Dejé que mi pretendiente (45 años) viniera a vivir a mi casa dos meses después de conocernos… Tomé una decisión que le dejó descolocado y lo eché de casa con tremendo escándalo —Se metió con la persona equivocada…

A los cuarenta y pocos, ya no me apetecía vivir romances de paseos bajo la luna y citas interminables. Lo que de verdad buscaba era algo sencillo: calidez, tranquilidad y compartir un té en la cocina en compañía. Por eso, cuando conocí a Álvaro, sentí que había dado con un verdadero tesoro.

Álvaro se veía un hombre de fiar. Tenía cuarenta y cinco, había pasado por un divorcio, conservaba un empleo estable y, además, en casa no era un manazas. Empezamos a salir y la relación era todo paz y comodidad. Al cabo de un par de meses, le propuse yo mismo:

Álvaro, no veo sentido en seguir yendo y viniendo. Mi piso tiene dos habitaciones, espacio sobra. Vente a vivir conmigo.

Aceptó sin poner pegas y pronto se plantó en casa con sus cosas. El primer mes fue casi perfecto: arreglaba cualquier estropicio, sacaba la basura, cocinábamos juntos por las noches. Notaba que mi piso cobraba vida.

Pero me enviaron a una reunión en otra ciudad, apenas a unas horas de Madrid, solo por un día. Salí temprano el sábado por la mañana.

Álvaro, vuelvo el domingo después de comer, estaré agotado le dije, dándole un beso en la mejilla. Cuidarás de la casa, ¿vale? La nevera está llena.

Por supuesto, Paz, no te preocupes respondió sonriendo. Además, hoy es la final de la Copa. ¿Te importa si invito a unos amigos? Lo celebramos viendo el partido, unas cervezas y unos frutos secos, sin liarla.

No acabó de hacerme gracia la idea de jaleo en casa, pero como ya vivía conmigo tampoco quería prohibirle nada.

Bueno, vale concedí. Pero, por favor, cuidado. Que la alfombra es clara y el sofá nuevo.

¡No pasa nada! contestó quitándole importancia. Todo quedará perfecto.

El domingo regresé a eso de las tres de la tarde. Tenía la cabeza hecha polvo tras el viaje y solo quería silencio y una ducha caliente. Abrí la puerta y enseguida me golpeó el olor: una mezcla a cerveza barata, tabaco (cuando en casa no fuma nadie) y algo a pescado.

Al entrar en el salón, casi se me cae la bolsa. Mi sala, antes limpia y acogedora, parecía el bar de una estación tras una marabunta. Cajas de pizza abiertas, costras resecas, manchas oscuras en la alfombra bebida o salsa, montones de cáscaras de pipas y escamas de pescado repartidas por el suelo y hasta sobre los cojines. Las cortinas corridas, y en la mesa una muralla de botellines vacíos.

En medio del desastre, dormía Álvaro en el sofá, vestido. Sentí cómo me recorría una rabia caliente; no era solo que no hubiera recogido, era una auténtica falta de respeto por mi casa y mi esfuerzo.

Me acerqué y le sacudí el hombro:

Álvaro, despierta.

Gruñó, abrió primero un ojo y luego el otro, me miró y esbozó una sonrisa:

Vaya, Paz ¿ya has vuelto? Me tumbé un momento

Ya veo le respondí, fría. ¿Qué ha pasado aquí?

Nada, todo bien dijo incorporándose, frotándose la cara. Vinieron los chicos, vimos el fútbol. ¡Ganaron los nuestros! Lo pasamos fenomenal.

¿Fenomenal? hice un gesto señalando la sala. ¿Pescado en la alfombra, cerveza en el sofá, habéis fumado dentro?

Venga, no te pongas así resopló. Unas gotas, no pasa nada, es el ambiente del partido. Ahora recojo, no es para tanto. Es solo una manchita. ¿Por qué te pones en plan sargento desde que llegas?

Ese total, tampoco es para tanto fue la gota que colmó el vaso. Para él, todo esto era lo normal: meter una panda en casa ajena, liarla, quedarse dormido entre la porquería y encima culparme a mí de amargarle la vida. Lo comprendí en un segundo: si paso esto por alto hoy, en un año viviré entre mugre y atendiendo a sus colegas con la bayeta en la mano.

Mira, le dije con calma, no hace falta que limpies nada.

Así me gusta se alegró. Tú limpias y yo aprovecho para ducharme

No, Álvaro. No has entendido nada. Ahora mismo recoges tus cosas y te vas.

¿Cómo que me vaya? se quedó helado. ¿Por un poco de desorden? ¿Hablas en serio? ¡Vivimos juntos!

Ya no vivimos juntos. Metí en casa a un adulto hecho y derecho, no a un crío que pasa de todo. Este es mi hogar. Me ha costado dinero ganar este sofá y esa alfombra. No voy a permitir que mi vida se convierta en un piso de estudiantes. Así que vete.

Montó un espectáculo. Gritaba que si era una obsesiva de la limpieza, que si me importaban más mis cosas que la relación, que todas las mujeres sois iguales. Pero yo no cedí. Cuarenta minutos después, se marchó. Llamé a una empresa de limpieza: yo no era capaz ni de tocar aquel desastre. La alfombra la llevé a la tintorería y la mancha jamás desapareció del todo. Pero de nada me arrepiento. Prefiero una mancha en la alfombra que una en mi vida por convivir con alguien que no me respeta.

Si analizo la situación con distancia, lo veo claro.

Primero, la falta de respeto al espacio ajeno. Un hombre en casa ajena, aunque solo sea al principio, debe aceptar las normas del lugar. Álvaro, destrozando mi piso en un día, demostró que lo mío le daba igual.

Segundo, el típico cuando el gato no está, los ratones bailan. Una persona responsable, aunque celebre con amigos, deja el sitio impecable antes de que la pareja regrese. Él, en cambio, optó por el que limpie la mujer.

Tercero, el menosprecio. Sus frases sobre una manchita y ponerse en plan sargento no eran disculpas, sino culparme a mí.

Me he ahorrado años de disgusto. Una persona que, tras un mes, se comporta así, solo podía ir a peor.

¿Y vosotros qué opináis? ¿El desorden y esa actitud son para tanto o quizá exageré? Contadme vuestra opinión.

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