El dilema de convertirse en madrastra: Liza evade el matrimonio con un viudo.

El miedo a ser madrastra: Lucía huye de casarse con un viudo.
La madrastra veía claro que Lucía no quería desposar al viudo, no porque tuviera una hijita, ni porque él fuera mayor, sino porque le daba pavor. Su mirada gélida traspasaba hasta el fondo del alma, y el corazón de Lucía latía con fuerza, como queriendo escudarse de aquellas flechas que le disparaban los ojos del hombre. Ella mantenía la vista baja, clavada en el suelo, sin atreverse a alzarla, y cuando lo hacía, todos notaban que sus ojos estaban empapados de lágrimas.
Y esas lágrimas rodaban, como una avalancha, por sus mejillas teñidas de vergüenza. Las manos le temblaban, los puñitos apretados buscando defenderse de la madrastra y del pretendiente que esta le imponía. La lengua, traidora y maldita, pronunció: “Me casaré.”
Pues queda dicho. ¡No es pecado ir a una casa así, con un hombre así! Con su primera esposa se portó como con una dama de la corte, era blanda como la cera, frágil, delgada, siempre enferma y tosiendo. Caminaban él tres pasos, ella uno. Se paraba a respirar como una locomotora, y él la abrazaba, la calmaba, sin protestar como tu padre, ese loco.
Cuando estuvo embarazada, casi nadie la vio andar. Siempre en la cama, y después del parto, él mismo se levantaba de noche con la niña, mientras ella se consumía. Así lo contaba su suegra.
¡Pero tú estás sana como una manzana! Te sentará en el rincón rojo. Eres lista, sabes de todo: segar, hilar, tejer. Sería un pecado casarte con un muchacho, todavía sin carácter, sin haber mostrado sus tonterías, pero este hombre es claro, lo conocemos bien. ¡Qué suerte tienes!
Echaré a las criadas más fuertes, haremos una cena, y al viudo no le hacen falta bodas, que no molestaremos a la difunta con bailes. Ni siquiera ordenó recoger el ajuar, dijo que la casa ya tenía de todo.
Alfonso se casó con su primera mujer por amor, sabiendo que Rosario era enfermiza, delicada, pero su madre le decía que era un hombre guapo, fuerte, que necesitaba una mujer, no una niña. Pero ni la gente ni su propia razón lo convencieron: solo quería a Rosario, y punto.
En el pueblo corrían rumores de que lo había hechizado, porque solo un hombre embrujado, que no hubiera vivido, decidiría convertir su vida en un hospital, en dolor y sufrimiento. Los médicos decían que los pulmones de Rosario eran débiles, que cualquier resfriado se convertía en neumonía, en asma, y quién sabe si en algo peor.
Alfonso creyó que su amor ahuyentaría a la muerte de su esposa, que la curaría, la cuidaría, y la enfermedad se iría. Al principio, tras la boda, todo fue perfecto. Los recién casados, felices, no cabían en sí de gozo.
Luego, cuando Rosario quedó encinta, fue como si su cuerpo se desmoronara. La debilidad constante, los mareos, el sueño, la hicieron tan frágil que no podía lavar, ordeñar las vacas, ni siquiera peinar su hermosa melena.
Los médicos decían que era el embarazo, que tras el parto se fortalecería. Alfonso cuidó de su mujer sin quejas. Su madre, día y noche, lo reprendía por haber llevado a casa un problema, no una mujer de provecho. Él defendió a su esposa como un águila hambrienta su nido, y pidió a su madre que no volviera.
Rosario dio a luz a una niña, y Alfonso esperó que la fuerza y la alegría volvieran a la familia. Y sí, la felicidad regresó, pero por poco. Un resfriado bastó para que Rosario nunca se recuperara del todo y se desvaneciera ante sus ojos.
La llevaron al hospital, pero el médico fue directo:
Sus pulmones no aguantarán.
Lo dijo sin rodeos, como en el pueblo. Rosario supo que le quedaba poco. Al principio, aguantó y no lo mostró. Una sonrisa forzada, más parecida a una mueca de dolor, mientras sus ojos delataban el miedo y la angustia por el mañana, por su hija.
