Regreso de la cena de cumpleaños: recuerdos de una velada inolvidable

**Regreso de la Cena de Cumpleaños: Recuerdos de una Noche Inolvidable**

Lucía volvió con su marido del restaurante donde celebraron su cumpleaños. Habían pasado una velada maravillosa. Mucha gente, familiares, compañeros de trabajo. A la mayoría, Lucía no los conocía, pero si Álvaro decidió invitarlos, sería por algo.

Ella no era de las que discutían las decisiones de su marido. Detestaba los escándalos y las peleas. Prefería ceder antes que imponer su verdad.

Lucía, ¿dónde están las llaves de casa? ¿Las encuentras?

Abrió el bolso, buscándolas a tientas. De pronto, un dolor agudo. Retiró la mano tan bruscamente que el bolso cayó al suelo.

¿Por qué gritas así?

Me he pinchado con algo.

Tu bolso es un desastre, no me extraña.

Sin replicar, recogió el bolso y sacó las llaves con cuidado. Entraron en casa, y Lucía ya había olvidado el incidente. Las piernas le pesaban por el cansancio. Solo deseaba una ducha y caer en la cama.

Al despertar, un dolor intenso en la mano. El dedo, enrojecido e hinchado. Recordó lo ocurrido y rebuscó en el bolso. En el fondo, encontró una aguja grande y oxidada.

¿Cómo ha llegado esto aquí?

No lo entendió, pero la tiró a la basura. Desinfectó la herida y se fue a trabajar. Sin embargo, al mediodía, empezó a sentirse mal.

Llamó a Álvaro:

No sé qué me pasa. Tengo fiebre, me duele todo… Encontré una aguja oxidada en mi bolso. Con eso me pinché anoche.

Deberías ir al médico. Podría ser una infección grave.

No exageres. Ya limpié la herida. Estaré bien.

Pero empeoraba hora tras hora. Al terminar su jornada, llamó un taxi. No podía soportar el transporte público. Al llegar, se desplomó en el sofá y cayó en un sueño profundo.

Soñó con su abuela Carmen, fallecida cuando Lucía era pequeña. No sabía cómo la reconocía, pero estaba segura de que era ella. Una anciana encorvada, de aspecto frágil que, pese a asustar a muchos, a Lucía le transmitía paz.

La abuela la guió por un campo, enseñándole hierbas para preparar una infusión que limpiaría su cuerpo de la oscuridad que lo corroía. Alguien le deseaba mal, pero para vencerlo, debía mantenerse con vida. El tiempo se agotaba.

Despertó empapada en sudor. Solo habían pasado minutos. Oyó la puerta: Álvaro regresaba. Al verla, se alarmó:

¿Qué te pasa? Mírate al espejo.

La imagen la horrorizó. El pelo enmarañado, el rostro pálido, la mirada vacía. Recordó el sueño y le contó a su marido:

La abuela me dijo qué hacer…

Lucía, vístete. Vamos al hospital.

No iré. Los médicos no pueden ayudarme.

Discutieron como nunca. Álvaro la llamó loca, intentó obligarla. Ella, débil, cayó contra una esquina. Él, frustrado, salió furioso.

Lucía solo tuvo fuerzas para avisar a su jefe: un virus la dejaría en casa unos días.

Álvaro regresó cerca de la medianoche, disculpándose. Ella solo dijo:

Mañana llévame al pueblo donde vivía la abuela.

Por la mañana, Lucía parecía un espectro. Él insistió en el hospital, pero ella no cedió. En el coche, durmió todo el trayecto. Al llegar, señaló un campo:

Ahí.

Cayó exhausta en la hierba, pero sabía que era el lugar del sueño. Encontraron las hierbas y volvieron a casa. Álvaro preparó la infusión. Con cada sorbo, Lucía se sentía más ligera.

Al levantarse del baño, vio su orina negra. En vez de asustarse, murmuró:

La oscuridad sale…

Esa noche, la abuela volvió en sueños, sonriente.

Te lanzaron una maldición con esa aguja. La infusión te da fuerzas, pero no durarán. Debes descubrir quién lo hizo y devolverle su maldad. No sé quién es, pero tu marido está involucrado. Si no hubieras tirado la aguja, sabría más.

Le explicó cómo comprar agujas, recitar un conjuro y esconder una en el bolso de Álvaro. Quien la maldijo, se pincharía y se revelaría.

