El susurro del alma

**Sacudida del Alma**

Tras el divorcio de su esposa, Zacarías, un hombre del pueblo, se mudó a otra ciudad. Le dolía dejar a su hijo, Pablito, pero ya no soportaba los caprichos de su mujer, Zenobia. Cuando empezaron a vivir juntos, Zacarías comprendió su error. La dulce chica con la que había salido un año se convirtió en una furia. Nada le parecía bien.

«Zacarías, levántate, da de comer a los animales», ordenaba ella al amanecer, mientras ella, perezosa, prefería dormir.

Así fue desde el primer día. Zenobia daba órdenes; él obedecía. Y aún así, siempre encontraba defectos: la comida, la limpieza, los platos… Aunque él trabajaba, ella se negó:

«Estoy esperando un hijo, no voy a trabajar. Debo cuidarme, y al bebé».

Cuando nació Pablito, Zenobia delegó la mitad de sus tareas en su marido. Por las noches, ni se movía.

«Zenobia, despierta, el niño tiene hambre», la zarandeaba Zacarías al alba, pero ella ni se inmutaba. Durmió seis años junto a ella y finalmente la abandonó. Le partía el alma dejar a su hijo, pero el límite llegó: temía perder los estribos. Ella lo provocaba sin cesar. Se fue a casa de un amigo en la ciudad, pidió el divorcio y consiguió trabajo en una constructora. Con el tiempo, hasta logró un piso.

Poco después, se casó con una compañera del trabajo y se mudó con ella. Llevan juntos años. A Pablito nunca lo abandonó: pagó la manutención, lo visitó y, cuando se casó, incluso asistió a la boda y les regaló el piso que alquilaba. Le encantó Tania, la esposa de su hijo.

«Tania es humilde y bonita. Mi hijo ha elegido bien. No como yo con Zenobia… Pensé que era afortunado, pero resultó ser una ogresa. Se mostró tal cual después de la boda: malvada y holgazana», pensó Zacarías en la mesa nupcial.

Pablo y Tania se instalaron en la ciudad. Eran del mismo pueblo. Zenobia eligió a Tania para su hijo: callada, modesta, hermosa. Pablo, tres años mayor, volvió del servicio militar cuando ella terminaba el instituto. Él la cortejó con flores y dulces, y ella creyó en el amor.

«Qué atento es Pablo», decía Tania a su madre.

«Hija, es tu primer amor. Todo te parece perfecto. Pablo es igual que su madre. No quiero que te cases con él».

Su madre acertó. Pablo le propuso matrimonio, pero con una condición:

«No estudiarás. No hace falta que te revoloteen otros hombres. Con el instituto basta».

Él solo tenía la ESO y no quería una esposa más instruida. Desde el primer día, la menospreció: «Eres una paleta sin mundo. Yo he viajado, he servido al país, soy más que tú».

Su madre le advirtió, pero Tania no escuchó. Su único consuelo fue huir de su suegra. Zenobia la humillaba desde el amanecer, aunque Tania se esforzara. Nunca se conformaba, como su hijo.

Tania se desanimó al saber que Pablo no se casó por amor, sino por imposición de su madre. La eligieron como oveja sumisa. Pero al mudarse, sintió alivio: lejos de Zenobia, quizá su marido cambiaría.

Él nunca dejó de humillarla:

«Vives en palacio gracias a mí», decía, refiriéndose al piso de dos habitaciones que su padre les regaló. «No sabes hablar, eres torpe».

Pablo era el vivo retrato de Zenobia: frío, perezoso, cruel. En público, coqueteaba con otras mujeres sin pudor.

Tania intentó defenderse:

«Podría estar en la universidad si no me lo hubieras impedido».

«Hice bien. No eras para eso», gritaba él.

La convenció de que era inútil. Peor aún, la culpaba por no tener hijos. Tras cinco años, acudió al médico:

«Están sanos. Los hijos llegarán», le dijo la doctora.

Pablo trabajaba de conserje en una residencia; ella, de pintora. Él creía que su labor era más dura.

A veces, Tania pensaba:

«Quizá sea mejor no tener hijos. ¿Merecen crecer donde su padre desprecia a su madre? ¿Debo dejarlo? Pero… ¿adónde iría? No sé hacer nada. No puedo volver al pueblo, la casa es pequeña y mis hermanos aún viven allí. Aquí al menos tengo un techo».

Un día, Pablo llegó del trabajo con billetes de tren:

«Vamos a pasar las vacaciones al pueblo».

Tania los dejó sobre la mesa.

«¿Por qué ahí? ¡Los perderás!», refunfuñó él, guardándolos.

Dos días después, llegaron a la estación. Perdieron su tren y esperaban el siguiente. El andén estaba vacío, salvo por un joven en uniforme de ferroviario tras un arbusto de lilas.

Pablo gritaba; Tania tragaba lágrimas.

«¿No pudiste preparar los billetes? Debes estar agradecida. Mi madre y yo te sacamos del barro».

Ella lo miró con timidez:

«Tú los guardaste. No los volví a ver».

Los buscaron sin éxito. Él olvidó dónde los puso.

Tania no deseaba ir al pueblo. Allí, su suegra la explotaba: huerto, animales… Al regresar, siempre se sentía aliviada.

En casa, Pablo controlaba su sueldo.

«¿En qué malgastas el dinero, parásita? Vives en mi casa».

Él fue a por billetes nuevos. Ella lo vio marcharse, secándose las lágrimas.

«¿Por qué me tocó este marido? En mi casa solo hubo amor. Mis padres nunca se pelearon. Soñé con una familia feliz, y esto es lo que tengo».

Sus pensamientos se interrumpieron con una voz suave:

«Hola».

Se dio la vuelta. Un hombre alto, de mirada amable pero triste, la observaba.

«¿Ese es tu marido?», preguntó, frunciendo el ceño.

«Sí», respondió ella con tristeza.

«Quiero enseñarle a no maltratarte. Lo he oído todo. ¿Por qué lo aguantas?».

Ella negó con la cabeza.

«Lástima. Te mereces algo mejor. Eres hermosa, dulce… Si fueras mi mujer, te trataría como a una reina. Soy Egor, ¿y tú?».

«Tania».

«Huyamos. No te haré daño. Desde que te vi, supe que eras para mí. Pregunta a cualquiera: Egor no hace daño ni a una mosca».

Al principio, desconfió. Pero luego sonrió. Por primera vez en años, se sintió liviana, feliz. Ni siquiera pensó en Pablo.

«¿Y si me abandonas después?».

Egor, en vez de responder, la tomó de la mano. Ella agarró su bolso (él siempre llevaba el suyo) y huyeron sin mirar atrás.

Al doblar una esquina, se detuvieron. Él sonreía.

«¿Cómo estás, esposa?».

«Bien», dijo ella, riendo. Él la alzó en brazos y la hizo girar.

Recorrieron la ciudad de la mano, felices. Mientras, Pablo, furioso, buscaba a su mujer junto al bolso solitario. Nunca entendería por qué huyó. Él y su madre la maldecirían, esa «inútil» que no supo valorar su suerte.

Tania y Egor vivieron una vida larga y feliz, con tres hijos. Jamás recordaron lo ocurrido antes de aquel banco. En su casa grande, llena de amor, Egor jamás defraudó a su hada.

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El susurro del alma
La traición en la mesa familiar