¡Ana, no te enfades conmigo, no viviré contigo!

12 de septiembre
Querido diario,

Hoy vuelvo a recordar aquella conversación con Tania, la que siempre me miraba sin parpadear y que, al final, se sonrojó como una cereza. ¿Y si lo intentamos, Sergio? me dijo con esa voz que ahora solo guardo en la memoria. Yo, con la garganta seca, respondí: Ya lo dije, Tania.

Irene Pérez apareció en mi vida cuando yo apenas empezaba el primer curso de primaria. Jamás olvidaré a su madre, Lourdes, la mujer más hermosa del pueblo, de cintura generosa, y a su padre, Julián, tan orgulloso como un torero después de una faena. Recuerdo cómo Lourdes empujaba la carriola por la puerta de la casa, con la curiosidad chispeando en mis ojos; en aquel entonces parecía un milagro.

Yo crecí y ella también. Un día la vi salir corriendo de la puerta del patio familiar, vestida con un vestido color sol y una gran cinta rubia en la melena. Jugaba con sus amigas, construyendo una casita bajo la pérgola. Yo los observaba todo desde la ventana de mi casa, justo enfrente, donde se alzaba la antigua casona de los Pérez.

Sergio, acompaña a Irene, por favor me pidió Lourdes una tarde. No pude negarme; casi un año me convertí en su tutor de primer grado. Al principio caminábamos en silencio, pero pronto Irene empezó a contarme sus historias y anécdotas de clase. Sus lecciones terminaban antes que las mías y ella esperaba pacientemente a que yo terminara para irse con ella a casa.

A veces volvía a casa acompañado de mis compañeros y ella caminaba a nuestro lado. Ya me había acostumbrado a esperarla en la puerta por la mañana; cuando ella salía, le tomaba la mano y juntos cruzábamos la calle hacia la escuela.

El año siguiente, en septiembre, Irene me pidió bajito que la dejara ir con sus amigas. Entonces ellas marchaban al frente y yo la seguía a distancia, listo para ayudar si surgía algún imprevisto. Y, como era de esperarse, el destino me puso a prueba.

Una mañana apareció un ganso en el camino. El animal siseaba, agitaba el cuello y batía sus alas, y las niñas se amedrentaban. Yo me interpusé entre ellas y la ave; con un grito se lanzaron al otro lado, y el ganso huyó despavorido.

Al año siguiente me mudé a la ciudad vecina de Almería, donde estudiaba en el instituto técnico. Sólo volvía los fines de semana y en vacaciones. Irene, al parecer, había olvidado mi rostro; pasaba sin mirarme y apenas me saludaba.

Luego ingresé en el Colegio de Pilotos y mis visitas a casa se hicieron esporádicas. Un día, mientras cenaba, mi madre, que siempre vigilaba la puerta de los Pérez, me preguntó:

¿Quién es esa, Sergio? cuando salió una joven alta y elegante del patio.

Es Irene respondí, sin poder ocultar la sorpresa.

¿Y cuándo llegó? insistió mi madre.

El tiempo lo ha traído dijo con una sonrisa amable, mientras yo reflexionaba sobre lo que la vida nos había regalado.

La vi de reojo en varias ocasiones, siempre escondida tras la cortina de encaje. Una mañana la observé cargando cubos de agua en una carreta hacia la fuente del pueblo, mientras el viento despeinaba su melena. Días después la vi, vestida con un traje de pantalón impecable, presentándose a los exámenes de ingreso a la universidad.

Una última gota de melancolía cayó cuando escuché la voz de mi padre reparando la cerca: Con una voz como esa irías hasta el fin del mundo. Esa frase quedó grabada en mi corazón.

Al salir de la puerta con los cubos, la saludé:

¡Buenos días! dijo Irene, clavándome la mirada.

Hola, Irene balbuceé, sin saber qué decir.

Las risas del agua corrían mientras yo intentaba encontrar palabras. Me despedí con una tristeza agridulce, convencido de que, por fin, me había enamorado.

Después vino el servicio militar y me asignaron al cuartel de la Guardia Costera en San Sebastián, en la zona más fría del norte.

***

Al volver a casa, llevaba la esperanza de confesarle mis sentimientos a Irene; ya tenía la edad que ella necesitaba. El primer día caí exhausto del coche y la rutina laboral comenzó. Mi padre, como siempre, diseñó un plan para aprovechar al máximo la mano de obra extra. A la mañana siguiente, nos fuimos al bosque a cortar leña. Después tuvimos que partir los troncos y almacenarlos en el granero.

A la vuelta, mi padre decidió renovar el umbral de la sauna y el suelo del establo. Dos semanas se esfumaron entre martillos y clavos, y yo, de tanto mirar por la verja de los Pérez, nunca veía a Irene. Pregunté a mi madre:

Mamá, ¿por qué no aparece Irene?

Se ha ido a estudiar a la ciudad. Ahora vive en Madrid me contestó.

Sin ella, regresé a San Sebastián. Un año después, la vi una sola vez, y eso me dejó una amargura profunda. Volvía a observarla desde la sombra de la cortina de terciopelo, mientras caminaba junto a un chico alto y desgarbado del pueblo, que contaba chistes que solo él entendía. Irene se reía con una sonrisa que me parecía una burla, y su mirada hacia él me hacía sentir una punzada de celos.

Al fin descubrí que Irene se había casado y que ahora vivía en el centro de salud de la zona. Cada visita a mis padres, a veces, escuchaba su voz al pasar por la calle.

Sergio, ya basta de sufrir; ya no eres un niño dice mi madre, como si supiera todo lo que llevo dentro.

Hoy, mientras escribo, el eco de esas palabras resuena en mí. No sé qué será de mi corazón, pero al menos he aprendido que algunas historias, aunque no tengan final feliz, nos forman.

Con cariño,
Sergio.

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