La abuela no quería a Valerito, no lo reconocía.
No es de los nuestros, no es de los nuestros decía Ana Fernández en la tienda a las demás comadres.
Nuria, ¿cómo que no es tuyo? Pero si es igualito que tu Paco.
No puedo, vecinas. Con la cabeza lo entiendo, que es hijo de mi Paco, pero el corazón no me da. En cambio, los nietos de mi hija, esos sí Pero los del hijo, no los acepto. Y además, no ha crecido con nosotros. Aunque corretea y balbucea cosas, “abuela, abuela”… ¡Pero no puedo! Cada vez que lo miro, veo esa sangre de los Suárez, no es de los míos.
Pues es verdad, compadres dijo otra señora. Mi madre, que en paz descanse, siempre colmaba de besos a mi Milagritos, la mimaba, hacía todo por ella pero a los hijos de mi hermano Jorge, como que no tanto. “Son nietos y punto”, decía. Jorge se enfadaba, le reclamaba. Y ella le respondía: “No te ofendas, hijo, de mi hija sé que es mío, pero de ti perdona”.
¡A mí me pasa igual!
Y a nosotras
Ay, vecinas, yo también peco de lo mismo. El hijo de mi hija es un sol, guapísimo, con sus ojitos, su naricita, sus hoyuelos No nos cansamos de admirarlo con el abuelo. Pero los de mi nuera no puedo. Sé que son hijos de mi hijo, pero no hay manera. Aparte de que son de su raza, siempre están mocosos y sucios. Si le digo que hay que cuidar al niño, se enfurruña y dice: “No tengo tiempo. Tu hijo quiere la casa limpia y la comida caliente, ¿cuándo voy a atender al crío?”.
Yo le digo: “¿Y las demás? Las demás hasta trabajan”. Antes las abuelas madrugaban a ordeñar a las cuatro de la mañana. Yo amasaba el pan, lo dejaba en la mesa para que subiera, la lumbre ya estaba hecha solo faltaba meterlo al horno, y ya salía corriendo al ordeño.
Despertaba a Antoñita, pero la pobre iba medio dormida. Una vez la dejé con el abuelo, que ya estaba débil, pero pensé: “Al menos le ayudará a meter el pan al horno”.
Como si el corazón me avisara, le pedí a Loles que me cubriera y volví a casa.
Y la niña, pobrecilla, dormía profundamente, la masa del pan desparramada por la mesa, a punto de caerse al suelo, el pelo todo revuelto ¡Ay!
“Abuelo, ¿qué pasa?” le dije. “¿Qué pasa qué?” respondió él. “¿Por qué no vigiló el pan?” “¿Y para qué vigilarlo? No se va a escapar”.
Se dio la vuelta y se fue, ¡hasta en calzoncillos! Menudo personaje
Y así, la conversación sobre los nietos de los hijos derivó en otro tema.
Ana Fernández se fue callada a casa, comprendiendo que no era la única, que había muchas mujeres que no aceptaban a los nietos de sus nueras.
Valerito, en cambio, siempre buscaba a su abuela. Creía que así estaría más cerca de su padre. Su papá se había ido al norte hacía mucho, cuando él era pequeño, a trabajar en nuevas obras. Y no volvía. Pero Valerito lo esperaba, lo quería. Le escribía cartas y se las llevaba a la abuela Ana.
Su madre decía que solo esa vieja bruja sabía dónde andaba su padre, ese irresponsable. Pero Valerito sabía que su madre lo quería. Solo hablaba así por rabia, porque no la llevó con él a explorar aquellas tierras del norte.
¿Y cómo iba a llevarla? ¿Con Valerito de qué tamaño? Ella debería entender.
A veces su madre gritaba que él y su padre le habían arruinado la vida. Que si se hubiera casado con Juanito, el de los Spínola, habría tenido una vida de lujo, llena de hijos.
Valerito probó a poner queso en aceite y rodarlo con su camioncito de juguete, el que la abuela Ana le regaló por su cumpleaños ¡Cómo gritó su madre! Quiso tirarlo, pero Valerito se aferró. Le parecía que era un regalo de su padre. Y seguramente lo era, porque ese camión debía costar un dineral, seguro que su padre le mandó dinero a la abuela para comprarlo. Pero su madre se puso como loca: “¡A la basura!”.