Su mirada parecía despedirse, pidiendo que la recordaran alegre, feliz. Su delgadez, con las costillas marcadas, el pecho hundido, los dedos como ramitas secas, los hombros caídos, todo hablaba sin palabras: la muerte rondaba, esperando su último suspiro.
Sintiendo su final, Rosario pidió a su esposo un último deseo.
Nadie ha logrado cambiar los planes de Dios. Nuestro amor ya no puede luchar contra la muerte, no hay fuerzas, no aguanto más. Perdóname a ti y a nuestra hija. Nací para sufrir, y os he condenado a sufrir conmigo.
Alfonso tomó sus manos ardientes y las besó. Por su respiración entrecortada, supo que se apresuraba a decir algo importante. Sintió que solo le quedaban minutos.
Habló de su amor por ellos, de su preocupación por la niña, habló entre jadeos, respiró hondo y dijo con calma:
Cásate con Lucía. Será una buena esposa, tú eres un buen hombre, un buen padre, y ella será una buena madre. Ha sufrido tanto como yo, con madrastras, con padres crueles. Su vida me conmueve, y mi madre es amiga de su familia. Tiene ojos de halcón, lo ve todo antes de que pase.
Lucía es cariñosa, trabajadora, paciente, no hará daño a nuestra hija, y te amará. Trátala como me trataste a mí. Compórtate con ella como si yo estuviera a su lado en su ropa. Perdóname por decirlo, pero no solo mis pulmones están oscuros, mi alma también, por el dolor de dejar a nuestra hija. Tu destino lo decide Dios, como tú decidas, así será. Pero recuerda: no hagas sufrir a nuestra hija, o te maldeciré desde el más allá.
Sus últimas palabras las pronunció despacio, con firmeza. Y con sus últimas fuerzas, apretó la mano de su esposo.
Alfonso rompió a llorar, las lágrimas nublaron el rostro de su esposa. Por su respiración, supo que se iba. Su rostro angelical, con una sonrisa en los labios, miraba a un punto fijo. Su mano seguía apretando la suya.
La besó de la cabeza a los pies, susurrando promesas de cumplir su voluntad. Por eso, apenas un año después de su muerte, fue a pedir la mano de Lucía.
La suegra de Alfonso preparó todo, pues también quería una buena madre para su nieta. Ella misma, enferma y temiendo no vivir mucho, deseaba que nieta y yerno arreglaran sus vidas.
Ella, mejor que nadie, sabía por lo que había pasado su querido yerno, y por cómo trató a su hija, estaba dispuesta a besarle los pies y rogar a Dios por su felicidad.
Las palabras de compromiso brillaron como luz entre la niebla. Viendo lo difícil que era para su hija crecer sin el amor de una madre, y para él sin una esposa, decidió cumplir el deseo de su mujer. Desde antes, observó a Lucía y notó que era dulce, obediente, hermosa, incluso parecida a su esposa. La misma melena, la misma sonrisa, el mismo andar.
A veces, le entraban ganas de abrazarla fuerte, muy fuerte, y quedarse callado un minuto, recordando el rostro de su esposa. Lucía misma no sabía por qué aceptó casarse con Alfonso. Quizá estaba harta de ser la criada de su madrastra, de defender a su padre borracho de sus acusaciones, de las burlas de sus hermanastras, o tal

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El dilema de convertirse en madrastra: Liza evade el matrimonio con un viudo.
