Destinados al Amor

Condenados al amor

Estudiaban en la misma clase. Pablo era un chico delgado, con gafas y sacaba siempre las mejores notas. No era de los que se metían en líos ni se saltaban las clases. Alba ni se fijaba en él, igual que el resto de las chicas.

No sabría decir si fue el cálido sol de mayo o simplemente que había llegado su momento, pero durante la clase de física, sus miradas se cruzaron, y el corazón de Alba latió como un pájaro enjaulado. Toda la lección tuvo miedo de volver a mirarlo, pero a la vez, necesitaba confirmar que él seguía esperando su respuesta. Al sonar el timbre, mientras todos recogían sus cuadernos y libros, Alba giró la cabeza. Pablo la miró de nuevo con esa intensidad que la dejó sin aliento. Su corazón revoloteó como una mariposa atrapada en una red. El resto del día estuvo distraída, perdida en sus pensamientos.

Pablo la alcanzó de camino a casa. Alba ni recordaba de qué hablaron. Luego, sentados juntos en la oscuridad del cine, le parecía que sus corazones latían al mismo compás, y si no fuera por la música de la película, todo el mundo lo habría escuchado. Cuando él le cogió la mano por primera vez, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

Todo fue primeras veces aquel mayo: las primeras citas, los primeros besos torpes pero apasionados, las primeras confesiones. Los exámenes de selectividad enfriaron un poco sus cabezas calientes. Acordaron que estudiarían juntos en la universidad de su ciudad, aunque en carreras diferentes.

—Su madre es médica en el ambulatorio, el padre ingeniero. Sí, una familia normal y corriente. ¿Y qué tiene eso de bueno? Para irse de vacaciones al sur, tienen que ahorrar todo el año. Cada gasto grande es un sacrificio. Yo misma he vivido así. No quiero esa vida para Alba —se quejaba su madre por teléfono con su única amiga, que vivía en Barcelona.

La amiga asintió y le propuso que Alba se fuera a estudiar allí.

—Aquí tendrá otra vida, otro círculo de amistades. Y tráetela pronto, antes de que esto vaya a más. Ya sabes cómo son los jóvenes hoy en día. Si se engancha a ese amor, Dios no lo quiera, hasta podría quedarse embarazada…

La madre de Alba tomó cartas en el asunto. Cuando su hija llegó a casa después de ver a Pablo, le soltó la verdad sin rodeos.

—Entiendo lo del amor y todo eso. Pero piensa, ¿qué te puede ofrecer él? Eres preciosa, mereces algo mejor. ¿Qué vida te espera con él? Primero un piso de alquiler, luego una hipoteca que os comerá treinta años, viviendo al día. Después vendrán los niños, las noches sin dormir… Lo meterás en la guardería para volver a trabajar. Las peleas por el dinero acabarán matando el amor. No es la vida que sueño para ti.

—Mamá, no nos vamos a casar ahora, ¿de qué hablas? Primero tenemos que estudiar —respondió Alba, incómoda, pero la visión del futuro que pintaba su madre la dejó hundida.

—Precisamente por eso. Mercedes, mi amiga, te ha ofrecido irte a Barcelona a estudiar y vivir con ella. ¿Qué vas a hacer en este pueblo? Allí hay más oportunidades. Ya tengo los billetes de tren para mañana. Así que haz la maleta.

—Pero… —Alba no se atrevió a mencionar a Pablo.

—Lo entiendo, yo también fui joven. El amor se prueba con el tiempo y la distancia. Vendrás en vacaciones. Solo quiero lo mejor para ti.

Su madre la había criado sola, y Alba sabía lo que le había costado. Era una hija obediente. Pablo la tranquilizó, prometió esperarla, dijo que su amor resistiría. Al fin y al cabo, no estaban tan lejos.