Al día siguiente, Lucía fingió recuperarse. Álvaro se quedó en casa, pero ella salió sola. Siguió las instrucciones al pie de la letra.

Por la noche, Álvaro comentó:

Hoy Eva, del trabajo, se pinchó con una aguja en mi bolso. ¿De dónde salió? Me miró como si quisiera matarme.

¿Eva estuvo en tu cumpleaños?

Sí, es una buena compañera, nada más.

Todo encajó. Eva era la culpable.

En otro sueño, la abuela confirmó sus sospechas: Eva usó magia para eliminar a Lucía y quedarse con Álvaro. Si fallaba, lo intentaría de nuevo.

Lucía actuó. Poco después, Álvaro mencionó que Eva estaba grave, hospitalizada sin diagnóstico.

Ese fin de semana, visitaron el pueblo. Lucía llevó flores a la tumba de la abuela, limpió las malas hierbas y se sentó en el banco.

Abuela, perdóname por no venir antes. Sin ti, ya no estaría aquí.

Sintió unas manos en sus hombros. Al volverse, solo había una brisa suave.

**Lección aprendida:** A veces, los lazos con los que ya no están son más fuertes que los de los vivos. Y la maldad, tarde o temprano, regresa a quien la siembra.

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Regreso de la cena de cumpleaños: recuerdos de una velada inolvidable
GENTE DIFERENTE A Igor le tocó una mujer… peculiar. Muy guapa, sí: rubia natural de ojos negros, con cuerpazo, pechos generosos y piernas interminables. Y en la cama, un volcán. Primero todo era pasión, ni tiempo para pensar. Luego vino el embarazo. Pues se casaron, como Dios manda. Nació un hijo, rubio y de ojos negros como ella. Y todo fue normal, pañales y biberones, los primeros pasos, las primeras palabras. Y Jana actuaba como una madre corriente, pendiente del niño, tierna, nada fuera de lo común. Todo cambió en la adolescencia del hijo. Jana de repente se hizo una aficionada de la fotografía. Siempre sacando fotos, se apuntó a mil cursos. Siempre con la cámara en mano. —¿Pero qué te falta? —le preguntaba Igor—. Trabajas de abogada, haz bien tu trabajo. —De abogada, —corregía Jana. —Eso, de abogada. Dedica más tiempo a la familia, no a tus cosas raras. Él, en el fondo, no entendía qué le irritaba. Jana no descuidaba la casa. Había comida hecha, todo limpio, el niño era cosa suya, cuando él llegaba a casa del trabajo, se tumbaba en el sofá delante de la tele, como debe ser. Pero lo que le sacaba de quicio era sentir que su mujer desaparecía en un mundo donde él no pintaba nada. Estaba, y a la vez no estaba. Nunca veía la tele con él, ni charlaba sobre lo interesante. Le daba de cenar… y vuelta a sus cosas. —¿Eres mi mujer o no? —se enfurecía Igor cuando la encontraba una vez más frente al ordenador. Jana no decía nada. Se encerraba en sí misma. Encima, le encantaba viajar a países exóticos. Cogía vacaciones y, mochila y cámara a cuestas, desaparecía. Igor no lo entendía. —Vámonos al campo con los amigos, han puesto sauna, hacen un orujo buenísimo… Y ya va siendo hora de montarnos algo, una casita… Jana se negó, pero le ofreció acompañarla en sus viajes. Probó una vez… Y nada bueno, claro. Todo era extraño, hablaban en idiomas raros, la comida incomible de picante… Y a él lo de los paisajes nunca le importó. Así que Jana empezó a viajar sola. Hasta dejó el trabajo. —¿Y la pensión qué? —protestaba Igor—. ¿Y qué te crees, que eres una gran fotógrafa o algo? ¿Sabes lo que cuesta abrirse camino en eso? Jana no replicaba. Sólo una vez, tímida, le confesó: —Voy a tener mi primera exposición, es mía, propia. —Bah, exposiciones tiene todo el mundo —refunfuñó Igor—. Qué logro, vaya. Aun así, fue a la inauguración. No entendió nada. Caras raras, ni bonitas siquiera. Manos arrugadas, gaviotas sobre el mar. Todo extraño, como Jana misma. Se rió de ella. Y ella, ni corta ni perezosa, le regaló un coche. Mira, somos una familia, úsalo. Ni siquiera