— Vives demasiado bien después del divorcio — dijo la exsuegra y decidió «restablecer la justicia»

—Deja las llaves en la mesa. Rápido —dice Lucía, de pie en la puerta de su propio piso, con los brazos cruzados. Le tiembla la voz de rabia.

En el recibidor, rodeada de tres enormes bolsas de cuadros, está doña Pilar. La exsuegra. Sostiene en las manos el duplicado de las llaves que Lucía, tres años atrás, cuando aún estaba casada con su hijo Ignacio, le dio imprudentemente «por si acaso».

—Ni lo sueñes, Lucía —responde doña Pilar con calma, mientras se quita los zapatos y los coloca con cuidado en el zapatero—. Tengo todo el derecho a estar aquí. Mi hijo invirtió los mejores años de su vida en este piso. Y además, vives demasiado bien después del divorcio. Hay que restablecer la justicia.

—¿Qué justicia? —Lucía da un paso al frente, sintiendo que la furia le hierve por dentro—. Ignacio no pagó ni un euro de esta hipoteca. Nos divorciamos hace dos años. El piso lo compraron mis padres con su dinero antes de que nos casáramos; a él solo le pusieron una parte, y él mismo la renunció a cambio de la pensión alimenticia. Usted aquí no es nadie.

—Legalmente, quizás —la exsuegra se arregla el pelo frente al espejo del recibidor y examina el rostro de Lucía con mirada crítica—. Pero en conciencia, Ignacio se quedó sin nada. Alquila una habitación en un piso compartido, sobrevive con trabajos temporales. ¿Y tú? Mírate. Reformaste la casa, cambiaste de coche, metiste a tu hija en una guardería privada. ¿De dónde sale el dinero, Lucía? Seguro que no le pagaste todo lo que debías a tu exmarido. Por eso he venido a vivir aquí. Ayudaré con la nieta y, de paso, controlaré los gastos.

—La nieta tiene seis años; usted la vio por última vez cuando cumplió tres —Lucía saca el móvil—. Voy a llamar a la policía ahora mismo. Está en una vivienda ajena sin permiso.

—Llama, llama —se ríe doña Pilar, mientras entra con paso seguro en el salón y se sienta en el sofá—. Les diré que he venido a ver a mi nieta porque su padre me invitó. Ignacio lo confirmará. ¿Montamos un escándalo en toda la finca? Por mí, encantada. ¿No te dará vergüenza delante de los vecinos? Tú, tan perfecta, jefa de tu empresa.

Lucía baja el móvil. La suegra ha dado en el punto débil: no quiere líos con una vieja escandalosa delante de los vecinos, y menos de su hija Paloma, que ahora está en casa de una amiga. Necesita actuar con más sutileza, pero los nervios ya le fallan.

—Tiene exactamente treinta minutos para recoger sus bultos e irse —dice Lucía, marcando bien las palabras—. O cambio las cerraduras ahora mismo. El cerrajero llega en media hora.

—No llegará —doña Pilar saca del bolsillo un pañuelo de ganchillo y lo extiende sobre la mesita—. Ya hablé con el presidente de la comunidad. Le dije que soy tu madre, que he venido de visita, y que quieres cambiar las cerraduras porque tienes un brote de locura temporal. Él me apoyó. Así que siéntate tranquila, Lucía. Tenemos una larga conversación pendiente.

Lucía entra en el salón y se sienta en un sillón frente a la suegra. Las manos aún le tiemblan, pero en su cabeza empieza a formarse un plan. Con esta mujer no se puede razonar; solo entiende el lenguaje de la fuerza y el interés.

—¿Qué es lo que quiere realmente, doña Pilar? —pregunta Lucía directamente—. No me creo que haya venido desde su pueblo con tres bolsas solo para restaurar una justicia imaginaria.

—Quiero que mi hijo viva como una persona —corta la suegra—. Tú le quitaste todo.

—Él lo perdió todo con las apuestas —grita Lucía, perdiendo la paciencia—. Sabe perfectamente por qué nos divorciamos. Sacó mis joyas de oro de casa, empeñó el ordenador y vació la cuenta de ahorros de la niña.

—Ay, no exageres —dice la anciana con un gesto de la mano—. Era joven, cometió un error. Debiste apoyar a tu marido, no pedir el divorcio y la pensión. Por culpa de esa pensión no encuentra un trabajo fijo; le descuentan la mitad.

