La Consejera Traicionera

**La Consejera Traicionera**

Almudena entró en el despacho del director de la empresa donde había trabajado casi dos años.

El hombre, de unos cincuenta años, apenas levantó la vista de los papeles que tenía sobre la mesa.

—Ignacio, ¿por qué me ha despedido? —preguntó con voz temblorosa por la indignación.

—No solo a ti. La empresa pasa por un mal momento, estamos al borde de la quiebra —respondió el director, frunciendo el ceño. Llevaba días soportando las mismas preguntas, incluso amenazas.

—Pero aún no han quebrado, ¿verdad?

—No, pero los ingresos han caído en picado. Para mantener los sueldos completos, tuvimos que prescindir de algunos empleados. ¿Te parece justo que despidiera a madres solteras en tu lugar? Recuerda que te contraté temporalmente, para sustituir a una compañera en baja maternal. ¿Alguna otra duda?

—¿No hay otra opción para mí? —su voz sonó frágil.

—Ya te lo he dicho, estamos al límite. No es nada personal. —El director volvió a sumergirse en los documentos, dejando claro que la conversación había terminado.

Dos semanas después, Almudena seguía buscando trabajo. Había enviado su currículum a decenas de ofertas, asistido a entrevistas, pero o no cumplía con la experiencia requerida o le prometían llamarla y nunca lo hacían. El dinero se le escapaba de las manos, el alquiler de su piso en Madrid estaba a punto de vencer y aún no encontraba nada.

Justo cuando perdía la esperanza, vio un anuncio nuevo. Marcó el número sin pensarlo.

—¿Puedes venir a las once? —preguntó una voz femenina, neutra.

—¿Hoy? Sí, claro —respondió Almudena, aliviada.

—Apunta la dirección…

Al consultar el mapa, se llevó un susto. La oficina quedaba lejos de su casa y solo le quedaba una hora. Se arrepintió de haber aceptado tan rápido, pero no podía perder esa oportunidad.

Se vistió a toda prisa y salió disparada. Afuera llovía a cántaros, así que tuvo que volver a por el paraguas. Llegar empapada a la entrevista no daría buena impresión. La primera impresión lo era todo.

En la parada, una anciana le informó que el autobús acababa de marcharse. El día no podía ir peor. Almudena contuvo las lágrimas mientras alzaba la mano para parar un taxi.

Los coches pasaban a su lado, salpicándola. Por fin, un Seat gris plateado se detuvo. El conductor, un hombre joven, bajó la ventanilla.

—¿A dónde vas?

Almudena se subió y le dio la dirección.

—Eso queda lejos —protestó él.

—Por favor, es para una entrevista. Voy tarde —rogó, mirándolo con ansiedad.

—Vale, vamos —aceptó, aunque a regañadientes.

—¿Puedes ir más rápido? —insistió ella.

—Encima me apuras —murmuró él, irritado.

—¿Qué?

—Nada, tranquila, llegaremos.

El coche paró frente al edificio con tres minutos de antelación.

—¡Suerte! —gritó el conductor mientras Almudena salía corriendo.

Entró en la oficina justo a tiempo, sofocada y roja por el esfuerzo.

—Llegar puntual es un buen comienzo —comentó la entrevistadora, una mujer de traje estricto—. Se ve que necesitas el trabajo.

—¡Muchísimo! —afirmó Almudena.

Media hora después, salió con una sonrisa de oreja a oreja. Para su sorpresa, el coche que la había traído aún estaba allí. Entonces recordó, avergonzada, que no le había pagado.

—Perdona, estaba tan nerviosa que me olvidé… —sacó la cartera.

—No hace falta. Quería saber si lo habías conseguido. Por tu cara, diría que sí.

—¡Sí! Me han contratado —sonrió, agradecida.

—Hay que celebrarlo. ¿Comemos algo?

Almudena dudó, pero no supo negarse. Después de todo, él había sido clave.

—Vale. Parece que me traes suerte —dijo, subiendo al coche.

