La abuela dejó todo al vecino

—Marina, ¿es que no entiendes lo que ha hecho? —Susana Garrido retorcía un pañuelo entre sus manos, mirando a su hija con los ojos rojos de tanto llorar—. ¡El piso! ¡La casa de pueblo! ¡Hasta el cofre de oro de mamá! ¡Todo para ese… ese Valentín Ruiz!

Marina permanecía callada en medio de la habitación, donde hasta ayer estaba el cómoda favorito de su abuela, lleno de fotografías. Ahora solo quedaba un vacío, como el que sentía en su propio corazón.

—Mamá, sentémonos, hablémoslo con calma —rogó, aunque su voz temblaba.

—¿Cómo quieres que hable con calma? —exclamó Susana, alzando las manos—. ¡Yo cuidé de ella toda la vida! Iba todos los días, le compraba las medicinas, la acompañaba al médico. ¡Y este vecino no hacía más que sonreír y decir «buenos días, Ana Fernández»!

Marina se dejó caer en el sillón. Recordaba al abuelo Vale, como lo llamaban en casa. Un hombre menudo, pulcro, de setenta años, siempre con una camisa impecable y una mirada amable. Su abuela solía contarle cómo la ayudaba: cambiaba las bombillas, iba a por el pan cuando las piernas ya no le respondían…

—Mamá, ¿y si la abuela lo hizo porque quiso? —aventuró Marina, con cuidado.

Susana se volvió bruscamente hacia ella.

—¿Has perdido el juicio? ¡O la engatusó, o la presionó! ¡No, iré a los tribunales, que se aclare todo! ¡Estaba vieja, no sabía lo que hacía!

—Mamá, hasta el último día estuvo lúcida, tú lo sabes —replicó Marina en voz baja—. ¿No recuerdas cómo resolvía los crucigramas la semana pasada? ¿Y cómo nos contaba de la vecina, la tía Clara, que se había comprado un bolso nuevo?

Pero su madre no escuchaba. Paseaba por la habitación agitando las manos.

—¿Qué hizo él de especial? ¡Ayudar de vez en cuando! ¿Y yo acaso no ayudaba? ¡Soy su hija! ¡Tengo derecho!

Llamaron suavemente a la puerta. Marina fue a abrir, aunque el corazón le pesaba, pues intuía quién podía ser.

En el umbral estaba Valentín Ruiz, con un pequeño ramo de claveles blancos. Su rostro tenía una expresión cansada y triste.

—Buenas tardes —dijo en voz baja—. ¿Puedo pasar? Quería hablar con ustedes.

—¡Ahora mismo hablamos! —gritó Susana desde el salón, apareciendo en el pasillo—. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a engañar a una anciana indefensa?

Valentín apretó los labios, pero en sus ojos no había ira ni triunfo. Solo dolor.

—Susana Garrido, sentémonos. Entiendo lo que siente.

—¡No entiende nada! —replicó ella—. ¡Se ganó su confianza a propósito! ¡Sabía que tenía familia!

—Lo sabía —asintió Valentín—. Y nunca le pedí a Ana Fernández nada de esto.

Entró en la habitación, dejó las flores en el alféizar. Marina notó que sus manos temblaban.

—¿Quieren que les cuente cómo fue todo? —preguntó, volviéndose hacia ellas.

—Cuente —respondió Susana, fría—. A ver qué excusa inventa.

Valentín se sentó despacio en el sillón que solía ser el favorito de la abuela.

—Nos conocimos hace cuatro años, cuando me mudé aquí. Mi esposa había fallecido, no tengo hijos, y quise cambiarme a un lugar más modesto. Ana fue la primera en visitarme, me trajo unas magdalenas. Me dijo: «A un hombre solo le cuesta más, y los vecinos deben ayudarse».

—Y en seguida se dio cuenta de que era una viuda acomodada, ¿verdad? —interrumpió Susana con sarcasmo.

