Carlos invita a Sofía a cenar en un elegante restaurante italiano. Cuando la chica sale de casa, Raquel le bloquea el camino.

Diego invita a Carmen a cenar en un elegante restaurante italiano. Cuando la joven sale de casa, Pilar le corta el paso.

Dicen que solo un diamante puede pulir a otro diamante suelta enigmáticamente la señora.

¿Perdón? No lo entiendo.

Eres aún joven sonríe la mujer. Créeme, la gente no se enamora solo una vez en la vida.

Señora Pilar, le juro que entre Diego y yo no hay nada.

Tal vez aún no. Pero eso no significa que así vaya a quedar. No cierres tu corazón, Carmen. La vida puede sorprender y a veces trae las mayores alegrías cuando menos las esperamos.

¿Usted también alguna vez?

Bueno Fernando no fue mi primer amor responde con calma Pilar, y en sus ojos aparece una sombra de recuerdos. En otro tiempo amé a alguien distinto. Pensé que no sobreviviría a la separación, que no podría respirar sin él. Y luego llegó Fernando. Todo cambió. Fui feliz. Realmente feliz. Por eso te repito, no te cierres. El amor puede estar más cerca de lo que imaginas.

Siempre pensé que el tío Fernando era su primer amor

Ni él fue mi primero, ni yo la suya. Pero una cosa te puedo decir: al primer amor nunca se le olvida.

Carmen suspira en silencio, da las gracias por la charla y se dirige al coche que espera frente a la casa, donde está Diego.

Apenas se aleja, aparece Beatriz en la veranda. La observa a Pilar con una sonrisa helada.

¿Acaso has decidido hacerte la nueva madre de Carmen? Le das consejos en temas de amor, compartes historias que nunca me contaste a mí.

Lo hice por Inés responde Pilar sin dudar. Porque solo una cosa puede separar de verdad a Carmen y a Enrique.

¿Qué quieres decir con eso?

El amor de Carmen por otra persona responde con calma pero con firmeza.

Rocío, destrozada tras hablar con Carlos, camina sin rumbo por el centro de la carretera. Su cara está pálida, los ojos vacíos, como si no viera nada a su alrededor.

No se percata del coche que se acerca.

Chirrido de neumáticos. Golpe seco.

Se oyen gritos, alguien llama a la ambulancia.

Rocío yace inmóvil sobre el asfalto. Los transeúntes se agolpan a su alrededor. Una mujer se inclina sobre ella buscando el pulso.

Chica, ¿me oyes? ¡Oye!

No hay respuesta. Rocío no se mueve ni un milímetro.

Concepción se acerca al claro del bosque donde, entre las sombras de los árboles, ya la espera Alberto. Su figura se confunde con la penumbra, pero su mirada resulta fría y insistente.

Aquí tienes dos millones de euros dice la mujer con frialdad, entregándole una bolsa de cuero repleta de billetes.

La vista se desplaza hacia Nuria. Desde su casa había seguido a Concepción, persiguiéndola con tesón. Ahora oculta entre los arbustos espesos, apenas a diez metros, mira sin dar crédito.

Alberto y ese dinero ¡Es mi dinero! susurra, esforzándose por controlar las emociones. Al ver cómo Alberto cuenta los billetes, la ira le brilla en los ojos. Qué descaro saca el móvil y empieza a grabar todo desde su escondrijo.

Alberto termina de contar. Sonríe de forma siniestra.

Ya está todo. ¿Ahora por fin nos dejarás tranquilos? pregunta Concepción con voz tensa.

En el silencio suena el crujido de una rama al romperse.

Alberto se gira al instante.

¿Lo has oído? Alguien está aquí. ¡Te dije que vinieras sola!

¡Vine sola! responde Concepción nerviosa. No había nadie conmigo, te lo juro.

Alberto no se lo cree. Avanza con cuidado hacia el ruido. Tras unos pasos aparta las ramas y descubre a Nuria con el móvil en la mano.

En sus ojos brilla un destello de rabia. Saca un cuchillo del bolsillo.

Así que tenemos una fisgona dice con voz glacial. Sabes, cuando eres demasiado curiosa puedes meterte en problemas muy graves.

Nuria retrocede un paso, conteniendo el temblor de las manos.

Alberto, déjala dice Concepción con dureza. No seas idiota.

Enséñame qué llevas en esa bolsa le ordena Alberto a Nuria.

¡Déjame en paz! protesta ella.

¡Respóndeme! ¿Por qué has venido aquí? interviene Concepción.

¡¿Qué pasa aquí?! ¡¿Qué estáis tramando?! estalla Nuria. ¡Lo estoy grabando todo! ¡Llamo ahora a la policía!

¡No tramamos nada! grita Concepción. ¡Él me chantajeaba! Amenazó con matar a Carlos y a Bárbara. ¡Por eso le pagué!

Nuria mete la mano en la bolsa para coger el móvil.

Voy a llamar ahora a la policía y les contaré lo que ocurre aquí.

¡NO TE ATREVAS! grita Alberto levantando el cuchillo. ¡O te mato!

¡AUXILIO! ¡SOCORRO! grita Nuria intentando escapar.

¡ALBERTO, RECOBRA LA CALMA! grita Concepción corriendo hacia él.

Pero el hombre ya no se controla. Empuja a Concepción con tanta fuerza que cae al suelo.

Dirige su mirada desquiciada hacia Nuria, que tiembla de miedo.

Empiezo por ti sisea. Luego vendrá Carlos. Te verá cubierta de sangre. ¡Y a él también lo mataré!

