La Casamentera
A doña Encarna se le encogió el corazón y llamó al médico a casa. No es que estuviera grave, pero necesitaba hablar con alguien. La doctora que llegó era nueva, nunca antes vista por doña Encarna: joven, delgada, con los ojos hinchados de tanto llorar. Del bolso asomaba un largo pepino.
Pase, pase invitó doña Encarna, señalando el salón.
La doctora, azorada, dejó el bolso con el pepino en el recibidor, se quitó las botas y entró. Doña Encarna jamás había visto a un médico descalzarse en casa de un paciente, así que al instante sintió simpatía y lástima por la joven.
¿El corazón? preguntó la doctora con dulzura, sentándose junto a la cama donde yacía doña Encarna.
Sí, el muy traidor confirmó esta. No para de latir. A veces en los talones, otras en las rodillas, hasta en los oídos y en sitios peores.
La doctora, con sus dedos finos, tomó el estetoscopio y auscultó a doña Encarna por delante y por detrás, frunciendo sus cejas depiladas y arrugando su nariz respingona.
Las rodillas apuntó doña Encarna. Ahí me late fuerte, ¿no las escucha?
La doctora negó con la cabeza, dejando claro que las rodillas no eran su competencia.
Arritmia dijo, y de pronto rompió a llorar con tal desconsuelo que doña Encarna se asustó.
¿Tan mal estoy? gaspéó, sintiendo su corazón acelerarse como un martillo neumático.
No es usted, soy yo sollozó la doctora. Usted con pastillas se pondrá bien, pero yo yo
Y entonces a doña Encarna se le iluminó el rostro. La oportunidad de conversar se presentaba tan clara que su corazón dejó de apretarle y de latir a lo loco.
¿Tu marido te ha hecho algo? preguntó con tono práctico, abrochándose la bata.
¡No tengo marido! lloró aún más la doctora. ¡Ese es el problema!
Ah, entonces te ha dejado el novio dedujo doña Encarna.
Le recetaré unas pastillas la doctora se secó las lágrimas con la bata y sacó una receta arrugada del bolsillo.
Déjate de pastillas la interrumpió doña Encarna. Vamos a la cocina, tomaremos té de tilo.
Estoy trabajando suspiró la doctora mientras garabateaba algo en la receta.
Y yo también replicó doña Encarna secamente, y se dirigió a la cocina a preparar la infusión.
La doctora entró arrastrando los pies, cabizbaja y desdichada, con el estetoscopio colgado de las orejas.
¡Quítate ese chisme de los oídos! le espetó doña Encarna, sacando mermelada, galletas y nubes de chocolate de la nevera.
La doctora sacó el estetoscopio y volvió a llorar.
Doña Encarna reparó entonces en lo joven que era: pecas en la nariz, manos ásperas y una mirada de desesperanza absoluta.
Venga, cuéntame ordenó con satisfacción, sentándose a la mesa.
Le he recetado pastillas ¡muy buenas! sollozó la chica de bata blanca.
¡No quiero pastillas! Cuéntame por qué lloras.
A-alergia al frío mintió la muchacha de manera poco convincente, y empezó a beber el té, quemándose.
Doña Encarna se levantó y miró el termómetro exterior.
Mala excusa, cariño. ¡Ya es primavera y hace diez grados!
¿Mala? se sorprendió la chica entre lágrimas. Bueno, entonces es cosa de los nervios.
Cogió una nube de chocolate y se la metió entera en la boca.
Aprovechando que no podía hablar, doña Encarna soltó:
Ahora soy yo la que diagnostica. Lloras porque tu novio te dejó por otra, ¿verdad?
¡Vedda! asintió la doctora con la boca llena, y una nueva oleada de lágrimas cayó en su té.
¡Ah! se alegró doña Encarna por su acierto. ¿Y esa otra es tu amiga?
¡Mi hemana! La doctora tragó la nube casi entera y, sin motivo, volvió a ponerse el estetoscopio.