—Me di cuenta de que estaba muy sola —respondió él con calma—. Tomamos el té juntos, y me habló de su nieta, que vivía en otra ciudad, de su hija, siempre ocupada. Decía: «Vienen una vez por semana, y enseguida se van, tienen sus cosas».

Marina sintió que el rubor le subía por las mejillas. Era cierto. Su madre iba los domingos, pasaba un par de horas limpiando y cocinando para la semana, y se marchaba. Ella misma visitaba a su abuela aún menos: el trabajo, los niños…

—Empezamos a vernos —continuó Valentín—. A Ana le gustaba hablar, y a mí, desde que Lidia murió, la casa me quedaba muy silenciosa. Me invitaba a té, yo le ayudaba con cosas de la casa. Cuando tuvo gripe, le preparé sopa y fui a la farmacia.

—¿Y por eso le dejó todas sus posesiones? —preguntó Susana, incrédula.

—No me dejó nada a propósito —suspiró él—. Un día hablamos de la vida, del futuro. Ana me dijo: «Vale, yo sé que mi hija me quiere, pero tiene su propia vida. Y hace bien. Tú has sido como el hijo que nunca tuve».

Valentín calló, mirando por la ventana. Luego se volvió hacia Susana.

—Le preocupaba que usted estuviera agotada. Decía: «Mi Susana trabaja, cría a mis nietos, y encima tengo yo con mis achaques». Y añadía: «Vale me entiende, él también está solo, nos necesitamos».

—¡Son solo palabras! —estalló Susana—. ¡En realidad engañó a una mujer enferma!

—Mamá —dijo Marina, suave—. Déjale terminar.

Su madre hizo un gesto de disgusto, pero calló.

—Ana fue quien propuso hacer el testamento —prosiguió Valentín—. Me negué. Le dije: «Ana, usted tiene hija, tiene nieta». Pero ella respondió: «Ellas estarán bien sin mí, pero tú te quedarás sin nada. Quiero que vivas tranquilo».

Se levantó, caminó por la habitación.

—Intenté convencerla de repartirlo. Que algo fuera para ustedes. Pero ella era testaruda. Dijo: «Lo he decidido, y punto. Tú vales más que nadie, porque estás cuando más te necesito».

Susana resopló.

—¡Qué conmovedor! ¿Y qué hacemos nosotros ahora?

Valentín se detuvo, la miró fijamente.

—Susana, por eso he venido. No necesito este piso. Tengo el mío. La casa de pueblo tampoco me sirve, ya no estoy para esos trotes. Quiero cedérselo todo.

El silencio llenó la habitación. Marina observaba al vecino con asombro; su madre parpadeaba, confundida.

—¿Cedérnoslo? —preguntó al fin Susana.

—Firmaremos una donación —respondió sencillamente—. El piso, la casa de pueblo, lo que consideren. Yo solo me quedaré con un poco de dinero y las fotos de mamá.

—¿Las fotos de mamá? —preguntó Susana, desconcertada.

—Ana me pidió que las cuidara. Tenía muchas imágenes antiguas: sus padres, su hermana, que murió en la guerra. Temía que se perdieran. Decía: «Vale, tú sabes lo que es la memoria».

Marina sintió un nudo en la garganta. Recordó cuando su abuela le mostraba esas fotos, contándole la historia de cada rostro. Ella apenas prestaba atención, siempre con prisa…

—¿Por qué hace esto? —preguntó.

Valentín esbozó una sonrisa triste.

—Ana quería que fuera feliz. Pero no puedo serlo sabiendo que causo dolor. Ella no lo habría querido.

—¿Y el oro? —recordó Susana—. ¿El cofre con sus joyas?

—Llévenselo, claro. Ahí—Ahí está su anillo, el de su madre —dijo Valentín, señalando el cofre—, y siempre quiso que lo tuvieras tú, Marina, porque sabía que lo guardarías con el mismo cariño con que ella lo hizo.

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El eco eterno del amor