Charla en el transporte compartido

**Diario de un viaje en autobús**

Hoy subí al autobús justo a tiempo, en la parada frente al centro de salud. El conductor ya arrancaba cuando logré abrirme paso entre los pasajeros hasta el último asiento libre, junto a la ventana. La bolsa con los medicamentos pesaba en mi hombro, y las palabras del médico aún resonaban en mi cabeza: *«Necesita operarse, doña Carmen. No puede esperar más»*.

—Pasen el dinero, por favor —pedí, alargando unas monedas hacia el conductor.

—¿Cuánto es ahora? —preguntó un señor mayor con boina.

—Dos euros con cincuenta —contestó el conductor.

—La vida está muy cara —suspiró el hombre, rebuscando en el bolsillo de su chaqueta gastada.

Asentí para mis adentros. Era verdad: antes el billete costaba un euro, y ahora por dos cincuenta el autobús sacude más que una lavadora vieja.

—Abuelo, ¿sabe dónde queda el hospital general? —preguntó una chica joven con un bebé en brazos.

—Claro que sí. Pasaremos justo por ahí. ¿Van al médico?

—Sí, al pediatra. La tos no se le quita —dijo, arropando mejor al niño.

Miré al pequeño. No tendría más de tres meses, y la madre apenas rondaría los dieciocho.

—¿Y el padre? —intervino una mujer regordeta con pañuelo de flores—. ¿Así que dejó que su mujer cargue sola con el bebé para ir al médico?

La chica enrojeció y bajó la mirada.

—Él… trabaja. No puede pedir permiso.

—Ya, ya —bufó la del pañuelo—. Esos trabajos que siempre son en el bar o jugando al mus. Y la pobre mujer que se apañe.

—Doña Pilar, no sea dura —intercedió una señora mayor con agujas de tejer—. Quizá su trabajo no le permite faltar.

—Cándida, qué ingenua es usted —replicó Pilar—. Yo estuve cuarenta años casada, que en paz descanse mi Antonio, y él dejaba todo si yo necesitaba ir al médico. Pero estos hombres de ahora solo saben exigir derechos.

Pensé en mi Manuel. Él también siempre estuvo a mi lado cuando caía enferma. Hasta se escapaba del trabajo si era algo grave. Ahora yace en el cementerio de San Isidro, y la operación la enfrentaré sola.

—Y usted, jovencita, ¿piensa tener más hijos? —siguió interrogando Pilar.

—No… no lo sé. No lo habíamos planeado… —balbuceó la chica.

—¡Pues había que planearlo! —exclamó Pilar—. ¿O solo pensaban en divertirse?

—Doña Pilar, por favor —la reprendió Cándida—. El niño ya nació, es una bendición. Ya saldrán adelante.

—Bendición, sí —gruñó Pilar—. ¿Y quién lo mantendrá? Mírela, es una niña criando a otro niño. ¿Dónde vivirá? ¿De qué trabajará?

La joven apretó al bebé contra su pecho y miró por la ventana. Noté que le temblaban los labios.

—Perdone —le dije en voz baja—, ¿cómo se llama?

—Lucía —respondió sin mirarme.

—Lucía, no le haga caso —dije, señalando a Pilar—. Cada uno lleva sus batallas. Lo importante es que el niño esté sano.

—¿Sano? Con esa tos —interrumpió Pilar—. Seguro ya lo han resfriado.

—¿Y usted qué sabe? —me enfadé—. Podrían ser cólicos, o mil cosas más. Que lo vea el médico.

—¡Bah! —Pilar agitó la mano—. Yo crié a tres. No me venga con cuentos.

El autobús paró en un semáforo, y el conductor encendió la radio. Sonó una antigua canción de Julio Iglesias.

—Eso sí es música —comentó el señor de la boina—. Nada como lo de ahora.

—Totalmente —asintió Cándida—. Antes las canciones tenían alma.

—La gente no ha cambiado —apunté—. Solo los tiempos son más fríos.

—Sí —asintió el hombre—. Antes en los pisos de alquiler todos se conocían. Hoy ni saludas al vecino.

—Pues mejor —gruñó Pilar—. Vivir en un piso compartido era un infierno. Todos metidos en tu vida.

—Pero también había ayuda —replicó Cándida—. Si te enfermabas, alguien te traía sopa.

—¿Y ahora no ayudan? —preguntó Lucía.

—Menos —suspiró Cándida—. Cada uno va a lo suyo. Llevo quince años en mi edificio y ni sé los nombres de mis vecinos.

Recordé mi portal. Solo hablo con la señora Rosario del primero y una pareja joven del tercero. Los demás son extraños.

—¿Y usted dónde vive? —le pregunté a Lucía.

—En Carabanchel, en una residencia —contestó en voz baja.

—¿Con un bebé? —se horrorizó Cándida.

—No está mal. Es pequeña, pero es nuestra. Los vecinos son amables.

—¿Y sus padres? —insistió Pilar.

Lucía calló un momento, meciendo al niño.

—Mi madre está en el pueblo, lejos. No tengo padre.

—Ah —resopló Pilar—. O sea, sin red de seguridad.

—¿Al menos su marido trabaja? —preguntó Cándida.

—Sí, en una fábrica. Pero gana poco.

Recordé mis primeros años con Manuel. Vivíamos en una habitación alquilada. Él era mecánico; yo, cajera. El dinero no alcanzaba, pero éramos jóvenes y estábamos juntos.

—No se preocupe —le dije—. Lo difícil pasará. Lo importante es no rendirse.

—Fácil decirlo —masculló Pilar—. Con un niño enfermo y sin un duro, cualquiera se viene abajo.

—Los niños se enferman igual siendo ricos o pobres —dijo el señor—. La salud no se compra.

—Pero los tratamientos sí —replicó Pilar—. En lo privado todo es rápido.

—¿Y en la pública no sirven? —preguntó Cándida.

—Sirven —suspiré—. Pero las listas de espera son eternas. Hoy estuve tres horas para que me dijeran: *”Operación urgente, espere turno”*. Y el turno es para dentro de un mes.

—¿Cuánto cuesta la operación? —preguntó Cándida.

—Depende. La mía son ocho mil euros.

Silencio en el autobús.

—¡Ocho mil! —exclamó Cándida—. ¡Dios mío! ¿De dónde sacar eso?

—Eso me pregunto —sonreí amargamente—. Con una pensión de ochocientos…

—¿Qué operación es? —preguntó Lucía con delicadeza.

—Ginecológica. Urgente.

—¿No tiene familia? ¿Hijos? —preguntó Cándida.

—Una hija, pero vive en Barcelona. Tiene su vida. No puede darme tanto.

—¿Y un préstamo? —sugirió Lucía.

—¿A una jubilada? —se burló Pilar—. Los bancos no prestan, y los usureros te hunden.

—Los créditos son trampas —afirmó el señor.

El autobús llegó al hospital.

—Bajamos aquí —dijo Lucía.

—Mucha suerte —le deseó Cándida—. Que el niño se mejore.

—Gracias.

Al bajar, Lucía se volvió hacia mí:

—No se desanime. Quizá haya una solución.

—Gracias, cariño.

El autobús reanudó la marcha.

—Pobre chicaAl llegar a casa, decidí llamar al médico que me recomendó el señor de la boina, porque al final, hasta en el autobús más ruidoso puede nacer una esperanza.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

three + nine =