Alba entró sin problemas en una universidad de Barcelona. El día del cumpleaños de tía Mercedes, la amiga de su madre, una compañera de trabajo llegó con su hijo, un chico guapo y con dinero. A él le gustó Alba de inmediato.

—¿Y en qué piensas? Un pisito en Barcelona, los padres de Adrián tienen una fortuna, un ático en el centro… Vivirás como una reina —repetía tía Mercedes cada vez que podía.

—Tu Pablo ya ni se acuerda de ti —añadía su madre por teléfono—. Lo vi el otro día con otra chica.

Las llamadas diarias de los primeros meses se convirtieron en mensajes cortos: «¿Qué tal? ¿Qué haces? Te echo de menos… No tengo tiempo…»

En las vacaciones de invierno, Alba volvió al pueblo. Su reencuentro con Pablo fue frío, sin besos ni palabras de amor. Ella ya había terminado los exámenes, pero él estaba en plena época de estudios. Ofendida, Alba regresó a Barcelona.

Dos años después, se casó con Adrián. Sus padres les compraron un piso como regalo de boda. Su madre estaba encantada de haberle dado a su hija una vida perfecta.

La vida de Alba era tranquila y cómoda. Todos decían que le había tocado la lotería: un marido excelente, padre cariñoso de su hija, un buen sueldo, un piso amplio, una casa en la playa, coche…

Durante un tiempo, Alba también lo creyó. ¿Qué más se podía pedir? Pero, siendo sincera, cada vez recordaba más aquella primavera en el instituto, las miradas intensas en clase, los besos robados que le hacían perder el sentido.

Un abril lluvioso dio paso a un mayo cálido. El sol brillaba, los pájaros cantaban, las hojas nuevas pintaban la ciudad de colores vivos. De pronto, Alba sintió unas ganas locas de salir a la calle, de sentir el sol en la cara.

En la pausa del almuerzo, se fue a pasear y entró en una cafetería casi vacía. En la mesa de al lado, un hombre joven. Sus miradas se encontraron, y Alba sintió una emoción familiar. Reconoció a Pablo, ahora más maduro, más serio.

Se cambió a su mesa, le contó que acababa de divorciarse y mudarse a Barcelona… La pausa terminó hace rato, pero seguían hablando como si el tiempo no existiera. Al despedirse, quedaron en verse ahí mismo al día siguiente.

Alba contó los minutos hasta la hora de la comida. Aunque lloviznaba, salió corriendo al café. Pablo ya la esperaba. Otra vez, sus corazones latían al unísono, como en aquel mayo del instituto. Las chispas saltaban con cada roce de manos o rodillas.

El amor los envolvió. No aquel amor tímido de adolescentes, sino uno adulto, fuerte, que lo justificaba todo. Se lanzaron a él como sedientos en el desierto hacia un pozo de agua.

El marido, la hija… todo pasó a un segundo plano. Se veían a escondidas, sin perder un segundo en reproches. Alba sentía remordimientos, pero ya no podía vivir sin Pablo. Se despertaba de noche, angustiada, temiendo que todo fuera un sueño, que no existiera, que solo estuviera su aburrida vida con Adrián.

Alba adelgazó, sus ojos brillaban, una sonrisa juguetona le iluminaba la cara. Hasta su suegra le preguntó un día, directa: «¿Te has enamorado? Porque has cambiado mucho».

Alba bajó la mirada.

—Solo no destruyas la familia —susurró la suegra con un suspiro.

Su madre llamó, gritando que estaba loca.

—¿Quieres arruinarlo todo? ¿Tirar por la borda lo que tanto te costó construir? ¿Y para qué? Por un capricho. Reacciona antes de que sea tarde.

Alba pasó noches en vela, mirando al techo junto a su marido dormido. Echaba de menos a Pablo, se ahogaba de amor, mordía los labios paraFinalmente, tomó su decisión, cerró los ojos, respiró hondo y supo que, sin importar las consecuencias, siempre había estado destinada a elegir el amor.

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