Y vivir sola el tiempo que le quede.

Y vivir ella sola, lo que le quedase.

Antonia se había quedado sola hacía años. Su marido murió de un infarto camino al hospital. La vida juntos había sido de todo menos fácil. En su juventud, claro, se amaron. Dos años después de la boda, nació su hija, y tres años más tarde, el hijo. Luego…

Luego descubrió que él tenía una amante. Casi no lo superó. Dolió tanto que lloró hasta quedarse sin lágrimas. Él encontró a una mujer joven, libre, sin hijos. Allí todo era paz, nadie lloraba, nadie pedía atención. Mientras Antonia se partía la espalda. No tenía ni un minuto para sí misma.

Sabía que cuando él volvía del trabajo, solo quería descansar, pero ella necesitaba ayuda. ¿Y por qué no? Él había querido hijos, dos exactamente. La recriminaba por no trabajar, por estar en casa y no llegar a todo. Que lo intentase él, a ver cómo le iba. Algunas vecinas le aconsejaban dejarlo un domingo solo con los niños, para que viese lo que era. Pero Antonia no se atrevió, le daba pena los pequeños.

Que había alguien más, lo sospechaba desde hacía tiempo, pero se negaba a admitirlo. El dinero ya escaseaba, y ahora era aún peor. Él llegaba tarde, satisfecho, demasiado satisfecho. ¿Armar un escándalo? No confesaría. Y si lo hacía… ¿entonces qué? ¿Irse ella? ¿Adónde? ¿Echarlo? No podría perdonarlo. Mejor no saber. Se engañó todo lo que pudo, convenciéndose de que todo iba bien.

Hasta que un día los vio en unos grandes almacenes, a él y a *esa*… felices, riendo. Ya no pudo seguir mintiéndose. Lo dejó ir. Él seguía viendo a los niños, les daba dinero.

Cuando crecieron, el hijo comenzó a visitarlo. La hija se negaba. Ni regalos ni dinero la convencían. Antonia le estaba agradecida por eso. Pero el chico… un niño necesita padre. No le prohibió las visitas.

Años después, tras una larga enfermedad, la amante murió. Antonia siempre la llamó así, aunque según las historias del hijo, vivían como una familia de verdad. Él lloró, pidió perdón, se quejó de lo solo y perdido que estaba, se arrastró a sus pies.

¿Cómo perdonarlo? Pero el hijo defendió al padre. Dijo que si ella no lo aceptaba de vuelta, se iría a vivir con él. Eso no podía permitirlo. Así que cedió. Pero vivieron como compañeros de piso, sin acercarse.

Seis años más. Luego, el infarto. Antonia estaba en el trabajo. El hijo llamó, asustado. Ella le pidió que avisara a una ambulancia, salió corriendo. Cuando llegó, ya se lo habían llevado. Tomó un taxi con su hijo, pero al llegar al hospital, fue demasiado tarde. Murió en el camino. Lo enterró como debía, y otra vez, sola.

En su último año de universidad, el hijo anunció que quería independizarse. Ya trabajaba, podía pagarse un piso. Ella refunfuñó, lloró, y al final lo dejó ir. Un hombre ya no debe vivir con su madre. Pensó que así, quizá, se casaría antes, le daría nietos, algo que hacer en la jubilación. Pero el chico solo salía con chicas, sin prisa por comprometerse.

El año pasado, Antonia se jubiló. Le habría gustado seguir, pero hubo recortes, y a los mayores los echaron primero. La soledad pesaba entre esas cuatro paredes. Se hundió en la melancolía. Hasta que recordó su afición de joven: empezó a bordar, mientras escuchaba audiolibros en el portátil viejo que le dejó su hijo. Luego nació el nieto, hijo de su hija. Todos los días iba a ayudarla. La vida volvió a bullir, el tiempo desapareció. Y ella, contenta.

—Tú, Antonia, deberías casarte otra vez —le dijo una vecina parándola en el portal—. Estás estupenda para tu edad. ¿Para qué estar sola?

