El día no pintaba bien.
Antonio lo sabía, estos días pasan, pero aún así, todo le cansaba. Reflexionaba sobre su vida. ¿Qué había logrado? Pronto cumpliría cuarenta, había terminado el instituto, un ciclo formativo y hecho la mili. Tenía un piso, una esposa y dos niños, un coche viejo con el que iba a esa estúpida casa de campo donde solo había trabajo.
No era de los que se tumban con una cerveza sin hacer nada. Siempre había algo: cavar la tierra, escardar, podar las matas, cargar tierra con la carretilla, cortar el césped El tejado se hundía, la madera se pudría, la valla se caía.
El tranvía chirriaba y traqueteaba como una lata vieja mientras avanzaba por las vías. Antonio miraba por la ventana, viendo las farolas que se encendían, formando una cadena de luz en la oscuridad, y pensaba. Pensaba en su vida.
En teoría, lo tenía todo como cualquier otro: familia, trabajo, casa de campo, el adelanto de la nómina, los niños, los padres, los suegros Fútbol los fines de semana y cerveza después de la sauna en la casa de campo. Celebraciones, cumpleaños en familia Todo normal.
Pero de pronto, Antonio sintió que todo se había vuelto monótono, tranquilo, soso. Quería algo distinto, emoción, algo nuevo. Se dio cuenta: siempre había sido el tranquilo, el conveniente para todos. Como si hubiera seguido un camino marcado sin atreverse a desviarse nunca.
¿Y si pudiera empezar de nuevo?
De pronto, recordó a Lucía, su primer amor. Cómo paseaban de la mano, cómo soñaban, su primer beso aquellos besos que lo dejaban sin aliento. Se le humedecieron los ojos y los secó disimuladamente.
Podría haber sido diferente
Lucía Alegre, vivaracha, siempre con una sonrisa pícara. Cuánto había sufrido al separarse. Luego conoció a Marta, todo lo contrario: serena, segura. Con Marta, todo era maduro, sin bromas, tranquilo y ordenado.
¿Quieres llevarme a la cama? Pues después de la boda.
¿Me traes flores? ¿Las que robaste del jardín del ayuntamiento?
Tonto, podrían haberte visto, te multan y hasta te llaman la atención en la junta
Y así en todo.
Desde la boda, Marta llamaba a sus padres «madre» y «padre». Se adaptó rápido a la vida familiar, y sus padres la adoraban: inteligente, amable, sumisa, hacendosa.
Pero quizá él no quería eso. Quizá
Antonio se sumió en sus pensamientos.
No discutieron Él se acobardó entonces. No hizo ese paso decisivo, y ella, como si se hubiera esfumado. Luego supo que Lucía se había casado con otro.
El tranvía frenó en la parada, las puertas chirriaron. Un flujo de gente salió, otro entró, dispersándose por el vagón. Antonio se levantó y se abrió paso hacia atrás. Tres paradas más y bajaba. Hacía mucho que no usaba transporte público, estaba acostumbrado al coche, aunque fuera viejo.
Se volvió hacia la ventana cuando escuchó una voz familiar.
Antoñito, por favor, quédate quieto.
Se giró buscando a quien lo había dicho, pero no la veía. Gente cansada, agobiada, mirando al vacío o la oscuridad del cristal
Una mujer entrada en carnes agarraba con fuerza a un niño de unos diez años. El chiquillo no paraba de moverse, intentando contarle algo a su madre con emoción.
Mamá, ¿sabes que a Verónica?
Antonio, te pido que estés quieto.
Pero, mamá, quiero contarte
En casa.
No quiero en casa. Allí empezarás a cocinar, luego escucharás a Anita con sus novios, después a Pablo con sus rollos de la universidad. Luego hablarás con papá de su estúpida casa de campo ¿Y yo? ¿Por qué soy el pequeño y no el mayor? ¡Y encima con este nombre!
¿Qué dices? Tienes un nombre bonito.
Sí, claro. «Antonio, gorrión, montó a caballo, se estrelló contra un abedul y se quedó sin pantalones» Así me llaman. Mamá mamá
Hace mal en no escuchar a su hijo dijo una anciana con el pelo teñido de rojo y una boina escarlata. Cuando crezca y usted quiera hablar con él, ya no podrá.