—Tiene treinta y dos años, ¿desde cuándo es joven? —Lucía sonríe con amargura—. Además, no paga la pensión desde hace seis meses; debe más de doce mil euros. ¿De qué está hablando?

—Precisamente por eso estoy aquí —doña Pilar se inclina hacia delante—. Lleguemos a un acuerdo. Me traspasas la mitad de este piso a nombre de Ignacio. O lo vendes, te compras uno más pequeño y le das la diferencia para que se compre una vivienda. Y retiras la demanda de alimentos. A cambio, me voy y no vuelvo a molestarte.

Lucía mira a su exsuegra y no da crédito a lo que oye. La desfachatez de esta mujer no tiene límites.

—¿Está loca? —pregunta Lucía en voz baja—. ¿Tengo que regalarle parte del piso a un hombre que robó a su propia hija?

—Si no, te voy a amargar la vida —amenaza doña Pilar—. Me instalo en la habitación pequeña. Viviré aquí, llevaré a la niña al cole, le contaré qué madre egoísta tiene. Llamaré a los servicios sociales, diré que abandonas a la niña porque trabajas día y noche. Veremos cómo cantas entonces.

En ese momento, se oye ruido de llaves en la entrada. Vuelve la amiga de Lucía, Catalina, que trae a Paloma.

—¡Mamá! —Paloma entra corriendo al salón, pero se para al ver a una señora mayor desconocida—. ¿Quién es?

—Es tu abuela Pilar, Palomita —dice doña Pilar con voz melosa, abriendo los brazos para un abrazo—. He venido a verte.

Paloma se pega asustada a su madre. Catalina, evaluando la situación y viendo las bolsas de cuadros en el recibidor, se acerca rápido a Lucía.

—Lucía, ¿qué pasa aquí? —pregunta en voz baja—. ¿Quién es esa?

—Mi exsuegra —responde Lucía igual de bajo—. Ha venido a expropiarme. Me pide el piso.

Catalina frunce el ceño y se gira hacia doña Pilar.

—Señora, ¿está usted en sus cabales? Lárguese de aquí o llamo a la policía.

—¿Y tú quién eres para darme órdenes? —replica la suegra—. ¿La amiguita? Pues calladita. Esto es un asunto de familia.

—Paloma, ve a tu cuarto y juega un rato, por favor —pide Lucía a su hija. La niña obedece y sale corriendo.

Lucía se vuelve hacia Catalina:

—Cata, quédate con ella, por favor. Necesito hablar a solas.

Catalina asiente y se va a la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

—Conque chantaje, ¿eh? —Lucía se levanta y se acerca a la ventana—. ¿Cree que me va a asustar con los servicios sociales o con sus escándalos?

—Te asustarás —afirma doña Pilar con seguridad—. Tú eres una señora decente, te importa tu reputación. No quieres problemas en el trabajo. Yo soy una jubilada, no tengo nada que perder. Te seguiré a todas partes.

—De acuerdo —dice Lucía de repente, con una calma pasmosa—. Hagamos esto. Ya que ha venido a ayudar y a restaurar la justicia, empecemos ahora mismo. Ignacio me debe seis meses de pensión. Son doce mil euros. Además, la deuda de la comunidad que dejó cuando vivía aquí y no pagaba, otros tres mil. Total, quince mil euros. Abone.

Doña Pilar se queda descolocada un segundo, pero recupera rápido la confianza.

—No tengo ese dinero. Soy pensionista.

—Y yo no tengo un piso de sobra —replica Lucía—. Ya que ha venido a defender los intereses de su hijo, pague por él. ¿O se pensaba que llegaba aquí, se sentaba en mi cuello, se comía mi comida y me imponía condiciones?

—¡Ayudaré con las tareas de casa! —grita la suegra—. Cocinaré, limpiaré.

—No necesito cocinera —Lucía se acerca a las bolsas del recibidor y empuja una con el pie—. Coja sus cosas y váyase. Voluntariamente.

—¡No! —doña Pilar salta del sofá y corre hacia Lucía—. ¡No me voy! ¡Tienes la obligación de compartir! ¡Mi hijo sufre por tu culpa!

—¿Por mi culpa? —Lucía se gira de golpe, con los ojos entornados—. Su hijo sufre por su propia pereza y estupidez. Y por usted, porque toda la vida le ha soplado en el culo y le ha justificado cada porquería. Es un hombre hecho y derecho, y usted va a quitarle pisos a la gente. ¿No le da vergüenza?