Vaya recibimiento, papá, te están esperando. ¿Y para qué necesitabas ese balneario, teniendo en casa un «todo incluido»? Cuando Dimitri le entregó las llaves de su piso, Eva supo que había conquistado su Bastilla. Ningún Di Caprio había esperado tanto el Óscar como Eva aguardó a su Dimitri, y además con refugio propio. Desencantada, a sus treinta y cinco años, Eva lanzaba cada vez más miradas cómplices a los gatos de la calle y a los escaparates de “Todo para manualidades”. Y entonces aparece él: soltero, tras malgastar su juventud en la carrera profesional, la comida sana, el gimnasio y otras trivialidades como buscarse a sí mismo en este mundo… y además sin hijos. Eva llevaba soñando con ese regalo desde los veinte, y al parecer, en el cielo por fin se dieron cuenta de que no hablaba en broma. —Este es mi último viaje de negocios del año, y luego estaré sólo para ti —le dijo Dimitri, entregándole las codiciadas llaves—. No te asustes de mi guarida, normalmente sólo vengo para dormir —añadió, antes de volar a otro huso horario todo el fin de semana. Eva cogió el cepillo de dientes, la crema y se fue a ver qué clase de guarida era aquella. Los problemas empezaron ya en la entrada. Dimitri avisó que la cerradura a veces se atrancaba, pero Eva nunca pensó que tanto. Estuvo nada menos que cuarenta minutos a la carga: empujando, tirando, introduciendo la llave del todo, haciendo palanca con educación, pero la puerta se negaba a ceder ante su nueva inquilina. Entonces decidió atacar psicológicamente, como le enseñaron en el colegio sus compañeros tras los garajes. La vecina abrió la puerta, alarmada por el escándalo. —¿Por qué está forzando una puerta ajena? —le preguntó, con voz de preocupación. —No estoy forzando, tengo las llaves —replicó Eva, sudando a mares. —¿Y quién es usted?, que no la había visto antes —siguió indagando la vecina. —¡Soy su novia! —exclamó Eva, que se plantó desafiante en el marco, manos en la cintura. Sólo vio una rendija desde la que la mujer le respondía. —¿Usted? —La vecina se mostró asombrada. —Sí, ¿algún problema? —No, ninguno. Sólo que jamás ha traído a nadie aquí –(en ese momento Eva sintió más cariño aún por Dimitri)– y ahora aparece usted así… —¿Así como? —Bueno, no es asunto mío. Disculpe —cerró la puerta la vecina. Eva comprendió que o abría ella, o se quedaba fuera; metió la llave y la giró con todas sus ganas de entrar en aquel refugio, al borde de arrancar el marco. La puerta cedió. Todo el universo interior de Dimitri apareció ante ella, y a Eva se le heló el alma. Se entiende que un joven soltero tienda al ascetismo, pero aquello parecía una celda monástica. —Ay pobre, tu corazón hace tiempo que olvidó —o quizás nunca supo— lo que es el calor del hogar —susurró Eva, mientras repasaba el modesto apartamento donde iba a pasar cada vez más tiempo. Por otro lado, respiró aliviada. La vecina no mentía: ninguna mano femenina había tocado esas paredes, ese suelo, esa cocina y esas ventanas grises. Eva era la primera. No pudiendo aguantar, se calzó y salió corriendo a comprar una cortina bonita, una alfombrilla para el baño, agarradores y paños de cocina. En la tienda, se le vino encima… junto a la alfombrilla y la cortina se sumaron ambientadores, jabones artesanales, y prácticas cajas para cosméticos. «Añadir estos detalles a casa ajena no es ningún atrevimiento» —se repetía Eva, uniendo una segunda cesta a la primera. La cerradura ya no se resistía. De hecho, dejó de funcionar, como un portero de hockey que olvida ponerse la máscara antes del partido. Al comprender el destrozo, Eva, con ayuda de los cuchillos de cocina, desmontó la vieja cerradura hasta la medianoche, y por la mañana salió a comprar una nueva. Los cuchillos, claro, también necesitaban cambio. Como los tenedores, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Y las cortinas, ya puestos. El domingo, a mediodía, llamó Dimitri diciendo que la reunión se alargaría unos días más. —Me alegraré si le das un poco de calor y comodidad a mi piso —sonrió por teléfono, cuando Eva le confesó que había tomado algunas libertades con la decoración. El confort ya había llegado en camiones, y lo distribuía Eva con planos y documentación técnica. Todos esos años acumulados