Alberto levanta el cuchillo dispuesto a atacar. Nuria grita y trata de cubrirse. La hoja se acerca peligrosamente, pero ella agarra su muñeca en el último instante. Forcejean, luchando por cada movimiento y cada aliento. Gritos, respiración agitada, la tensión crece

En un momento Nuria hace un movimiento brusco, el cuchillo se invierte entre sus manos entrelazadas y se hunde en el pecho de Alberto.

El hombre se queda quieto. En su rostro surge la sorpresa, luego una mueca de dolor. De su boca sale un gorgoteo, como si quisiera hablar, pero no llega. Se desploma al suelo como un hilo cortado.

Concepción se queda paralizada. Se acerca, coloca dos dedos temblorosos en su cuello. Silencio.

Él está muerto dice en voz baja, pálida como la cera. Muerto

¡Dios mío ¡DIOS MÍO! estalla Nuria. ¡No fui yo! ¡No fue así! ¡Fue un accidente! se agarra la cabeza entrando en histeria. ¡Llamemos a la ambulancia! ¡Puede que aún viva! ¡HAZ ALGO!

¡Cállate! sisea Concepción agarrándola por los hombros y sacudiéndola. ¡No grites así! ¿Quieres que todo el mundo se entere? ¡¿Quieres ir a la cárcel?!

¡¿A la cárcel?! solloza Nuria. ¡Pero no fue a propósito Lo viste, me defendía! ¡No soy una asesina!

¡La verdad no importa! Concepción clava la mirada en ella. ¡La policía no te creerá! Y si esto sale a la luz la gente dirá que la madre de Carlos es una asesina.

¡NO SOY ASESINA! protesta Nuria desesperada. ¡Ambulancia! ¡Policía! ¡Hay que hacer algo!

Señora Nuria, por favor la voz de Concepción se vuelve suplicante pero firme. Tranquilízate. Nadie tiene que enterarse. No ha pasado nada. ¿Entiendes? NO. HA. PASADO. NADA.

Pero él está ahí tirado Nuria tiembla por todo el cuerpo.

Ya no podemos ayudarle. Pero tú todavía puedes ayudarte. Ven. Se ha ido. Nosotros seguimos vivos. Y eso es lo único que cuenta ahora.

Concepción la abraza con fuerza, como si quisiera impedir que el mundo se desmorone. Lleva a Nuria poco a poco a través del bosque denso, lejos del lugar del suceso. Detrás de ellas, entre las hojas, yace el cuerpo inmóvil de Alberto. Su mano sigue agarrando el cuchillo con fuerza.

El secreto que el bosque acaba de tragar quizá nunca vea la luz del día.

Carlos, avisado con urgencia por Bárbara, entra en casa jadeando. En el umbral se detiene de golpe al verla de pie con una maleta junto a la puerta. Su rostro está pálido, los ojos húmedos, pero la mirada decidida.

Me voy dice en voz baja, dándole un beso breve y casi sin sonido en la mejilla. No quiero molestar más ni a ti ni a tu madre. Adiós, Carlos. Sé feliz.

Bárbara, ¿qué dices? la mira sin creerlo. ¿Qué tiene que ver esto con mi madre?

Ella lo sabe de aquella noche. De todo lo que pasó entre nosotros.

Carlos aparta la vista, se pasa la mano por el pelo y se masajea la nuca.

Mierda ¿Cómo se enteró?

Leyó la carta que dejé el día en que cuando tomé las pastillas.

Espera un momento frunce el ceño. Pero dijiste que no fue un suicidio

Lo dije para no preocuparte. No quería que te angustiaras. Pero tu madre no me quiere. Teme que te cases conmigo. Y nos ofreció dinero. A mí y a mi madre. A cambio de que me fuera.

Carlos la observa conmocionado.

¿Qué? ¿Os dio DINERO?

Sí. Pero lo rechazamos. Yo nunca lo habría aceptado. Por eso ahora me voy. Así será mejor para todos.

Bárbara, no vas a ninguna parte agarra la maleta y la aparta. No permitiré que hagas eso. No permitiré que desaparezcas de mi vida.

No tengo elección, Carlos. ¿Entiendes? Mi madre también lo sabe ya todo. Dijo que me había arruinado la vida y que preferiría morir antes que oírlo. Si no nos casamos no te dejará en paz. Y tu madre me odia. La tía Nuria me mira como a alguien sucio. Nadie me quiere aquí. Mi marcha es la única manera de que todos tengáis paz.

Carlos se acerca y la mira a los ojos.

Bárbara no te dejaré. Encontraremos una forma. Tu madre recuperará la calma, la mía también. Al final se acostumbrará. Podemos con esto.

Carlos susurra, y en sus ojos surge una sombra de esperanza. ¿Eso significa que nos casaremos?

Cae un silencio pesado. Bárbara lo mira con tensión, como si toda su vida fuera a decidirse en un instante, en una sola palabra.

Carlos le toma la mano. Y en la mente de Bárbara resuenan como un sueño las palabras que tanto querría oír. Palabras que soñaba de noche, que guardaba en el corazón, que le daban esperanza:

Después de aquella noche no pude olvidarte. Me enamoré de ti, Bárbara. Estás en mis pensamientos, en mi corazón. Te veo en todas partes. Te quiero. Cásate conmigo. Sé mi esposa.

Pero eso es solo imaginación. El verdadero Carlos, de pie a su lado, no pronuncia ninguna de esas palabras. Su voz, cuando por fin habla, suena fría y sin emoción:

Por supuesto que no nos casaremos, Bárbara. No podemos. Algo así nunca ocurrirá.

El silencio que sigue duele más que los gritos más fuertes. Bárbara baja la cabeza, aprieta los labios y luego agarra la maleta con lentitud casi ritual. Su silencio dice más que cualquier lágrima.

Enrique habla por teléfono con Miguel un poco apartado. Al mismo tiempo Inés se apoya en el coche y también mantiene una conversación, con la voz tensa y los ojos siguiendo nerviosos cada movimiento de Enrique.