—¡No hables así de mi hijo! —la anciana levanta la mano, a punto de abofetearla.

Lucía le agarra la muñeca en el aire. Sujeta con una fuerza de hierro.

—Si vuelve a levantarme la mano en mi casa, pongo una denuncia por agresión —dice Lucía en voz baja y amenazante—. Ahora escúcheme bien, doña Pilar.

Suelta la mano de la suegra. La anciana jadea; por primera vez se le ve un leve miedo en los ojos.

—Coge ahora mismo sus bolsas y se va —continúa Lucía—. Si en cinco minutos sigue aquí, llamo a mi abogado. Ya hemos hablado de la situación de las deudas de Ignacio. Él tiene una parte en su casa de campo de Toledo, que usted puso a su nombre. Embargaremos esa parte por la pensión impagada. La subastaremos. ¿Quiere eso? ¿Que unos desconocidos se instalen en su casa de campo?

Doña Pilar palidece.

—No harás eso. Ignacio dijo que no te meterías en juicios.

—Ignacio es un imbécil —corta Lucía—. Me juzgó por la Lucía que lloraba en la almohada mientras él perdía el dinero de la familia. Esa Lucía se acabó hace dos años. Ahora tiene delante a una mujer que mantiene a su hija, dirige un departamento de ventas y sabe contar el dinero. Si no se va, mañana mi abogado presenta la solicitud de embargo de los bienes de Ignacio. Y lo único que tiene es su parte en su casa y en el chalet.

La suegra se queda quieta. La lógica de las palabras de Lucía la alcanza al instante. El chantaje del piso ha fracasado, y la perspectiva de perder la casa de campo por las deudas de su hijo es más que real.

—Eres una víbora, Lucía —sisea doña Pilar, pero sin la seguridad de antes.

—La que soy —Lucía abre la puerta de la entrada—. El tiempo corre. Cinco minutos.

La suegra se mueve nerviosa por el recibidor. Todo su ardor bélico se ha esfumado. Empieza a calzarse los zapatos a toda prisa, enredándose con los cordones.

—Ignacio se va a enterar de qué clase de bruja eres —murmura mientras agarra la primera bolsa—. Te quitará a la niña.

—Que lo intente —Lucía la mira con indiferencia—. Con sus ingresos y sus deudas. No le confiarían ni un gato.

Doña Pilar saca dos bolsas al rellano. La tercera, Lucía la empuja con el pie hasta fuera.

—Las llaves —Lucía extiende la mano.

La suegra, con rabia, tira el llavero al suelo. Las llaves repican contra las baldosas. Lucía las recoge con calma.

—Y no vuelva a aparecerse por aquí. Nunca. No verá a Paloma hasta que Ignacio pague toda la deuda hasta el último céntimo. Y si empieza a merodear por el colegio, contrato seguridad y la denuncio por acoso. ¿Me ha entendido?

Doña Pilar no responde. Resoplando, intenta agarrar las tres enormes bolsas a la vez. Se abren las puertas del ascensor y, refunfuñando, entra dentro.

Lucía cierra la puerta y gira la llave dos vueltas. Le fallan las rodillas; se apoya de espaldas contra la madera y se desliza lentamente hasta el suelo. El corazón le late a mil por hora.

Del cuarto de la niña salen Catalina y, tras ella, Paloma asomándose con timidez.

—¿Se ha ido? —pregunta Catalina, agachándose frente a Lucía.

—Se ha ido —Lucía exhala y sonríe—. No volverá. Le ha dado miedo perder la casa de campo.

—Mamá, ¿por qué gritaba tanto la abuela? —pregunta Paloma, acercándose y abrazando el cuello de su madre.

Lucía abraza a su hija, hundiendo la nariz en su pelo suave. Toda la rabia y la tensión se disipan; solo queda una sensación de alivio y de victoria absoluta.

—Todo está bien, cariño —dice Lucía en voz baja mientras se pone en pie—. La abuela se confundió de dirección. No volverá a molestarnos. Vamos a merendar el pastel que ha traído Catalina.

Catalina guiña un ojo a Lucía y se encamina hacia la cocina. La vida recupera su cauce normal y tranquilo, y ningún fantasma del pasado podrá volver a romperlo.

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