¿¡Hermana de sangre!? se horrorizó doña Encarna, llevándose una mano al corazón, aunque este latía tranquilo y contento, anticipando más drama.
Medio hermana sollozó la doctora, bebiendo té con sus propias lágrimas. Pero casi como si fuera de sangre. Escuchó su propio corazón con el estetoscopio y se lo quitó. Yo también tengo arritmia anunció con tristeza. ¿Tiene valeriana?
¡Claro!
Doña Encarna se levantó y sacó del armario un brebaje cuya receta solo conocían ella, su abuela y un chamán siberiano. Aquel licor desataba las lenguas, mejoraba el ánimo y daba ganas de casarse.
Le sirvió un vasito a la doctora.
Esta lo bebió sin rechistar, se iluminó el rostro y, sin necesidad de más preguntas, contó su historia:
Yo quería a Pablo, Pablo me quería a mí, tres años de amor sincero. Pensábamos: cuando Pablo termine su tesis y consiga habitación en la residencia de posgrados, nos casamos. Tendríamos hijos, compraríamos un sofá nuevo, un coche a plazos Pablo investiga la fusión nuclear. ¡Ni un metal resiste su experimento! Su última esperanza era el wolframio, pero ni eso aguantó Si lo hubiera logrado, Pablo habría acabado la tesis y tendríamos habitación. Nos queríamos, íbamos al cine, nos besábamos en los portales, tomábamos café Todo normal. Yo curaba gente en mis ratos libres, Pablo buscaba un metal que resistiera su fusión. Y entonces ¡mi hermanastra llegó como un ciclón! ¡Preciosa! Estudia canto en el conservatorio. En cuanto Pablo la vio, olvidó su investigación. Se le fue la olla diciendo que cantaba como David Bisbal. Lo vi claro: amor a primera vista apasionado e irracional. A Lola le gustó que Pablo estuviera escribiendo la tesis. Dejó el conservatorio y se vino aquí, bajo el ala prometedora de la fusión nuclear. Quizá debí luchar por mi amor, por nuestra residencia, el sofá y el coche pero entre guardia y guardia, no pude.
Ayer, Pablo le pidió matrimonio a mi hermanastra. Ella dijo que sí, y yo casi me ahorco. Como dicen los físicos: ¡casi reviento el reactor de plasma! Ahora soy la tercera en discordia.
La doctora volvió a ponerse el estetoscopio y, con una sonrisa ausente, acabó toda la mermelada de frambuesa.
Doña Encarna se frotó las manos, feliz, y fue a por su portátil.
¡Vaya! La doctora se sorprendió tanto al ver a una anciana tan tecnológica que se quitó el estetoscopio. ¿Para qué es eso?
¡Vamos a buscarte un novio! Doña Encarna se puso las gafas, abrió el ordenador y tecleó con la agilidad de una hacker.
¡No, por favor! saltó la doctora. ¡Eso de buscar amor por internet no es lo mío!
Da igual cómo se busque refunfuñó doña Encarna, escudriñando la pantalla. Lo importante es encontrar. Mira: cuarenta y dos años, divorciado, sin hijos, trabaja en un banco, le gustan los viajes, las empanadas y los perros.
Que quiera a los perros sin mí rechazó la doctora sin mirar. ¡Les tengo miedo! No sé hacer empanadas y odio viajar. Además ¡cuarenta y dos años! Casi un jubilado.
Descartado asintió doña Encarna. Aquí otro: treinta y tres, soltero, ejecutivo, le gustan morenas, rubias y pelirrojas. Aficiones: el sexo. Cansado de rollos sin compromiso, busca una relación seria pero variada. No, este tampoco vale.
Oiga se indignó la doctora, ¿es usted casamentera? ¿De dónde saca a estos candidatos?
Sí, soy casamentera explicó doña Encarna. Profesional. Llevo dos semanas sin trabajo, por eso me duele el corazón. Crisis mundial, dicen. La gente ya no se casa, le da miedo comprometerse. Hasta las amantes las dejan para ahorrar. Y de pronto apareces tú: con tu amor fracasado, tu arritmia, tu alergia y tu estetoscopio. ¡Vamos, que el cielo te ha traído a mí!
