Clara, ¿quieres casarte?

Enriqueta, ¿te casas o qué?

¿Y tú qué quieres? le despega la mano el atrevido Miguel Zúñiga, mientras Enriqueta responde al instante. Miguel suelta una carcajada, mostrando los dientes con descaro y mirando los curvilíneos hombros de la chica.

¿Qué, te animas? insiste Miguel, intentando acercarse. Si no, nos fuimos a revolcarnos por el granero déjame al menos agarrarme a algo.

Enriqueta, sin pensarlo mucho, empuja a Miguel directamente a un arbusto de ortigas, donde cae cual helicóptero, agitando los brazos de forma cómica. Todo el club de jóvenes estalla en risas.

Oye, bombón sale del arbusto Miguel, frotándose el trasero, y suelta una baba justo bajo los pies de Enriqueta, mostrando su enfado ¿crees que nos vamos a reír de ti? Porque sí, de ti se ríen

Enriqueta se vuelve, aprieta los labios con dignidad. Su amiga Nuria le pone una mano en el hombro. Vamos, Enri, ¿no conoces a Miguel? A él solo le gusta sacarle una sonrisa a la cara.

Enriqueta sonríe. No va a llorar; ya está acostumbrada a esas cosas. Además, entiende que a Nuria le resulta fácil calmarla, que no la llaman bombón por cariño, aunque sea una chica fuerte, a su lado parece una caña de bambú.

Venga, que la película empieza pronto llama Nuria, y las tres se cuelan en la penumbra del club del pueblo.

Sosteniendo su vestido con delicadeza, Enriqueta se sienta en los crujientes bancos de madera del antiguo salón rural de los años sesenta. No hay mucho confort, pero el placer del cine en abundancia la compensa.

Enriqueta suspira al observar a las hermosas heroínas de la pantalla.

Su hermana mayor, María, tiene una figura distinta; el padre y la familia paterna son de contextura delgada, igual que él. El hermano menor, Luis, es delgado como una varilla. La madre, en cambio, es rellenita y siempre lo ha sido, lo que explica que Enriqueta haya heredado esa parte. A Claudia, su madre, nada le impide ir a la marcha con energía, como si nunca se cansara; con su padre se llevan sin problemas. Uno pensaría que son la pareja perfecta: él alto y enjuto, ella robusta y ágil, y sin embargo la gente dice que son dos zapatos del mismo par.

Enriqueta suspira, pensando que no encontrará pareja ni en su pueblo ni en otro sitio.

El domingo, las chicas la invitan al centro del municipio; justo cuando llega el camión de la empresa de mudanzas, se instala en la caseta de madera con bancos crujientes y una pista irregular que hace saltar a uno como pelota.

Al llegar al corazón del pueblo, el edificio del ayuntamiento y la plaza bañada por el sol, con la música de los altavoces retumbando por todo el barrio, les llama la atención una carreta de kvass. Las chicas corren hacia ella, se quedan bajo la sombra de un árbol, se ríen y se entrecierran los ojos bajo el sol, celebrando el día de verano.

Mira qué bombón le dice una de ellas a Enriqueta. Ella quiere creer que no se refieren a ella, pero entre sus amigas no hay nadie que no la note. Se vuelve y ve, bajo la sombra del árbol, a dos chicos. Uno parece ensimismado, el otro, con una mirada burlona, la examina de pies a cabeza y empuja al compañero pensativo.

Enriqueta se acerca a sus amigas, deseando esconderse de esas miradas que, como pinzas, quieren atraparla para luego reírse.

Chicas, ¡todavía cabemos en el baile! anuncia Nieves.

Ya es tarde ¿cuándo volvemos a casa?

¡A tiempo! El tío Paco prometió pasar a recogernos en la casa de cultura. ¿Vamos o qué?

¡Vamos!

