Sonó el teléfono con esa urgencia de los lunes por la mañana.
—¿Diga? ¿Doña Adelaida? ¡Soy yo, Valeria Manuela! —La voz al otro lado temblaba, como si llevara horas ensayando las palabras—. Su… ex… —Hizo una pausa incómoda—. Bueno, ¡la madre de Javier! ¡Necesito hablar con usted!
Adela casi suelta el auricular. El corazón le dio un vuelco. La última vez que hablaron fue hace cuatro años, en medio del divorcio. Valeria Manuela le había gritado que había roto a su hijo y arruinado su vida.
—¿Qué… qué pasa? —musitó, dejándose caer en la silla junto al aparato.
—¡Pues esto! —La voz de su exsuegra sonaba afilada—. ¡Su exmarido se casa! ¿Me oye? ¡Con una mocosa! ¡Veintitrés años tiene la criatura! ¡Y él que va a cumplir cuarenta y seis! ¡Qué vergüenza!
Adela guardó silencio. Javier se casaba. ¿Y? Ya no eran nada. Cada uno con su vida. Pero… ¿por qué llamaba a ella?
—Valeria Manuela, ¿qué tengo yo que ver? Hace siglos que Javier y yo…
—¡Lo tiene todo que ver! —la interrumpió—. ¡Esa niñata lo ha hechizado! ¡Vende el piso, nuestro piso de tres habitaciones donde pasamos media vida con mi difunto marido! Dice que comprarán algo más pequeño y con la diferencia se irán de luna de miel… ¡a Grecia! ¡A Grecia, Adelaida! ¿Se da cuenta?
Adela no pudo evitar una sonrisa amarga. Javier en Grecia… Cuando estaban casados, creía que viajar al extranjero era tirar el dinero.
—¿Y qué quiere que haga yo?
—¡Que hable con él! —La voz se volvió suplicante—. Siempre le hizo caso. Quizá le haga entrar en razón. ¡No puede perder la cabeza a su edad!
Adela se masajeó el puente de la nariz.
—Valeria Manuela… Nos divorciamos. Ya no somos nada. ¿Qué importa con quién se case?
—¡Adelaida! —El llanto atravesó la línea—. ¡No sea cruel! No le hablo como a mi exnuera, sino como a una buena persona. Usted es sensata, ¡sabe que esto no es amor! ¡Lo quiere por el dinero!
Adela se levantó y miró por la ventana. Afuera, la lluvia pintaba el asfalto de gris. Igual que aquel día, cuando empacó sus maletas.
—¿Y si es feliz? —susurró—. Quizá ella sí lo quiere de verdad.
—¡Amor! —resopló Valeria Manuela—. ¡Al dinero quiere! ¿No la ha visto? ¡Como gata panza arriba! Y exige regalos, viajes… Y él, el muy tonto, ¡le da todo lo que pide! ¡Se ha vuelto loco!
Adela tiró del cable del teléfono. Duele, pensó. Duele saber que ahora sí es capaz de dar todo. Con ella fue siempre calculador.
—Mire, Valeria Manuela. No me meteré. Es su vida.
—¡Pero está Lucía! —gritó la mujer—. ¡Su hija! ¡Lo quería como a un padre! ¿Y ahora qué? ¿Una madrastra que le lleva tres años?
Ahí sí se tensó. Lucía. Veinte años. La hija que Javier había adoptado. La que aún preguntaba: *”Mamá, ¿por qué os separasteis?”*
—Lucía es adulta. Lo entenderá.
—¿Y los nietos? —insistió Valeria Manuela—. ¡Esa criatura tendrá hijos! ¿Y Lucía? Él la olvidará. ¡Y ahora hasta le paga los estudios!
Era cierto. Javier ayudaba a Lucía, aunque no tenía obligación. *”Es como mi hija”*, decía.
—Aunque hable con él, ¿qué cambiará? No me hará caso.
