta se abre y aparece Alba, apoyada en el marco, con el pecho encogido y los ojos llenos de furia.

«Siempre te creí buena gente, pero eres una desgracia, una auténtica desgracia», la madre grita, señalándolo.

«Perdona, hermanita, tengo que irme», dice Alejandro, bajando la mirada para ocultar las lágrimas.

Sale corriendo, como una burbuja que estalla al rozar el aire, deseando desaparecer.

Días después, Alejandro acude al cuartel y se alista en la unidad de reserva. Iván y Alba van a despedirlo. Iván lo abraza con fuerza masculina.

«Hijo, aguanta, y recuerda que Alba y yo somos tu familia. Te esperamos, vuelve pronto».

Alba lo rodea, le susurra al oído:

«Vuelve, hermano, te queremos».

El corazón de Alejandro se calienta. Aunque no tenga madre, ya no está solo: ahora tiene padre y hermana. Lamenta solo haber amado a Alba más que a su propia sangre.

Lidia se queda totalmente sola. Iván la abandona, diciendo que no esperaba tal traición. Ella sigue culpando a Alejandro, a quien llama «el que siempre aparece en el peor momento».

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«¿Acaso esa mujer despiadada, semejante a una bestia acorralada, es su madre?». Sus palabras: «Eras mi error de juventud» – así resonaron en sus oídosAquel recuerdo lo persiguió hasta el último atardecer, recordándole que el pasado nunca se desvanece por completo.
Un regalo de Dios… Aquel amanecer se presentó gris; densos nubarrones se arrastraban pesadamente por el cielo y, a lo lejos, se oían los apagados retumbos del trueno. Se avecinaba tormenta. Era la primera tormenta de esa primavera. El invierno había terminado, pero la primavera aún no había tomado posesión de sus derechos. Seguía haciendo frío, soplaban vientos racheados, las ráfagas de polvo levantaban las hojas secas del año pasado y las arrastraban de un lado a otro. La hierba nueva apenas se atrevía a brotar a través de la tierra endurecida. Las yemas de los árboles se negaban a mostrar sus tesoros. La naturaleza aguardaba ansiosa la lluvia. El invierno, ese año, había sido seco, ventoso y frío. La tierra apenas había descansado, sin empaparse, sin dormir profundamente bajo el manto de nieve, y ahora esperaba con impaciencia la tormenta. La tormenta traería la tan ansiada humedad, la regaría con una lluvia generosa, la limpiaría del polvo y la suciedad, la devolvería a la vida. Solo entonces comenzaría la verdadera primavera, una primavera generosa y floreciente, como una mujer joven, colmada de amor y ternura. Y entonces la tierra dará a luz la hierba verde y las flores multicolores, las hojas temblorosas y los dulces frutos en los árboles. Las aves cantarán alegres, empezarán a construir sus nidos entre el follaje nuevo de los huertos en flor. La vida continúa. —¡Sergio, ven a desayunar! —llamó Victoria—. El café se enfría. De la cocina llegaba el aroma de café y huevos fritos. Había que levantarse. Después de la difícil conversación de ayer, de los sollozos de Victoria, de la noche en vela y las preocupaciones amargas, no había ganas de levantarse. Pero había que hacerlo: la vida seguía. Victoria tenía un aspecto igualmente deshecho, los ojos enrojecidos y unas oscuras ojeras. Le ofreció la mejilla pálida para el beso y esbozó una débil sonrisa. —¡Buenos días, cariño! Parece que va a haber tormenta. ¡Dios mío, qué ganas de lluvia tengo! ¿Cuándo llegará, por fin, la verdadera primavera? Mira, amor, he recordado unos versos: Espero la primavera como quien aguarda liberarse del frío y la desolación. Espero la primavera como la explicación a todos mis enredos y dudas. Presiento que, al llegar, aclarará las cosas, ella sola puede ponerlo todo mejor, más puro, más simple, más firme, más justo. ¿Dónde estás, primavera? ¡Ven ya, por favor! Sergio la abrazó por los frágiles hombros y besó su rubia cabeza inclinada con tristeza. Su pelo olía a campo, a manzanilla. El corazón se le encogía, compadeciéndola. Mi pobre y querida niña, ¿por qué Dios nos castiga así? Solo quedaba la esperanza: era lo único que les había sostenido todos esos años. Ayer, el famoso doctor —su delicada esperanza— puso punto final a sus expectativas. —Lo siento mucho, pero ustedes no podrán tener hijos. Sergio, tu estancia en Chernóbil no fue en balde. Desgraciadamente, la medicina aquí es impotente. Siento