No sabes cocinar como mi madre” – dijo mi marido dejando el plato intacto

**Diario de un marido**

Ayer, al llegar a casa, el olor me golpeó nada más abrir la puerta. Algo quemado flotaba en el aire.

¿Carmen, qué es ese olor? pregunté, colgando mi chaqueta en el perchero.

Es el pollo al horno contestó ella desde la cocina, apagando rápidamente la vitrocerámica donde hervía un puchero de patatas. ¡En un momento está listo!

Entré en la cocina. Carmen se afanaba en el fregadero, enjuagando lechuga. El pelo despeinado, una mancha de harina en la mejilla, el delantal salpicado de algo anaranjado.

¿Qué tal el trabajo? preguntó sin mirarme. ¿Otra vez el jefe con exigencias?

No, hoy tranquilo. ¿Y tú? Asomé la cabeza al horno, donde el pollo chisporroteaba en un salsa dudosa. ¿De dónde sacaste esta receta?

De internet se secó las manos y abrió el horno. Pollo a la francesa, decía. Parecía sencillo.

Asentí en silencio y me fui a cambiarme. Ella siguió poniendo la mesa con el mantel blanco que reservaba para ocasiones. Cada día intentaba sorprenderme con algún plato nuevo, especias raras, presentaciones elaboradas. Quería alegrarme la vuelta del trabajo.

Siéntate, cariño me llamó cuando volví. Está todo listo.

Nos sentamos frente a frente. Ella apenas comió, solo unas patatas, mientras yo me servía pollo y ensalada. Corté un trozo, lo mastiqué. Mi cara no reveló nada, pero ella esperaba una reacción.

¿Está bueno? preguntó al fin.

Está bien dije sin levantar la vista.

¿Solo “bien”? Me esforcé mucho

Solté el tenedor.

No sabes cocinar como mi madre. Ella hacía de cada comida una celebración. Esto señalé el plato es solo comida.

Carmen bajó la mirada. Noté cómo tragaba saliva, conteniendo algo.

Estoy aprendiendo murmuró. Nadie nace sabiendo

Mi madre a tu edad ya alimentaba a cinco hijos dije, levantándome. Y nadie se quejó jamás.

Me retiré al salón, encendí la tele. Ella se quedó mirando su plato casi intacto. El pollo estaba seco, las patatas pasadas, la salsa rara. Pero ella lo había intentado.

Al rato, el ruido de los platos en el fregadero. La cena acabó en la basura.

Carmen, ¿harás té? grité desde el sofá.

Sí contestó con voz apagada.

Mientras hervía el agua, recordé a mi madre, Isabel. Cocina como los ángeles. Su cocido era legendario en la familia, las torrijas, una obra de arte. La primera vez que llevé a Carmen a casa, mi madre preparó tal banquete que nos dejó sin palabras.

A mi niño le encantan las croquetas caseras decía Isabel, amasando en un cuenco enorme. Los fines de semana le hago kilos, las congela y le duran semanas.

Carmen la observaba con admiración. Intentó imitarla en casa, pero sus croquetas parecían piedras.

Mamá, enséñame a cocinar como tú le rogó una vez.

Pero, hija, no hay ciencia se rio mi madre. Se cocina con cariño. Los ingredientes son lo de menos.

Pero el cariño no bastaba. La carne le quedaba cruda o carbonizada, el arroz pastoso, los postres no subían

El té dijo Carmen, dejando la taza frente a mí.

Gracias respondí sin apartar los ojos de la pantalla.

Ella se sentó a mi lado, pero no prestaba atención a la película. Mañana tendría que volver a la cocina, y otra vez escucharía que no era como lo de mamá.

Joaquín, ¿y si voy con tu madre? Que me enseñe a hacer su cocido.

Para qué dije. Tiene sus cosas.

No le importará. Me ayudaría.

Ya es mayor, no está para enseñar me encogí de hombros. Además, ella tiene don. Tú no.

Carmen calló. Al día siguiente compró un libro de cocina con fotos coloridas. Esa noche hizo un guiso.

Huele raro dije al entrar.

Es estofado de ternera. Lleva cocinándose desde esta mañana.

Probé. La carne estaba tierna, las verduras enteras no estaba mal.

Bueno dije. Pero mi madre lo hace distinto. Las zanahorias las corta en dados, no en tiras. Y la cebolla la echa con la carne, no aparte.

Pero ¿está rico?

Sí. Pero no es lo mismo.

Esa noche, mientras ella lavaba los platos, pensé en lo mucho que se esforzaba. Pero nunca sería suficiente.

**Lección aprendida:** A veces, el mayor error no es quemar el pollo, sino no ver el esfuerzo de quien lo cocina. Las comparaciones matan más que el azúcar. Y el sabor del amor no siempre sabe a lo de mamá.

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