Ahora, sentada frente a él en el restaurante, pudo observarlo bien: alto, ojos oscuros, impecablemente vestido. Se llamaba Adrián.

Así empezó su historia. Dos meses después, Almudena se mudó con él. Seis meses más tarde, se casaron. Vivían en un piso prestado por un amigo de Adrián que trabajaba en el extranjero.

Decidieron comprar una vivienda con una hipoteca ventajosa para jóvenes. Adrián buscó trabajos extra para acelerar los pagos.

Sobre los hijos, prefirieron esperar. Almudena creció en una familia numerosa, usando ropa heredada de sus hermanos mayores. Quería darles a sus hijos lo mejor, sin prisas. A los veinticinco, aún tenía tiempo.

En la oficina, su compañera Laura era su ejemplo a seguir. Vestía con elegancia sencilla, llevaba el pelo corto y parecía mucho más joven de sus cuarenta y dos años. Almudena la admiraba.

—¿Qué haréis en Nochevieja? —preguntó Laura un día.

—En casa. La hipoteca nos tiene ajustados.

—Yo también estaré en casa. Sola —confesó, con tristeza.

—¿Y tu familia?

—No puedo ir con mi madre. Hay razones —suspiró.

Almudena no entendía pasar la noche sola.

—Ven con nosotros. Será más animado.

—Lo pensaré —sonrió Laura, agradecida.

Esa noche, Laura llegó con champán, caviar y frutas exóticas. Fue una velada divertida, con Adrián haciendo de anfitrión. A la mañana siguiente, él la llevó a casa.

Pero después de Año Nuevo, Adrián empezó a actuar raro. Hablaba por teléfono en el baño, lo llevaba siempre encima, dormía hasta tarde incluso los fines de semana. Ya no salían ni hacían el amor.

Almudena sospechó lo peor. ¿Habría otra mujer?

En el trabajo, Laura notó su angustia.

—¿Te pasa algo?

Almudena al final se sinceró.

—Te has relajado —dijo Laura—. Los hombres necesitan emoción. Haz que vuelva a perseguirte. Cámbiate el look, actúa distante, que sienta celos. Puedo llamarte por la noche para ayudarte.

Almudena siguió su consejo: se tiñó el pelo, maquilló más sus ojos. Cuando Laura llamó, ella se encerró en el baño.

—¿Quién era? —preguntó Adrián, desconfiado.

—¿Y a ti quién te llama a ti tanto? —contraatacó ella.

La pelea escaló. Esa noche durmieron separados.

Almudena revisó su teléfono y descubrió mensajes de Laura. Todo encajó: pretendía separarlos.

A la mañana siguiente, se lo contó a Adrián.

—Ella te mintió. Quiere quedarse contigo.

Tras una larga charla, Adrián entendió la trampa.

Laura dejó el trabajo cuando todos supieron la verdad. Almudena y Adrián reconciliaron su matrimonio con un viaje a la playa. Un segundo mes de miel que terminó en embarazo.

A veces, las personas más cercanas son las que más daño hacen. Pero el amor verdadero resiste cualquier intriga. Las peleas, como el viento al fuego, solo lo avivan más.

