CÓMO LLEGUÉ A ODIARLA… UN RELATO DE PASIONES Y DESENCUENTROS

Un papel ligeramente arrugado yacía en el cajón de su escritorio, junto a la carta de dimisión. Lo cogí, y algo me dijo que ese mensaje era para mí. De pronto, recordé un viejo juego de la infancia, cuando jugábamos a ser espías con los chicos del barrio. Usábamos zumo de limón o leche como tinta invisible, escribiendo mensajes secretos con palillos o bastoncillos. Después, al acercar el papel al fuego, las palabras aparecían mágicamente. Hasta habíamos hablado de eso alguna vez, ella y yo, de esos juegos inocentes.

Apenas pude esperar al descanso del mediodía. Corrí a casa y, como un chiquillo enamorado, con las manos temblorosas y el corazón acelerado, sostuve el papel sobre la llama de la cocina.

Y acerté. Como siempre. Era su carta. ¡Estaba tan loca como yo!

*”Si estás leyendo esto, es porque no me equivoqué escribió Lucía. Adivinaste qué hacer con este papel. Todo pudo ser diferente. Solo quiero decirte una cosa: al humillarme, destruiste todo lo que sentía por ti. Creo que incluso disfrutabas de tu crueldad. Quizá eso es todo lo que eres capaz de dar. Si alguna vez te hicieron daño, no significa que tengas derecho a burlarte de quienes no puedeno no quierendevolvértelo. ¿Crees que no podría haberte pagado con la misma moneda? Pero entonces no sería yo.”*

*”Puedes ganar una batalla y perder la guerra. No me busques. Adiós.”*

¿Por qué? me pregunto una y otra vez. ¿Por qué la odié de una manera tan terrible, intensa y desesperada?

Ella entró, y fue como si trajera consigo un rayo de sol, la luz de la luna, el aroma del mar y el sonido de las olas, todo en un solo instante. Los pájaros comenzaron a cantar melodías mágicas, como sacadas de un cuento. Las rosas, los claveles, los girasoles y las orquídeas florecieron de repente. No soy un hombre romántico, pero aquello lo sentí de verdad.

Me faltó el aire. El calor me abrasaba por dentro.

No diré que Lucía fuera una belleza, pero había algo en ella que me volvía loco, algo que ni siquiera puedo definir.

¿Creen que no he visto mujeres hermosas antes?

Se equivocan. No solo las he visto, sino que he conocido a muchas. Podría decirse que estaba saturado de ellas.

Tuve todo lo que quise y pude permitirme. Conocía bien a las mujeres. Rubias, morenas, pelirrojas. Aunque prefería a las morenas de pelo corto. Flores, bombones, perfumes, citas Lo tuve todo. Amé y me amaron. Me apasionaba con facilidad. Si me rechazaban, no me lamentaba; simplemente buscaba a otra más accesible.

Recuerdo mi primer amor. Una ruptura dolorosa. Sufrí mucho. Luego entendí que era más cómodo llevar las riendas que mendigar afecto.

Pero con ella con ella solo quería apoyar mi cabeza en sus rodillas cálidas, tocar su piel suave como seda, enredar mis dedos en sus rizos dorados, acariciar su cuello y su cintura, y respirarla, sin medida, sin tiempo, sin límites

Lucía era mi subordinada. No era la mejor empleada, pero siempre podía confiar en ella. Cumplía los plazos, incluso en los proyectos más difíciles.

A veces le gritaba, la observaba, disfrutando de mi poder. No sé por qué lo hacía. En esos momentos, se encogía, pareciendo frágil, y eso solo me incitaba a humillarla más, a verla aún más vulnerable. Pero nunca se rindió. ¡Si tan solo hubiera llorado! Habría sido mi victoria. Habría enjugado sus lágrimas, la habría consolado. Quizá entonces todo habría cambiado. Quizá yo habría cambiado.

Intenté llamar su atención de todas las formas posibles. Bombones, regalos, halagos. La miraba con una intensidad que, supuse, ella entendería.

Quería tocarla, no solo físicamente. Anhelaba leer sus pensamientos, sus deseos. Y casi lo logré: sabía que también sentía algo por mí.

Cuando estaba cerca, era como si me quemaran por dentro.

Una vez la abracé. Me apartó con firmeza, mirándome fijamente a los ojos.

¿Cómo se atrevió?

Era mi igual, pero me negaba a admitirlo. Temía reconocer que era mi mujer pero no lo era. Y eso me enfurecía.

Me fascinaba observarla en distintas situaciones, ver cómo resolvía problemas. Y siempre lo hacía.

Mis amigos se reían entre dientes, mirándome con complicidad, imaginando que ya la tenía en el bolsillo. Soñaban con conquistarla también. Eso me molestaba, porque no era cierto.

Era inalcanzable.

Delante de ella, hablaba por teléfono con otras mujeres, intentando provocar celos. Reía, coqueteaba, las invitaba a salir.

Pero ella ni siquiera me miraba. Solo guardaba silencio.

Estaba segurísimo de que también estaba loca por mí. Lo sentía en cada fibra de mi ser. ¡No podía ser indiferente! No solo lo creía, lo sabía.

Sabía que necesitaba ese trabajo, que no se iría, que aguantaría todo hasta que, al fin, cayera a mis pies. Y yo la colmaría de amor. ¡Lo deseaba con todas mis fuerzas!

Pero el orgullo no solo derriba muros infranqueables. Lo destruye todo a su paso.

El viernes no vino. Apagó el teléfono, bloqueó el correo. Sí, esa pícara no terminó el proyecto. ¡Me tendió una trampa!

La ninfa se esfumó en el aire, como una nube. Y era justo eso: una nube, lejana y cercana al mismo tiempo, casi al alcance de la mano

Pensé que eso no podía pasar.

¡Qué equivocado estaba!

Sí pasa

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