Más vale no llevarle la contraria a la mujer La suegra bramó por teléfono: — Si no puedes manejar a tu marido, ¡pide el divorcio! Por fin se cumplirá mi sueño. Me libraré de ti… Vera casi rompe a llorar: — ¡Tamara Palomares, ¿pero qué clase de persona es usted?! Nuestra familia se está desmoronando, intento salvar a mi marido, sacarle de este pozo… ¿Y usted, en vez de ayudarme, me aconseja divorciarme? Vera llevaba siete años sin hablar con su suegra. Y no lo echaba de menos—vivir sin la madre de su marido era mucho más fácil. Aunque Tamara Palomares opinaba muy diferente. Siguió, implacable, atosigando a su nuera con llamadas y mensajes. Como hoy, que ya había llamado por cuarta vez en una hora. El marido, por supuesto, lo percibió. — Será por la finca—murmuró Mateo—empieza la temporada. Otra vez esas tres mil metros—seguro que necesita ayuda… — Son tus tres mil metros—corrigió Vera—O de ella. Pero míos seguro que no. Así que no tengo obligación de ayudar a nadie allí. ¿Queda claro? Mateo no contestó. Por un lado, tenía razón. Pero por otro… Su madre, Tamara Palomares, una mujer enérgica y ruidosa, era la dueña de un terreno que más bien parecía un minifundio feudal. Y lo mandaba igual: con mano de hierro. Para ella la palabra “por favor” no existía; sólo daba órdenes: “trae”, “llévame”, “ara”, “recoge”. Nada de “si puedes” o “cuando tengas tiempo”. Hijos y nietos sólo eran mano de obra gratuita. Vera recordaba el día en que se cruzó la raya definitiva. Fue hace unos siete años. Era otoño, y ella y Mateo, por entonces ingenuos y obedientes, se dejaron la vida trasladando, literalmente, toneladas de patatas. No podían ni enderezar la espalda—la columna ya parecía desmigajada en las botas de goma, que por cierto le quedaban enormes a Vera. Mateo, tras terminar, bajó al sótano de su madre. —Mamá, ya nos vamos. ¿Nos llenas un saco de patatas? El invierno era largo y tenían niños—ahorrar siempre venía bien. Tamara Palomares entornó los ojos. Siempre vendía sus verduras en el mercado, y cada tomate era, ante todo, un ingreso. —Ay hijo—se encogió de hombros—Ya están todas encargadas. Este verano cerré trato con los mayoristas. —¿Toda?—se desconcertó Mateo—¿Ni un saco para nosotros? Si las plantamos y recogimos nosotros. —Yo os ofrecí una malla hace tres años y la rechazasteis. Así que no la queríais—zanjó. Mi pensión es una miseria, y cada céntimo cuenta. ¿Quieres patatas? Cómpamelas. Te hago precio de familia—con descuento. ¡Pero gratis, no! Mateo no replicó. Cogió de la mano a Vera y la sacó al coche. De camino a casa le dijo: —No volvemos a pedirle nada. Y ni loco vuelvo a plantar tanto. Desde entonces, las tres mil metros se redujeron para ellos a un par de huertas “por entretenimiento”. La suegra perdió a sus esclavos gratuitos. La patata la compraban en el súper—por principios. No iban a rogar por lo que era suyo. Pero el “asunto huerta” se zanjó; el carácter podrido de Tamara Palomares, no. Que su nuera la ignorase, no lo asumía ni entendía. El teléfono volvió a sonar. Vera dejó el cuchillo y miró a su marido. —¿Vas a ir? —Tengo que, Vera. Se ha torcido la valla. —A los niños no los llevas—cortó Vera. —Ni aunque quisiera, no quieren ir. Los nietos le temían. Para ellos no era la abuela buena, de rosquillas: era la mandona, siempre gruñona, capaz de soltarles un tortazo sin motivo. Tampoco soportaban cómo insultaba a su madre. —Vuestra madre no me respeta, os pone contra mí—vociferaba la “cariñosa abuela”—.¡Mírala, reina! No quiere ni trabajar en la finca. Decidle a vuestra madre que es una desagradecida. Siempre volvían desquiciados, y Vera zanjó el tema. —Bueno—Matías dio un golpecito en la mesa—. Voy y vuelvo rápido. Se fue, y Vera, tras cocinar, se sentó a descansar. El recuerdo trajo otra escena, la que le hizo ver que su suegra no era sólo “complicada”, sino enemiga. *** Hace tres años, Mateo “se perdió” de repente. Al principio, sólo un par de horas de ordenador tras el trabajo, para relajarse. “Tanquecitos”, ejércitos, batallitas online. A Vera no le preocupó—¡que juegue! Así desconecta él. Pero las “horitas” se extendían hasta bien de noche. Volvía del trabajo, cenaba a toda prisa y se soltaba en el sillón. Ojos vidriosos, decía que sí a todo y no veía ni hijos ni mujer. Los fines de semana, se pasaba la vida ante la pantalla. Vera estaba desesperada. