Echó a su hija al frío, y cuando recordó su existencia, ya era demasiado tarde…

¡Papá, tengo hambre y quiero salir a pasear! volvió a chillar la pequeña Begoña, arrastrándose hasta los pies de su padre.

Andrés estaba terminando la última botella de cerveza y, con los auriculares puestos, disparaba en su juego de disparos. Tenía una partida crucial, pero los agudos lamentos de su hija le perforaban la concentración. No entendía cuándo dejaría de molestarle. La ira se espesaba como niebla en sus ojos. Cuando Begoña le tiró del brazo exigiendo atención, Andrés sintió que la paciencia se desvanecía. ¿Cuántos años tenía? ¿Cinco? Ya era una niña bastante independiente; ¿no podía prepararse su propio bol de avena? Mientras él se aventuraba en garajes con sus amigos, ella parecía una gota de agua inmadura.

Esa distracción le costó la partida; perdió. La furia le cubrió la vista. Se levantó de un salto, cruzó la cocina, arrancó un pan duro y se lo arrojó a la niña.

¡Toma y mastica, no alcanzas a agarrarlo! bramó.

Vertió leche del frigorífico en un vaso, la dejó sobre la mesa y, al oír a Begoña decir que su mamá siempre calentaba la leche, le contestó que él no era su mamá y que ya hacía tiempo que ella lo aceptara. Volvió al ordenador, creyendo que una niña saciada no volvería a interrumpirle. Pero la ira le enredaba los dedos. Tras una pausa para el baño, regresó, pero ni siquiera llegó a sentarse en su sillón favorito.

Papá, quiero salir a pasear. ¡Mamá y yo siempre salimos! balbuceó Begoña, apretando los labios.

¿Quieres pasear? ¡Perfecto! ¡Ve y diviértete!

Andrés vio una oportunidad dorada para estar solo. Revolvió el armario de la niña, sacó pantalones de lana, una sudadera, manoplas y un abrigo con gorro. La vistió a toda prisa, la empujó al patio y le ordenó que jugara mientras él terminara su partida. Se colocó los auriculares, puso su canción favorita, abrió otra lata de refresco y volvió a disparar enemigos, disfrutando de la ausencia de interrupciones.

Begoña tembló de frío. Le pareció recordar que su madre siempre le ponía ropa más abrigada en esas épocas. El sol ya no se veía; la tarde se cerraba y su madre nunca la dejaba salir a esas horas. Cuánto extrañaba a su mamá, cuánto le gustaba estar con ella y cuánto le dolía la ausencia. Sus labios comenzaron a temblar; intentó abrir la puerta, pero Andrés la cerró con llave. Para no congelarse, Begoña decidió correr un poco, pero sus pies se hundían en la nieve sin limpiar durante días. Trató de hacer un muñeco de nieve, pero la nieve se deshacía como polvo, más arena que hielo. Se preguntó si aquel polvo frío podía ser arena. Golpeó la puerta de la casa una y otra vez, pero nadie le abrió; parecía que el mundo la ignoraba. El miedo la invadió. Al final, entre sollozos, se aferró a sí misma, se dirigió a la verja entreabierta y salió a buscar calor para sus pies helados. Pensó en ir a la casa de la tía Lidia, que siempre les ofrecía leche, pero la luz de allí estaba apagada. Llamó a la puerta, pero nadie respondió; tal vez no había nadie. Entonces se alejó del pueblo, pues su casa estaba en el borde del bosque. Caminó y lloró, sin saber qué le depararía el futuro. Cuando una ventisca se alzó y la rodeó, Begoña se volvió aún más aterrada: no distinguía nada. Corría, atrapaba el aire helado con la boca, gritaba ¡Papá! y, en su mente, aparecía la figura irritada de Andrés diciendo: «¡Déjame! No soy tu madre». Comprendió que estaba sola, sin salida, y trató de protegerse del viento que la derribaba, pero cayó de rodillas. El frío le quemó la piel, y el viento aúlla bajo la ropa.

Cuando Andrés recordó a su hija, ya eran las dos de la madrugada. Apenas había vuelto del baño cuando un estruendo contra la ventana lo sobresaltó. Las ramas desnudas del lilí bajo la ventana crujían bajo la escarcha, azotadas por el viento.

