Elisa permanecía sentada ante la mesa de la cocina, mirando la oscuridad tras la ventana. ¿Esperaba ver algo? ¿A Javier? Eran casi las once y no había llegado. Si fumara, daría una profunda calada. Quizá debería probarlo alguna vez.
¿Cuánto podía fingir que no pasaba nada? ¿O la subestimaba tanto que creía que aún tragaba con lo de “me quedo trabajando”? Su trabajo no justificaba madrugones. Lo esperaría y le preguntaría.
Una tarde tomó un taxi hacia su oficina. Decidió llevarle la cena. Los ventanales del edificio estaban a oscuras, solo iluminado el recibidor. Presionó el timbre repetidamente hasta que un guardia, adormilado, se acercó a la puerta acristalada. Hizo gestos molestos para que se fuera.
– “¡Mi marido dijo que estaba aquí trabajando! ¡Le traigo la cena!”, gritó Elisa, alzando la bolsa con el táper para demostrarlo. El grueso cristal amortiguaba las voces.
– “¡Aquí no hay nadie! No está permitido. Largo, o llamo a la policía”, replicó el guardia, un abuelito.
– “¿Que el marido está trabajando?”, preguntó el taxista cuando Elisa subió de nuevo.
– “Sí, eso dijo”, afirmó ella.
– “Todos dicen lo mismo”, soltó él con una risita.
Elisa volvió la cabeza y lo miró con tal intensidad que borró su sonrisa al instante.
– “Perdone. Hombres como usted no abandonan a madres coraje como usted”, dijo.
Era un piropo dudoso, pero aun así le reconfortó.
Javier llegó diez minutos después de ella. No le preguntó nada. Le daba vergüenza su rensalida a la oficina. Pero al día siguiente, él volvió del trabajo más serio que un entierro y armó un escándalo.
– “¿Qué pretendías? ¿Vigilarme? ¿No confías? ¿A qué fue lo de ayer? Me has puesto en evidencia. Quedé como un mocoso delante del jefe, incapaz de controlar a mi mujer. Todo el departamento se burla. ¡Ni un paso más hacia la oficina, está claro?”
– “¿Y qué esperas que haga? Llegas tarde cada día. ¿Me engañas?”
– “¡Acabaré haciéndolo si no dejas de acosarme! Soy un hombre. ¿No puedo relajarme con mis colegas? No soy un crío para darte explicaciones…”, vociferó. “¡Y no llames a nadie preguntando por mí!”
Acabó sintiéndose culpable. Durante un tiempo, él llegó puntual. Pero ahora otra vez… “Es insoportable. Le quiero, me preocupo cuando no viene. Estoy agotada de esperar. Si no dice por qué, es que oculta algo. La incertidumbre es peor que la verdad más amarga…”
Hubo un tiempo en que se amaban, se devoraban con la mirada, contaban las horas hasta verse. Javier ahuyentaba a cualquier chico que se acercara. Literalmente la llevaba en brazos. ¿Adiós a todo? Solo habían pasado once años…
“¿Por qué dejaré a Pablo con mamá todo el verano? Con él aquí, Javier no se pasaría así. Además, me haría compañía. Pero, ¿qué iba a hacer todo julio y agosto en la ciudad asfixiante? Allí, monte, aire puro, el río, la huerta con fruta fresca…”
La llave giró en la cerradura. Elisa saltó del taburete, dispuesta a salir, pero se contuvo y volvió a sentarse.
Javier se quitó la chaqueta, vio la luz y entró en la cocina. Se quedó en el marco de la puerta observándola como a un mosquito molesto: irritante, pero imbatible.
– “¿Otra vez trabajando hasta tarde? Deberían pagarte el doble por tanto… ¿entusiasmo?”. Elisa sostuvo su mirada sin vacilar.
***
Javier
Javier observó a su mujer. “Sigue igual de guapa que antes. Un poco más de curva, pero le sienta bien. Solo la mirada… apagada. Mis colegas envidian mi suerte con ella. Pero hace tiempo que ni siento su belleza, ni me atrae como antaño. Sin embargo, otras mujeres, menos atractivas, sí lo logran. Me gusta que otros se vuelvan a mirarla, solo eso. Vaya, pregunta y espera otra mentira. ¿De verdad confía? ¿Teme saber la verdad? Quizá sea mejor decir todo… ¿Pero qué decir? El director tiene una nueva adjunta, un hueso duro de roer. Apostamos quién la conquistaría. A otros se les pasó. Pero a mí… me picó el gusanillo”.
Antes ya hubo mujeres. Bastaba su interés para que cayesen. La naturaleza le dio estatura, porte, encanto y un rostro agraciado. Ejercitaba músculos en el gimnasio. No le costaba seducirlas. Obtuvo lo deseado y siguió adelante. Pero con Claudia fue distinto. Nadie la abordaba, ni él. Cuestión de orgullo, debía conseguirla.
Un día, un pinchazo en su coche, nada más salir del aparcamiento de la oficina. Él apareció en el momento exacto. Paró, se ofreció. Ella no puso pegas.
Cambió la rueda y aceptó llevar la pinchada al taller. Acabó sucio. Ella le invitó a limpiarse en su casa, cerca del trabajo.
Un piso pequeño y
Pero ahora, al volante dirigiéndose al pueblo de sus suegros, solo anhelaba la mirada perdonavera de Elisa, pues esa esperanza le brindó un alivio silencioso.







