¿Y qué hay para cenar esta noche?
Begoña cerró los ojos un instante. Sus dedos quedaron suspendidos sobre el teclado del portátil, como si al no abrirlos la pregunta se desvaneciera por arte de magia. No funcionó. Se apartó de la pantalla, donde cientos de pestañas con informes parpadeaban. Andrés se quedó inmóvil en el umbral del salón.
¿Has abierto la nevera? preguntó.
Andrés asintió.
¿Y qué viste?
Pues el marido encogió de hombros. Solo unas ollas y unos contenedores.
Begoña sintió cómo la tensión acumulada durante horas de trabajo se transformaba en irritación.
¿Y no se te ocurrió que deberías calentar la comida? le espetó.
Andrés frunció el ceño.
¿Por qué tengo que hacerlo yo? Llegué cansado del curro y tú ni siquiera me sirves la cena.
¿Qué crees que estoy haciendo? Begoña giró el portátil hacia él, mostrando una pantalla repleta de tablas, presentaciones y chats. Yo también trabajo, aunque sea desde casa. También me agoto. Pero igual he encontrado tiempo para preparar la cena. Solo tienes que calentarla y servirla. ¿Eso es mucho pedir?
Su voz tembló al final. Begoña no había imaginado que estaba a punto de perder los estribos.
Andrés se marchó murmurando para sí:
Se ha vuelto tan fría perezosa ni me quiere, ni me valora
Begoña buscó los auriculares sobre la mesa, los puso y subió el volumen. La voz de su marido se apagó entre los beats. Volvió a mirar la pantalla, pero no lograba concentrarse; los números del informe se mezclaban con pensamientos que daban vueltas. ¿Cómo había llegado a este punto? ¿En qué momento todo se torció?
Antes, todo era distinto. Begoña siempre había disfrutado cocinar; era su pequeño placer después de la jornada. Ella y Andrés bromeaban diciendo que la había conquistado con su paella. En la tercera cita, la reserva del restaurante se cayó por un fallo del sistema y le dieron la mesa a otra pareja. Andrés se enfadó, se disculpó, y Begoña le propuso ir a su casa.
Le sirvió una lasaña casera, pan con ajo y una ensalada. Andrés, sentado en la diminuta cocina, se lo devoraba a bocados y, entre risas, dijo:
Creo que me estoy enamorando. Begoña soltó una carcajada.
Cuando se mudaron juntos Andrés se instaló en su piso de pre-matrimonio Begoña cocinaba a diario: carne a la francesa, cordero guisado, sopas laboriosas, tartas los fines de semana. Él se habituó tanto que dejó de notar el sudor y el tiempo que ella invertía en la cocina. En aquel entonces ella tenía un empleo de 8 a 18, sin margen de maniobra, llegaba exhausta pero se ponía al fogón porque veía a Andrés esperándole con la mirada hambrienta.
Ahora todo cambió. La carrera de Begoña despegó. Pasó al teletrabajo, obtuvo una promoción y lideró proyectos importantes. Su agenda quedó más apretada y las responsabilidades crecieron. Ya no tenía energía para atender a su marido como antes; se limitó a platos sencillos: arroz con pollo, macarrones con albóndigas, guiso de verduras. Rápido, nutritivo y sin complicaciones. Fue entonces cuando Andrés empezó a quejarse. Primero soltó indirectas, luego reclamaciones abiertas.
Los últimos dos meses fueron un auténtico infierno. Begoña tenía un plazo inminente: un proyecto clave para un cliente importante, del que dependía un bono y su próximo ascenso. Trabajaba doce horas al día, a veces tuvo que ir a la oficina para discutir cambios directamente con su jefe y no perder tiempo en correos.
Andrés, perpetuamente insatisfecho, criticaba la limpieza del hogar, la sencillez de la comida y la falta de atención. Intentaba obligarla a preparar platos elaborados, hacía escándalos por una sartén sin lavar. Begoña se quebraba, gritaba, lloraba. Después se reconcilian, pero sólo por un momento. El ciclo se repetía una y otra vez.
Cuando finalmente entregó el proyecto, Begoña estaba exprimida como un limón. Cada célula de su cuerpo gemía de cansancio. Se tiró en la cama y miró al techo; hasta parpadear le costaba. No le apetecía ni cocinar ni limpiar, solo descansar y no pensar en nada.