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarle? Habló con él mil veces, en vano. —Mateo, tenemos que hablar—le rogaba Vera—¡mírame al menos! —Déjame, estoy liado. Es batalla de clanes. —¡La única batalla que importa es nuestra familia! Viendo que no funcionaba, Vera pasó a la acción: escondía cargadores, se llevó el portátil a casa de sus padres, vendió el fijo casi regalado. No funcionó—su marido le gritó y en el mismo día se compró uno nuevo. Era una adicción, de las graves. El hombre al que amaba estaba dejando de ser él—hasta el trabajo peligraba ya. Vera, desesperada, llamó a la suegra. Pensó: ¡es su madre, la querrá aunque sea como es! Seguro que le ayuda, le abre los ojos, le dice unas cuantas verdades… Marcó el número, tragando lágrimas. —Tamara Palomares, necesito ayuda. Mateo ha desconectado de la vida. Estos juegos… No ve que se destruye la familia. Hable con él, de madre a hijo, de adulta a adulto. No me oye. ¡La familia se hunde! Al otro lado, silencio. Vera esperaba apoyo, promesas de intervenir. Pero Tamara contestó tranquila, casi con una satisfacción fría: —No puedes seguir—divorciaos. —¿Cómo?—Vera no daba crédito. —Lo que oyes. No le amargues. Que recoja y se venga conmigo. Aquí le busco faena. Tengo huerta, el tejado se cae. Aquí me hace más falta que a ti. Y que descanse de tus histerias. A Vera se le cayó el mundo. En esa respuesta estaba todo: celos, deseo de recuperar “su propiedad”. Recordó entonces el cumpleaños de Tamara, años antes. Mesa llena, invitados, hasta los padres de Vera. Tamara Palomares, roja tras varios chupitos de licor casero, soltó en voz alta, mirando fijo a los padres de Vera: —Yo sigo esperando a que vuelva. Mi casa es grande, y siempre tendrá sitio aquí. Las mujeres vienen y se van. Madres sólo hay una. Ya lo verán—volverá. Los padres de Vera se quedaron cortados por tal grosería. Y Vera pensó: lo que el borracho dice, el sobrio lo calla. *** La ayuda llegó de donde menos esperaba. El exmarido de su hermana, Pablo, también se perdió en el alcohol, perdió su piso, su trabajo, su mujer. La hermana de Vera se lo llevó todo y no volvió. Eso fue el golpe que Pablo necesitaba. Lo dejó. Se hizo otro hombre—duro, parco, pero recto. Intentó recuperar a su familia, pero era tarde. —Lo roto no se arregla—dijo su hermana. Pablo vivía con culpa, pero no volvió a beber. Vera buscó su número y llamó. —Pablo, soy Vera. Necesito tu ayuda. Pablo llegó en una hora. Cruzó la cocina donde Mateo mascaba un bocadillo, pegado al móvil. —Saludos, jugón—soltó Pablo, sentándose. Mateo se sobresaltó. —¿Tú aquí? —Vengo a ver a quién tira su vida al váter. Yo bebía; tú te metes en tus guerritas. En el fondo, es lo mismo. La charla fue larga. Vera escuchaba en la otra habitación. Primero Mateo replicaba, gritaba que trabajaba y tenía derecho a descansar. Pablo no le gritó ni una vez—hablaba sin inmutarse. —¿Crees que lo controlas? Yo también pensaba eso. Era sólo una copa. Y un día llegué y no había nadie. La cuna se fue. Un silencio… un eco frío. Y nada remedia ese vacío. Vera te dejará, Mateo. Es paciente, pero no de hierro. Se llevará a los niños y se irá. Y tú te quedarás con tu portátil en la finca de mamá. ¿Eso quieres? Mateo murmuraba ya bajo. —Daría todo por volver al día en que mi mujer hacía las maletas—continuó Pablo—por pararla, rogarle perdón. Pero tarde. Tú aún tienes opción… Cuando Pablo se fue, Mateo se quedó a oscuras largo rato. Después entró en el dormitorio. Vera fingía dormir, de cara a la pared. Se tumbó y la abrazó. —Perdona—susurró—lo he borrado todo. Vero, ya lo entiendo. Tú y los niños sois todo. Cumplió—el portátil, sólo para el trabajo. Las primeras semanas lo pasó fatal—irritable, inquieto—pero Vera le mantuvo ocupado: recados, paseos, charlas. Juntos salieron adelante. *** Mateo regresó casi de noche. —¿Y qué tal?—preguntó Vera, poniendo la mesa—¿Qué arreglaste? —La valla, la puerta del cobertizo y el porche. —¿Y tu madre? —Como siempre. Preguntó por los niños. —¿Y qué dijiste? —Que tenían extraescolares. No le conté la verdad. —Error. —Vero, es una señora mayor, enferma… —No, Mateo, es podrida—le cortó Vera—Sabes lo que dice de mí y de nosotros. Que soy mala madre, que no os quiero, que no respeto a tu padre. ¿Para qué esa porquería a los niños? —Vero, es su abuela—replicó Mateo, molesto—y tiene derecho a ver a sus nietos. Les prometí que el finde los llevo. —No. Si quieres ve tú. ¡Pero los niños no! Nadie me pone condiciones. Mateo se calló al instante—sabía bien el carácter de su esposa. Si dijo que se divorcia, lo haría. Que lo entienda tu madre: a los niños no los llevará. Más vale no llevarle la contraria a la mujer.