Valerito rodó el queso en aceite con su camión y no entendió: ¿por qué su madre quería esa vida? ¿Qué tenía de malo la suya?
¡Bah! Cuando su padre volviera del norte, vivirían mejor que los Spínola, y su madre dejaría de lamentarse por no haberse casado con ese Juanito.
Un día, Valerito fue a casa de la abuela, y estaba allí Lola, su prima. Un poco consentida, pero se le perdonaba, era pequeña, dos años menor que él.
“A mí la abuela me regaló una muñeca. ¡Mira!” y le sacó la lengua. A Valerito qué le importaba, él no jugaba con muñecas.
“Y la abuela va a hacerme tortitas con nata” seguía la niña.
“No solo a ti. Para todos” rezongó la abuela. Al menos así demostraba que lo quería, poniendo en su sitio a la mocosa.
Valerito estuvo un rato por educación, tomó té con tortitas. Preguntó si necesitaba ayuda con algo y se fue.
“Uf, menos mal que se fue” oyó Valerito al cerrar la puerta, la voz de su prima. La abuela, en cambio, ni pestañeó.
“¡Cállate ya, mira que eres malcriada!”
La abuela lo defendió, y a Valerito se le calentó el corazón. Así que sí lo quería.
Mientras, la abuela Ana regañaba a su nieta:
“¿Qué dices? ¿De qué hablas? Si ni siquiera ha salido Si se entera el pueblo, te voy a dar con ortigas”
“No, no me vas a pegar”.
“¿Y por qué no?”
“Porque me quieres, soy tu nieta favorita, tu niña bonita, tu tesoro” decía la niña, subiéndose al regazo de la abuela.
“Ay, mi diablilla, mi consentida”
***
Valerito nunca volvió a ver a su padre. Se fue al norte y no dio señales de vida. Su madre se casó con el tío Paco Spínola, primo de ese Juanito. El hombre era bueno, no maltrataba a Valerito. No lo quería como a sus otros dos hijos, pero tampoco lo maltrataba. Lo trataba como a un igual. Incluso la abuela Teresa, madre del tío Paco, le tenía mucho cariño.
La vida de Valerito era buena. Seguía yendo a casa de la abuela. Pero ya no escribía cartas a su padre.
Antes de ir a la mili, supo que su padre tenía otra familia, hijos. No venía por allí, pero la abuela Ana sí viajaba a verlo al norte.
Al principio, Valerito se sintió traicionado. Le preguntó a la abuela por qué no le había dicho nada. Él había esperado, había escrito cartas
La abuela lo desestimó: “Tonterías. Todas tus cartas están en el cajón. Y tu padre mandaba buena pensión. Tu madre crió hijos de otro con ese dinero”.
Dolió. Esa noche, Valerito se emborrachó por primera y última vez. Gritó contra su madre, su abuela, su padre.
Su madre empezó a insultarlo, a llamarlo borracho, maldita sangre pero el tío Paco la calló y se lo llevó al garaje. Allí, Valerito lloró. Nunca había llorado de niño, pero esa vez Se desahogó, le contó todo al tío Paco. Cómo se burlaban de él en el colegio, lo llamaban “hijo de nadie”, decían que su madre lo había tenido de cualquiera.
Por eso Valerito aprendió a pelear. Y para demostrar que él también tenía padre y dos abuelas, seguía yendo a casa de la abuela Ana. Sabía que no lo querían, pero iba por terquedad, y seguía escribiendo cartas que ella escondía en el cajón. No sabía cómo era vivir con un padre. Gracias al tío Paco, al menos sintió un poco cómo era tener uno cerca. No era amor de padre, pero algo era
Llorando, sacando toda su rabia infantil, el tío Paco le secó las lágrimas:
“Mira, Valerito, para mí eres como un hijo. No, mejor dicho Eres mi hijo, el mayor, ¿me oyes? Eres mi hijo. Quizá no sea tu padre de sangre, pero llevo diez años a tu lado, con tu madre así que”.
Los dos hombres, frente a frente, agarrándose por el cuello, las frentes juntas, lloraban.
“¡Hijo!”
“¡Padre!”
“¡Mi niño!”
“¡Papá!”
Su madre los vio, iba a gritarles por la botella de alcohol abierta, pero cambió de idea. Cerró la puerta del garaje y se fue. Les dijo a los pequeños que no molestaran, que su padre y su hermano estaban hablando “cosas de hombres”.