—¿Para qué? Mi hija quiere otro hijo, me dejará al pequeño. Ese será mi hombre. No necesito otro. Quizá mi hijo se case, me dé más nietos… —explicó Antonia.

—”Quizá”, “quizá”… Eso no es seguro.

—Déjalo, Carmen. No voy a ser el hazmerreír del barrio. ¿Casarme? Por Dios. Mi tiempo ya pasó.

—No te cierres. Hay de todo. No todos son borrachos o sinvergüenzas. Algunos son decentes. Es duro estar sola, y para un hombre más.

—Uno joven no me interesa, y uno mayor, menos. ¿Para ser su cuidadora?

—¿Por qué cuidadora? Compañera. Pasear juntos, charlar…

—Y lavarle la ropa —añadió Antonia con sarcasmo.

—Para eso hay lavadoras. Lo demás se hace en equipo.

—Ya me las arreglaré. No me busques viudos —cortó Antonia.

La vecina se ofendió y dejó de insinuarle citas. Solo se saludaban.

Pero en el parque, los días buenos, Antonia veía parejas mayores paseando del brazo. Pensaba en cómo, pese a todo, seguían juntos, apoyándose. A ella no le tocó esa suerte. Y viviría sola, lo que le quedase.

¿Y dónde iba a encontrar un hombre decente? ¿En el parque? *”¿Ya empezaste a ligar en la calle?”* —recordó una frase de su película favorita, *”Volver a empezar”*. Al teatro no iba sola, y además nunca le gustó. No. Su tiempo pasó.

Era un día cálido de otoño. Las hojas multicolores brillaban, y bajo sus pies crujían como oro molido. Paseó largo rato, disfrutando del sol y de la belleza del parque. Los bancos escaseaban, ocupados por familias o enamorados. Al fin encontró uno libre y se sentó a descansar antes de volver.

La nostalgia la invadió. Recordó cuando, jóvenes, ella y su marido paseaban allí, luego con el carrito de bebé. Parecía otra vida, feliz y lejana.

De pronto, vio a un hombre de unos sesenta años acercarse.

—¿Le importa si me siento? Estoy cansado, y todos los bancos tienen parejas. No quiero molestar —dijo, inclinándose un poco.

Ella asintió.

—Qué día, ¿eh? Parece mentira que sea octubre. Me encanta esta época… —comentó él, sentándose a un lado.

Antonia no contestó, solo asentía. Él habló del tiempo, de lo fugaz que era la vida, luego se despidió y se fue. Ella permaneció un rato más, admirando el parque, antes de regresar.

Días después, volvieron a encontrarse. Él la saludó como a una vieja amiga. Caminaron juntos, hablando. Supo que era viudo. Su mujer había muerto hacía dos años, los hijos vivían lejos. ¿Solo? Pero iba tan elegante, los pantalones planchados… Le sorprendió, pero no preguntó.

Desde entonces, paseaban casi a diario, si no llovía. Antonia esperaba esos encuentros, esas charlas sin compromiso. Empezó a arreglarse más, hasta se pintaba los labios. El interés de un hombre halaga a cualquier edad.

Boris —así se llamaba— era culto, buen narrador. Paseaban, luego cada uno a su piso vacío. Una vez la acompañó a casa. Se demoró en la puerta, como esperando una invitación. Pero ella no quiso complicar las cosas. Si buscaba algo más, que fuese con alguien más joven.

Al día siguiente, Boris no apareció. Ni al tercero. ¿Se habría ofendido? Su derecho. ¿Y si le había pasado algo? Un infarto… Recordó la muerte de su marido. YEntonces, suspirando, Antonia cerró los ojos y dejó que el viento otoñal se llevara sus penas, decidida a vivir lo que le quedase sin ataduras, sin mentiras, solo con la paz de saber que, al fin, su corazón era solo suyo.

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Y vivir sola el tiempo que le quede.
Amor que no se olvida…