Seres una familia

Claudio estaba cansado, se sentó a descansar bajo un frondoso olivo al borde del camino. Venía andando desde la ciudad, un trayecto nada corto, unos ocho kilómetros. Y teniendo en cuenta que no era precisamente un hombre robusto, el cansancio se notaba.

—Ahora subiré esa cuesta y al otro lado veré el pueblo. Faltarán unos dos kilómetros —pensó—. Ni un solo coche he visto hacia allá, ¿cómo irá el autobús desde la comarca?

Claudio tenía veintiocho años, siete de los cuales los había pasado entre rejas, y ahora volvía de allí. Había tenido mucho tiempo para pensar, y el resentimiento seguía ahí: había ido a prisión sin haber hecho nada. Sus amigos de la ciudad le tendieron una trampa, le acusaron y hasta le amenazaron: si no aceptaba, pues… Claro, él también tenía culpa, por andar con esa gente.

—Llegaré a casa de mi hermana y descansaré. Seguro que todos han cambiado en estos años, hasta mi sobrina Marisol habrá crecido. ¿Cuántos años tendría entonces? Catorce…

Tras descansar, siguió caminando. Al llegar a la casa de Ana, vio en el patio a una joven muy guapa y dudó si habría llegado al lugar correcto. Saludó al entrar por la verja.

—Buenas tardes, ¿está Ana?

—Hola —respondió la chica, y entonces la reconoció—. ¡Marisol! ¡Cómo has cambiado! —Era obvio que ella no le conocía—. Soy Claudio, el hermano de tu madre.

—¡Ay, tío! Mamá y papá están dentro.

En ese momento salieron al porche Andrés y, detrás, Ana.

—Hola, Claudio —dijo el marido de su hermana, estrechándole la mano y abrazándolo con fuerza—. Has vuelto, al fin.

—Hola, hermanito —sonrió Ana, abrazándolo también—. Dios mío, piel y huesos. Habrá que engordarte, parece que en la cárcel no comías bien. Claudio asintió en silencio.

Los padres de Ana y Claudio llevaban años muertos, fallecieron en un incendio en la casa de baños. Ana crió a su hermano pequeño, luego se casó con Andrés, un chico del pueblo, y así siguieron viviendo en la casa familiar. Con el tiempo, Andrés la reformó, le hizo una ampliación. Claudio se fue a la ciudad a estudiar después del instituto, estaba a punto de terminar el ciclo formativo cuando acabó en la cárcel.

Ana sufrió mucho por su hermano, no creía que fuera capaz de hacer algo malo, pero así pasó…

—Pasa, Claudio —dijo Andrés—. Voy a calentar la bañera, necesitas lavarte de todo eso, y además del viaje. ¿Viniste andando desde la comarca? El autobús pasa dos veces al día por aquí.

—Sí, despacito. Cansado, claro, pero nada, descansaré —contestó Claudio, entrando en la casa.

Ana se movía nerviosa por la cocina, había que alimentar a su hermano. Finalmente, él fue a bañarse y salió renovado y contento. Esa noche hablaron mucho y decidieron que Claudio se quedaría a vivir con ellos; no tenía otro sitio adonde ir.

Pasó un mes. Claudio se recuperó, incluso engordó un poco, Ana lo cuidaba bien, hacía empanadas y cocinaba de maravilla. En ese tiempo, fue un par de veces a la ciudad, volviendo al día siguiente. Andaba por el patio silbando, contento, pero a Ana le invadía el miedo: ¿y si se había vuelto a juntar con esos amigos de la ciudad?

—No debería. Ya cumplió condena, dudo que quiera volver a eso.

Marisol también sentía curiosidad. Ella y Claudio desherbaban la huerta juntos, se reían, él contaba historias y ella se partía de risa.

—Claudio, ¿encontraste a alguien en la ciudad? ¿Una chica?

—No. ¿Por qué lo dices? Allí viven los padres de un amigo, le prometí visitarlos. La primera vez no estaban, estaban en la finca, y la segunda los encontré.

—Interesante. ¿Dónde dormiste la primera vez?

—En casa de una vecina.

—¿Y es joven? ¿Vive sola?

—Unos cinco años mayor que tú —contestó, mirándola con atención—. Tiene marido.

—¿Y él no te tiene celos? —insistió Marisol.

—¿Por qué iba a tenerlos? No voy a besuquearla.

Marisol siguió desherbando en silencio. Nadie sabía que se había enamorado de su tío a primera vista. Y nadie lo sabría, lo guardaría en secreto. Hasta dejó de salir con Sergio, diciendo que estaba ocupada.

—Marisol, ¿por qué ya no vas al club? —preguntaba su madre—. ¿Te peleaste con Sergio? Hay más chicos…

Pasó el tiempo, agosto era sofocante. Marisol se fue al río con una toalla, y Claudio preguntó:

—¿A bañarte? Espera, voy contigo.

Caminaron hablando de cualquier cosa, ella reía, contaba algo, él sonreía. Al llegar a la orilla, Claudio se sentó en la hierba.

—Ve tú, yo me quedo aquí.

Marisol se quitó el vestido y dijo:

—Vamos, ¿qué haces ahí? Venga, Claudio.

Ella entró al agua, él se quedó en la orilla. Al mirarla, apenas pudo contenerse. Si no se controlaba, saltaría y la besaría, no como un tío, sino como un hombre enamorado. Y la asustaría. Por eso se negó.

—Ve tú, vete. Y no soy tu tío… —dijo con un tono tan serio que ella se sorprendió.

—¿Por qué me hablas así? —No le gustó, y se metió en el agua.

Le dolía, ella lo quería con toda el alma, y él le hablaba así.

—Pues nada, no le hablaré. No soy su hija, soy una mujer adulta.

Marisol salió del agua, se secó, agarró su vestido y se fue rápido, sin mirar a Claudio. Volvieron a casa por separado. Ana la recibió en el porche:

—¿Dónde está Claudio?

—Ahí viene —contestó Marisol, seca, y se fue a su cuarto.

Poco después apareció Claudio, entró en la cocina, se bebió un vaso de agua a grandes tragos. Bebió con ansia, luego salió al patio en silencio.

—¿Qué pasó? ¿Qué os lleváis mal? —preguntó Ana.

Claudio calló un buen rato.

—No te calles, dime —insistió ella—. ¿Qué os pasó? ¿Os peleasteis? Marisol tiene mucho carácter, no le gusta mostrar debilidad, y además es rencorosa.

—Pasó, Ana, pasó. Justo lo que temía.

—Ay —se tapó la boca con la mano y se sentó junto a él—. Claudio, ¿cómo? Ella es… es muy joven, no entiende… ¿Cómo pudiste?

—Ana, ¿de qué estás hablando?

—De lo que pasó entre vosotros…

—Ana, ¿estás en tu sano juicio? Ana, ¿tú…? —tartamudeó—. ¿En qué has pensado? Me he enamorado de Marisol. La quiero, Ana. La quiero mucho. Quizá sea hora de contárselo.

—No, Claudio, no. Conoces a Marisol, es impulsiva. Y tengo miedo de lo que te ha pasado estos años…

—Ana, no digas tonterías. Sigo siendo el mismo, no me he amargado, no bebo ni fumo. Ni un tatuaje tengo. No hablo como un maleante, nunca me gustó eso.

—Vale, Claudio, vale. Hablaré con Andrés —prometió.

Pasó una semana y Ana no había hablado ni con su hija ni con su marido. Marisol seguía ignorando a su t

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

one × 1 =