en el interior de una mujer sola, y ahora que tenía vía libre, era imposible parar. Al regreso de Dimitri sólo quedaba en el piso una araña junto a la ventilación. Eva pensó en echarla, pero al ver sus ocho ojos aturdidos por los cambios, decidió dejar al pobre animal, símbolo de respeto por lo ajeno. A partir de entonces la casa de Dimitri parecía la de alguien felizmente casado desde hace ocho años, después desencantado y, por último, feliz de nuevo, pero ya a su manera. Eva no sólo transformó el piso, sino que logró que todo el portal supiera que era la nueva dueña y que cualquier asunto podría dirigírsele a ella. Todavía no llevaba alianza, pero eso era mera cuestión de tiempo. Al principio, los vecinos recelaron, y después sólo se encogían de hombros: «Como diga, nos da igual, es cosa suya». *** El día del regreso de Dimitri, Eva preparó una cena especial, embutió sus aún firmes encantos en un vestido elegante y algo atrevido, dispuso velitas por la casa y, tras atenuar las luces nuevas, se puso a esperar. Dimitri tardaba. Cuando Eva notó que el vestido le apretaba justo en la zona por la que llevaba meses sudando en el gimnasio, oyó una llave en la cerradura. —Es nueva, sólo empújala, está abierta –respondió Eva, un poco nerviosa pero insinuante. El juicio ajeno no le preocupaba; había hecho tan buen trabajo en el piso, que todo se le perdonaría. Justo cuando la puerta se abrió, Eva recibió un SMS de Dimitri: «¿Dónde estás? Yo en casa. Todo como siempre, ni rastro de maquillaje por todas partes, como me advertían mis amigos». Eso, sin embargo, lo leyó Eva mucho después. Porque en ese momento entraron cinco desconocidos: dos jóvenes, dos niños y un anciano, que al ver a Eva, se irguió y se arregló lo que quedaba de pelo. —Vaya recibimiento, papá, así da gusto. ¿Para qué quieres irte al balneario con todo incluido aquí en casa? —dijo el joven, recibiendo un codazo de su mujer por mirar mucho. Eva se quedó paralizada en el quicio, dos copas en las manos, sin poder moverse. Quiso gritar, pero la parálisis se lo impedía. En la esquina, la araña soltó una risita jubilosa. —Disculpe, ¿quién es usted? —chisporroteó Eva. —El dueño del refugio. ¿Usted viene de la consulta, a hacerme la cura? Dije que me las arreglo solo —contestó el anciano, fijándose en el uniforme de enfermera de Eva. —Mmm, sí, Adam Mateo, aquí reina el confort y la bendición —intervino la esposa del joven—. Esto ya es otra cosa, antes vivíais como en un panteón. ¿Y usted, cómo se llama? ¿No es mayor nuestro Adam Mateo para usted? Bueno, aunque hombre serio, con casa propia… —E-ev-a… —¡Vaya! Adam Mateo, sí que sabe escoger gente, nada que objetar. El abuelo, por sus ojos brillantes, parecía encantado con el giro de los acontecimientos. —¿Dónde está Dimitri? —susurró Eva. De los nervios, se bebió de un trago las dos copas. Saber más —¡Yo soy Dimitri! —gritó contento el niño de unos ocho años. —Espera, aún no es momento —corrigió su madre, mandando a los pequeños y a su marido al coche. —Pe-perdón, creo que me equivoqué de piso —reaccionó por fin Eva, recordando el calvario con la cerradura—. ¿Esto es la calle Malva, dieciocho, piso veintiséis? —No, es la calle Bucovina, dieciocho —respondió el abuelo, listo para desempaquetar su regalo inesperado. —Claro, —suspiró Eva—, me equivoqué. Pues sírvanse a gusto, yo me retiro un momento, tengo que hacer una llamada. Agarró el móvil y se encerró en el baño, rodeada de toallas. Allí leyó el SMS de Dimitri. «Dimitri, enseguida voy, sólo me he entretenido en la tienda», tecleó Eva. «Perfecto, te espero. Si puedes, trae una botella de tinto», dejó grabado Dimitri. Eva pensaba llevar el tinto, pero ya lo llevaba dentro. Agarró la alfombra, la cortina, esperó a que los huéspedes fueran a la cocina y salió disparada del baño. Recogió todo de prisa en una bolsa y se largó del piso. *** —Ya te lo contaré luego —se justificó Eva, cuando el joven le abrió la puerta. Aturdida, pasó de largo y fue directa al baño, puso la cortina y la alfombrilla, y luego cayó rendida en el sofá hasta que se le pasó el susto y el tinto. Al despertar, un joven desconocido la esperaba, pidiendo explicaciones. —¿Me puede decir, qué dirección es esta…? —Es Butova, dieciocho.