Un auténtico vendaval pensó, y al instante la idea de que había dejado a Begoña afuera le golpeó como un martillo.

Salió al patio, llamando a Begoña, pero no había rastro de ella. Un terror helado lo invadió: la noche, la nieve y la ausencia de su hija. Sin embargo, agitando la mano, se tranquilizó: «¿Cómo podría helarse? La niña se salvará». Pensó que tal vez la vecina Lidia la había acogido. Observó una luz en la ventana de la casa de la tía y se tranquilizó. Llamó a su esposa, Carmen, y respondió fríamente que ya dormían y que todo estaba bien, aunque la relación con ella se había enfriado; ella le reprochaba estar siempre pegado al ordenador, como si fuera su única vida. Soñaba con ser un jugador profesional, pero la realidad le golpeaba con facturas y la presión de la familia.

Cayó al colchón, roncó y, por si acaso, dejó la puerta sin llave. A la mañana siguiente, el grito airado de Dina, la hermana de Carmen, lo despertó.

¡¿Dónde está Begoña?! vociferó la joven.

¡Basta de gritar! la ignoró Andrés, intentando girarse, pero ella lo agarró del brazo y lo derribó al suelo.

¡Te lo pagaré! amenazó, golpeándose la mano herida. Dina, ex karateka, no se intimidaba con palabras. Preguntó por la niña, y Andrés, temblando, confesó que la había expulsado al patio para que dejara de molestarle. Dina corrió a la casa de la tía Lidia; la anciana negó haberla visto, aunque su rostro palideció al oír el relato. Ninguno de los vecinos había abierto la puerta; la tormenta mantenía a todos encerrados. Dina volvió, batió la puerta de Andrés y, con los puños, le gritó que su hija estaba desaparecida.

Los agentes de la Guardia Civil llegaron pronto, interrogaron a Andrés y le pusieron esposas.

¿Qué tienes que decir? preguntó el oficial.

¡Yo no le he hecho nada! se defendió.

El oficial explicó que dejar a una niña sola en la nieve era maltrato y que se investigaría. Dina lloraba sin consuelo, temiendo lo peor. Encontraron en el bosque unas manoplas que ella había regalado a Begoña en un viaje de trabajo; el hallazgo la dejó sin aliento. Los agentes la ayudaron a sentarse en el sofá, mientras la buscaban sin éxito. La noche se alargó y la búsqueda siguió sin resultados.

Al alba, el médico forense informó que una niña de cinco años había sido ingresada en el Hospital Universitario. Dina, sin pensarlo, se lanzó al coche y llegó al pabellón. Allí, bajo la luz tenue, la encontró: Begoña, temblorosa, con leves congelaciones en los dedos y sospecha de neumonía.

¿Es su hija? preguntó el doctor.

Mi sobrina balbuceó Dina, intentando ponerse de pie.

El doctor Sergio, de rostro amable, le aseguró que la niña era fuerte y que saldría adelante. Dina, abrazando a Begoña, lloró de felicidad, mientras la niña, con los ojos enormes, murmuraba que un perro la había salvado y que no quería volver a ver a su padre.

Sergio contó que había hallado a Begoña en el bosque junto a su perro Charlie, que había tirado de su manga y la había llevado al coche. Sin perder tiempo, la llevó al hospital y, al día siguiente, la había ingresado. La historia cerró con la promesa de que Begoña se recuperaría y que Dina, junto a Sergio, cuidaría de ella como una segunda madre.

El padre, Andrés, quedó en la cárcel a la espera de juicio; la relación con Carmen se había roto irremediablemente. La tía Lidia, ahora con la casa de la hermana, se preparó para el divorcio. Dina y el doctor Sergio, unidos por el destino, empezaron una vida compartida, y Charlie se convirtió en el héroe de la casa. En aquel sueño extraño, la nieve, el ruido de los disparos y el eco de los gritos se fundieron en una sola historia de olvido y redención.

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Echó a su hija al frío, y cuando recordó su existencia, ya era demasiado tarde…
Papá de los domingos