En aquellos años, allá por el barrio de Chamberí en Madrid, un arrebato de celos lo empañó todo en una sola tarde. Recuerdo como si fuese hoy aquella discusión, allá en el rellano.
—¡Pero qué es lo que te permites, Luz María Gutiérrez! —La voz de Martina de la Fuente temblaba, llena de furia—. ¡Mi marido! ¡Mío! ¿Y tú, pendón desgraciada, crees que no veo cómo le buscas cada encuentro?
Luz María dio un respingo, dejando caer su costoso bolso al suelo de baldosas. En aquel pasillo de portal, el silencio se hizo tan denso que solo se oía el tic-tac del reloj junto al ascensor.
—Martina, ¿qué disparates dices? ¡Ni siquiera entiendo de qué hablas! —intentó justificarse Luz María, aunque su voz la traicionó con un temblor.
—¿Que no entiendes? —Martina agarró a la vecina por la manga de su abrigo—. ¿Y quién estuvo hablando media hora con mi Rodrigo, ahí mismo enfrente del portal, anoche? ¿Quién se asoma cada mañana al balcón cuando él sale al trabajo? ¿Crees que estoy ciega?
Luz María intentó zafarse, pero Martina mantenía un agarre firme. Eran casi de la misma edad, rozando ambas los cincuenta, pero Martina era más corpulenta.
—¡Suéltame ahora mismo! —bufó Luz María—. ¡Te has vuelto loca del todo! Rodrigo Fernández simplemente me saludaba como a cualquier vecina. ¿Qué tiene eso de malo?
—¿Saludar? —La sorna rezumaba en cada palabra de Martina—. ¡Se quedó prendado de ti cual escolar enamorado! ¡Y tú le sonreías como una adolescente bobalicona!
Entonces salió del ascensor la abuela Carmen del séptimo. Al ver a las mujeres alteradas, se fingió atareada en su bolso como buscando llaves, pero empapaba cada palabra. Eran escenas poco comunes en aquel edificio.
—Martina —intentó Luz María con tono más dulce—, entremos a mi casa, tomemos un té, hablemos tranquilas. ¿Para qué hacerlo aquí, enfrente de todos?
—¿Tranquilas? —chilló Martina—. ¡Te mato, te digo! ¡Veinte años juntos Rodrigo y yo, veinte! ¡Y tú llegas aquí con tus pelos teñidos creyendo que puedes llevarte a un marido ajeno!
Luz María enrojeció. Era cierto lo del tinte chapucero. Las canas asomaban de forma desigual en la raíz, y el pelo había quedado con un tono rojizo antinatural.
—¡Yo no me llevo a nadie! —La voz de Luz María se quebró—. ¡Estás enferma, Martina, enferma de la cabeza! ¡Tu Rodrigo no me interesa lo más mínimo!
Fue un error fatal. Al oír aquello sobre su marido, Martina perdió por completo los estribos. Empujó a Luz María con tanta fuerza que esta tropezó y cayó, golpeándose dolorosamente la espalda contra el radiador.
—¿Ah, que no te interesa? —gritaba Martina, agitando los brazos—. ¿Pues por qué te quedas mirando por la ventana cuando pasa? ¿Por qué te pintas para ir al mercado donde podría estar?
Luz María intentó levantarse, pero el dolor en la espalda era intenso. Le afloraron lágrimas de rabia.
—¡Porque soy una mujer, no un espantapájaros! —saltó ella—. ¡Y porque quiero estar presentable, no ir en bata vieja como algunas!
El golpe dio en el blanco. Martina sí había dejado de cuidarse desde que su hija se casó y se mudó a Bilbao, y Rodrigo trabajaba turnos dobles. La bata vieja era su único atuendo, el pelo en un moño descuidado, el maquillaje olvidado.
—¡Así que presentable! —susurró Martina entre dientes—. ¡Ahora veremos cómo te presentas!
Se abalanzó sobre Luz María todavía en el suelo y con un tirón brusco le agarró el pelo. Luz María chilló de dolor intentando agarrarle las manos a Martina.
—¡Chicas, chiquillas! —exclamó la abuela Carmen, abandonando su papel de espectadora—. ¡Pero qué hacéis! ¡Que sois vecinas! ¡Por las buenas, parad ya!
Pero ellas no la oían. Martina seguía zarandeando a Luz María por el pelo, que a su vez le arañaba brazos y cara. Se revolcaban por el suelo del portal como dos gatas furiosas, resoplando bajo el esfuerzo.
Justo entonces se abrió la puerta del piso de Martina y apareció el mismísimo Rodrigo Fernández. Vestía pantalón de chándal y camiseta, descalzo. El ruido debió despertarlo tras su turno de noche.
—¡Martina! —rugió—. ¿Qué estás haciendo?
Al ver a su marido, Martina titubeó un instante aflojando el agarre. Luz María aprovechó para apartarla de un empujón y levantarse. Tenía el pelo desgreñado, arañazos en la cara y el abrigo roto.
—¡Ahí está! —jadeó señalando a Rodrigo—. ¡Ahí está por quien tanto lío! ¡Tu esposa se piensa que te estoy siguiendo!
Rodrigo miró desconcertado a su mujer, luego a la vecina, luego a la abuela Carmen, paralizada y con los ojos como platos.
—No entiendo nada —murmuró—. Martina, ¿qué ha pasado?
Martina se levantaba con lentidad del suelo. Su cara estaba roja, también despeinada, con marcas de uñas en una mejilla.
—¡Como si no lo supieras! —le espetó ronca—. ¡Anoche diste la tabarra con ella! ¿Te crees que no lo vi?
—¡Estábamos hablando de la comunidad! —replicó Rodrigo—. ¡La señora Luz María preguntaba cuánto pagamos de la cuota del ascensor!
—¡De la comunidad! —repitió Martina con sarcasmo—. ¡Claro! ¿Y por qué la miraba tan fijamente? ¿Por qué ella le sonreía como una cría?
—Martina —Rodrigo dio un paso hacia ella—, ¿se te ha ido la cabeza? ¿Qué mirada? ¡Apenas recuerdo esa charla!
—¡Que no lo recuerdas! —Martina soltó una risa amarga—
Martina soltó una risa amarga y Rodrigo comprendió, con el corazón pesado, que los celos de aquella tarde habían fracturado para siempre la frágil calma entre ellos tres, dejando las ruinas de lo que pudo ser para siempre bajo sus pies en aquel portal madrileño.