de veras no poder ayudaros. Victoria se secó resuelta las lágrimas, se irguió. —Sergio, lo he pensado mucho. Debemos adoptar un niño del orfanato. Cuántos niños desgraciados esperan allí… Adoptaremos un niño, le criaremos, tendremos también nuestro hijo. ¿Estás de acuerdo? Tanto tiempo esperábamos a nuestro hijo, tanto… —Las lágrimas de ella caían como lluvia. Sergio la apretaba contra su pecho y tampoco podía contener el llanto. —¡Por supuesto! No llores, vida, no llores. Y de repente un trueno ensordecedor retumbó, como si la casa entera se estremeciera con ese clamor solemne. Y empezó a llover a mares. ¡Se abrieron los cielos! Por fin, el Señor había escuchado sus súplicas. La ansiada lluvia caía sin tregua. Se oscureció como si fuese de noche. El trueno resonaba sin pausa, los relámpagos brillaban tan cerca que parecía que caerían sobre el tejado. Sergio y Victoria, abrazados, contemplaban la lluvia por la ventana; a través de la rendija llegaban las gotas frías y el olor fresco de la tormenta. La negrura que envolvía sus almas se derretía, se esfumaba, la lavaba esa primera lluvia primaveral. Solo deseaban que lloviera más. Esa esperada lluvia de primavera era símbolo de vida, de renacimiento y esplendor. Pocos días después, estaban ante las puertas del orfanato. Tenían una cita para elegir a su hijo, su tan esperado hijito: Basilio, Basilio era el nombre que ya tenían en mente y ya le querían sin haberle visto. Le querían con ese amor que se había ido acumulando en sus almas durante años de espera. Espera de la dicha de tener un hijo, de educarle, de enseñarle. Los corazones latían a toda prisa, la emoción les cortaba la respiración. Sergio tocó el timbre. La puerta se abrió: ya les esperaban. La entrevista con la directora del orfanato había tenido lugar hacía días; ahora solo les llevaban a conocer a los niños que podían ser elegidos como su hijo. En la primera sala por la que pasaron, vieron a una niña sentada con el pantalón mojado sobre una tela húmeda. Camiseta sucia, mocos resecos bajo la nariz, enormes ojos azules que miraban triste a los mayores de paso. En ese cuerpecito, el abandono, el descuido y la sensación de no ser querida eran evidentes. El corazón se les encogió de dolor. Así era el orfanato: refugio de niños abandonados y sin amor. Pasaron a otra sala. En las cunas dormitaban bebés, otros sentados. Era difícil decidir con la mirada. La enfermera les iba mostrando a cada pequeño con una breve información. Los niños estaban limpios en sabanas limpias, los sacaba con mimo. Aquello parecía un mercado —pensó Sergio— y ellos, clientes. Solo faltaba preguntar el precio por kilo. —Sergio, volvamos a ver a esa niña tan desdichada —le susurró Victoria. Sergio le apretó el hombro. —Señorita, queremos volver a ver a la niña de la primera sala, la de los ojos azules. —Pero… ustedes querían un niño. Esa niña no es para mostrarla, no estaba preparada. —Queremos verla, por favor. Queremos volver atrás. La enfermera vaciló, pareció querer decir algo pero se calló y les guió de vuelta. —Llamaré a doña Ana. Esperen, por favor —indicó los asientos. Victoria se apoyó en el hombro de Sergio. —Sergio, quiero que adoptemos a esa niña, fue verla y sentir algo en el corazón. —Yo igual. Se parece a ti. Los ojos, el pelo… ¡Y tan desgraciada! Aparecieron la enfermera y la directora, doña Ana, evidentemente preocupada. —Han elegido ustedes a la niña menos adecuada. No les conviene. —¿Por qué? Nos gusta y se parece mucho a Victoria. Es idéntica —Sergio se dirigió decidido a la sala de la niña. Ahora la pequeña estaba aseada, seca y limpia; hasta el rostro tenía mejor color y más vida en los ojos. Al ver que se detenían ante su cuna, sonrió y se le marcaron dos hoyuelos. Estiró los bracitos intentando levantarse… Victoria le apretó la mano a Sergio. La niña tenía los pies vueltos hacia atrás. Sergio la tomó en brazos sin dudarlo, la niña le abrazó la cara húmeda y se quedó quieta. Se le llenaron los ojos de lágrimas a él; Victoria, con el rostro oculto en el hombro, rompió a llorar. Doña Ana se giró y se secó los ojos. —Vengan a mi despacho. Enfermera, lleva a Elena. —Y se dirigió resuelta al despacho. Sergio y Victoria, fuertemente cogidos de la mano, la siguieron. La niña había nacido en un pueblo perdido