… Hay que dar a luz lo antes posible, – exclamó la abuela María, bajando las piernas de la cama.

¡Hay que dar a luz cuanto antes! exclamó la abuela María, bajando los pies de la cama.

A María le había llegado el ochenta y siete, y hacía tiempo que había olvidado cómo se sentía ser joven, pero el nieto y el bisnieto la incitaban a seguir adelante, a veces dándole una palmada con el bastón:

Si te quedas con el calcetín azul, vas a recordar a la abuela cuando ya sea demasiado tarde.

Ahora la abuela María se entristeció, dejó de levantarse de la cama y empezó a refunfuñar contra todos los de la casa:

¿Qué, que los escorpiones los haya criado yo para que duerman hasta el mediodía? gruñía, mientras en la cocina se oían cacerolas chocando a las siete y media de la mañana.

La familia se alarmó.

Abuela preguntó la bisnieta de cinco años, Alba ¿por qué ya no nos regañas como antes?

Que se acerca mi hora, niña, mi hora suspiró María, hablando de su partida con una mezcla de tristeza por la vida que se escapa y esperanza de algo más allá del caldo que ya no saben preparar.

Alba corrió a la cocina, donde la familia se había reunido.

¡Al abuelo le ha muerto la marmota! relató, recién llegada de una especie de reconocimiento secreto.

¿Qué marmota? levó las cejas fruncidas el hijo mayor, Víctor López, que también era el primogénito de María.

Con su rostro parecía el del Blackbeard de los cuentos, y como se dice en la tradición española: al viento de la calle.

Será una ancianita, supongo encogió los hombros Alba, sin saber qué marmota era, pues la abuela nunca se la había mostrado.

Los mayores se miraron entre sí.

Al día siguiente, a la casa llegó un médico serio y contenido.

Parece que la abuela no está bien diagnosticó.

¡Qué barbaridad! exclamó Víctor, golpeándose las piernas, ¡y pensar que la llamábamos!

El doctor, pensativo, miró a Víctor y después a su esposa, Carmen.

Es cuestión de edad afirmó sin titubeos, no veo desviaciones graves. ¿Cuáles son los síntomas?

¡Ha dejado de decirme cuándo cocinar el almuerzo y la cena! dijo Carmen, con voz caída, ya anciana también. Siempre me decía que mis manos no eran de la misma madera, y ahora ni se acerca a la cocina.

En la reunión familiar con el médico se consideró que era una señal preocupante. Exhaustos por la tensión, se acostaron y casi se quedaban dormidos.

Esa noche, Víctor se despertó por el crujido familiar de las pantuflas. Pero no era el habitual llamado a desayunar y trabajar.

¿Mamá? susurró al caminar por el pasillo.

Pues nada se escuchó una voz sin rodeos desde la oscuridad.

¿Qué pasa?

Mira, mientras ustedes duermen, voy a escaparme a una cita con el sobrino Mikel pareció decir la abuela, recuperándose poco a poco. ¿A dónde voy? Al baño, como siempre.

Víctor encendió la luz de la cocina, el hervidor y se sentó, frotándose la cabeza.

¿Te mueres de hambre? le preguntó la abuela, de pie en el pasillo, mirándolo.

Sí, te estoy esperando. ¿Qué fue eso, mamá?

María se acercó a la mesa.

Llevo cinco días encerrada en mi habitación comenzó, y de pronto una paloma chocó contra el cristal ¡pum! pensé que era un mal presagio. Me acosté, esperé el día, el segundo, el tercero, y hoy, en medio de la noche, desperté pensando: ¿Y si ese presagio se fuera al bosque con el duende, para que yo no viva atrapada bajo las sábanas? Sirve el té, caliente y fuerte. Tres días contigo, hijo, no hemos hablado bien; vamos a ponernos al día.

Víctor se acostó alrededor de la mitad de la quinta hora de la mañana, mientras María quedó en la cocina preparando el desayuno tenía que hacerlo ella misma, porque esas manos blancas no podrían alimentar a los niños de otra manera.

Al final, la familia comprendió que el tiempo no se mide solo en años, sino en el cariño que se comparte cada día. Aprendieron que, aunque la vejez traiga silencios y sombras, la vida sigue siendo una oportunidad para escuchar, cuidar y amar sin reservas. Esa es la verdadera lección: no esperes a que llegue el último suspiro para decir lo que el corazón ya conoce.

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¿Amor o Magia?