Mamá, dime la verdad dice al auricular con inquietud. Enrique está todo el rato al teléfono. Es Carmen, ¿verdad? ¿Se está poniendo en contacto con ella?

No, cariño. Carmen estuvo conmigo todo el tiempo. No la oí hablar con nadie responde con calma la madre al otro lado.

Mamá, si solo intentas tranquilizarme

Por Dios, digo la verdad. Carmen fue con Diego al nuevo restaurante italiano. Yo misma se lo sugerí.

En la cara de Inés aparece una sonrisa astuta, apenas visible pero llena de satisfacción. Cuelga y de inmediato adopta su sonrisa más radiante. Cuando Enrique regresa al coche, dice alegremente:

Cariño, de repente tengo hambre. Me apetece mucho espagueti. He oído que cerca de casa han abierto un nuevo restaurante italiano. ¿Vamos allí?

Enrique la mira sorprendido.

Pero dijiste que evitas los carbohidratos como la peste. Que te hacen daño.

Oh, cariño, el cuerpo a veces necesita recargar con carbohidratos, ¿no lo sabías? ríe con ligereza, acariciándose la barriga. Además, cuando solo dije espagueti el niño se movió. Creo que ella también tiene ganas.

Lo mira directamente a los ojos como si le lanzara un reto. Y en su sonrisa hay algo más que apetito, es el anuncio de un juego en el que piensa participar hasta el final.

Diego y Carmen llegan al elegante restaurante. Antes de entrar se acerca un camarero amable que se inclina ante Diego con una sonrisa.

Bienvenido de nuevo, señor Diego. Su mesa favorita le espera.

Carmen levanta las cejas, claramente sorprendida.

¿Entonces no es tu primera visita aquí?

Vengo a menudo con el jefe responde Diego con naturalidad, aunque su mirada se desvía.

Tuve la impresión de que tú eras el jefe aquí observa con una ligera sonrisa. Con una bienvenida así

Tal vez porque siempre soy yo quien deja las propinas. El jefe no se molesta con esas cosas. Por eso soy más apreciado.

Se sientan en una mesa íntima. Diego mira de reojo el cuello de Carmen. El collar en su escote brilla bajo la luz. Tiene que conseguirlo. En el bolsillo de la chaqueta ya lleva una copia idéntica. Solo necesita el momento para cambiarlo.

Carmen, espera Tu collar se ha deslizado. Va a caer.

Se levanta, se acerca por detrás y coloca las manos con suavidad en sus hombros para alcanzar el cierre. Intenta mantener la calma aunque el corazón le late más rápido.

En ese momento las puertas del restaurante se abren y entran Enrique e Inés. La chica sonríe con triunfo, no podían llegar en mejor instante. Enrique se queda paralizado. Ver a Diego tan cerca de Carmen tocándole el cuello le provoca una oleada de celos y rabia.

El collar se suelta y cae al suelo. Diego va a por él pero Enrique se adelanta. Lo recoge rápido y lo aprieta en la mano.

El collar se queda conmigo dice con dureza sin apartar la vista de Diego.

¿Qué? ¿Por qué? pregunta Carmen sorprendida levantándose.

Enrique saca del bolsillo la foto que había cogido antes de la casa de Diego. La coloca sobre la mesa frente a Carmen.

Porque tenías razón dice con calma aunque la voz le tiembla de tensión. Es el collar de la chica que mató a Mercedes.

Carmen se inclina sobre la fotografía. Muestra a una rubia con la cara cuidadosamente recortada. En el cuello lleva un collar idéntico al que llevaba ella.

Es ¡es el mismo! susurra Carmen conmocionada. Pero ¿por qué le cortaron la cara?

No lo sé responde Enrique mirándola a los ojos. Pero sé una cosa: esa mujer estaba en el coche cuando murió mi hermana. Y alguien quiere ocultar su identidad a toda costa.

Se hace un silencio que pesa como una nube de tormenta. Diego calla pero su rostro delata inquietud. Y Carmen mira fijamente la foto intentando entender en qué se ha metido.

Rocío recupera poco a poco la conciencia en la cama del hospital. A la luz de los fluorescentes entrecierra los ojos. Un médico se inclina sobre ella, le abre suavemente los párpados y le alumbra con una linterna las pupilas.

¿Cómo te llamas, hija? pregunta con calma aunque con tensión evidente en la voz.

Rocío mira a su alrededor. Su vista vaga por la sala como si la viera por primera vez.

Yo no lo sé responde desorientada respirando cada vez más rápido. ¿Dónde estoy?

¿Qué día es hoy? pregunta el médico.

Rocío frunce el ceño, cierra los ojos como si intentara recordar algo importante.

¿Martes? No, espera ¿tal vez domingo? Ya está sentada erguida. ¡Dios mío! ¡Tengo que ir al mercado! Mi hermana seguro que ya ha vuelto del colegio y tiene hambre. ¡Por favor, dejadme salir! ¡Tengo que llegar antes del anochecer!

Se levanta intentando ponerse en pie pero el médico y la enfermera la sujetan rápido, presionándola con firmeza pero con cuidado de vuelta a la cama.

Tranquila, estás a salvo. El médico intenta hablar con tono suave. Dime, ¿qué año tenemos?

¿Año? Rocío intenta responder pero su rostro se distorsiona de dolor y pánico. ¿Dos mil veinte? No ¿dos mil diecinueve? ¡Dios, no recuerdo! Se agarra la cabeza, las lágrimas le inundan los ojos. ¡No recuerdo nada! Pero sé que tengo que volver al pueblo. Tengo que recoger setas. Mamá y mi hermana me esperan Tienen hambre. ¡Dejadme ir, os lo ruego!