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La Consejera Traicionera
Sin consejos La carta de Kiko llegó a Santi al WhatsApp como una foto de un folio cuadriculado. Tinta azul, letra inclinada con cuidado, abajo la firma: “Tu abuelo, Nico”. Junto a la foto, un mensaje breve de su madre: “Ahora escribe así. Si no te apetece, no hace falta que respondas”. Santi amplía la imagen para descifrar las líneas. “Santi, buenas. Te escribo desde la cocina. Aquí tengo nuevo compañero: el medidor de glucosa. Por la mañana pita si me paso con el pan. El médico dice que camine más, pero ¿a dónde voy a salir a andar si todos los míos están en el cementerio y tú, en Madrid? Así que paseo por la memoria. Hoy, por ejemplo, me he acordado de cuando en el 79 cargábamos vagones en la estación. Pagaban una miseria pero te podías llevar dos cajas de manzanas. Eran de madera con grapas a los lados, las manzanas verdes y ácidas, pero para nosotros era fiesta. Nos las comíamos allí mismo, sentados sobre sacos de cemento, manos grises y uñas con polvo, los dientes rechinando de arena. Y aun así, sabían a gloria. ¿Y esto a qué viene? A nada, simplemente se me ha venido. No te creas que pretendo darte lecciones de vida. Tú con la tuya y yo con mis pruebas. Si te apetece, cuéntame cómo va el tiempo y la uni. Tu abuelo, Nico.” Santi sonríe. “Medidor de glucosa”, “analíticas”. La foto ponía: “Enviado hace una hora”. Ya había intentado llamar a su madre, sin suerte. Así que, efectivamente, “ahora es así”. Rebusca el chat: los últimos mensajes del abuelo, hace un año, eran audios cortos con felicitaciones y un “¿cómo va la carrera?” Entonces Santi contestó con un emoji y desapareció. Ahora mira largo rato la foto del folio cuadriculado, luego abre la ventana de respuesta. “Hola, abuelo. El tiempo en Madrid: tres grados y lluvia. Exámenes: pronto. Ahora las manzanas cuestan ciento veinte el kilo. No hay suerte con las manzanas. Santi.” Lo piensa, borra “Santi”, pone “Tu nieto Santi.” y envía. A los días, su madre reenvía otra foto. “Santi, buen día. Leí tu carta tres veces. Decidí contestar despacio. Aquí el tiempo es igual que en Madrid, pero sin esos charcos modernos vuestros. Nieve por la mañana, agua al mediodía, hielo en la noche. Ya me caí un par de veces, pero parece que aún no me toca. Ya que sacaste lo de las manzanas, te cuento mi primer trabajo de verdad. Tenía veinte años y entré en fábrica. Montábamos piezas para ascensores. Siempre ruido, algo dando golpes y polvo en el aire. Mi pantalón de faena era gris y no salía la suciedad por mucho que frotases. Los dedos llenos de cortes, uñas con grasa. Pero yo iba orgulloso con mi pase, entrando por la puerta como los mayores. La mejor parte no era el sueldo, sino la comida. En el comedor servían sopa de remolacha en unos platos pesados, y si llegabas temprano, podías coger pan extra. Nos sentábamos con los chicos en silencio, no porque no hubiese tema, sino porque no quedaban fuerzas. La cuchara pesaba más que una llave inglesa. Seguramente ahora estás delante del portátil y piensas que esto es la prehistoria. Yo también lo pensaba: ¿era feliz entonces, o no tenía tiempo ni de preguntármelo? ¿Tú curras aparte de estudiar? ¿O por ahí ya solo hacéis startups? Nico.” Santi lee el mensaje mientras espera en la cola del kebab. A su alrededor, discusión y chillidos de anuncios por la megafonía. No puede dejar de releer la parte del comedor y los platos pesados de sopa. Contesta ahí mismo, apoyado en la barra. “Hola, abuelo. Estoy de repartidor. Llevo comida, a veces documentos. No tengo pase, solo una aplicación que siempre se cuelga. Yo también como en el curro, pero es porque no me da tiempo a volver a casa; pillo lo barato, como en el portal o en el coche