Desde el pasillo se oyó el ruido de la puerta; Andrés llegaba del trabajo. Unas minutos después entró en el dormitorio, con el ceño fruncido.
La nevera está vacía. ¿Qué cenamos? dijo.
Begoña lo miró despacio.
En el congelador hay empanadillas, respondió en voz baja.
¡No quiero empanadillas! hizo una mueca. Quiero pescado al horno con verduras.
Pensar en levantarse de la cama le provocaba un dolor casi físico; su cuerpo se negaba a moverse y su mente a trabajar.
Puedes pedir comida a domicilio. Te la traen de lo que quieras.
Andrés, irritado, preguntó:
¿Entonces por qué me casé?
Su tono la puso en guardia. Se apoyó en el codo y lo miró con más atención.
¿Para que me traigan comida? siguió Andrés, alzando la voz. Cocinar es deber de la mujer. Tú últimamente te has vuelto una holgazana. Lo he aguantado, pero ya es demasiado.
En el interior de Begoña se encendió una chispa. La fatiga dio paso a una ira caliente y luminosa. Saltó de la cama, alzó la voz:
¡No estoy obligada! ¿Quién lo ha escrito? ¿Con qué sello?
¡Estoy harto de comer cosas raras! bramó Andrés. ¡Me cansé de soportarlo!
¡Entonces cocina tú mismo! Begoña se acercó. La cocina está allí. No te lo prohíbo.
¡Es tu obligación! replicó él, sin ceder. ¡Es trabajo de mujer! ¡Debes cuidar al marido!
¡Yo también estoy cansada! su grito se volvió casi un chillido. ¡Llevo dos meses a tope con el curro! ¡Y tú ni siquiera te lavas el plato! ¡No limpias, no cocinas! ¿Por qué tengo que ser la única que te cuide? ¡Te quedas con todo servido!
Andrés se puso rojo.
Porque soy hombre, ¡yo gano el dinero!
Begoña se pinchó el pecho con el dedo.
Yo también gano, ¡no menos que tú! ¡Y me tratas como a una sirvienta!
¡Eres una mala esposa! ¡No sabes cuidar de la familia!
El calor se transformó en un frío imperturbable.
Entonces búscate a otra. Ve y encuentra a quien te sirva. Yo ya no quiero más. dijo con voz de hielo.
Andrés se quedó boquiabierto.
¿Qué? exclamó Begoña, pasando al armario, sacó su bolso y empezó a arrojar ropa dentro. ¡Lárgate ahora mismo!
¡Begoña, qué te pasa! gritó él.
¡Lárgate! Estoy harta de ser tu empleada. Quiero ser tu esposa, igualitaria, no la cocinera y la limpiadora. Si no lo entiendes, no somos para nada.
Andrés no podía creer lo que ocurría. Trató de decir algo, de justificarse, pero Begoña no cedía. Lo echó por la puerta. No iba a tolerar más su presencia.
Pasó una semana. Andrés llamaba todos los días, enviaba mensajes, pedía perdón y prometía cambiar. Begoña no respondía; necesitaba tiempo para pensar, para reencontrarse. Recordó cómo él nunca había ofrecido ayudar con la limpieza, cómo daba por sentado su cuidado, cómo despreciaba su cansancio y la consideraba obligada por ser mujer. Se dio cuenta de que él se había convertido en una carga, usándola sin percatarse.
Un día volvió con flores. Begoña suspiró, pero necesitaban hablar.
Voy a solicitar el divorcio. No te necesito. dijo.
Andrés la miró, desconcertado.
¿Pero por qué? ¡Te prometí cambiar! protestó.
No me sirven las promesas, me necesitaba un marido, no una sirvienta. Eso son cosas distintas. ella negó con la cabeza.
El divorcio se tramitó rápido. El piso era suyo, así que no hubo bienes que dividir. Andrés se mudó a casa de sus padres. Begoña quedó sola, y la sensación de alivio fue inmediata. Volvió a cocinar, ahora solo para ella. Experimentaba con nuevas recetas, revivía platos antiguos. Se regaló un pato asado con manzanas sin razón alguna, simplemente porque le apetecía. Preparaba postres elaborados por diversión. Cuando el cansancio volvía después del trabajo, pedía comida a domicilio, se comía una pizza directamente del cartón en el sofá frente al televisor, y nadie la juzgaba ni la regañaba. Esa libertad le resultó maravillosa.






