Cuando mi tía Carmen estaba sirviendo algo del cacerro, saqué de mi bolso unas toallitas antibacteriales y empecé a limpiar los tenedores. Se dio cuenta.
Hace poco fui a casa de mi tía en Madrid para entregarle unos documentos. Sólo nos vemos en Navidad, pero surgió una urgencia. No está bien de salud, aunque no tiene nada que ver con su situación económica. No soy tacaña; creo que la limpieza y el orden son fundamentales. Se puede vivir con modestia, pero la casa debe mantenerse en condiciones dignas.
En la pared de su salón cuelga una colección enorme de cazapolvos. Figuras de toda clase, juegos de té y tarros de conservas están apilados por decenas. En el cuarto de baño hay un arenero para su gato, Mía, que la tía limpia una vez por semana. La basura se amontona a sus pies. El apartamento huele a aguas residuales y a comida podrida.
Mi tía me ofreció algo de comer y empezó a poner la mesa. Cuando colocaba los platos, noté que estaban sucios. Mientras ella servía del cacerro, saqué las toallitas y froté los tenedores.
Ella lo vio. Cuando empecé a hurgar entre la comida, la tía me preguntó:
¿No tienes hambre o no te gusta?
¿Qué podía contestarle? ¿Os ha ocurrido algo parecido?
Al final comprendí que la verdadera cortesía no está solo en ofrecer alimento, sino en respetar el espacio del otro y mantenerlo limpio. La dignidad se conserva tanto en el corazón como en el hogar; cuando cuidamos nuestro entorno, cuidamos también a quienes nos rodean.