Mejor no llevarle la contraria a una mujer

Mi suegra gruñó por teléfono:
Si no sabes controlar a tu marido, lo mejor es que te divorcies.
Por fin, pensé, mi sueño hecho realidad. Me libraré de ti de una vez
Casi se me escapan las lágrimas:
Rosario Jiménez, ¿pero cómo puede usted decirme eso?
Se está desmoronando mi familia, estoy intentando sacar a tu hijo de este agujero
Y tú, en vez de ayudarme como madre, ¿me animas a divorciarme?
Llevaba siete años sin hablar con Rosario, y la verdad, ni lo echaba de menos: la vida sin la madre de mi marido era mucho más sencilla.

Pero Rosario Jiménez no lo veía igual.

Seguía, incansable y metódica, martilleándome con llamadas y mensajes.

Como hoy, que ya era la cuarta vez que llamaba en menos de una hora.

Por supuesto, Fernando, mi marido, se dio cuenta enseguida.

Será por lo de la finca musitó, inexpresivo. Que empieza la temporada.

Otra vez esas dos hectáreas Seguro que necesita ayuda.

Son tus dos hectáreas, Fernando. O suyas, pero desde luego no mías.

Así que no veo por qué tengo que ir a ayudar. ¿Ha quedado claro?

Fernando no contestó.

Por un lado, podía entender que fuese justo. Pero por otro

Rosario era una mujer enérgica, ruidosa, y se adueñaba de la finca como si fuera una señora feudal.

Y la gobernaba igual: con mano de hierro.

No conocía la palabra favor, sólo órdenes: tráeme, llévame, cava, recolecta.