Su voz se quiebra y en sus ojos aparece la desesperación. El médico lanza una mirada rápida a la enfermera y luego dice en voz baja:

Contactaré con el profesor López del departamento de psiquiatría. Tenemos que ocuparnos de su estado ahora mismo.

Sí, doctor responde la enfermera. Le administraré un sedante.

Solo con suavidad añade el médico observando a Rocío con preocupación. Ella no está fingiendo. Está perdida. Y muy asustada.Diego invita a Carmen a cenar en un elegante restaurante italiano. Cuando la joven sale de casa, Pilar le corta el paso.

Dicen que solo un diamante puede pulir a otro diamante suelta enigmáticamente la señora.

¿Perdón? No lo entiendo.

Eres aún joven sonríe la mujer. Créeme, la gente no se enamora solo una vez en la vida.

Señora Pilar, le juro que entre Diego y yo no hay nada.

Tal vez aún no. Pero eso no significa que así vaya a quedar. No cierres tu corazón, Carmen. La vida puede sorprender y a veces trae las mayores alegrías cuando menos las esperamos.

¿Usted también alguna vez?

Bueno Fernando no fue mi primer amor responde con calma Pilar, y en sus ojos aparece una sombra de recuerdos. En otro tiempo amé a alguien distinto. Pensé que no sobreviviría a la separación, que no podría respirar sin él. Y luego llegó Fernando. Todo cambió. Fui feliz. Realmente feliz. Por eso te repito, no te cierres. El amor puede estar más cerca de lo que imaginas.

Siempre pensé que el tío Fernando era su primer amor

Ni él fue mi primero, ni yo la suya. Pero una cosa te puedo decir: al primer amor nunca se le olvida.

Carmen suspira en silencio, da las gracias por la charla y se dirige al coche que espera frente a la casa, donde está Diego.

Apenas se aleja, aparece Beatriz en la veranda. La observa a Pilar con una sonrisa helada.

¿Acaso has decidido hacerte la nueva madre de Carmen? Le das consejos en temas de amor, compartes historias que nunca me contaste a mí.

Lo hice por Inés responde Pilar sin dudar. Porque solo una cosa puede separar de verdad a Carmen y a Enrique.

¿Qué quieres decir con eso?

El amor de Carmen por otra persona responde con calma pero con firmeza.

Rocío, destrozada tras hablar con Carlos, camina sin rumbo por el centro de la carretera. Su cara está pálida, los ojos vacíos, como si no viera nada a su alrededor.

No se percata del coche que se acerca.

Chirrido de neumáticos. Golpe seco.

Se oyen gritos, alguien llama a la ambulancia.

Rocío yace inmóvil sobre el asfalto. Los transeúntes se agolpan a su alrededor. Una mujer se inclina sobre ella buscando el pulso.

Chica, ¿me oyes? ¡Oye!

No hay respuesta. Rocío no se mueve ni un milímetro.

Concepción se acerca al claro del bosque donde, entre las sombras de los árboles, ya la espera Alberto. Su figura se confunde con la penumbra, pero su mirada resulta fría y insistente.

Aquí tienes dos millones de euros dice la mujer con frialdad, entregándole una bolsa de cuero repleta de billetes.

La vista se desplaza hacia Nuria. Desde su casa había seguido a Concepción, persiguiéndola con tesón. Ahora oculta entre los arbustos espesos, apenas a diez metros, mira sin dar crédito.

Alberto y ese dinero ¡Es mi dinero! susurra, esforzándose por controlar las emociones. Al ver cómo Alberto cuenta los billetes, la ira le brilla en los ojos. Qué descaro saca el móvil y empieza a grabar todo desde su escondrijo.

Alberto termina de contar. Sonríe de forma siniestra.

Ya está todo. ¿Ahora por fin nos dejarás tranquilos? pregunta Concepción con voz tensa.

En el silencio suena el crujido de una rama al romperse.

Alberto se gira al instante.

¿Lo has oído? Alguien está aquí. ¡Te dije que vinieras sola!

¡Vine sola! responde Concepción nerviosa. No había nadie conmigo, te lo juro.

Alberto no se lo cree. Avanza con cuidado hacia el ruido. Tras unos pasos aparta las ramas y descubre a Nuria con el móvil en la mano.

En sus ojos brilla un destello de rabia. Saca un cuchillo del bolsillo.

Así que tenemos una fisgona dice con voz glacial. Sabes, cuando eres demasiado curiosa puedes meterte en problemas muy graves.

Nuria retrocede un paso, conteniendo el temblor de las manos.

Alberto, déjala dice Concepción con dureza. No seas idiota.

Enséñame qué llevas en esa bolsa le ordena Alberto a Nuria.

¡Déjame en paz! protesta ella.

¡Respóndeme! ¿Por qué has venido aquí? interviene Concepción.

¡¿Qué pasa aquí?! ¡¿Qué estáis tramando?! estalla Nuria. ¡Lo estoy grabando todo! ¡Llamo ahora a la policía!

¡No tramamos nada! grita Concepción. ¡Él me chantajeaba! Amenazó con matar a Carlos y a Bárbara. ¡Por eso le pagué!

Nuria mete la mano en la bolsa para coger el móvil.

Voy a llamar ahora a la policía y les contaré lo que ocurre aquí.

¡NO TE ATREVAS! grita Alberto levantando el cuchillo. ¡O te mato!

¡AUXILIO! ¡SOCORRO! grita Nuria intentando escapar.

¡ALBERTO, RECOBRA LA CALMA! grita Concepción corriendo hacia él.

Pero el hombre ya no se controla. Empuja a Concepción con tanta fuerza que cae al suelo.