Mire, yo no necesito
¿Cómo te llamas?
Sofía. Digo, Marina.
Pues tú, Sofía-Marina, tienes que darle una lección a ese físico idiota. ¡Sí o sí! Doña Encarna tecleó más rápido. ¡Ajá! Este parece el ideal. Busca una Marina: alta, con figura de modelo, ojos azules y hoyuelos. Nah, este no vale. Aquí otro: ¡veinticinco años, vive en Miami, hijo de millonario, con villa y yate! ¡Un bombón! Se frotó las manos, satisfecha.
La doctora miró la pantalla con recelo.
¡Puaj! gritó. ¡Pero si es feísimo! Parece un orangután.
¡Pero es millonario! se indignó doña Encarna. ¡Villa! ¡Yate! ¡Bombón! ¡Mejor que andar fundiendo metales!
No quiero un millonario se plantó la doctora. Si su padre muere, ese orangután vivirá a mi costa. Y no sé inglés, ¿cómo trabajo en Miami?
Doña Encarna la miró por encima de las gafas.
Nunca había tenido una cliente tan exigente dijo, moviendo la cabeza. Cualquiera se abalanzaría sobre un millonario.
La doctora se sonrojó, se sirvió otro trago del brebaje siberiano y propuso:
¿Puedo elegir yo?
No es lo habitual frunció el ceño doña Encarna. Es mi trabajo.
Anda, su trabajo es servir té y charlar se animó la doctora. Yo elijo. ¿Me pasa ese platito con bordes azules?
Doña Encarna le acercó el ordenador. Nunca había tenido una cliente tan caprichosa. Ni tan llorona.
La doctora no tardó mucho.
¡Este! exclamó a los cinco minutos, señalando la pantalla. ¡Este es!
¡Pero si es una broma, Sofía-Marina! se indignó doña Encarna. ¡Ese tipo está ahí de cachondeo!
No, es el que quiero se obstinó la doctora. Treinta años, soltero, pastor de renos. Y se llama Miguel.
¡Pastor de renos! saltó doña Encarna. ¡Pero si es lapón! ¡Vive en la tundra!
Mejor se plantó la doctora. O él, o nadie.
Bueno, Sofía-Marina doña Encarna se puso una mantilla, unas zapatillas y se dirigió a la puerta.
¿Adónde va? preguntó Sofía-Marina.
A buscar al pastor.
¿¡A la tundra!? se asombró la doctora.
Vive en el piso de al lado. ¡Es mi vecino!
¿Y el millonario de Miami también es su vecino?
No, es vecino de mi amiga que vive en Estados Unidos.
¡Espere! Era broma se agitó la doctora, y salió corriendo a por su bolso con el pepino.
Pero doña Encarna, más rápida, la encerró con llave.
¡Socorro! intentó gritar la doctora.
Ahora mismo te ayudo le aseguró doña Encarna.
Diez minutos después, volvió con Miguel, flores y champán.
La doctora lloraba junto a la ventana, escuchándose el corazón con el estetoscopio.
Miguel se presentó el pastor y le regaló un diamante lapón.
Marina bueno, Sofía O ratoncita, como prefieras musitó la doctora, examinando el diamante bajo la luz.
Prefiero ratoncita susurró Miguel. Me encantan los ratones blancos.
No puedo aceptarlo dijo la doctora, guardándolo en el bolsillo.
¡Tómalo! rogó Miguel. Tengo más.
Doña Encarna se sintió de más. Siempre sabía cuándo una pareja necesitaba intimidad.
¿Eres pastor o buscador de diamantes?
Pastor. Los diamantes los encuentra mi hermano.
Hermano murmuró la doctora. Dios, qué tonta soy. ¿Puedo revisarte la tiroides?
¿¡Para qué!? se asustó Miguel. ¡No tengo tiroides!