Nada de por favor ni si te viene bien.

Para ella, hijos y nietos solo eran mano de obra gratuita.

Todavía recuerdo el día que fue punto de no retorno.

Hace unos siete años, en otoño: Fernando y yo, entonces inocentes y obedientes, nos dejamos la espalda cargando, literalmente, toneladas de patatas.

No podía enderezarme de dolor; sentía que la columna se me había ido a las botas de agua, que me estaban grandísimas.

Al terminar, Fernando se asomó al sótano de su madre:

Mamá, nos vamos ya. ¿Nos puedes preparar un saco de patatas?

El invierno es largo, así ahorraríamos algo, aunque sea poco.

Rosario entornó los ojos. Toda la vida vendiendo sus verduras en el mercado, para ella cada tomate era un euro ganado.

Ay, hijo dijo, extendiendo los brazos. Esas ya están vendidas. Antes del verano ya acordé todo con una frutera del mercado.

¿Te quedas sin ninguna para nosotros? Pero si tú misma nos pediste que las plantáramos y recogimos todo solos.

Te ofrecí una malla hace tres años y la rechazasteis me cortó rápido. Así que no la necesitabais.

Mi pensión es poca, tú lo sabes. Cada euro cuenta.

¿Quieres patatas? Cómpramelas.

Te las dejo bien de precio, pero gratis no.

Fernando no respondió, solo asintió, me tomó de la mano y nos fuimos al coche.

En el trayecto de vuelta, sentenció:
Nunca más le aceptamos nada. Ni volvemos a plantar para ella.

Las dos hectáreas quedaron en un par de hileras por afición.

Mi suegra perdió su mano de obra gratuita.

Y las patatas ahora las comprábamos en el súper. Por principio, para no pedir lo que ya era nuestro por derecho.

Pero si lo de la huerta quedó solucionado, el carácter podrido de Rosario era otro cantar.

El que yo la ignorara no le cabía en la cabeza, no lo aceptaba.

Volvió a sonar el móvil. Dejé el cuchillo y miré a Fernando.

¿Vas a ir?

Haría falta. El vallado está torcido.

A los niños no los llevo sentencié.

Ni falta que hace, ellos no quieren ir.

Mis hijos le tenían miedo a su abuela. No era esa ancianita de cuentos con galletas, sino una mujer agria, siempre gritando, capaz de soltarle una colleja a cualquiera porque sí.

Y encima, no paraba de despotricar contra mí delante de ellos.

Vuestra madre no me respeta, os vuelve en mi contra vociferaba la abuela cariñosa. ¡Ah, la reina de la casa! No quiere trabajar en la finca.

Decidle a vuestra madre que es una desagradecida.

Volvían nerviosos, ariscos; así que corté el contacto.

Vale dijo Fernando, golpeando suavemente la mesa. No tardo. Voy y vuelvo pronto.

Salió, y yo, al acabar el almuerzo, me senté a descansar.

Y como suele ocurrir, la memoria me trajo otro episodio. El momento en que dejé de creer que Rosario era difícil y comprendí que para ella yo era una enemiga.

***

Hace tres años, Fernando empezó a derrapar. Todo empezó inocente; un par de horas en el ordenador después del trabajo, para relajarse.

Juegos de tanques, estrategias, y cosas así.

No le di importancia: mira, así desconecta.

Pero al poco, ese par de horas se estiraba hasta la madrugada.

Cenaba deprisa y saltaba al sillón.

Ojos perdidos, contestando mal, sin ver ni a los niños ni a mí.

Los fines de semana, ni salía: 40 horas delante del ordenador.

Estaba desesperada.

¿Qué hago? ¿Cómo lo saco de ahí? Hablaba con él, pero no servía de nada.

Fernando, tenemos que hablar le insistía. ¡Mírame!

Déjame, estoy en una misión. Un combate del grupo.

¡Estás perdiendo la familia, qué combate ni qué demonios!

Como los intentos de diálogo no funcionaron, pasé a la acción: escondía el cargador, llevé el portátil a casa de mis padres, vendí el fijo al primero que pasó.