Antes de ir a la mili, Valerito fue a despedirse de la abuela. Ella, con los labios apretados, le dio su bendición y le deseó buena suerte. Lola, la despechada, dijo: “Menos mal que el tío ya no tiene que pagar la pensión, no hay que mantener a hijos ajenos”. La abuela no dijo nada.
***
La mili pasó volando. Valerito volvió hecho un hombre, y sus padres, felices. Desde aquel día en el garaje, solo lo llamaba “padre” al tío Paco. Y él, orgulloso, lo llamaba “hijo”. Y a nadie le extrañaba, como si siempre hubiera sido así.
La abuela Teresa, madre de su “padre”, también estaba orgullosa de su nieto mayor. Valerito era habilidoso, todo lo hacía bien. Nada más volver de la mili, ya estaba arreglando la valla de la abuela
Lola se había mudado con la abuela Ana y le prohibió a Valerito ir ¿Qué podía hacer él?
“Tu padre tiene su propia familia. Y habría que ver si eres realmente su hijo A ver si estuvo pagando la pensión al equivocado”.
La abuela, otra vez, no dijo nada. Y Valerito no volvió.
Se casó, trabajó. Sus padres lo ayudaron a comprar una casa en el pueblo. Y ellos mismos, llevándose a la abuela Teresa, se mudaron también. Compraron un coche, tuvieron dos hijos. Vivía sin preocupaciones.
Hasta que un día le dio un dolor de espalda. Su padre siempre le decía que no midiera su fuerza, que cargar peso le pasaría factura. Y así fue. Caminando como un “viejo yendo a rehabilitación” por el pasillo del hospital, oyó voces. Una mujer casi chillaba:
“¿Qué tengo yo que ver? Ustedes son los médicos, cúrenla. ¿A dónde la voy a llevar?”
“Señorita, con cuidados en casa, su abuela mejoraría”.
“Sí, claro. Como si yo no tuviera otra cosa que hacer. ¡Ustedes tienen que curarla!”
“No hay motivos para retener a Ana Fernández. Si no se hace cargo, habrá que llevarla a una residencia”.
“Con hijos y nietos vivos, qué vergüenza” interrumpió otra voz. “¿No te da pena, Lola? Tu abuela te crió, te consentía todo, y tú”.
“Llévensela” dijo la voz fría de su prima. “Firmaré los papeles”.
Valerito entró en la consulta:
“No hace falta llevar a nadie a ningún sitio. ¡Me llevo a mi abuela!”
“Disculpe, ¿usted quién es?”
“Su nieto”.
“¿Tiene documentos que lo acrediten?”
“Claro” sonrió Valerito. “Cómo no”.
Lola lo miró con desprecio:
“Vaya, apareciste de la nada. Hueles herencia. Pero te quedas con las ganas, Valerito. La abuela me dejó la casa y todo lo demás”.
Y salió dando un portazo.
Valerito se llevó a su abuela. Su madre solo movió la cabeza, recordando cómo de niño iba a ver a Ana Fernández, creyendo que lo quería, cuando ella después contaba por ahí que no soportaba al chiquillo.
La abuela revivió, empezó a caminar sola. Le pedía perdón a Valerito, ayudaba a criar a sus bisnietos, los quería a los dos.
Y cuando le llegó la hora, Lola ni siquiera fue a despedirse. Su madre y el padre de Valerito le mandaron un telegrama y algo de dinero. Claro, ella no lo devolvió, pero bueno.
“Ahí tienes al nieto no querido” comentaban en el pueblo al saber que Ana Fernández había vivido sus últimos días con Valerito. Las comadres cotilleaban en la tienda.
Las que dividían a sus nietos en “queridos” y “no queridos” se lo pensaron: ¿y si les pasaba como a Ana Fernández?
“Pésame más caramelos, Catalina, que los llevo a mis nietos”.
***
Así es la vida. A la nieta favorita, hija de su hija, le dio todo el amor. Al nieto de su hijo nada. Ni siquiera lo consideraba suyo, aunque veía que era idéntico a su Paco, pero no podía forzarse. Sin embargo, el final de sus días lo pasó con el nieto “no querido”. Y fue él quien la acompañó hasta el último adiós