del norte, hija de padres ya mayores y con muchos hijos. Parece que el embarazo no fue deseado. Nació con malformaciones: las piernas, por debajo de las rodillas, giradas y los pies deformes. Cuando la enseñaron a los padres, el padre se negó a llevársela. Afirmó no tener dinero para operarla, y con tantos hijos, no quería criar a una “lisiada”. Así acabó Elena en el orfanato. —Ahora decidid vosotros si queréis a esta niña. Por supuesto, puede llegar a ser una persona normal, pero será un trabajo enorme, grandes gastos, y ante todo, mucha paciencia y un amor fuerte. No os precipitéis, consultadlo primero con el médico que la ha visto. Os doy su dirección y un mes para pensarlo. Los niños se apegan muy rápido, sobre todo los nuestros. Luego sería peor. Pasó un mes. Victoria y Sergio decidieron ese mismo día tras visitar el orfanato: adoptarán a Elena. Consultaron al profesor en Leningrado. Confirmó: se necesitan varias operaciones, pero quedará bien, incluso sin cicatrices, podrá correr igual que los demás. Sergio calculó si podrían costearlo, vendiendo el coche nuevo y la casa sin terminar. Les bastaría, vivirían entretanto en un piso pequeño; lo importante es la salud de su hija. Esperaban con ilusión que se cumpliera el mes. De nuevo cruzaron la puerta conocida, con nervios y emoción. Sergio llevaba un ramo de peonías, Victoria una enorme bolsa de regalos. Doña Ana tenía los ojos llenos de lágrimas, pero de felicidad: otra niña iba a tener padres. Entraron juntos en las salas —y allí estaba Elena, crecida y más sana, con caracolillos en el cabello rubio y las mejillas rosadas. Sonreía, charloteando. Sergio la tomó en brazos, ella le abrazó el cuello, luego fue con Victoria. Se les empañaron los ojos a todos. Estuvieron todo el día en el orfanato, recibiendo consejos de médicos y enfermeras. Pero aún quedaba la burocracia. Por sugerencia de Ana, los padres biológicos de Elena fueron privados de la patria potestad por vía judicial; ya no podían recuperarla. Llegó por fin a casa la niña. Victoria dejó su trabajo y se dedicó plenamente a la niña, que pronto fue preparada para su primera operación en una clínica de Leningrado. Pasaron allí un mes; pronto Elena comía sola, imitaba los maullidos del gato y los topetazos de las cabras. Seguía llevando pantalones largos para ocultar sus piernas, pues no se podía mirar sin llorar, y aún andaba tambaleante como un patito. Pero la niña era vivaz, sociable, precoz en el habla, nombraba a todos, saludaba a todos. Pero a quien más adoraba era a Sergio: “mi papi”, así le llamaba ya toda la familia. Era su sol, su alegría. Al año siguieron corrigiendo las piernas. Varias veces llevaron a la pobrecita a Leningrado; cuántos sufrimientos tuvo ella, cuánta paciencia necesitaron los padres, cuántas noches pasó velando Victoria a la cabecera de su hija en la clínica. Y por fin, el triunfo: Elena tenía piernas como todas las niñas, podía correr y saltar. A los cinco años la llevaron a la guardería. Allí notaron su talento para el dibujo y recomendaron apuntarla a la escuela de arte. A los seis años entró a la escuela de bellas artes; pronto sus cuadros, llenos de color y alegría, se hicieron notar. Todo el mundo se sorprendía al conocer la edad de la artista: era, sin duda, un prodigio. Entró en el colegio con siete años y desde el primer día fue líder de la clase. Alumna sobresaliente, alegre y sociable, dibujaba muy bien, iba a la escuela de arte y se apuntó al club de danza. Siempre rodeada de amigos, allí donde estaba ella había alegría. Los padres, orgullosos, acudían a las reuniones: de Elena solo se oía elogios. Nadie podía imaginar por cuántas pruebas había pasado esa niña y sus padres, no los que la engendraron, sino los que la criaban con dedicación y cariño. Dios tampoco olvidó a Sergio y Victoria. Desde la llegada de Elena, la suerte acompañó a la familia. El pequeño negocio de Sergio prosperó, lo que les permitió cumplir un sueño: mudarse a Leningrado. Allí compraron un buen piso y matricularon a su hija en un colegio de prestigio. Elena, ya en sexto de primaria, continuaba siendo alumna ejemplar y asistía a la escuela de arte. Es una niña preciosa, de grandes ojos azules y una brillante trenza rubia. Dulce y simpática, la favorita de todos. Un don de Dios —así la llaman.