¿Por qué? preguntó brusca la mujer.
Porque él no querrá.
La mujer resopló y miró a Antonio fugazmente. Sus miradas se cruzaron un instante antes de que ella se agachara hacia el niño.
Venga, cuéntame, pero bajito.
El niño empezó a hablar animado, y ella lo escuchó.
Y entonces Antonio lo entendió Era Lucía.
Claro, Lucía. ¿Cómo no la había reconocido?
Así era la vida que no vivió. Así podría haber sido.
Ese niño al que Lucía no quería escuchar podría haber sido suyo. Sus hijos mayores habrían acaparado la atención, y el pequeño quedaría relegado. Con él, hablaría de la estúpida casa de campo
Pero, pensándolo bien quizá con ella tampoco habría sido más feliz.
Ni siquiera lo había reconocido. Para ella, solo era otro pasajero.
De pronto, Antonio se sintió liviano. Su rutina con Marta y los niños ya no le parecía tan gris. La casa de campo era suya, y la quería. Con el suegro y el cuñado iban de pesca Sonrió. No, Marta siempre escuchaba a todos.
Su vida era buena, muy buena.
Pensó que el coche se había estropeado en el momento justo. La avería era poca cosa, la arreglarían entre amigos en dos tardes. Si no se hubiera roto, seguiría pensando que su vida no había salido bien.
Se acercó a la salida, se detuvo junto a Lucía y su hijo, y le susurró algo al niño. El pequeño se sorprendió, luego sonrió y hasta rio.
Antonio bajó en su parada y se fue a casa.
¿Qué te dijo? preguntó Lucía.
Ese señor me enseñó cómo contestarle al que me llama gorrión.
¿Cómo?
«Si yo soy gorrión, tú eres estornino, gritas mucho pero no sirves de nada».
Siempre supo contestar con gracia.
¿Quién, mamá? ¿Ese señor? ¿Lo conoces?
No conozco a nadie, no digas tonterías.
Lucía se sentó en un asiento libre y acomodó a su hijo. Les quedaba mucho trayecto, casi hasta el final. Cada vez quedaba menos gente Su marido no había podido recogerlos hoy. Bueno, tal vez era mejor Últimamente estaba irritable, descontenta con todo.
Empezó a pensar que su vida podría haber sido distinta.
Si no hubiera conocido a Miguel y hubiera esperado la propuesta de Antonio Las cosas serían diferentes. Y el destino les había cruzado hoy.
Un hombre corriente, de unos cuarenta años, con algo de barriga y entradas, volviendo a casa tras un día duro de trabajo.
Todo el encanto, todo el brillo, se había esfumado.
Antoñito ¿hacemos un pastel hoy?
¡Sí, mamá! ¿Uno de zebra?
Vale, de zebra.
¡Bieeeen!
Shhh, no grites
Su marido había querido llamar Antonio al niño, como su abuelo favorito. A Lucía no le importó. Era un nombre bonito.
Antonio entró en una floristería cerca de casa. Estaban cerrando, solo quedaban tres claveles blancos en el escaparate.
¿Cuánto?
¿Eh? la dependienta, cansada y malhumorada, lo miró.
¿Cuánto valen las flores?
No hay flores, ¿no ves? Se acabaron.
¿Y estos?
Ah, llévatelos.
No puedo así toma, un euro al menos.
Qué cosas tienes toma, espera, te las envuelvo.
No hace falta.
En casa, le tendió los claveles a Marta. En vez de regañarlo por gastar, como siempre, esta vez sonrió en silencio.
¿Y esto?
Nada Marta, hoy solo quería hacerte un detalle.
Esa noche, tumbado en el sofá, escuchó a Marta hablar por teléfono en el recibidor, con la puerta entreabierta.
El mío hoy me ha traído flores comentó como si nada. No ha hecho nada malo Siempre ha sido así, un romántico
La vida enseña que, a veces, lo que creemos perdido nunca fue nuestro, y lo que tenemos vale más de lo que imaginamos.






