Cuando el tiempo me haga temblar al cerrar los botones de mi chaqueta, cuando en la comida suelte la cuchara o me manche la ropa, te ruego que no te enojes, que me trates con la dulzura que siempre me ofreciste.
Recuerda cómo, cuando eras una niña, te enseñé pacientemente a sostener la cuchara y a vestirte sola; yo, con mis manos cansadas, te guiaba paso a paso. Si repito una y otra vez la misma historia, no la interrompas, solo escúchame.
¿Te viene a la mente la noche en que me pedías, con los ojos brillantes, que te contara el cuento una y otra vez hasta que el sueño te abrazara? No me reproches si a veces me resisto a ir a ducharme; recuerda cómo inventaba historias para convencerte de entrar al baño, porque tú, tercamente, no querías mojarte.
Si la tecnología me supera, que el móvil o la tele me resulten un misterio, no te rías de mi torpeza. Dame un instante, como aquella vez que te enseñé a escribir la primera letra, que contamos manzanas y sumamos cifras mientras yo temblaba de agotamiento.
Cuando me falten palabras o pierda el hilo, ten paciencia y no te irrites. Lo que importa no es lo que digo, sino que estés a mi lado, que no desvíes la mirada.
Si mis piernas se debilitan y ya no pueda caminar a tu lado, no pienses que soy una carga; simplemente extiende tu mano, como yo lo hice cuando diste tus primeros pasos dentro de nuestro hogar.
Un día comprenderás que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ti. Cada paso que di, cada decisión, fue un intento de aligerar tu camino, aunque el mío fuera más pesado.
Regálame un poco de tu tiempo, una gota de paciencia. Déjame apoyarme en tu hombro, tal como tú te aferrabas al mío cuando el dolor o el miedo te sobrepasaban.
Te quiero, hija mía, Luna. Te quiero, hijo mío, Mateo. Y rezo por vosotros, aunque a veces ya no lo notéis, bajo el mismo cielo de Madrid que nos cobija.