Pero nada: me gritó, y ese mismo día se compró otro por Wallapop.

Era adicción, pura y dura.

Empezaba a peligrar hasta su empleo.

En mi desesperación, recurrí a Rosario.

Pensé: es su madre, algo sentirá por su hijo.

Quizás le haga entrar en razón

Marqué su número entre sollozos.

Rosario, está mal la cosa. Fernando se ha perdido en ese mundo. Los juegos

No nos ve. Por favor, háblale como madre, ponle las cosas claras.

No me hace caso y se nos va la familia.

Al otro lado, silencio. Esperaba que me apoyara, que viniera rápido o al menos lo intentara.

Pero su voz sonó tranquila, casi triunfante:

Si no puedes vivir así, divórciate.

¿Cómo dice?

Lo que has oído. No martirices a mi hijo. Que recoja sus cosas y se venga conmigo.

A mí aquí me hace falta: la finca, la terraza con goteras

Aquí está mejor que contigo. Y así descansa de tus histerias.

Me quedé helada con el teléfono en la mano. Ese veneno, ese deseo de recuperar su posesión se hizo evidente.

Me vino a la mente su cumpleaños unos años antes.

La mesa llena, invitados, hasta mis padres.

Rosario, colorada ya tras la sidra casera, de repente se arrancó:

Yo sigo esperando a que él vuelva. Esta casa es grande, aquí siempre tendrá su sitio.

Las mujeres van y vienen, madre solo hay una.

Ya verán: volverá arrastrándose.

Mis padres se quedaron patidifusos.

Y yo pensé: lo que el borracho suelta, el sobrio lo piensa.

***

Pero la ayuda llegó de donde menos lo esperaba.

El exmarido de mi hermana, Javier, también cayó, pero en el alcohol. Perdió trabajo, piso, y lo peor: la familia.

Mi hermana, con los niños, se fue. No volvió nunca.

Ese fue su fondo, desde el que pudo resurgir.

Salió adelante, cambió: serio, poco hablador, pero correcto.

Intentó recuperar a mi hermana, pero ella no le perdonó.

El jarrón que se rompe ya no se arregla le dijo ella.

Javier vivía con culpa, pero nunca más bebió.

Busqué su número y le llamé.

Javier, soy Elena. Necesito tu ayuda.

Vino en menos de una hora. Entró en la cocina, donde Fernando, cabizbajo, devoraba un bocadillo mirando el móvil.

Hola, viciado soltó Javier, sentándose enfrente.

Fernando levantó la vista, sorprendido.

¿Tú qué haces aquí?

A ver cómo se las apaña uno que está tirando su vida por el retrete.

Yo me ahogué en la botella, tú te pierdes en las batallas virtuales.

Total, no es tan diferente.

El diálogo fue largo.

Yo me quedé en la sala, escuchando a escondidas.

Al principio Fernando gruñía, defendía su derecho a desconectar.

Pero Javier nunca levantó la voz. Habló tranquilo.

¿De verdad crees que controlas la situación? Así pensaba yo.

Por relajarme, una copa al día, luego desperté en un piso vacío.

Sin cuna, con un silencio ensordecedor.

Y por más que hagas ruído, no llenas ese vacío.

Elena se irá, Fernando. Es paciente, pero tampoco es de hierro.

Se llevará a los niños y te quedarás tú solo allí, metido con tu portátil en la finca de tu madre.

¿Eso quieres?

Fernando murmuró algo, dubitativo.

Yo lo daría todo por volver al día que mi mujer hizo las maletas siguió Javier. Para detenerla, pedirle perdón de rodillas.

Pero llegué tarde. Tú todavía tienes margen

Tras marcharse, Fernando se quedó mucho rato sentado a oscuras en la cocina.

Entró en la habitación; yo fingía dormir mirando la pared.

Se metió en la cama y me abrazó por la espalda.

Perdóname susurró. Borro todo. Lo he entendido. Tú y los niños sois lo único de verdad en mi vida.

