**Un desastre, dos traiciones**
Hacía una semana que el novio de Mariana no daba señales de vida, y faltaba menos de un mes para su boda con Íñigo.
“Qué raro que no conteste el teléfono mi Íñigo”, pensaba la chica, preocupada. “¿Y si está enfermo o le ha pasado algo? Iré a su pueblo, pasaré por la tienda, a lo mejor le compro miel, por si acaso es un resfriado”.
Mariana trabajaba en la ciudad y los fines de semana iba a casa de Íñigo. Normalmente pasaban el tiempo tumbados en la cama, soñando con su futuro. Ahora, al bajarse del autobús, se dirigió hacia la casa de su prometido. Se sorprendió al escuchar música saliendo de la ventana entreabierta. Un mal presentimiento le oprimió el pecho, la boca se le secó y las piernas le pesaban como si fueran de algodón.
“¿Quién se ríe así?”, se detuvo al escuchar una risa femenina y el tono bromista de Íñigo.
Los celos la paralizaron. Su primer impulso fue huir, pero al final decidió comprobarlo.
“Tengo que ver con mis propios ojos qué pasa ahí dentro. A lo mejor estoy exagerando”, se consoló Mariana mientras abría la puerta.
Entró en silencio. En el sofá había una chica de pelo negro como el azabache, con su bata puesta y sus zapatillas, recostada en el hombro de Íñigo. Él le susurraba algo y ella se reía, hasta que él la empujó sobre el sofá. Mariana se quedó petrificada.
“Ahora entiendo por qué no contestas mis llamadas”, dijo con voz temblorosa. “¿Qué estás haciendo? Si nuestra boda es dentro de un mes”.
Íñigo y la chica se sobresaltaron. Él se levantó de un salto, mientras ella soltó una risita burlona. Él se acercó a Mariana:
“¿Qué haces aquí? No te esperaba hoy. ¿Me estás espiando?”.
La morena se rió sin disimulo, mirando a Mariana con descaro.
“Íñigo, ¿en serio te vas a casar con esta? No tiene nada especial, flaca y pálida. ¿No encontraste nada mejor? Cásate conmigo, mira, yo tengo todo en su sitio”, dijo abriendo la bata.
Mariana salió de la casa como si le hubieran echado agua hirviendo. Íñigo gritó algo detrás de ella, pero ya no escuchaba ni veía nada. Su vida se había desmoronado en un instante.
“No quiero vivir. ¡Traidor! ¿Cómo pudo hacerme esto?”, sentía que la cabeza le iba a estallar en mil pedazos.
Llorando desconsolada, salió a la carretera sin mirar a los lados. Los coches pasaban a toda velocidad, pitando, algunos conductores la insultaban o hacían gestos, pero a ella le daba igual. Su vida, su amor, sus sueños… todo había terminado. No quería seguir viviendo.
Mientras tanto, en un viejo autobús que iba de la ciudad al pueblo, viajaba Adrián, recién licenciado del ejército. Miraba por la ventana mientras el vehículo subía y bajaba por la carretera, sosteniendo su mochila para que no se cayera.
Por fin volvía a casa. Dos años en el ejército, que al principio se le habían hecho eternos, ya habían terminado. Conocía bien ese camino; antes de irse, solía viajar con su padre en su viejo Seat a vender patatas en el mercado.
Cuando faltaba poco para llegar, se acercó al conductor:
“¿Puede dejarme aquí? Quiero caminar un poco, respirar el aire de casa”.
El conductor asintió y paró el autobús. Adrián, con su uniforme militar, bajó. Quería pasear, recordar los lugares que tanto había echado de menos. Y, por supuesto, recoger margaritas y amapolas en el campo que se extendía a su derecha. A su novia, Lucía, le encantaban esas flores. Había esperado por él dos años.
Adrián sonrió al imaginar la cara de Lucía cuando le diera el anillo y las flores. La quería con locura y sabía que ella también los esperaba con ilusión. Recordaba sus abrazos y besos…
Mientras bajaba la cuesta, vio a una figura solitaria en la carretera. Una chica caminaba de forma extraña, como si arrastrara los pies, y se detuvo en medio de la calzada.
“¿Qué hace ahí? Puede que la atropellen”, pensó.
En ese momento, vio un camión acercándose a toda velocidad. Empezó a gritar y a correr hacia ella:
“¡Quítate de ahí! ¡El camión! ¡Te va a atropellar!”.
La carretera era en pendiente y el camión no podía frenar a tiempo. Adrián corrió como nunca, dejando caer la mochila. Vio el rostro pálido de la chica, sus ojos vacíos. El conductor pitaba desesperado. En el último instante, Adrián la empujó fuera de peligro, pero el impacto lo arrojó al suelo. Un dolor agudo en las piernas lo dejó inconsciente.
Mariana despertó de su trance al sentir que alguien la apartaba del camión. Oyó el grito del joven y vio su cuerpo tendido en el asfalto, las piernas ensangrentadas.
“Dios mío, se ha sacrificado por mí”, pensó con horror.
El conductor, un hombre mayor, la zarandeó:
“¿De dónde has salido? ¡Por tu culpa…!”, señaló al chico y, al inclinarse sobre él, gritó: “¡Está vivo! ¡Llama a una ambulancia!”
Mariana observó todo en un trance: la policía, los sanitarios, al conductor, al joven militar siendo subido a la camilla. Le hicieron preguntas, pero no podía concentrarse. Solo veía su rostro y sus piernas destrozadas.
Se acercó al conductor, que estaba siendo interrogado.
“Él no tiene la culpa. Yo quería tirarme… pero ese chico me salvó”, repetía.
Preguntaron por el joven.
“No lo conozco, es la primera vez que lo veo. La culpa es mía”.
Alguien encontró la mochila de Adrián con sus documentos. Ella la tomó.
“Iré al hospital. Se lo devolveré todo. Tengo que verlo”.
En el hospital no la dejaban entrar, pero se coló igual. Lo vio siendo llevado al quirófano.
“Dios mío, por favor, que viva. Que viva. Yo debí morir, no él…”, lloraba en silencio.
Nadie le preguntó qué relación tenía con Adrián; todos asumieron que era su novia, porque se negaba a irse.
Se las arreglaba para entrar en su habitación, aunque la echaban. Pero siempre volvía.
“Despierta, por favor. Ábreme los ojos. Tienes que vivir”.
Un día, mientras estaba a su lado, llegaron sus padres y su prometida, Lucía. Al ver a Adrián en ese estado, Lucía se tapó la boca y salió corriendo. Su madre cayó de rodillas junto a la cama, sollozando.
“Hijo mío, mi vida… ¿Por qué? Dios, ¿por qué?”, lloraba hasta que su marido la levantó y señaló a Mariana.
“¡Por su culpa! Dile gracias a ella”.
La madre la miró con odio. Mariana bajó la cabeza, sabiendo que tenía razón.
“¡Lárgate de aquí! No quiero volver a verte”.
Al salir, Lucía les dijo a los padres:
“No me busquen más. No quiero a un inválido. Y puede que ni siquiera se recupere”.
Mariana lo escuchó. Se iba, aunque ya la habían echado. No podía creer que alguien que decía amarlo hablara así.
Los padres, al ver que ella seguía cuidándolo, dejaron de reprocharle. Notaban su dedicación.
Poco a poco, Adri