Dirige su mirada desquiciada hacia Nuria, que tiembla de miedo.

Empiezo por ti sisea. Luego vendrá Carlos. Te verá cubierta de sangre. ¡Y a él también lo mataré!

Alberto levanta el cuchillo dispuesto a atacar. Nuria grita y trata de cubrirse. La hoja se acerca peligrosamente, pero ella agarra su muñeca en el último instante. Forcejean, luchando por cada movimiento y cada aliento. Gritos, respiración agitada, la tensión crece

En un momento Nuria hace un movimiento brusco, el cuchillo se invierte entre sus manos entrelazadas y se hunde en el pecho de Alberto.

El hombre se queda quieto. En su rostro surge la sorpresa, luego una mueca de dolor. De su boca sale un gorgoteo, como si quisiera hablar, pero no llega. Se desploma al suelo como un hilo cortado.

Concepción se queda paralizada. Se acerca, coloca dos dedos temblorosos en su cuello. Silencio.

Él está muerto dice en voz baja, pálida como la cera. Muerto

¡Dios mío ¡DIOS MÍO! estalla Nuria. ¡No fui yo! ¡No fue así! ¡Fue un accidente! se agarra la cabeza entrando en histeria. ¡Llamemos a la ambulancia! ¡Puede que aún viva! ¡HAZ ALGO!

¡Cállate! sisea Concepción agarrándola por los hombros y sacudiéndola. ¡No grites así! ¿Quieres que todo el mundo se entere? ¡¿Quieres ir a la cárcel?!

¡¿A la cárcel?! solloza Nuria. ¡Pero no fue a propósito Lo viste, me defendía! ¡No soy una asesina!

¡La verdad no importa! Concepción clava la mirada en ella. ¡La policía no te creerá! Y si esto sale a la luz la gente dirá que la madre de Carlos es una asesina.

¡NO SOY ASESINA! protesta Nuria desesperada. ¡Ambulancia! ¡Policía! ¡Hay que hacer algo!

Señora Nuria, por favor la voz de Concepción se vuelve suplicante pero firme. Tranquilízate. Nadie tiene que enterarse. No ha pasado nada. ¿Entiendes? NO. HA. PASADO. NADA.

Pero él está ahí tirado Nuria tiembla por todo el cuerpo.

Ya no podemos ayudarle. Pero tú todavía puedes ayudarte. Ven. Se ha ido. Nosotros seguimos vivos. Y eso es lo único que cuenta ahora.

Concepción la abraza con fuerza, como si quisiera impedir que el mundo se desmorone. Lleva a Nuria poco a poco a través del bosque denso, lejos del lugar del suceso. Detrás de ellas, entre las hojas, yace el cuerpo inmóvil de Alberto. Su mano sigue agarrando el cuchillo con fuerza.

El secreto que el bosque acaba de tragar quizá nunca vea la luz del día.

Carlos, avisado con urgencia por Bárbara, entra en casa jadeando. En el umbral se detiene de golpe al verla de pie con una maleta junto a la puerta. Su rostro está pálido, los ojos húmedos, pero la mirada decidida.

Me voy dice en voz baja, dándole un beso breve y casi sin sonido en la mejilla. No quiero molestar más ni a ti ni a tu madre. Adiós, Carlos. Sé feliz.

Bárbara, ¿qué dices? la mira sin creerlo. ¿Qué tiene que ver esto con mi madre?

Ella lo sabe de aquella noche. De todo lo que pasó entre nosotros.

Carlos aparta la vista, se pasa la mano por el pelo y se masajea la nuca.

Mierda ¿Cómo se enteró?

Leyó la carta que dejé el día en que cuando tomé las pastillas.

Espera un momento frunce el ceño. Pero dijiste que no fue un suicidio

Lo dije para no preocuparte. No quería que te angustiaras. Pero tu madre no me quiere. Teme que te cases conmigo. Y nos ofreció dinero. A mí y a mi madre. A cambio de que me fuera.

Carlos la observa conmocionado.

¿Qué? ¿Os dio DINERO?

Sí. Pero lo rechazamos. Yo nunca lo habría aceptado. Por eso ahora me voy. Así será mejor para todos.

Bárbara, no vas a ninguna parte agarra la maleta y la aparta. No permitiré que hagas eso. No permitiré que desaparezcas de mi vida.

No tengo elección, Carlos. ¿Entiendes? Mi madre también lo sabe ya todo. Dijo que me había arruinado la vida y que preferiría morir antes que oírlo. Si no nos casamos no te dejará en paz. Y tu madre me odia. La tía Nuria me mira como a alguien sucio. Nadie me quiere aquí. Mi marcha es la única manera de que todos tengáis paz.

Carlos se acerca y la mira a los ojos.

Bárbara no te dejaré. Encontraremos una forma. Tu madre recuperará la calma, la mía también. Al final se acostumbrará. Podemos con esto.

Carlos susurra, y en sus ojos surge una sombra de esperanza. ¿Eso significa que nos casaremos?

Cae un silencio pesado. Bárbara lo mira con tensión, como si toda su vida fuera a decidirse en un instante, en una sola palabra.

Carlos le toma la mano. Y en la mente de Bárbara resuenan como un sueño las palabras que tanto querría oír. Palabras que soñaba de noche, que guardaba en el corazón, que le daban esperanza:

Después de aquella noche no pude olvidarte. Me enamoré de ti, Bárbara. Estás en mis pensamientos, en mi corazón. Te veo en todas partes. Te quiero. Cásate conmigo. Sé mi esposa.

Pero eso es solo imaginación. El verdadero Carlos, de pie a su lado, no pronuncia ninguna de esas palabras. Su voz, cuando por fin habla, suena fría y sin emoción:

Por supuesto que no nos casaremos, Bárbara. No podemos. Algo así nunca ocurrirá.