Bailar en la casa de cultura del distrito no es lo mismo que en el club del pueblo, donde todos están solteros y la música suele ser una sola acordeón. Allí, el edificio con columnas blancas, la multitud y una orquesta regional que solo viene en fiestas, crean otro ambiente.

Enriqueta admira el bajo del vestido azul que lleva puesto, contenta de haber elegido ese modelo, y se apresura a seguir a sus amigas.

Claro que nadie la invitará a la pista; ella lo sabe. Pero las chicas giran, sonríen y se divierten. Ella se queda junto a la pared, como bajo la mirada de alguien que la observa. ¿Por qué no mirarla? Su cabello castaño, trenzado en dos coletas, su nariz respingada y sus mejillas sonrosadas, si alguien se fija en sus ojos, encontrará calor y una esperanza oculta de felicidad.

Tal vez también bailemos ¿para qué quedar allí de pie?

Ah, ese es el chico que estaba al lado del burlón reconoce Enriqueta al instante.

Vale asiente.

Él, más alto que ella, permanece en silencio y después pregunta:

¿Cómo te llamas?

Enriqueta, pero todos me dicen Enri.

Yo soy Esteban.

¿De dónde eres?

De la aldea de los Álamos.

Ah, entonces estás cerca.

¿Dónde vives ahora?

Aquí, en el mismo pueblo.

¿Y antes?

Estudié y trabajé en la ciudad.

Esteban la lleva hasta el coche, quiere decir algo, pero se queda callado. Ella piensa: Le resultó aburrido, así se le acercó.

Te veo rondando a la bombona, comenta su amigo Julián.

¿Por qué la llamas así? Tiene nombre, responde Esteban con una sonrisa Enri.

Vaya, Esteban, parece que te has enamorado

¿Enamorarse? Es que es una chica muy simpática, guapa y, a mi parecer, muy amable

Esteban, no te lo tomes a mal, solo bromeo. En serio, ¿vas a volver a quedar o seguirás solo?

No estoy solo, tengo a Valeria y a Víctor, tengo que cuidar de ellos. Y la chica ¿para qué hijos ajenos? Los míos ya los tiene.

Esteban se despide de Julián y se marcha a casa.

Creció aquí, se fue a estudiar. Su madre, con dos hijos pequeños, hacía lo que podía. Hace un año falleció, y el joven, devastado, volvió al pueblo; su hermana y su hermano lo recibieron: Víctor, de siete años, se aferró a sus rodillas, y Valeria, de diez, le tomó de la mano sin querer soltarlo.

Llegó la tía Zoraida, amiga de su madre, y con voz alta, compadeciéndose de los huérfanos, secó sus lágrimas con un pañuelo y le dijo:

Tienes que casarte, Esteban. Eres ahora el sostén de la familia y lo mejor es casarte con una mujer que también tenga hijos, así estaréis a pares. Conozco a una niña, Serafina Curvo, un año menor que Víctor, te vendría bien.

La conozco, pero no es mi tipo respondió él y ahora no me sirve.

Pues no tienes más opción, la chica no aceptará a otro. Piensa, ¿por qué cargar con un yugo si puedes compartirlo con alguien?

¿Ese yugo es de Valeria y Víctor?

No te aferres a las palabras, hablo como ocurre en la vida.

No te preocupes, tía Zoraida, lo resolveré.

Mira, si no te casas con Serafina, al menos tendrás a los niños.

Esteban se quedó callado para no discutir.

Ahora, al volver a casa, recordaba esa conversación y deseaba que la chica de los Álamos caminara a su lado. Cuando ella llegó al coche, lo miró como esperando que él dijera algo, que la invitara, que prometiera volver pero Esteban guardó silencio. No se atrevió; ella ni siquiera estaba comprometida, ¿para qué hijos ajenos? Para él, sus hermanos son familia para siempre y no los abandonaría.

