Un Príncipe para la Chica Sencilla

**Diario de un encuentro inesperado**

Lucía se detuvo ante el espejo del recibidor y se observó con mirada crítica. Nada llamativo. Una polilla pálida, un ratón gris, una intelectual sin gracia. A sus treinta y cinco años, mantenía una figura esbelta, sin un gramo de grasa de más. Su pelo castaño, ligeramente rizado y no demasiado abundante, parecía casi gris bajo la tenue luz del vestíbulo. Su madre ahorraba en la factura de la luz y siempre ponía bombillas de baja potencia.

Recogió el cabello en una coleta, forzó una sonrisa en sus labios delgados, pero sus ojos seguían sin brillar. Suspiró, se aplicó un poco de carmín pálido y se ajustó el jersey antes de apartarse del espejo y ponerse el abrigo.

—¡Mamá, me voy! —gritó, y sin esperar respuesta, salió del piso.

Solo dos paradas separaban su casa del trabajo, y por eso había elegido ese empleo. Odaba el transporte público, lleno de gente malhumorada, empujándose a todas horas.

Trabajaba en la biblioteca municipal. En realidad, había estudiado Magisterio, pero tras dos meses en un colegio, supo que enseñar a niños no era lo suyo. Así que acabó entre libros. Un trabajo tranquilo, aunque mal pagado, pero al menos podía leer. Y leer le encantaba.

Además, tenía un blog donde reseñaba sus lecturas. Algunos la elogiaban, otros la criticaban, pero el dinero extra era bienvenido. Vivía con su madre en un piso viejo que necesitaba reformas. Ahorraba lo que ganaba con el blog, pero aún faltaba mucho para poder hacerlas.

En su tercer año de universidad, Lucía se casó precipitadamente. A su madre no le gustaba su novio, pero por primera vez, la siempre obediente hija hizo oídos sordos. Javier era de un pueblo pequeño y, como estudiantes, vivieron en su casa. Su madre tragó saliva y aguantó al yerno indeseado para no perder a su hija.

Se casaron en primavera y se separaron después de Navidad. Lucía cayó enferma con fiebre y tos, arruinando sus planes de fiesta. Javier no disimuló su disgusto por pasar la noche frente al televisor con su suegra y una esposa enferma.

Cansada de sus quejas, lo dejó salir con sus amigos. Error fatal. Regresó a las diez de la mañana, oliendo a perfume ajeno. Más tarde, unas compañeras le contaron que había pasado la noche bailando con una chica de primer año.

Lucía entendió que solo empeoraría. Le dio libertad. Sufrió un mes, resentida con el mundo, hasta que él volvió, arrepentido, pidiendo otra oportunidad. Pero su amor se había esfumado tan rápido como llegó. Tras graduarse, Javier desapareció, quizá de vuelta a su pueblo.

Luego llegó un romance con un hombre casado, que duró siete años. Él era mayor, nunca prometió dejara a su esposa ni a sus dos hijas. Se veían dos veces por semana; los fines de semana, Lucía se quedaba en casa. Él les compró un televisor nuevo y les pagaba vacaciones en la costa. Pero con el tiempo, el secreto los agotó. Sus hijas se casaron, una le dio un nieto, y el cansancio lo venció. Lucía no lo lamentó; al contrario, sintió alivio.

Dejó de buscar marido. ¿Quién querría a una mujer discreta y sin brillo como ella? En la biblioteca solo iban mujeres o jóvenes buscando libros de texto. Lucía se resignó a la soledad.

Un día, mientras escribía para su blog, entró un visitante.

—¿Quiere hacerse el carné? —preguntó Lucía, sorprendida. Nunca venían hombres jóvenes, y menos tan atractivos.

—No. Mi madre está enferma y me pidió que devolviera estos libros —dijo él, dejando dos volúmenes y el carné sobre la mesa.

Lucía leyó el apellido.