Dios, qué tonta ¿Cuándo vuelves a la tundra?
Cuando tú digas.
Soy una tonta rematada. Perdóname.
¿Quieres champán?
Quiero tirarme por la ventana.
Primero champán, luego nos tiramos propuso Miguel.
Doña Encarna salió sigilosamente. Al cerrar la puerta, oyó el descorche de la botella.
Afuera ya anochecía. El banco frente a su edificio estaba vacío.
Se sentó y escuchó su corazón. No le dolía, pero la invadió una curiosidad sana.
¿Qué pasaría entre Miguel y Sofía? ¿Funcionaría?
No tenía con quién comentarlo.
Había incluido a Miguel en su base de datos como broma. Él estudiaba Economía, vivía cerca de Laponia y, sobre todo, no quería casarse. Iba a casa de su tía en época de exámenes y era el favorito del vecindario, lleno de ancianas: arreglaba lo que no funcionaba, medía la presión o simplemente escuchaba sus historias, que eran infinitas.
Miguel reparaba lo irreparable, curaba lo incurable, hacía pronósticos económicos y, sobre todo, sabía conversar: largo, tranquilo y con interés, tras tres teteras de té. En verdad, doña Encarna no conocía a nadie mejor, pero Miguel era lapón, y en su opinión, solo una lapona le convenía. Lo incluyó en su base por puro divertimento: “¡Miren, hasta pastores de renos tengo!”. Miguel lo sabía y no le importaba, consciente de que entre sus clientas no habría laponas.
¡Y ahora esto! ¡Diamante, champán y ganas de tirarse juntos por la ventana!
Doña Encarna se acercó a su ventana y escuchó. Vivía en el primero.
A través de la ventana abierta se oían risas, brindis y animada conversación.
No se sorprendió. Miguel curaba lo incurable, reparaba lo irreparable y hacía pronósticos económicos. ¿Qué le costaba devolverle la alegría a una doctora deprimida?
Coser y cantar.
Miguel tenía ojos risueños, pómulos anchos, un alma generosa y dotes de chamán.
Doña Encarna sonrió, hizo la señal de la cruz hacia la ventana alegre y volvió al banco, donde encontró a doña Rosario del tercero, paseando a su caniche.
¡Al fin alguien con quien hablar!
¡Ese Miguel! ¡No era tan solterón! ¡Y al novio de la doctora lo dejó plantado! ¡Le regaló un diamante! ¡Y ella ya le hace ojitos! ¡Hasta dijo que quería tirarse por la ventana, y él le contestó: “¡Yo contigo, que es el primero!” ¡Y la llama ratoncita! se atragantó doña Encarna con las novedades.
¿¡La doctora nueva!? ¡No me digas! se entusiasmó doña Rosario, sacando un puñado de pipas.
Doña Encarna le contó con deleite los detalles de su dolencia cardíaca, la fusión nuclear y su fracaso. También lo del millonario y el capricho de la doctora, que eligió novio sin su ayuda.
Doña Rosario asentía, escupiendo las cáscaras en un cucurucho de periódico.
Ahora están brindando terminó doña Encarna.
Ya no. Se han bebido el champán y se tiran por la ventana dijo doña Rosario, señalando la ventana.
¡Ay, los encerré con llave! gritó doña Encarna. ¡Ahora mismo les abro!
¡Quieta! la agarró del brazo doña Rosario. Tus tortolitos ya encontraron salida. ¡Mira qué flacos son! ¡Pasan por la reja sin rozarse!
Efectivamente, la doctora trepaba por la reja. En la mano llevaba su bolso con el pepino. Bajó de un salto y gritó:
¡Venga, Miguel! ¡No es alto! ¡Sin paracaídas se sobrevive!
Miguel se deslizó como una anguila entre los barrotes y cayó sobre la doctora. Rodaron por el suelo, riendo y dándose golpecitos como niños.
Ahí va suspiró doña Rosario. La cosa se anima. ¿Cuánto les cobrarás, Encarna?