Lo cumplió: el portátil solo lo usó para trabajar.

Las primeras semanas estuvo fatal, de mal humor, callejeando por casa, pero yo estaba allí, ocupándole con tareas, paseos, y simplemente hablando.

Salimos adelante juntos.

***

Fernando volvió ya al atardecer.

¿Qué tal? pregunté, preparando la mesa. ¿Qué hizo falta?

Enderecé la valla y arreglé el porche. El cobertizo estaba torcido, también lo arreglé.

¿Y tu madre?

Lo de siempre. Preguntando por qué no llevé a los niños.

¿Y qué le respondiste?

Que tenían actividades extraescolares. No quise decirle la verdad.

Pues deberías.

Elena, es una mujer mayor y enferma me interrumpió él.

No, Fernando, es mala persona, no vieja le corté. Sabes lo que les dice de mí y de nosotros.

Que no soy buena madre, que no os quiero, que no respeto a su hijo, tu padre.

¿Para qué van a oír esas porquerías?

Bueno, es su abuela saltó entonces, irritado. Tiene derecho a ver a sus nietos.

Le he dicho que el finde que viene los llevo.

A los niños no los pienso mandar contesté tranquila. Si quieres, vete tú. Pero ellos no. No me pongas condiciones.

Fernando calló al instante, conocía bien mi carácter.

Nunca amenazo en falso; si digo divorcio, es divorcio.

Eso lo sabe, al final se le pasará. Mejor no llevarle la contraria a su mujer.