de un colega. También callado. Eso de ser feliz… tampoco lo sé. No me da tiempo a pensarlo. Pero tu sopa de remolacha en el comedor suena bien. Tu nieto Santi.” Pensó en añadir lo de las startups, pero prefirió dejarlo en el aire. Que su abuelo lo imagine a su manera. La siguiente carta es inesperadamente escueta. “Santi, hola. Repartidor, eso es serio. Ahora te imagino distinto, no como un chico con el ordenador sino alguien en zapatillas, siempre corriendo. Ya que cuentas tu curro, yo te cuento cuando trabajé en la obra. Era entre turnos en la fábrica, porque no llegaba. Cargábamos ladrillos hasta el quinto por escaleras de madera. El polvo se te metía en la nariz, ojos, oídos. Al llegar a casa, al quitarme los zapatos, caía arena y tu abuela renegaba porque le destrocé el suelo. Lo raro es que no recuerdo el cansancio, sino un detalle: había un hombre, Pepe, que siempre llegaba antes y pelaba patatas sentado en un cubo. Las echaba en una olla que traía de casa. Al mediodía la ponía en el hornillo, y todo el piso olía a patata cocida. Comíamos con las manos, sal a pellizcos del papel. Me parecía comida de rey. Ahora, desde esta cocina, miro la bolsa de patatas compradas y me parecen otras. Igual no es la patata, es la edad. ¿Tú qué comes cuando llegas cansado? Pero de verdad, no de reparto. Nico.” Santi tarda en contestar. Piensa qué contestar a “de verdad”. Recuerda el invierno pasado, tras un turno de doce horas, compró raviolis en el chino 24h, los hirvió en la cazuela de la resi donde antes alguien coció salchichas. Se deshicieron, el agua turbia, pero él se los zampó de pie, mirando por la ventana porque no había mesa. Dos días después escribe: “Hola, abuelo. Cuando ando muerto, suelo hacerme huevos fritos. Dos o tres, a veces con chorizo. La sartén de la resi es terrorífica, pero cumple. No hay Pepe, pero sí un compi que siempre quema algo y suelta tacos. Hablas mucho de comida. ¿Era que tenías hambre antes o ahora? Tu nieto Santi.” Nada más enviarlo, se arrepiente de lo último, le parece borde. Pero ya estaba hecho. La respuesta llega antes que nunca. “Santi, Lo del hambre es buena pregunta. De joven siempre tenía hambre, y no solo de sopa y patata. Quería una moto, botas nuevas, habitación propia para no oír a mi padre toser de noche. Quería que me respetaran, poder entrar a la tienda sin contar las monedas, que alguna chica me mirase y no pasara de largo. Ahora como bien, de hecho el médico me reta por pasarme. Escribo de comida porque es algo fácil de recordar y de tocar. El sabor de la sopa es sencillo de contar, no así la vergüenza. Ya que preguntas, te cuento una, pero sin moraleja, que sé que eso te incomoda. Tenía 23. Ya salía con quien luego sería tu abuela, pero no andábamos seguros. En la fábrica pidieron gente para ir al Norte. Pagaban bien, en dos años podías juntar para coche. Yo ya me vi volviendo con mi Seat y llevándola por la ciudad. Pero hubo un problema: tu abuela no quería ir. Aquí su madre enferma, trabajo, amigas. Dijo que no aguantaría ese frío y esa oscuridad. Le solté que me estaba arrastrando. Y que si me quería, que me apoyase. Fui más brusco, pero te lo ahorro. Me fui solo. Al medio año dejamos de escribirnos. Volví dos años después, con dinero y coche, y ella ya estaba casada. Me pasé años diciendo que me traicionó. Yo por ella, y ella… Pero en realidad fui yo quien eligió el dinero y el hierro antes que la persona. Me pasé luego la vida fingiendo que fue la única opción válida. Ese era mi apetito. ¿Qué sentía? En ese momento, fuerza y razón. Luego pasé muchos años fingiendo que no sentía nada. Si no quieres contestar, lo entenderé. Ya sé que mis batallitas te pillan lejos. Nico.” Santi relee, le queda clavada la palabra “vergüenza”. Busca en