sacó el carné, era un regalo para él. Lo pagó con encargos y sesiones de fotos. Ahí sí que Igor sintió miedo. Una inquietud. ¿Qué clase de bicho raro tenía por esposa? ¿Y ese dinero? ¿De dónde? ¿Algún amante? Imposible ganarse tanto con esa tontería. Y si no lo tenía, lo acabaría teniendo… Hasta intentó “enseñarle una lección” —ligera bofetada. Pero Jana agarró un cuchillo y, en el forcejeo, dos puntos en la barriga. Por suerte no apuñaló más. Luego le pidió perdón. Pero Igor ya nunca se atrevió a levantarle la mano. Adoraba los gatos. Ayudaba a todos, los recogía, curaba y buscaba hogar. Siempre había un par de felinos en casa. Cariñosos, sí, pero ¡no son personas! ¿Cómo se puede querer más a un gato que a tu propio marido? Un día se le murió uno en una clínica, en sus brazos. Jana lo pasó fatal. Lloró, bebió coñac, se culpaba. Días y días así. Hasta que Igor, agotado, soltó: —¡Ya sólo te falta llorar por las cucarachas! Se topó con una mirada dura, calló, se fue. Que hiciera lo que quisiera. Sus amigos y las amigas de Jana daban la razón a Igor. Decían que Jana se había vuelto una creída, que había perdido el norte. Así que encontró consuelo con la vecina, que además era amiga de la infancia de Jana. Irka, mucho más sencilla y comprensible. Trabajaba de dependienta, nada de arte, siempre dispuesta para todo. Eso sí, bebía bastante, pero bueno, tampoco iba a casarse con ella… Esperaba que Jana se enterara, montara un numerito, rompiera platos, y así poder soltarle: “¿Y tú, qué? ¿Dónde te pierdes?” Y entonces, se perdonarían mutuamente y la familia seguiría. E Irka, a la calle. Pero Jana callaba. Sólo lo miraba mal. Y la cama, un desastre. Se encerró en otra habitación. El hijo se hizo mayor, terminó la carrera. Igualito a la madre: raro, ojos negros, pelo rubio. —¿Y los nietos, pa’ cuándo? —le preguntaba Igor. Denis decía riendo que primero quería hacer algo en la vida y conocer el amor de verdad. Así que de nietos, nada. Raro, como la madre. Con Jana siempre se entendían sin palabras. Igor se sentía de más, esos ojos negros lo ponían nervioso. Así que otra vez se fue con Irka. Y entonces Jana se enteró por una vecina. Igor ni disimulaba. Una noche volvió a casa: Jana fumando en la mesa, muy tranquila. —¡Lárgate! ¡Fuera de mi casa! Ojos negros, terribles, rodeados de ojeras. Se fue con Irka. Esperando que Jana lo llamara de vuelta. Al cabo de una semana, le escribió por WhatsApp, para hablar. Se alegró, se puso perfume… Jana, directa desde el umbral: —Mañana vamos a firmar el divorcio. Luego todo, como un sueño. El divorcio, los papeles, renunció a su parte del piso, total, era de la familia de Jana… —¿Y ahora qué, vas a vivir de divorciada? —gruñó él saliendo del juzgado. Iba a añadir “¿Quién te va a querer?” pero se contuvo. Jana sonrió. Por primera vez en años, a él, de verdad: —Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto muy serio allí. —Por lo menos, no vendas el piso, —le pidió sin saber por qué—. ¿A dónde vas a volver? —No volveré —respondió tranquila, ya ex-mujer—. Verás, hace mucho que amo a otro. También es fotógrafo, de Madrid, con él me siento viva. Pero como estaba casada, nunca me pareció bien engañarte ni tenía razón para divorciarme. Simplemente, somos personas diferentes tú y yo. ¿Por eso hay que divorciarse? ¿O no? —No suele ser así, —reconoció Igor. —Pues nosotros sí nos hemos divorciado, —rió Jana—. Al principio, me dio mucha rabia enterarme de lo de Irka. Pero luego pensé: todo es para mejor. Yo voy a ser feliz, y tú también. Cásate con ella y que te vaya bien. Y se fue. —No me casaré, —le dijo Igor por detrás. Pero Jana ya no escuchó. Desde entonces, no supo nada más de ella. Sólo una vez al año, un WhatsApp: “¡Feliz cumpleaños! Salud y felicidad. Gracias por nuestro hijo.”