—Ah, ¿usted es el hijo de Pilar Martínez? ¿Está grave?

—Nada serio. Un resfriado. Me dijo que usted elegiría algo para ella —respondió él, sonriendo. Lucía sintió un cosquilleo inesperado.

Se escondió entre las estanterías, intentando calmar el temblor de sus manos. Eligió un libro y volvió.

—Aquí tiene. Se lo prometí hace tiempo.

—¿Y para mí? —preguntó él, sonriendo de nuevo.

El corazón de Lucía latió con fuerza.

—¿Qué quiere? —dijo, disimulando su nerviosismo.

—Algo para leer. ¿Puede recomendarme?

—Claro. ¿Qué le gusta?

—Aventuras, históricas… La verdad, hace años que no leo. Elija usted.

Eligió *La sombra del viento*, de Carlos Ruiz Zafón. Mientras anotaba los préstamos, notó que él la observaba.

—Gracias —dijo él al marcharse, volviéndose en la puerta para sonreírle una última vez. Lucía bajó la cabeza, ocultando su rubor.

Dos semanas después, Pilar devolvió los libros.

—A mi hijo le encantó. Quiere más como este.

Lucía arqueó una ceja.

—Dijo que lo leyó en dos días —añadió Pilar con complicidadd—. Hoy elijo yo, pero prepárele algo. Insistió mucho.

*¿Estará intentando emparejarnos? Qué tontería*, pensó Lucía.

Al terminar, Pilar se inclinó.

—El sábado es mi cumpleaños. Venga, por favor. Será algo sencillo. Mis amigos quieren conocerte. No me digas que no —dijo, amenazándola con un dedo en tono de broma.

Lucía no supo negarse, aunque decidió no ir. Pero al llegar el sábado, se lavó el pelo, se vistió con una falda negra y un jersey fino, y añadió un collar dorado.

—¿Adónde vas tan arreglada? —preguntó su madre.

—A una cita.

—Por fin. Dios te oiga.

—Es broma. Voy al cumpleaños de una lectora.

Compró un libro y unas flores. Al llegar, los invitados ya estaban sentados. Pilar la presentó y la colocó junto a su hijo, Miguel.

—Cuida de nuestra invitada —le pidió.

Miguel sirvió vino y comida a Lucía. El vino era dulce, y pronto su cabeza se sintió ligera. Al terminar, él la acompañó a casa.

—Mi padre murió en la guerra. Los amigos de él siempre vienen en el cumple de mi madre —contó.

—Miguel, ¿tu madre me invitó para presentarnos? —preguntó Lucía.

—Te pilló —admitió él, ruborizado—. Quiere verme casado. Ya lo estuve, poco tiempo. ¿Cuál es tu ventana?

—Las dos del segundo piso. Mi madre me espera.

Cuando sus miradas se encontraron, Lucía sintió que el corazón le explotaba. Temió que él la besara, y avergonzada, se despidió rápido.

Pasó dos días convenciéndose de que lo imaginaba. Un hombre como él no se fijaría en ella. Pero al tercer día, él apareció en la biblioteca.

—¿Ya leyó el libro? —preguntó Lucía.

—No. Vine a invitarte al cine —dijo, mostrando dos entradas.

Después, en un café, Lucía titubeó.

—Miguel, ¿por qué yo? Sé cómo soy…

—Ya estuve con mujeres guapas, incluso casado con una. Bonitas por fuera, vacías por dentro. Tú me gustaste desde el primer día —sus palabras la estremecieron.

Tres meses después, Miguel le propuso matrimonio. Sus madres estaban felices. En ese tiempo, Lucía floreció. Sus compañeros lo notaron, y los halagos la hacían más bella.

A veces las madres aciertY así, entre páginas y miradas, Lucía descubrió que el amor verdadero no entiende de fechas ni apariencias, sino de esos instantes sencillos que llenan el alma de luz.

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