el texto una excusa del abuelo, pero no la da. Abre mensaje nuevo, escribe “¿Te arrepientes?”, lo borra. Pone “¿Y si te hubieras quedado?” y también lo borra. Al final, envía otra cosa. “Hola, abuelo. Gracias por contarme esto. No sé qué decir. En casa siempre hablan de la abuela como si solo pudiera haber sido abuela, sin alternativas. No te juzgo. Yo también hace poco elegí trabajo en vez de persona. Tenía novia justo cuando entré de repartidor, me daban mejores turnos. Siempre estaba fuera. Ella decía que no nos veíamos, que estaba con el móvil, que yo llegaba de mal humor. Yo le decía que aguantara, que luego sería más fácil. Un día dijo que estaba cansada de esperar. Yo contesté que ese era su problema. También solté cosas feas, pero te las ahorro. Ahora, cuando ceno mis huevos fritos al volver tarde, pienso que igual elegí dinero y reparto antes que persona. Y también me hago el fuerte. Igual es cosa de familia. Santi.” La respuesta del abuelo, esta vez en folio con rayas. La madre explica por audio que se le terminó el cuadriculado. “Santi, Eso de ‘cosa de familia’ lo dices bien. Aquí todo se echa a la sangre: bebe porque el abuelo bebía, grita porque la abuela era dura… pero al final siempre eliges tú. Da miedo reconocerlo y para eso inventamos lo hereditario. Al volver del Norte pensaba: vida nueva, coche, habitación en la residencia, dinero en el bolsillo. Por la noche me sentaba en la cama y no sabía qué hacer conmigo. Los amigos se habían ido, el encargado de la fábrica era otro y lo único que me esperaba en casa era el polvo y la radio vieja. Un día fui hasta la casa donde vivía la que pudo ser tu abuela. Me quedé en la acera de enfrente mirando las ventanas, una con luz, otra sin. Cuando salía con el carrito vi a un hombre que iba a su lado, la cogía del brazo. Hablaban de algo y reían. Me escondí detrás de un árbol como un crío y miré hasta que giraron la esquina. Allí supe que nadie me traicionó. Ella eligió su camino y yo, el mío. Tardé diez años en admitirlo. Dices que escogiste el trabajo en vez de la chica. Quizá elegiste salvarte tú. Es normal. A veces toca rescatarse uno antes, antes que ir al cine con una. No es bueno ni malo. Solo es así. ¿Sabes lo más jodido? Que raras veces decimos de frente: ‘ahora esto es más importante que tú’. Inventamos eufemismos y al final todos se enfadan. No te escribo esto para que te lances a recuperarla. Ni sé siquiera si deberías. Solo lo dejo ahí, para que el día que tú estés bajo una ventana ajena, igual puedas decir algo más de verdad. Tu viejo abuelo Nico.” Santi se queda en el alféizar del pasillo de la resi, el móvil caliente en la mano. Fuera, los coches chapotean en charcos, alguien fuma en la puerta. De fondo, en otra habitación, suena música y los bajos retumban. Piensa mucho qué decir. Le viene la imagen de estar bajo la ventana de su ex cuando ella ya no respondía llamadas. Mirar las cortinas, la luz, pensar “ahora sale y me ve”. Pero no salió. Escribe: “Hola, abuelo. Yo también esperé bajo la ventana. También me escondí cuando la vi salir con otro. Él con mochila, ella con la compra. Se reían. Pensé que me habían borrado. Ahora, leyéndote, creo que igual fui yo quien salió de la historia. Dices que tardaste diez años en darte cuenta. Ojalá a mí me lleve menos. No voy a ir a por ella. A lo mejor solo dejo de fingir que me da igual. Tu nieto Santi.” La siguiente carta cambia de tema. “Santi, Me preguntaste un día por dinero. No respondí porque no sabía cómo enfocarlo. Ahora lo intento. En mi casa el dinero siempre fue como el tiempo: solo se habla de él cuando falta o cuando sobra. Tu padre, de niño, me preguntó un día cuánto cobraba. Justo tenía un extra y solté la cifra con orgullo. Él me miró y dijo “¡Anda, eres