Cada día, una anciana sale al patio de nuestro edificio. Tiene alrededor de ochenta años y siempre va vestida de manera pulcra y cuidada.

Querido diario,

Cada día, una anciana sale al patio de nuestro edificio. Tiene unos ochenta años, siempre viste con pulcritud y cuidado, como quien lleva la dignidad en la ropa. Me mudé a este piso al final del otoño y, cada mañana, mientras camino al trabajo por la calle de la Gran Vía, la veo. A veces está sentada en el banco bajo el gran tilo que da sombra al patio; otras, avanza despacio apoyada en su bastón, como quien recorre el tiempo paso a paso.

Con el tiempo empezamos a saludarnos. Me detengo un instante para preguntarle cómo está Doña María González y desearle un buen día. Ella siempre me devuelve una sonrisa cálida y me agradece con esa voz que parece un viejo canto de cuna.

A finales de diciembre llegó un nuevo habitante al patio: un perro. Era pequeño, de aspecto juvenil, pero nadie sabía de dónde venía. Tenía el pelaje enmarañado, sucio, sin raza aparente. Cuando Doña María le ofreció un trozo de chorizo, el destino del animal quedó sellado: desde entonces quedó en el patio, pues probablemente no sobreviviría fuera de allí con esa condición lamentable.

La mayoría de los vecinos no estaba contenta con su presencia. Algunos intentaban espantarlo, gritando «¡Vete ya de aquí!», cada vez que el animal los miraba con ojos suplicantes, pidiendo en silencio un bocado. Sin embargo, de vez en cuando alguien le lanzaba una corteza de pan, otro le tiraba un huesito. Doña María también le llevaba galletas duras o pan viejo, acariciándole la cabeza y llamándolo Patita.

En primavera, cuando la nieve se había fundido casi por completo, me encontré con Doña María una mañana en el patio. Me contó que esa misma noche se marcharía con su nieta al campo y permanecería allí hasta el otoño. «Quizá hasta finales de otoño», añadió, «allí tenemos una estufa, y junto a ella hace calor incluso en las noches más frías». Me pidió que le prometiera visitarla.

Al fin, a finales de agosto, me decidí a ir a verla. Compré un pequeño regalo y tomé el autobús (un billete de 1,50) que sube por la carretera de la sierra hasta el pueblito donde se alojaba. Al llegar la encontré en la veranda pelando manzanas rojas y jugosas. Junto a ella, sobre la escalera de madera, descansaba tranquilamente el perro.

«¡Patita, ven a recibir a nuestro invitado!», exclamó la anciana. El animal dio un salto, agitó su cola tupida y corrió hacia mí. Era un can magnífico, con el pelaje brillante y ondulado que relucía bajo el sol de la tarde.

«¿Es verdad que es el mismo Patita desaliñado de nuestro patio?», pregunté, sorprendido. Doña María, con una sonrisa tibia, contestó: «Sí, es él. ¡Resulta que es una verdadera hermosura!». Me invitó a pasar, a tomar un té de cereza y a contarle todas las novedades de la ciudad.

Pasamos largo rato en la mesa, bebiendo ese té aromático y charlando sin prisas. Patita, después de acabar su gachita, se acurrucó junto a la estufa, suspirando suavemente mientras dormíaquizá soñaba con los paseos por el patio. Afuera, una brisa ligera hacía bailar las ramas del manzano y, de pronto, caían sobre la hierba grandes manzanas rojas y maduras, como pequeños soles que el viento entrega al suelo.

Me voy a casa con el corazón un poco más ligero, pensando en la ternura inesperada que puede surgir en los rincones más cotidianos. Hasta la próxima, querido diario.

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