Enriqueta recordaba día tras día la mirada tímida del chico de ojos grises. No sabía nada de él, pero quería verlo otra vez. «Bueno pensó, mirándome al espejo, bombón soy yo. Aunque Nuria me llame a veces mi bombona, suena amargo».

El domingo siguiente, cuando las chicas la invitaron al centro del pueblo, Enriqueta declinó. «¿Qué haría yo allí?», se recordó a Esteban. «Si él me llamara, lo haría, pero se quedó callado».

El lunes, el trabajo en el campo era intenso y las amigas, exhaustas, se tumbaron en la hierba, algunas sentadas, otras acostadas.

¡Enri, se me había olvidado! corrió Natalia y, agachándose junto a Enri, susurró Te cuento que el chico del baile, el de la última vez, te está llamando para el próximo domingo. Va a venir la orquesta, y quiere verte.

¿Yo?

Sí, a ti. Vino y preguntó por qué no viniste.

Entonces iremos todos.

Todos iremos, pero él te esperará a ti.

Enriqueta sintió que sus mejillas se sonrojaban. Al principio se alegró, luego pensó: «¿Será como Miguel, que me invita al granero solo para pasársela?».

Así pasó la semana con esa duda rondando su cabeza.

No fueron a la plaza, ni al baile. Separándose de sus amigas, Enriqueta y Esteban encontraron un banco bajo la sombra de un árbol en la plaza.

Quería verte otra vez confesó Esteban, jugueteando nervioso con su gorra , pero pensé que quizá no quisieras ¿Tal vez ya tienes novio?

No tengo novio.

Yo tampoco tengo esposa admitió, sonrojándose pero tengo niños.

Enriqueta lo miró sorprendida: ¿un chico joven con hijos?

Mi hermana y mi hermano, diez y siete años. No tengo padre, y mi madre ya no está. Ahora soy el mayor explicó, mirándola a los ojos como diciendo «así soy». Por eso no te llamé antes pero me gustaste.

Yo también te gustas a mí susurró ella.

Entonces, ¿qué ha cambiado? preguntó. Me gustabas entonces y ahora sigues gustándome.

Esteban, tembloroso pero emocionado, la abrazó suavemente y, entre palabras entrecortadas, dijo:

Los niños, Valeria y Víctor, son buenos, me obedecen crecerán, formarán sus propias familias, te lo juro, no son una carga.

¿Qué carga? Son tus hermanos, Esteban.

En otoño, la familia Agapito recogió el huerto y, al atardecer, la temperatura bajó, obligándoles a encender la leña en la cocina. Enriqueta, con su vestido azul, se quedó junto al horno, mirando el reloj.

Claudia suspiró y dijo:

Pues ya, el hijo del medio se casa. Y el chico es bueno, aunque tenga niños

El padre, golpeando la mesa con los dedos, miró a su esposa.

Con ese chico, aunque tenga hijos, nuestra Enri no se perderá. Los cuidará y tendrán su propia gente.

¡Ya vienen! exclamó Claudia. Pues sí, hija, vienen a buscarte.

Enriqueta se desprendió del calor del horno como hoja al viento, sin siquiera ponerse el abrigo, y salió a la calle esperando al novio.

Su hermana menor, Valeria, y su hermano, Víctor, corrieron hacia ella, agarrándola de las manos. No había palabras, solo miradas que lo decían todo. Tenían a Esteban, y ahora también a Enri.

¡Déjala ir, Esteban! gritó él, riendo, déjame abrazarla al menos.

¡Vamos, vamos! cantaron los niños, y juntos entraron a la casa. Enriqueta olvidó los apodos que antes le lanzaban, los insultos y bromas; ahora sólo escuchaba, si alguien la llamaba bombón, lo aceptaba con una sonrisa.

—Y así, entre risas, kvass y la promesa de un futuro compartido, Enriqueta y Esteban se marcharon tomados de la mano hacia el atardecer del pueblo.

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Clara, ¿quieres casarte?
La felicidad anhelada