rico!” Me reí y le dije que tonto, que no era para tanto. Un par de años después me despidieron y el sueldo era la mitad. Él volvió a preguntar. Le dije la cifra y contestó: “¿Por qué tan poco? ¿Trabajas peor?” Me enfadé, le grité que no sabía de nada, que era un ingrato. Solo trataba de entender los números. Muchos años pensé en esa charla y vi que aquel día le enseñé a no preguntarme nunca más por dinero. De adulto jamás lo hizo. Trabajó cargando cajas, arreglando cosas para otros. Yo siempre esperando que adivinara lo duro que era todo. Contigo no quiero ese error. Por eso te lo digo claro: mi pensión es modesta, pero llega para medicinas y comida. Para coche ya no da, pero tampoco lo quiero. Solo ahorro para los dientes, los viejos ya no dan para más. ¿Y tú? ¿Vas tirando? No te lo digo para mandarte dinero ni comprarte calcetines. Solo me importa saber si comes y duermes bajo techo. Si te da corte contestar, pon solo ‘bien’ y yo entiendo. Nico.” Santi siente un nudo. Recuerda los mismos silencios incómodos con su padre cada vez que preguntaba por dinero. Al final creyó que hablar de dinero era vergonzoso. Después de mucho mirar el texto, responde: “Hola, abuelo. No paso hambre ni duermo en el suelo. Tengo cama, con colchón decente aunque regular. Pago la resi yo, así lo pacté con mi padre. A veces me retraso, pero no me han echado. Para comer me basta si no me paso. Si va mal, cojo más turnos y luego ando hecho polvo, pero es decisión mía. Me sabe mal que seas tú quien pregunta y yo nunca lo hago al revés. Algo tipo: ¿y tú, abuelo, vas bien? Pero ya me has contestado. A veces pienso que sería más sencillo que simplemente dijeras ‘todo bien’ y fin. Pero entiendo que eso es porque aprendí así, que los mayores no cuentan nada. Gracias por hablar del dinero. Santi.” Un rato después le manda otro mensaje: “Si algún día te quedas sin para algo que te apetece, dímelo. No prometo poder ayudarte, pero al menos saberlo.” Y lo envía para no arrepentirse. La respuesta del abuelo es la más temblorosa de todas, letras irregulares, líneas torcidas. “Santi, Leí lo de ‘si te falta’. Primero iba a escribir que no necesito nada, que ya tengo demasiado, que de viejo solo hacen falta pastillas. Luego pensé en ponerlo en broma, pedirte una moto nueva. Pero me di cuenta que toda la vida he hecho el fuerte y acabo siendo un viejo al que le da miedo pedirle una tontería al nieto. Así que lo dejo claro: si algún día de verdad me falta algo, intentaré no fingir que no importa. Ahora tengo té, pan, pastillas y tus cartas. No me pongo épico, hago lista. Sabes, pensaba que éramos mundos distintos: tú con tus apps y yo con mi radio. Ahora te leo y veo parecidos. Ninguno pide ayuda, ambos fingimos que nos da igual cuando no. Siguiendo con la sinceridad, te cuento una cosa que en la familia no se dice. No sé cómo te lo tomarás. Cuando nació tu padre, yo no estaba listo. Recién entrado en trabajo nuevo, nos dieron habitación en la resi, pensaba que todo iba a ir bien. De repente, un niño. Llanto, pañales, noches sin dormir. Llegaba de los turnos de noche y él lloraba a gritos. Yo me enfadaba. Un día, ya desesperado, tiré el biberón contra la pared y se rompió. La leche se derramó. Tu abuela llorando, el crío a gritos, y yo ahí parado pensando en desaparecer. No me fui. Pero años me engañé diciendo que fue por estrés. La verdad: estuve muy cerca de tirar la toalla. Y de haberlo hecho, tú no estarías leyendo esto. No sé si necesitas saberlo. Quizá para que sepas que tu abuelo ni es héroe ni ejemplo. Solo un hombre que alguna vez quiso huir de todo. Si después de leer esto dejas de escribirme, lo entenderé. Nico.” Santi lee y se le encoge el pecho. La imagen de su abuelo no es ya solo la manta caliente y el olor a