En cuarto de carrera, Lucía se enamoró perdidamente. Y no de un chico cualquiera, sino de un auténtico galán que todas sus compañeras consideraban un partidazo. Porque Daniel venía de una familia acomodada.
Lucía también era guapa, lista, pero con Daniel eran de mundos distintos. Sus padres eran obreros, y aunque sabía que pertenecían a estratos sociales diferentes, el amor podía más que cualquier prejuicio.
“Lucía, no pierdas el tiempo con ese Daniel”, le decían sus compañeras de residencia. “Se cree la octava maravilla y mira por encima del hombro a medio mundo. Solo se junta con los de su círculo.”
“¿Y qué? Yo también valgo mucho”, contestaba ella. “No soy ninguna fea, saco buenas notas y puedo hablar de cualquier tema.”
“Bueno, bueno, ya verás cómo acabas llorando. Seguro que sus padres son de esos que ni a caballo se les puede acercar”, insistían.
“Ay, no me asustéis”, respondía Lucía nerviosa. “Lo que más miedo me da es conocer a sus padres, sobre todo a su madre”
Cuando Daniel correspondió a sus sentimientos, fue una sorpresa. Ni siquiera tuvo que dar el primer paso; él la invitó al cine antes de que ella pudiera insinuar nada.
Salieron casi todo el cuarto curso, y antes de las vacaciones, Daniel soltó de repente:
“Lucía, el sábado vamos a casa de mis padres a presentarte. Mi madre no para de preguntar quién eres.”
“¡Ay, Daniel, qué pronto! No me siento preparada”, se asustó.
“¿De qué te asustas? Mis padres son normales. Mi padre es callado, pero mi madre bueno, es toda una character. Le encanta hacer preguntas, pero no te preocupes”, dijo él con una sonrisa.
Lucía ya daba por hecho que se casarían, pero primero tenía que caerles bien. Aquel sábado, nerviosa como nunca, repasó las normas de etiqueta para no meter la pata.
Al llegar a su casa, Daniel la recibió y entraron juntos. El corazón de Lucía latía a mil por hora al ver a su futura suegra, una mujer elegante que le sonrió al instante.
“Hola, Lucía. Yo soy Isabel Martínez. Pasad a la sala.”
En la mesa ya estaba el padre de Daniel, Javier Delgado, serio como un juez. Se levantó ligeramente y asintió en silencio.
Lucía se sentó recta, manteniendo las manos fuera de la mesa y usando los cubiertos con precisión. Comía poco, recordando que podían dirigirse a ella en cualquier momento. Pero, como suele pasar, el nerviosismo la traicionó: se le cayó el tenedor al suelo.
El ruido fue absorbido por la alfombra, pero Lucía se encogió como un erizo, mirando de reojo a Isabel. Daniel soltó una carcajada.
“Perdón”, murmuró ella.
Pero Isabel la tranquilizó: “Daniel, qué mal anfitrión eres. No tiene gracia. Tráele un tenedor limpio.”
“Vale, mamá”, dijo él, recogiendo el cubierto y yendo a la cocina.
“Lucía, relájate, esto no es una recepción diplomática”, dijo Isabel con calma. “Come tranquila, o pensaré que no te gusta la comida. Me he esmerado.”
“Ay, Isabel, ¡qué va! Está todo riquísimo. Pero Daniel me dijo que teníais asistenta.”
“Sí, normalmente la tenemos, pero hoy quise cocinar yo.”
“¿Por qué?”
Isabel rio. “¡Pues para impresionar a mi futura nuera!”
Lucía no daba crédito.
“Vaya, parece que hoy no soy la única que quiere dar buena impresión”, soltó sin pensar.
“Así es”, rio Isabel. “Pero te diré una cosa: mi hijo no me ha decepcionado. ¿Verdad, Javier?”
El padre asintió de nuevo. “Claro, cariño.”
La velada fue un éxito, y Lucía terminó charlando con soltura. Dos semanas después, Daniel y ella pusieron la solicitud de matrimonio, y a los dos meses se casaron.
“Daniel, ¿dónde viviremos?”, preguntó Lucía.
“No lo sé, pero mis padres estaban cuchicheando algo”
El regalo de boda fue una sorpresa: un apartamento en el mismo edificio, dos pisos más abajo.
La familia de Lucía, que asistió a la boda, no cabía en sí de alegría. “Dios existe, hija. ¡Tienes techo propio!”, dijo su madre.
Lucía quería terminar la carrera al mismo tiempo que su marido. Pero en quinto curso, descubrió que estaba embarazada. Aunque feliz, le daba miedo no acabar a tiempo.
“Daniel, ¡estamos esperando un bebé! Solo espero poder terminar los estudios”
Él la miró fríamente. “¿Un bebé? Somos estudiantes y vivimos de mis padres. Quería disfrutar al menos tres años antes de esto.”
Lucía se quedó helada.
“En resumen”, dijo él con dureza, “no quiero este niño. No voy a perder mi juventud cambiando pañales.”
“¿Quieres que aborte?”, lloró ella. “¡Jamás!” Y salió corriendo.
Abajo se encontró con Isabel, que al verla llorar la llevó a su casa.
“Dime qué pasa. No me mientas, se te ve en la cara.”
Lucía, entre lágrimas, lo soltó: “Isabel Daniel quiere que aborte. Dice que somos jóvenes, que dependemos de vosotros ¡Pero yo no quiero!”
Isabel la calmó. “Tienes toda la razón. No hagas caso a los hombres. ¿De cuánto estás?”
“Ocho semanas.”
“Pues llegarás a graduarte. Ve a la cocina, que Almudena te prepare algo. Yo hablaré con mi hijo.”
No supo qué le dijo, pero al rato Daniel volvió, avergonzado. “Perdona, Lucía. Me equivoqué.”
Ella no le dio las gracias a él, sino a Isabel, que le guiñó un ojo.
Se reconciliaron. Se graduaron, y dos semanas después, nació su hijo. Isabel y Javier estaban más emocionados que los propios padres. Aunque Lucía era feliz, Daniel se mostraba frío con el niño.
Él empezó a trabajar; ella se quedaba en casa. Pero Daniel llegaba tarde, luego borracho, y finalmente, olía a otros perfumes.
“Daniel, ¿me estás engañando?”, le espetó un día.
Él balbuceó y se marchó.
Esa noche lo habló con Isabel.
“No tomes decisiones precipitadas. Quizá se arregle.”
“No, Isabel. Viene con pintalabios en la ropa. Me voy con mi madre.”
“¿Adónde? Allí no tenéis sitio. Quédate con nosotros. Que él se las apañe solo. Esta casa es grande, y Almudena te ayudará. Además, podrás trabajar.”
Lucía aceptó.
“Lo importante es que te sientas persona, no solo madre”, insistió Isabel.
“Gracias. He decidido ser feliz, pase lo que pase.”
“Esa es la actitud.”
Cinco años después, Lucía se casó con un compañero del trabajo, Raúl. Ahora viven con sus dos hijos en otro barrio. Isabel y Javier adoran a sus nietos y pasan los veranos con ellos en la casa del campo.
Lucía es feliz. E Isabel sigue siendo su mejor aliada. Al final, la vida le dio su merecido.