El silencio que sigue duele más que los gritos más fuertes. Bárbara baja la cabeza, aprieta los labios y luego agarra la maleta con lentitud casi ritual. Su silencio dice más que cualquier lágrima.

Enrique habla por teléfono con Miguel un poco apartado. Al mismo tiempo Inés se apoya en el coche y también mantiene una conversación, con la voz tensa y los ojos siguiendo nerviosos cada movimiento de Enrique.

Mamá, dime la verdad dice al auricular con inquietud. Enrique está todo el rato al teléfono. Es Carmen, ¿verdad? ¿Se está poniendo en contacto con ella?

No, cariño. Carmen estuvo conmigo todo el tiempo. No la oí hablar con nadie responde con calma la madre al otro lado.

Mamá, si solo intentas tranquilizarme

Por Dios, digo la verdad. Carmen fue con Diego al nuevo restaurante italiano. Yo misma se lo sugerí.

En la cara de Inés aparece una sonrisa astuta, apenas visible pero llena de satisfacción. Cuelga y de inmediato adopta su sonrisa más radiante. Cuando Enrique regresa al coche, dice alegremente:

Cariño, de repente tengo hambre. Me apetece mucho espagueti. He oído que cerca de casa han abierto un nuevo restaurante italiano. ¿Vamos allí?

Enrique la mira sorprendido.

Pero dijiste que evitas los carbohidratos como la peste. Que te hacen daño.

Oh, cariño, el cuerpo a veces necesita recargar con carbohidratos, ¿no lo sabías? ríe con ligereza, acariciándose la barriga. Además, cuando solo dije espagueti el niño se movió. Creo que ella también tiene ganas.

Lo mira directamente a los ojos como si le lanzara un reto. Y en su sonrisa hay algo más que apetito, es el anuncio de un juego en el que piensa participar hasta el final.

Diego y Carmen llegan al elegante restaurante. Antes de entrar se acerca un camarero amable que se inclina ante Diego con una sonrisa.

Bienvenido de nuevo, señor Diego. Su mesa favorita le espera.

Carmen levanta las cejas, claramente sorprendida.

¿Entonces no es tu primera visita aquí?

Vengo a menudo con el jefe responde Diego con naturalidad, aunque su mirada se desvía.

Tuve la impresión de que tú eras el jefe aquí observa con una ligera sonrisa. Con una bienvenida así

Tal vez porque siempre soy yo quien deja las propinas. El jefe no se molesta con esas cosas. Por eso soy más apreciado.

Se sientan en una mesa íntima. Diego mira de reojo el cuello de Carmen. El collar en su escote brilla bajo la luz. Tiene que conseguirlo. En el bolsillo de la chaqueta ya lleva una copia idéntica. Solo necesita el momento para cambiarlo.

Carmen, espera Tu collar se ha deslizado. Va a caer.

Se levanta, se acerca por detrás y coloca las manos con suavidad en sus hombros para alcanzar el cierre. Intenta mantener la calma aunque el corazón le late más rápido.

En ese momento las puertas del restaurante se abren y entran Enrique e Inés. La chica sonríe con triunfo, no podían llegar en mejor instante. Enrique se queda paralizado. Ver a Diego tan cerca de Carmen tocándole el cuello le provoca una oleada de celos y rabia.

El collar se suelta y cae al suelo. Diego va a por él pero Enrique se adelanta. Lo recoge rápido y lo aprieta en la mano.

El collar se queda conmigo dice con dureza sin apartar la vista de Diego.

¿Qué? ¿Por qué? pregunta Carmen sorprendida levantándose.

Enrique saca del bolsillo la foto que había cogido antes de la casa de Diego. La coloca sobre la mesa frente a Carmen.

Porque tenías razón dice con calma aunque la voz le tiembla de tensión. Es el collar de la chica que mató a Mercedes.

Carmen se inclina sobre la fotografía. Muestra a una rubia con la cara cuidadosamente recortada. En el cuello lleva un collar idéntico al que llevaba ella.

Es ¡es el mismo! susurra Carmen conmocionada. Pero ¿por qué le cortaron la cara?

No lo sé responde Enrique mirándola a los ojos. Pero sé una cosa: esa mujer estaba en el coche cuando murió mi hermana. Y alguien quiere ocultar su identidad a toda costa.

Se hace un silencio que pesa como una nube de tormenta. Diego calla pero su rostro delata inquietud. Y Carmen mira fijamente la foto intentando entender en qué se ha metido.

Rocío recupera poco a poco la conciencia en la cama del hospital. A la luz de los fluorescentes entrecierra los ojos. Un médico se inclina sobre ella, le abre suavemente los párpados y le alumbra con una linterna las pupilas.

¿Cómo te llamas, hija? pregunta con calma aunque con tensión evidente en la voz.

Rocío mira a su alrededor. Su vista vaga por la sala como si la viera por primera vez.

Yo no lo sé responde desorientada respirando cada vez más rápido. ¿Dónde estoy?

¿Qué día es hoy? pregunta el médico.

Rocío frunce el ceño, cierra los ojos como si intentara recordar algo importante.

¿Martes? No, espera ¿tal vez domingo? Ya está sentada erguida. ¡Dios mío! ¡Tengo que ir al mercado! Mi hermana seguro que ya ha vuelto del colegio y tiene hambre. ¡Por favor, dejadme salir! ¡Tengo que llegar antes del anochecer!

Se levanta intentando ponerse en pie pero el médico y la enfermera la sujetan rápido, presionándola con firmeza pero con cuidado de vuelta a la cama.

Tranquila, estás a salvo. El médico intenta hablar con tono suave. Dime, ¿qué año tenemos?