Que se casen primero refunfuñó. Luego ya veremos.
¡Oye! saltó la doctora. ¡Tengo una visita! ¡Un abuelo en el edificio de al lado se siente mal!
Vamos juntos propuso Miguel. Yo curo todo.
¡Qué dices! ¡Tiene una crisis hipertensiva!
¡Eso no existe!
¡Sí!
¡No!
¡Para los pastores no, pero la gente normal sí se enferma!
Tu abuelo tiene soledad y vejez. Eso no es enfermedad, es un estado. Se cura con té, un chupito, una partida de dominó y buena charla. Tú sola no puedes, voy contigo.
Abrazados, se alejaron.
¡Voy a llamar a don Matías para que no les abra! saltó doña Encarna. ¡Él también llama al médico cuando quiere conversar!
¿Por qué no te casas con don Matías y dejas en paz a médicos y lapones? preguntó doña Rosario.
¡Qué va! ¡Cásate tú!
A don Matías no le gustan los perros. Y tú eres seis meses más joven.
¡No lo quiero! ¡No es lapón! bufó doña Encarna, y se fue a casa.
Ahora todos quieren lapones suspiró doña Rosario. ¿De dónde los sacamos? ¡Solo hay uno en el barrio, y ya lo quieren todas!
Don Matías contestó al instante, como si esperara su llamada.
¡Ya están aquí! se rió al oír que no abriera a la doctora y al lapón. Sofía-Marina hace té en la cocina, Miguel y yo jugamos al mus.
¿¡Al mus!? se sorprendió doña Encarna. Qué versátil es Miguel
¡Pastor de renos! lo alabó don Matías.
Yo los junté se jactó doña Encarna.
¿En serio? se admiró don Matías. ¡Buen trabajo! ¿Cuánto les sacarás?
No sé. Que presenten primero la solicitud en el registro.
¿Quién se casa hoy en día? dijo don Matías. Todos viven en pareja sin papeles.
Ellos sí aseguró doña Encarna. Los pastores son formales.
Se oyó una risa lejana, y la voz de Miguel gritó: “¡Órdago!”
¡¿Órdago?! rugió don Matías, y colgó.
Doña Encarna se quedó otra vez sola con su ordenador.
El corazón ya no le dolía, y tampoco tenía ganas de hablar. Solo de tejer y ver una serie.
Una semana después, llamó la doctora.
¿Cómo se encuentra, doña Encarna? preguntó con dulzura.
Bien, gracias respondió con cautela, pensando cómo preguntar por Miguel.
Mi físico rompió con mi hermanastra soltó la doctora sin preámbulos.
Doña Encarna, presintiendo una crisis, se sentó hondo y se abanicó con el periódico.
¿Por eso no se veía a Miguel? Seguro que, despechado, había dejado los exámenes y volvía a Laponia
El físico vino arrastrándose. Dijo que al fin encontró un metal que aguanta su fusión: ¡él mismo! Resulta que le da igual mi hermanastra y solo me quiere a mí chilló la doctora, confirmando sus peores temores. Mi hermanastra se fue, y Pablo me sigue con flores.
Vaya suspiró doña Encarna, sintiendo que la crisis llegaba. Vaya
Pero le dije que su fusión me importaba un bledo se rio Sofía-Marina. Me voy a Laponia con Miguel dentro de un mes. De momento vivimos juntos.
¿¡Qué!? saltó doña Encarna. ¿¡A Laponia!? ¡Pero si hace frío!
Hace calor replicó la doctora. No sabe cuánto, doña Encarna.
Yo te ofrecí Miami se rio la casamentera. Y tú
Miami es para viejos y pobres. ¿Cuánto le debemos por el favor?
Un par de laponcitos rio doña Encarna, olvidando la crisis. ¡Los querré como nietos!
Moraleja: El amor verdadero llega cuando menos lo buscas, y a veces, en el lugar más inesperado. La felicidad no entiende de planes ni de lógica, solo de corazones sinceros.







