¡Qué honrada es usted, Carmen Martínez! O sea, el año pasado nuestros hijos se asaban en el huerto, luego pasamos todo el año trabajando para arreglar su casa de campo, y ahora los niños de Lucía disfrutarán de las comodidades mientras los nuestros se quedan en casa. ¡Vaya ejemplo de justicia! explotó Ana.
Bueno, dije que era para los niños, pero nunca especifiqué que solo para los suyos. ¿Acaso creen que no tengo otros nietos? Primero descansaron los suyos, ahora los de Lucía. Todo muy justo, ¿no?
¡Vaya justicia la suya, Carmen Martínez! repitió Ana, mordiéndose los labios. O sea, los nuestros sudaron la gota gorda el año pasado, nos dejamos los codos arreglando su casa, y ahora los de Lucía se bañarán en la piscina mientras los míos se aburren en casa. ¡Qué igualdad tan bonita!
Bueno, el año que viene les tocará a los suyos. La casa no se va a mover. Al fin y al cabo, somos familia. Unos ayudan aquí, otros allá. Y, por cierto, es mi casa, y hago con ella lo que me da la gana.
¡Claro! Porque Lucía ha contribuido tanto ¿Un saco de arena para el arenero? ¡Vaya aportación impresionante! soltó Ana con sorna.
Carmen, ser justa es repartir por igual. ¿Por qué no los lleva un mes a unos y otro mes a los otros?
¡Ni hablar! Con esa manada, en dos meses me da un soponcio. Ya no estoy para esos trotes refunfuñó la suegra.
¿Y si son dos semanas?
Imposible. Ya le prometí a Lucía. Ella y Roberto tienen vacaciones en julio y quieren descansar sin niños. Así que no hay manera.
Pues tráigalos el miércoles que viene hasta el viernes. Un par de días con ellos me encantaría, pero más Me quedo sin fuelle.
Ana respiró hondo. Un par de días. Después de todo lo que habían invertido en esa casa, era como darles una limosna.
Vale. Lo entiendo. Adiós colgó con un golpe seco.
Se agarró la cabeza entre las manos. ¿Y ahora qué? Los niños llevaban todo el año ilusionados con ir a casa de la abuela, jugar en el columpio nuevo, chapotear en la piscina Y ahora todo eso sería para otros.
Y todo había empezado tan bien. El verano pasado, Javier fue a visitar a su madre, y Ana lo acompañó. La última vez que había estado en esa casa fue diez años atrás, cuando el suegro aún vivía. La verdad, poco había cambiado.
Nunca había sido un lugar cómodo, pero ahora parecía un trastero abandonado: ventanas chirriantes, un baño exterior, hierbajos por todas partes, el tejado torcido
Dentro, peor. Muebles de la época de Franco, paredes descascarilladas, suelo hundido en algunos sitios. Olía a humedad y moho.
Ay, hay tanto que hacer suspiró la suegra. Bueno, hijo, empieza por lo más urgente: la maleza y las ramas.
Mientras Javier se ponía manos a la obra, Carmen sirvió café. Primero hablaron de lo de siempre: las notas del cole, el trabajo, la salud. Y entonces
Me encantaría traer a los nietos, pero ¿qué van a hacer aquí? dijo de pronto. Cazar ranas y cavar en el huerto no es plan. Aquí no hay ni comodidades ni diversión.
Ana miró alrededor. Recordó sus veranos en el pueblo con su abuela. Para ella, hasta dar de comer a las gallinas era una aventura.
Buscaba gusanos para su abuelo cuando iba a pescar, tejía coronas de flores que, por algún motivo, enfurecían a su abuela.
¡Otra vez estas enredaderas! ¡No hay manera de librarse de ellas! se quejaba.
Ana no entendía por qué se enfadaba. Eran preciosas.
Cada día descubría algo nuevo. Se emocionaba si veía una mariposa rara. Lloraba cuando una mosca resultaba ser una abeja y le clavaba el aguijón.
Aquellos veranos en el pueblo fueron los mejores de su infancia. Y quería lo mismo para sus hijos.
Oye, ¿y si entre todos arreglamos esto poco a poco? propuso Ana.
¡Eso mismo iba a decir! exclamó Carmen. Mejor invertir aquí que en viajes caros.
A mí me da igual, pero los niños lo disfrutarán. No tenemos playa, pero al menos podrán bañarse en el lago. Los traeré todos los veranos.
Y así fue. Para finales de agosto, las ventanas estaban nuevas. Javier arregló la valla, Ana encontró muebles para los niños.
De segunda mano, pero en buen estado. Los niños pasaron agosto con Carmen y volvieron encantados.
¡Mamá, ¿podemos volver el año que viene?! ¡Recogimos caracoles, vimos un saltamontes y hasta una lagartija! gritaba el pequeño.
Claro sonrió Ana. Ayudaremos a la abuela, y el año que viene estará mejor.
Carmen asentía, orgullosa.
El año siguiente fue de gastos y esperas. Llegó el agua, renovaron el baño, pintaron las paredes.
Compraron un aire acondicionado para el calor. En el jardín, pusieron una pérgola, un arenero y una piscina desmontable.
Los niños no paraban de preguntar cuándo volverían.
¡Sois unos campeones! exclamó Carmen. Ahora los niños lo pasarán en grande.
Ana creyó que hacían algo juntos, como familia.
Pero su cuñada, Lucía, no movió un dedo. Solo apareció una vez, cuando faltaba arena para el arenero.
Todo ese esfuerzo les costó sudor y ahorros. Renunciaron a vacaciones, pensando en el futuro de sus hijos. ¿Y qué obtuvieron? «El año que viene».
Ana, indignada, llamó a su madre.
Vaya lío dijo esta tras escucharla. Carmen no ha estado fina. Técnicamente no ha incumplido nada, pero os ha tomado el pelo.
¡Todos nos lo creímos! Javier iba cada dos días. Los niños no paran de preguntar. ¿Qué les digo?
Pues hay alternativas. Alquilar una casita, por ejemplo. No es barato, pero menos que el mar.
¿Y quién los cuida? Trabajamos, y son muy pequeños para quedarse solos.
Yo me encargo ofreció su madre. El aire fresco me vendrá bien.
Al principio, Ana dudó. Pero en una semana encontraron una casita a las afueras.
Pequeña, pero acogedora, con un manzano en el jardín y paredes de madera que aún olían a resina. En el porche, una mesa vieja. En el patio, una barbacoa.
Solo faltaba lo mejor: la piscina y los columpios. Los mismos que habían comprado para la casa de Carmen.
¿Así que esto es lo que hacéis? gritó Carmen al ver a Javier desmontarlo todo. ¿Como no he podido llevarme a vuestros niños, les quitáis la diversión a los de Lucía?
Ana cruzó los brazos. Otros habrían esperado, o habrían dejado correr. Pero no ella.
Esta alegría la compré para mis hijos. Que Lucía compre la suya.
Carmen abrió la boca, pero no supo qué decir. Se limitó a apartar la mirada.
El mes siguiente voló. Ana y Javier visitaban a los niños los fines de semana.
Hacían barbacoas, escuchaban sus historias sobre bayas y paseos por el bosque. Los niños chapoteaban en la piscina, se dormían temprano, felices.
Una noche, sentada en el porche con su madre y Javier, Ana pensó que aquella