¿Año? Rocío intenta responder pero su rostro se distorsiona de dolor y pánico. ¿Dos mil veinte? No ¿dos mil diecinueve? ¡Dios, no recuerdo! Se agarra la cabeza, las lágrimas le inundan los ojos. ¡No recuerdo nada! Pero sé que tengo que volver al pueblo. Tengo que recoger setas. Mamá y mi hermana me esperan Tienen hambre. ¡Dejadme ir, os lo ruego!

Su voz se quiebra y en sus ojos aparece la desesperación. El médico lanza una mirada rápida a la enfermera y luego dice en voz baja:

Contactaré con el profesor López del departamento de psiquiatría. Tenemos que ocuparnos de su estado ahora mismo.

Sí, doctor responde la enfermera. Le administraré un sedante.

Solo con suavidad añade el médico observando a Rocío con preocupación. Ella no está fingiendo. Está perdida. Y muy asustada.

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Carlos invita a Sofía a cenar en un elegante restaurante italiano. Cuando la chica sale de casa, Raquel le bloquea el camino.
Más vale no llevarle la contraria a la mujer La suegra bramó por teléfono: — Si no puedes manejar a tu marido, ¡pide el divorcio! Por fin se cumplirá mi sueño. Me libraré de ti… Vera casi rompe a llorar: — ¡Tamara Palomares, ¿pero qué clase de persona es usted?! Nuestra familia se está desmoronando, intento salvar a mi marido, sacarle de este pozo… ¿Y usted, en vez de ayudarme, me aconseja divorciarme? Vera llevaba siete años sin hablar con su suegra. Y no lo echaba de menos—vivir sin la madre de su marido era mucho más fácil. Aunque Tamara Palomares opinaba muy diferente. Siguió, implacable, atosigando a su nuera con llamadas y mensajes. Como hoy, que ya había llamado por cuarta vez en una hora. El marido, por supuesto, lo percibió. — Será por la finca—murmuró Mateo—empieza la temporada. Otra vez esas tres mil metros—seguro que necesita ayuda… — Son tus tres mil metros—corrigió Vera—O de ella. Pero míos seguro que no. Así que no tengo obligación de ayudar a nadie allí. ¿Queda claro? Mateo no contestó. Por un lado, tenía razón. Pero por otro… Su madre, Tamara Palomares, una mujer enérgica y ruidosa, era la dueña de un terreno que más bien parecía un minifundio feudal. Y lo mandaba igual: con mano de hierro. Para ella la palabra “por favor” no existía; sólo daba órdenes: “trae”, “llévame”, “ara”, “recoge”. Nada de “si puedes” o “cuando tengas tiempo”. Hijos y nietos sólo eran mano de obra gratuita. Vera recordaba el día en que se cruzó la raya definitiva. Fue hace unos siete años. Era otoño, y ella y Mateo, por entonces ingenuos y obedientes, se dejaron la vida trasladando, literalmente, toneladas de patatas. No podían ni enderezar la espalda—la columna ya parecía desmigajada en las botas de goma, que por cierto le quedaban enormes a Vera. Mateo, tras terminar, bajó al sótano de su madre. —Mamá, ya nos vamos. ¿Nos llenas un saco de patatas? El invierno era largo y tenían niños—ahorrar siempre venía bien. Tamara Palomares entornó los ojos. Siempre vendía sus verduras en el mercado, y cada tomate era, ante todo, un ingreso. —Ay hijo—se encogió de hombros—Ya están todas encargadas. Este verano cerré trato con los mayoristas. —¿Toda?—se desconcertó Mateo—¿Ni un saco para nosotros? Si las plantamos y recogimos nosotros. —Yo os ofrecí una malla hace tres años y la rechazasteis. Así que no la queríais—zanjó. Mi pensión es una miseria, y cada céntimo cuenta. ¿Quieres patatas? Cómpamelas. Te hago precio de familia—con descuento. ¡Pero gratis, no! Mateo no replicó. Cogió de la mano a Vera y la sacó al coche. De camino a casa le dijo: —No volvemos a pedirle nada. Y ni loco vuelvo a plantar tanto. Desde entonces, las tres mil metros se redujeron para ellos a un par de huertas “por entretenimiento”. La suegra perdió a sus esclavos gratuitos. La patata la compraban en el súper—por principios. No iban a rogar por lo que era suyo. Pero el “asunto huerta” se zanjó; el carácter podrido de Tamara Palomares, no. Que su nuera la ignorase, no lo asumía ni entendía. El teléfono volvió a sonar. Vera dejó el cuchillo y miró a su marido. —¿Vas a ir? —Tengo que, Vera. Se ha torcido la valla. —A los niños no los llevas—cortó Vera. —Ni aunque quisiera, no quieren ir. Los nietos le temían. Para ellos no era la abuela buena, de rosquillas: era la mandona, siempre gruñona, capaz de soltarles un tortazo sin motivo. Tampoco soportaban cómo insultaba a su madre. —Vuestra madre no me respeta, os pone contra mí—vociferaba la “cariñosa abuela”—.¡Mírala, reina! No quiere ni trabajar en la finca. Decidle a vuestra madre que es una desagradecida. Siempre volvían desquiciados, y Vera zanjó el tema. —Bueno—Matías dio un golpecito en la mesa—. Voy y vuelvo rápido. Se fue, y Vera, tras cocinar, se sentó a descansar. El recuerdo trajo otra escena, la que le hizo ver que su suegra no era sólo “complicada”, sino enemiga. *** Hace tres años, Mateo “se perdió” de repente. Al principio, sólo un par de horas de ordenador tras el trabajo, para relajarse. “Tanquecitos”, ejércitos, batallitas online. A Vera no le preocupó—¡que juegue! Así desconecta él. Pero las “horitas” se extendían hasta bien de noche. Volvía del trabajo, cenaba a toda prisa y se soltaba en el sillón. Ojos vidriosos, decía que sí a todo y no veía ni hijos ni mujer. Los fines de semana, se pasaba la vida ante la pantalla. Vera estaba desesperada. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarle? Habló con él mil veces, en vano. —Mateo, tenemos que hablar—le rogaba Vera—¡mírame al menos! —Déjame, estoy liado. Es batalla de clanes. —¡La única batalla que importa es nuestra familia! Viendo que no funcionaba, Vera pasó a la acción: escondía cargadores, se llevó el portátil a casa de sus padres, vendió el fijo casi regalado. No funcionó—su marido le gritó y en el mismo día se compró uno nuevo. Era una adicción, de las graves. El hombre al que amaba estaba dejando de ser él—hasta el trabajo peligraba ya. Vera, desesperada, llamó a la suegra. Pensó: ¡es su madre, la querrá aunque sea como es! Seguro que le ayuda, le abre los ojos, le dice unas cuantas verdades… Marcó el número, tragando lágrimas. —Tamara Palomares, necesito ayuda. Mateo ha desconectado de la vida. Estos juegos… No ve que se destruye la familia. Hable con él, de madre a hijo, de adulta a adulto. No me oye. ¡La familia se hunde! Al otro lado, silencio. Vera esperaba apoyo, promesas de intervenir. Pero Tamara contestó tranquila, casi con una satisfacción fría: —No puedes seguir—divorciaos. —¿Cómo?—Vera no daba crédito. —Lo que oyes. No le amargues. Que recoja y se venga conmigo. Aquí le busco faena. Tengo huerta, el tejado se cae. Aquí me hace más falta que a ti. Y que descanse de tus histerias. A Vera se le cayó el mundo. En esa respuesta estaba todo: celos, deseo de recuperar “su propiedad”. Recordó entonces el cumpleaños de Tamara, años antes. Mesa llena, invitados, hasta los padres de Vera. Tamara Palomares, roja tras varios chupitos de licor casero, soltó en voz alta, mirando fijo a los padres de Vera: —Yo sigo esperando a que vuelva. Mi casa es grande, y siempre tendrá sitio aquí. Las mujeres vienen y se van. Madres sólo hay una. Ya lo verán—volverá. Los padres de Vera se quedaron cortados por tal grosería. Y Vera pensó: lo que el borracho dice, el sobrio lo calla. *** La ayuda llegó de donde menos esperaba. El exmarido de su hermana, Pablo, también se perdió en el alcohol, perdió su piso, su trabajo, su mujer. La hermana de Vera se lo llevó todo y no volvió. Eso fue el golpe que Pablo necesitaba. Lo dejó. Se hizo otro hombre—duro, parco, pero recto. Intentó recuperar a su familia, pero era tarde. —Lo roto no se arregla—dijo su hermana. Pablo vivía con culpa, pero no volvió a beber. Vera buscó su número y llamó. —Pablo, soy Vera. Necesito tu ayuda. Pablo llegó en una hora. Cruzó la cocina donde Mateo mascaba un bocadillo, pegado al móvil. —Saludos, jugón—soltó Pablo, sentándose. Mateo se sobresaltó. —¿Tú aquí? —Vengo a ver a quién tira su vida al váter. Yo bebía; tú te metes en tus guerritas. En el fondo, es lo mismo. La charla fue larga. Vera escuchaba en la otra habitación. Primero Mateo replicaba, gritaba que trabajaba y tenía derecho a descansar. Pablo no le gritó ni una vez—hablaba sin inmutarse. —¿Crees que lo controlas? Yo también pensaba eso. Era sólo una copa. Y un día llegué y no había nadie. La cuna se fue. Un silencio… un eco frío. Y nada remedia ese vacío. Vera te dejará, Mateo. Es paciente, pero no de hierro. Se llevará a los niños y se irá. Y tú te quedarás con tu portátil en la finca de mamá. ¿Eso quieres? Mateo murmuraba ya bajo. —Daría todo por volver al día en que mi mujer hacía las maletas—continuó Pablo—por pararla, rogarle perdón. Pero tarde. Tú aún tienes opción… Cuando Pablo se fue, Mateo se quedó a oscuras largo rato. Después entró en el dormitorio. Vera fingía dormir, de cara a la pared. Se tumbó y la abrazó. —Perdona—susurró—lo he borrado todo. Vero, ya lo entiendo. Tú y los niños sois todo. Cumplió—el portátil, sólo para el trabajo. Las primeras semanas lo pasó fatal—irritable, inquieto—pero Vera le mantuvo ocupado: recados, paseos, charlas. Juntos salieron adelante. *** Mateo regresó casi de noche. —¿Y qué tal?—preguntó Vera, poniendo la mesa—¿Qué arreglaste? —La valla, la puerta del cobertizo y el porche. —¿Y tu madre? —Como siempre. Preguntó por los niños. —¿Y qué dijiste? —Que tenían extraescolares. No le conté la verdad. —Error. —Vero, es una señora mayor, enferma… —No, Mateo, es podrida—le cortó Vera—Sabes lo que dice de mí y de nosotros. Que soy mala madre, que no os quiero, que no respeto a tu padre. ¿Para qué esa porquería a los niños? —Vero, es su abuela—replicó Mateo, molesto—y tiene derecho a ver a sus nietos. Les prometí que el finde los llevo. —No. Si quieres ve tú. ¡Pero los niños no! Nadie me pone condiciones. Mateo se calló al instante—sabía bien el carácter de su esposa. Si dijo que se divorcia, lo haría. Que lo entienda tu madre: a los niños no los llevará. Más vale no llevarle la contraria a la mujer.