—¿Por qué se divorciaron? —preguntó de pronto la suegra—. Nunca lo entendí. Él no bebía, no faltaba, traía el sueldo… ¿Qué más quería?
Adela cerró los ojos. ¿Cómo explicarlo? Aquella vida ordenada que la ahogaba. Javier la trataba como un mueble: útil, pero invisible.
—No había amor —dijo al fin.
—¡Amor! —bufó Valeria Manuela—. ¡A su edad! Y mire ahora: ¡mi hijo, hecho un loco!
Adela respiró hondo. ¿Hablar con Javier? ¿Decirle qué? *”No te cases porque tu madre protesta”*. Ridículo.
—Vale —dijo sin pensarlo—. Lo pensaré.
—¿En serio? —la voz se iluminó—. ¡Usted siempre tan sensata! Quizá le haga entrar en razón. ¡Recuerde lo buena esposa que fue!
Buena esposa. Sí. Cocinar, limpiar, callar. Y él, ni un gracias. Ahora, para otra, el mundo.
—Le llamaré —colgó.
Se sentó junto a la ventana. La lluvia arreciaba. Pensó en Javier, en esa chica, en Lucía. En ella misma.
Cuando se divorciaron, todos preguntaban: *”¿Pero si eran la pareja perfecta?”*. Nadie entendió que se moría de aburrimiento. Javier llegaba, cenaba en silencio, leía el periódico. *”Mañana madrugamos”*, y a dormir. Año tras año.
Y ella quería conversaciones, paseos, vida. Él lo consideraba tonterías.
Ahora gastaba dinero y tiempo por otra. ¿Dolía? Sí. Pero no por celos. Por rabia: *podía, pero no quiso*.
El teléfono sonó de nuevo.
—¡Mamá! —era Lucía, animada—. ¿Es verdad lo de papá Javier?
—¿Cómo lo sabes?
—Me llamó Valeria Manuela, llorando. Dice que se casa con una chavala. ¿Es cierto?
—Parece que sí.
—¡Vaya! —no había tristeza en su voz, solo curiosidad—. ¿Y cómo es? ¿Guapa?
—No la he visto.
—¿Y tú? ¿Estás…? —la pregunta vino con cautela.
Adela lo pensó. ¿Dolía? No. Sorprendía. Escocía un poco. Pero…
—No, cariño. Hace años que no somos nada.
—¡Pues muy bien! —Lucía rio—. Hasta tengo curiosidad por conocerla. ¿Qué tendrá para volverlo loco?
Al colgar, Adela se sintió más ligera. Lucía lo tomaba bien. No era el drama que pintaba Valeria Manuela.
Pero la idea de hablar con Javier no la soltaba. ¿Y si la suegra tenía razón? ¿Si esa chica solo quería su dinero?
Buscó su número con dedos temblorosos. No hablaban desde hacía meses.
—Diga —respondió él, cansado.
—Javier, soy Adela.
Silencio.
—¿Pasa algo? ¿Lucía…?
—No, todo bien. He sabido lo de tu boda.
Otra pausa.
—¿Te llamó mi madre?
—Está preocupada.
—Adela —su voz se suavizó—. Sé que suena raro. A mi edad, enamorarme… Pero es verdad. La quiero.
Ese tono. No lo usaba con ella desde hacía décadas.
—Me alegro —dijo, y era sincera.
—Gracias. Eso… significa mucho. Temía que te opusieras.
—No somos enemigos.
—Adela —se volvió serio—. Con Lucía nada cambiará. Sigo siendo su padre.
—Lo sé. Siempre lo fuiste.
—Y Marina… Ella también quiere conocerla. No es celosa.
Marina. Joven, fresca.
—Lucía también querrá —dijo Adela.
Al terminar, supo que Javier era feliz. Esa chispa que nunca tuvo con ella.
Por la noche,Al día siguiente, mientras se probaba el vestido nuevo frente al espejo, Adela sonrió al darse cuenta de que, por primera vez en años, estaba lista para dejar de ser espectadora de su propia vida.







