En el colegio de mi infancia, en un pequeño pueblo de la sierra de Granada, asistía una niña huérfana. Vivía con su abuela, una ancianita extremadamente devota, que cada domingo la llevaba a la parroquia que estaba al pasar frente a nuestra casa. Ambas, enclenques y frágiles, recorrían el camino con pañuelos blancos que les cubrían la cabeza. Se decía que la abuela le prohibía a la niña ver la televisión, comer dulces o reírse a boca abierta, por miedo a que los demonios se colaran, y la obligaba a lavarse la cara con agua helada.
La llamábamos Carmen. La provocábamos sin cesar, y ella nos miraba con unos ojos grises, casi infantiles, diciendo: «Señor, ten piedad de ellos, que no saben lo que hacen». Ninguno se acercaba a ella; la consideraban una rara. Sólo yo, Elena, la observaba con cierta compasión.
En los comedores de la escuela la comida era poco apetitosa, pero los viernes nos ofrecían pastelillos de chocolate con leche o una salchicha envuelta en masa acompañada de cacao y una pequeña barra de chocolate. Una tarde, mientras alguien empujaba a Carmen, ella se estrelló contra mí y yo derramé el platillo con los vasos de cacao, que se desbordó como un río de chocolate sobre dos alumnos de instituto.
¡Vaya! exclamaron los mayores.
¡Vamos! dije, tomando de la mano a Carmen, y corrimos de regreso a nuestro aula.
Me parecía que detrás de nosotros corría una tropa de cóndores acompañada de una manada de búfalos. Los dos últimos periodos fueron de matemáticas. Detrás de la puerta de cristal se asomaban dos figuras corpulentas. A veces la puerta se entreabría y se asomaban dos cabezas, luego murmuraban entre ellas. Supe entonces que nos aguardabacitado entre los clásicosuna investigación, un juicio y una posible sanción.
Lo esencial es escabullirnos sin que nos vean; conozco una salida al desván, allí esperaremos hasta que oscurezca y luego volveremos a casapropuse.
No replicó Carmen, iremos como las chicas, despacio y con discreción.
Pero, Carmen, allí están ellos… nos…
¿Qué? ¿Que nos tiren kefir sobre la cabeza? ¿Que nos regañen? ¿Que nos golpeen? interrumpí.
Si nos golpean, será una sola vez. Y si no te atreves, vivirás con miedo cada día.
Salimos del aula con el resto del alumnado, tal como hacen las niñas, con pudor. Dos adolescentes de instituto estaban recostados contra la pared.
Eh, pobritos, ¿qué han perdido? dijo uno, sosteniendo mi monedero con un dibujo de Mickey Mouse y diez euros (para la piscina y el taller de arte).
Toma me lo entregó, metiendo el monedero en mi mano y no vuelvas a huir.
Al regresar a casa balanceaba mi mochila y pensé lo feliz que era la vida, lo bien que todo había terminado, y lo afortunada que era por haber encontrado una amiga como Carmen.
¿Quieres que llame a mi madre? Ella llamará a tu abuela, te pedirá permiso y nos iremos a mi casa a ver caricaturas. ¿Te parece? le propuse.
Carmen puso los ojos en blanco.
Vamos a por los gofres con leche condensada que ha preparado la abuela; los horneó hoy.
Nuestra amistad duró muchos años, hasta que la vida nos dispersó por continentes distintos. Pero siempre recuerdo aquel episodio.
Saltar desde la torre al espejo azul de la piscina daba miedo. Pero el miedo sólo es intenso una vez.
Miedo a lo nuevo. ¿Y si la gente dice que soy tonta? Eso ocurre una sola vez. Yo me recuerdo esa frase cada día.
Miedo una sola vez, o todos los días. Vences el temor una vez, o él vive dentro de ti, acompañándote cada jornada.
Hay elección







