12 de noviembre de 2023
Hoy me he sentido como si hubiera perdido a alguien muy cercano. No es literal, pero al ver cómo está mi casa, cómo mira mi mujer todo como si no fuera suficiente… ¡Ay, Cielo! ¿Cómo ha llegado esto a pasar?
Marina se levantó temprano como de costumbre, pero hoy no fue su habitual sonrisa al saludarme. Esta vez, su mirada era tensa, como si llevara una agenda oculta. Me explicó que Lucía y su marido vendrían el fin de semana, y que mis padres también pensaban visitarnos. Incluso Carlota, nuestra vecina y amiga de la infancia, nos visitaría con sus hijos.
— ¿Y qué hay de malo en recibirlos así como estamos? — pregunté con cierta ingenuidad.
— ¿Qué hay de malo? — repitió con una mirada que casi me heló. — El cuarto de baño necesita pintura, el suelo del recibidor está desgastado, y el frigorífico… ¡es un milagro que aún funcione! ¿Cómo voy a recibir a tantos invitados así?
Me quedé observándole las manos, que se movían como si fuera una artesana tejiendo su enojo. Nunca la había visto así, tan… formal. En Madrid, donde vivimos, se suele decir: “Casa limpia y corazón contento”, pero hoy parecía que en lugar de un hogar, buscábamos un hotel de lujo.
Recuerdo que hace años compartíamos risas mientras cocinábamos unas sencillas tortillas de patata. Era feliz, nos sentíamos bien. Trabajo como profesor en el Colegio Mayor de la Villa, cobra bien, y ella es secretaria en una empresa de publicidad. Tengo buenos ahorros y una pensión decente. ¿Por qué repente todo se ha vuelto tan… material?
— Escucha, Marimán — le dije con suavidad, usando el diminutivo que tanto le gusta. — Nuestra vida no es mala, ¿verdad?
— No es mala, pero… — tragó saliva—, Carlota vive en una casa con vistas al Retiro, tiene un coche nuevo y siempre habla de sus vacaciones en Canarias. ¿Y nosotros? ¿Qué tenemos más que esta casa? ¡Hemos estado treinta años juntos como si aún fuéramos estudiantes!
Sentí un nudo en el estómago. Pensaba que compartiamos las mismas metas, los mismos valores. Tal vez me equivoqué. La vi hojeando catálogos sin parar, señalando papeles y suelos caros. Compramos todo: la cocina, el recibidor, hasta la cama. El frigorífico nuevo, brillante y futuro, me recordó una escena de *El rey león*.
— Cariño, ¿no crees que estábamos mejor con lo que teníamos? — intenté razonar.
— ¡Tú no entiendes! — me contestó con una mirada triste. — Mi madre y mi hermana siempre comparan. “¿Tú qué tienes, hija?”, me dice por teléfono. Me siento como si estuviera en un concurso de casas.
Esa noche cenamos entre olores nuevos, entre那人 de mármol,那人 de lujo. Los invitados vinieron, felices con la decoración, pero pronto surgió un nuevo problema. Carlota, de instinto maternal, tiró salsa encima de la nueva mesa.
— ¡La limpiaré mañana! — gritó Marina, y aunque sus palabras eran de preocupación, noté cómo una parte de ella se despedazaba.
Hoy, al recoger las últimas cajas de embalaje, miré el reloj. El tiempo para sentirme triste no me sobra. Debo pensar en el futuro. Pero sobre todo, debo aprender a ver el presente con los ojos de antes, cuando nuestra felicidad no dependía de lo que poseyéramos, sino de lo que compartíamos.
Mañana, iré a la plaza mayor y compraré un ramo de rosas. Le recordaré a Marina que inspirarnos con belleza puede ser tan sencillo como olvidarnos de la perfección.