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Más vale no llevarle la contraria a la mujer La suegra bramó por teléfono: — Si no puedes manejar a tu marido, ¡pide el divorcio! Por fin se cumplirá mi sueño. Me libraré de ti… Vera casi rompe a llorar: — ¡Tamara Palomares, ¿pero qué clase de persona es usted?! Nuestra familia se está desmoronando, intento salvar a mi marido, sacarle de este pozo… ¿Y usted, en vez de ayudarme, me aconseja divorciarme? Vera llevaba siete años sin hablar con su suegra. Y no lo echaba de menos—vivir sin la madre de su marido era mucho más fácil. Aunque Tamara Palomares opinaba muy diferente. Siguió, implacable, atosigando a su nuera con llamadas y mensajes. Como hoy, que ya había llamado por cuarta vez en una hora. El marido, por supuesto, lo percibió. — Será por la finca—murmuró Mateo—empieza la temporada. Otra vez esas tres mil metros—seguro que necesita ayuda… — Son tus tres mil metros—corrigió Vera—O de ella. Pero míos seguro que no. Así que no tengo obligación de ayudar a nadie allí. ¿Queda claro? Mateo no contestó. Por un lado, tenía razón. Pero por otro… Su madre, Tamara Palomares, una mujer enérgica y ruidosa, era la dueña de un terreno que más bien parecía un minifundio feudal. Y lo mandaba igual: con mano de hierro. Para ella la palabra “por favor” no existía; sólo daba órdenes: “trae”, “llévame”, “ara”, “recoge”. Nada de “si puedes” o “cuando tengas tiempo”. Hijos y nietos sólo eran mano de obra gratuita. Vera recordaba el día en que se cruzó la raya definitiva. Fue hace unos siete años. Era otoño, y ella y Mateo, por entonces ingenuos y obedientes, se dejaron la vida trasladando, literalmente, toneladas de patatas. No podían ni enderezar la espalda—la columna ya parecía desmigajada en las botas de goma, que por cierto le quedaban enormes a Vera. Mateo, tras terminar, bajó al sótano de su madre. —Mamá, ya nos vamos. ¿Nos llenas un saco de patatas? El invierno era largo y tenían niños—ahorrar siempre venía bien. Tamara Palomares entornó los ojos. Siempre vendía sus verduras en el mercado, y cada tomate era, ante todo, un ingreso. —Ay hijo—se encogió de hombros—Ya están todas encargadas. Este verano cerré trato con los mayoristas. —¿Toda?—se desconcertó Mateo—¿Ni un saco para nosotros? Si las plantamos y recogimos nosotros. —Yo os ofrecí una malla hace tres años y la rechazasteis. Así que no la queríais—zanjó. Mi pensión es una miseria, y cada céntimo cuenta. ¿Quieres patatas? Cómpamelas. Te hago precio de familia—con descuento. ¡Pero gratis, no! Mateo no replicó. Cogió de la mano a Vera y la sacó al coche. De camino a casa le dijo: —No volvemos a pedirle nada. Y ni loco vuelvo a plantar tanto. Desde entonces, las tres mil metros se redujeron para ellos a un par de huertas “por entretenimiento”. La suegra perdió a sus esclavos gratuitos. La patata la compraban en el súper—por principios. No iban a rogar por lo que era suyo. Pero el “asunto huerta” se zanjó; el carácter podrido de Tamara Palomares, no. Que su nuera la ignorase, no lo asumía ni entendía. El teléfono volvió a sonar. Vera dejó el cuchillo y miró a su marido. —¿Vas a ir? —Tengo que, Vera. Se ha torcido la valla. —A los niños no los llevas—cortó Vera. —Ni aunque quisiera, no quieren ir. Los nietos le temían. Para ellos no era la abuela buena, de rosquillas: era la mandona, siempre gruñona, capaz de soltarles un tortazo sin motivo. Tampoco soportaban cómo insultaba a su madre. —Vuestra madre no me respeta, os pone contra mí—vociferaba la “cariñosa abuela”—.¡Mírala, reina! No quiere ni trabajar en la finca. Decidle a vuestra madre que es una desagradecida. Siempre volvían desquiciados, y Vera zanjó el tema. —Bueno—Matías dio un golpecito en la mesa—. Voy y vuelvo rápido. Se fue, y Vera, tras cocinar, se sentó a descansar. El recuerdo trajo otra escena, la que le hizo ver que su suegra no era sólo “complicada”, sino enemiga. *** Hace tres años, Mateo “se perdió” de repente. Al principio, sólo un par de horas de ordenador tras el trabajo, para relajarse. “Tanquecitos”, ejércitos, batallitas online. A Vera no le preocupó—¡que juegue! Así desconecta él. Pero las “horitas” se extendían hasta bien de noche. Volvía del trabajo, cenaba a toda prisa y se soltaba en el sillón. Ojos vidriosos, decía que sí a todo y no veía ni hijos ni mujer. Los fines de semana, se pasaba la vida ante la pantalla. Vera estaba desesperada. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarle? Habló con él mil veces, en vano. —Mateo, tenemos que hablar—le rogaba Vera—¡mírame al menos! —Déjame, estoy liado. Es batalla de clanes. —¡La única batalla que importa es nuestra familia! Viendo que no funcionaba, Vera pasó a la acción: escondía cargadores, se llevó el portátil a casa de sus padres, vendió el fijo casi regalado. No funcionó—su marido le gritó y en el mismo día se compró uno nuevo. Era una adicción, de las graves. El hombre al que amaba estaba dejando de ser él—hasta el trabajo peligraba ya. Vera, desesperada, llamó a la suegra. Pensó: ¡es su madre, la querrá aunque sea como es! Seguro que le ayuda, le abre los ojos, le dice unas cuantas verdades… Marcó el número, tragando lágrimas. —Tamara Palomares, necesito ayuda. Mateo ha desconectado de la vida. Estos juegos… No ve que se destruye la familia. Hable con él, de madre a hijo, de adulta a adulto. No me oye. ¡La familia se hunde! Al otro lado, silencio. Vera esperaba apoyo, promesas de intervenir. Pero Tamara contestó tranquila, casi con una satisfacción fría: —No puedes seguir—divorciaos. —¿Cómo?—Vera no daba crédito. —Lo que oyes. No le amargues. Que recoja y se venga conmigo. Aquí le busco faena. Tengo huerta, el tejado se cae. Aquí me hace más falta que a ti. Y que descanse de tus histerias. A Vera se le cayó el mundo. En esa respuesta estaba todo: celos, deseo de recuperar “su propiedad”. Recordó entonces el cumpleaños de Tamara, años antes. Mesa llena, invitados, hasta los padres de Vera. Tamara Palomares, roja tras varios chupitos de licor casero, soltó en voz alta, mirando fijo a los padres de Vera: —Yo sigo esperando a que vuelva. Mi casa es grande, y siempre tendrá sitio aquí. Las mujeres vienen y se van. Madres sólo hay una. Ya lo verán—volverá. Los padres de Vera se quedaron cortados por tal grosería. Y Vera pensó: lo que el borracho dice, el sobrio lo calla. *** La ayuda llegó de donde menos esperaba. El exmarido de su hermana, Pablo, también se perdió en el alcohol, perdió su piso, su trabajo, su mujer. La hermana de Vera se lo llevó todo y no volvió. Eso fue el golpe que Pablo necesitaba. Lo dejó. Se hizo otro hombre—duro, parco, pero recto. Intentó recuperar a su familia, pero era tarde. —Lo roto no se arregla—dijo su hermana. Pablo vivía con culpa, pero no volvió a beber. Vera buscó su número y llamó. —Pablo, soy Vera. Necesito tu ayuda. Pablo llegó en una hora. Cruzó la cocina donde Mateo mascaba un bocadillo, pegado al móvil. —Saludos, jugón—soltó Pablo, sentándose. Mateo se sobresaltó. —¿Tú aquí? —Vengo a ver a quién tira su vida al váter. Yo bebía; tú te metes en tus guerritas. En el fondo, es lo mismo. La charla fue larga. Vera escuchaba en la otra habitación. Primero Mateo replicaba, gritaba que trabajaba y tenía derecho a descansar. Pablo no le gritó ni una vez—hablaba sin inmutarse. —¿Crees que lo controlas? Yo también pensaba eso. Era sólo una copa. Y un día llegué y no había nadie. La cuna se fue. Un silencio… un eco frío. Y nada remedia ese vacío. Vera te dejará, Mateo. Es paciente, pero no de hierro. Se llevará a los niños y se irá. Y tú te quedarás con tu portátil en la finca de mamá. ¿Eso quieres? Mateo murmuraba ya bajo. —Daría todo por volver al día en que mi mujer hacía las maletas—continuó Pablo—por pararla, rogarle perdón. Pero tarde. Tú aún tienes opción… Cuando Pablo se fue, Mateo se quedó a oscuras largo rato. Después entró en el dormitorio. Vera fingía dormir, de cara a la pared. Se tumbó y la abrazó. —Perdona—susurró—lo he borrado todo. Vero, ya lo entiendo. Tú y los niños sois todo. Cumplió—el portátil, sólo para el trabajo. Las primeras semanas lo pasó fatal—irritable, inquieto—pero Vera le mantuvo ocupado: recados, paseos, charlas. Juntos salieron adelante. *** Mateo regresó casi de noche. —¿Y qué tal?—preguntó Vera, poniendo la mesa—¿Qué arreglaste? —La valla, la puerta del cobertizo y el porche. —¿Y tu madre? —Como siempre. Preguntó por los niños. —¿Y qué dijiste? —Que tenían extraescolares. No le conté la verdad. —Error. —Vero, es una señora mayor, enferma… —No, Mateo, es podrida—le cortó Vera—Sabes lo que dice de mí y de nosotros. Que soy mala madre, que no os quiero, que no respeto a tu padre. ¿Para qué esa porquería a los niños? —Vero, es su abuela—replicó Mateo, molesto—y tiene derecho a ver a sus nietos. Les prometí que el finde los llevo. —No. Si quieres ve tú. ¡Pero los niños no! Nadie me pone condiciones. Mateo se calló al instante—sabía bien el carácter de su esposa. Si dijo que se divorcia, lo haría. Que lo entienda tu madre: a los niños no los llevará. Más vale no llevarle la contraria a la mujer.
He cuidado de mis nietos durante 8 años sin recibir ni un euro… y ayer me dijeron que prefieren a …