mandarinas de Navidades: es un hombre cansado en una habitación, el crío llorando, leche por el suelo. Recuerda aquel campamento de verano, cuando perdió la paciencia y gritó a un niño pesado. Le agarró el hombro con fuerza, el pequeño rompió a llorar y Santi luego no pudo dormir de culpa. Se queda mirando la pantalla, borra “No eres un monstruo”. Intenta “Te quiero igual”, lo borra por pudor. Al final envía: “Hola, abuelo. No voy a dejar de escribirte. No sé bien qué contestar a estas cosas. En casa nunca se habla de gritos o de ganas de marcharse. O se calla o se bromea. El verano pasado trabajé en un campamento. Había un niño que quería irse a casa todo el rato, y un día le grité tanto que me dio miedo de mí mismo. Luego pensé que igual no valgo para ser padre. Esto que me cuentas no te hace peor abuelo. Te hace real. No sé si yo podré contarle así de claro algo a mi hijo, si lo tengo. Pero intentaré al menos no fingir que siempre tengo razón. Gracias por no irte aquel día. Santi.” Pulsa enviar y, por primera vez, siente que espera la respuesta no por compromiso, sino porque la necesita. Dos días después llega la respuesta. Esta vez no es foto, sino un mensaje de su madre: “Ha aprendido a enviar notas de audio, pero no te asustes. Te la transcribo”. En pantalla, foto nueva de un folio de rayas. “Santi, Leí tu carta y pensé que ya eres más valiente que yo a tu edad. Al menos admites que tienes miedo. Yo iba de duro y luego rompía muebles. No sé si serás buen padre. Ni tú lo sabes. Eso solo se aprende en el camino. Pero que te hagas la pregunta ya significa mucho. Dices que para ti soy real. Es lo mejor que me han dicho en años. Siempre me han llamado ‘cabezota’, ‘gruñón’, ‘testarudo’. Pero ‘vivo’ hace mucho que no me llamaban. Ya que estamos en confianza: si mis historias te llegan a cansar, dilo. Puedo escribirte menos o guardarlo para fiestas. Solo no quiero atosigarte con el pasado. Y otra cosa: si alguna vez te apetece venir, sin motivo, aquí estaré. Tengo un taburete libre y una taza limpia. Limpié, lo aseguro. Tu abuelo Nico.” Santi sonríe con lo de la taza. Imagina esa cocina, el taburete, el medidor de glucosa sobre la mesa, la bolsa de patatas al lado del radiador. Hace una foto a su propia cocina de la resi: el fregadero con platos, la sartén “tétrica”, la caja de huevos, la tetera, dos tazas (una con el canto roto), en la ventana un bote con tenedores. Se la manda y añade texto: “Hola, abuelo. Esta es mi cocina. Taburetes tengo dos, tazas también. Si alguna vez quieres venir, aquí estaré yo. Bueno, casi en casa. No me cansas. A veces no sé qué responder, pero leo todo. Si quieres, cuéntame algo que nunca hayas contado, pero no por vergüenza, sino porque no tenías con quién. S.” Pulsa enviar y se da cuenta de que acaba de preguntar algo que nunca se atrevió a ningún adulto de su familia. Deja el móvil en la mesa mientras la sartén chisporrotea. En la otra habitación se ríen. Santi da la vuelta al huevo, apaga el gas y se sienta en el taburete, imaginando que algún día, en otro igual, su abuelo estará enfrente con una taza, contando historias en alto, y no sobre papel. No sabe si el abuelo vendrá o qué pasará después. Pero solo pensar que tiene a alguien a quien enviarle una foto de su cocina desordenada y preguntarle “¿y tú cómo vas?” le afloja el pecho y se siente seguro. Mira el chat y repasa los mensajes, los folios cuadriculados y rayados, sus respuestas cortas de “S.”. Luego pone el móvil boca abajo para no perder nada si aparece otra notificación. El huevo se enfría, pero lo termina igual, despacio, como compartiéndolo con alguien más. Nunca se dicen un “te quiero” explícito en toda la conversación. Pero ya hay algo entre líneas, y, de momento, eso basta para los dos.