«La ilusión vacía»

**La Muñeca de Trapo**

Lucía despertó en mitad de la noche y se incorporó sobre los codos. Bajo la puerta del recibidor se colaba un fino haz de luz. Álvaro había llegado. ¿Qué hora sería? Maldijo no haber comprado ese despertador digital con números luminosos.

La luz desapareció. Lucía se recostó, cerró los ojos y fingió dormir. Los pasos sigilosos de su marido se detuvieron junto a la cama. Un silencio eterno. Luego, el roce de la ropa al desvestirse. Álvaro se acostó a su lado, evitando tocarla.

—¿Álvaro? —llamó ella.

—¿Mmm? ¿Qué pasa? —respondió él, simulando que ella lo despertaba.

—¿Llegaste hace mucho? No te oí —mintió Lucía.

—Sí, duérmete. —Él bostezó exageradamente y le dio la espalda.

Lucía ya no pudo conciliar el sueño. Notaba que Álvaro también estaba despierto, fingiendo. Lo suyo era un pésimo teatro. Pero sus insomnios tenían motivos distintos. Ella tiró la manta y fue a la cocina.

Bebió agua a sorbos, regañándose. «¿Por qué no le pregunté directamente? ¿Por qué no le dije que lo sabía? ¿Miedo a quedarme sola? Ya lo estoy». Dejó el vaso en el fregadero y volvió a la cama.

Álvaro dormía de verdad. Lucía seguía despierta. «¿Armar un escándalo? Soltarle todo el rencor, acusarlo… ¿Y qué? ¿Cambiaría algo? No. Pero esto no puede seguir así».

Al amanecer, entró al baño y vio la manga de una camisa azul asomando de la lavadora. Se la había regalado hacía poco. La sacó y se sentó en el borde de la bañera. Un tenue aroma a perfume caro emanaba de la tela. La arrojó de vuelta, furiosa. «Basta. No voy a sufrir más». Se metió bajo la ducha. El agua caliente arrastró sus lágrimas, pero no el dolor.

Mientras hervía la tetera, se pintó las pestañas en la cocina. El pincel temblaba, dejando manchas negras en sus párpados. Intentó limpiarlas, pero solo las emborronó. «Qué más da». Al servir el café, derramó granos por la mesa. Maldijo y apartó la taza. Ya no tenía ganas.

En el autobús rumbo al trabajo, le escribió a Álvaro: *«Tu camisa huele a perfume otra vez. ¿Qué excusa inventaste ahora?»*. La vez anterior, dijo que se había cruzado con un excompañero y su esposa…

El día fue horrible: errores, documentos enviados mal, llamadas sin respuesta. Las lágrimas asomaban una y otra vez, y el aroma a perfume la perseguía.

No tenía prisa por volver a casa. No quería discutir. Pero ya no podía postergarlo. «No seas cobarde —se ordenó—. Piensa qué le dirás». Y ensayó un discurso mental, agitándose más.

Al entrar, vio los zapatos de Álvaro. Estaba allí. Ojalá no hubiera venido. Se demoró quitándose el abrigo, posponiendo el encuentro. El corazón le martellaba el pecho. Respiró hondo y entró en la sala.

Álvaro miraba una telenovela, algo que jamás hacía. Lucía se plantó frente al televisor.

—Dime la verdad. No lo alargues más —exigió, mirándolo desde arriba.

Él se levantó, tosió incómodo.

—Dímelo ya. Será un alivio para los dos —suplicó ella, haciendo una mueca de dolor.

Las lágrimas nublaron su vista. Álvaro parecía confundido.

—¿Decir qué? —fingió no entender.

—¿Con quién estuviste anoche? Ningún excompañero usa un perfume tan caro.

—¿Qué quieres lograr? —contraatacó él, pero el timbre de su móvil lo interrumpió.

Lo rechazó. Sonó de nuevo.

—Contesta. No vaya a preocuparse —espetó Lucía, sarcástica.

Álvaro silenció el teléfono y lo arrojó al sofá. En ese momento, el suyo sonó desde el bolso. Número desconocido. Respondió.

—¿Álvaro no te lo dijo? Yo lo ayudaré. Estoy embarazada. Pronto tendremos un hijo. ¿Entiendes? Tú eres solo una muñeca de trapo… —Álvaro le arrebató el móvil, cortando la voz aguda.

—¿Un bebé? ¿Y yo una muñeca? ¿Cuándo pensabas decírmelo? —Lucía jadeó.

—Escucha, no quiero discutir…

—Ella te ayudó a dejarme. ¿Le dijiste que no te dejaba ir? ¿Que era una histérica insoportable? ¡Lárgate! ¡Ahora! —Su voz se quebró en un grito.

La garganta le ardía. Corrió a la cocina a beber agua. El vaso temblaba en sus manos. Desde la habitación, oyó cajones abriéndose, cremalleras. Las ruedas de la maleta se detuvieron un instante frente a la cocina. Lucía contuvo el aliento, pero Álvaro no entró. La puerta principal se cerró de golpe.

Se desplomó sobre la mesa y lloró sin control.

Llamó a su amiga Sonia, quien llegó media hora después con una botella de brandy. La obligó a beber. El alcohol quemó, pero le dio valor para hablar.

Álvaro no llamó ni apareció. En el trabajo, Lucía se esforzaba por no llorar. Las noches eran peores. Sonia la acompañaba, a veces hasta dormía en su casa. Lucía apenas comía.

¿Cuánto tiempo pasó? Una tarde, en la oficina, se levantó bruscamente y el mundo giró. Logró agarrarse al escritorio. Sudaba frío, la boca se le llenó de saliva. Corrió al baño y vomitó bilis.

—Bebe —dijo una voz. Era Claudia, la compañera fría que nadie quería, sosteniendo una botella de agua.

—No me digas que fue algo que comiste —ironizó Claudia—. ¿Te hiciste un test?

Lucía parpadeó, confundida.

—Ah. Espérame. —Claudia salió y volvió con una cajita.

Por evitar preguntas, Lucía entró al cubículo. Hizo el test y esperó, escéptica.

—¿Lista? —Claudia alzó el test—. ¡Enhorabuena! Dos rayas.

Lucía no lo creía.

—Te ves fatal. Vete a casa. Cubriré por ti —dijo Claudia, indiferente pero firme.

Lucía obedeció. Por primera vez en semanas, tenía hambre. En casa, devoró unos macarrones con las manos.

No confiaba en el test. Llamó a una clínica privada. La recibieron enseguida. En el taxi, rezó: «Que sea verdad. No soportaría otra decepción».

La doctora pasó el ecógrafo en silencio.

—¿Es un error? —preguntó Lucía, voz quebrada.

—No. Estás embarazada.

Lucía rio y lloró a la vez. Qué ironía: Álvaro se fue justo cuando ella logró lo imposible. Pero no importaba. Este bebé sería solo suyo.

Cuando su barriga creció, Álvaro reapareció, demacrado.

—¿Qué pasa? ¿Tu padre? —preguntó ella, alarmada.

Él miró su vientre.

—Me equivoqué al venir —murmuró.

—Mi vida está hecha un desastre, Lucía —confesó—. El bebé… era un niño. Los médicos le advirtieron, pero ella no me lo dijo. Quería atarme… No sé qué hacer. ¿Tienes algo de beber?

——No puedo —respondió Lucía, acariciando su vientre, sabiendo que, al final, la verdadera familia no se elige, sino que se construye con amor y entrega.

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