**La Consejera Traicionera**
Almudena entró en el despacho del director de la empresa donde había trabajado casi dos años.
El hombre, de unos cincuenta años, apenas levantó la vista de los papeles que tenía sobre la mesa.
—Ignacio, ¿por qué me ha despedido? —preguntó con voz temblorosa por la indignación.
—No solo a ti. La empresa pasa por un mal momento, estamos al borde de la quiebra —respondió el director, frunciendo el ceño. Llevaba días soportando las mismas preguntas, incluso amenazas.
—Pero aún no han quebrado, ¿verdad?
—No, pero los ingresos han caído en picado. Para mantener los sueldos completos, tuvimos que prescindir de algunos empleados. ¿Te parece justo que despidiera a madres solteras en tu lugar? Recuerda que te contraté temporalmente, para sustituir a una compañera en baja maternal. ¿Alguna otra duda?
—¿No hay otra opción para mí? —su voz sonó frágil.
—Ya te lo he dicho, estamos al límite. No es nada personal. —El director volvió a sumergirse en los documentos, dejando claro que la conversación había terminado.
Dos semanas después, Almudena seguía buscando trabajo. Había enviado su currículum a decenas de ofertas, asistido a entrevistas, pero o no cumplía con la experiencia requerida o le prometían llamarla y nunca lo hacían. El dinero se le escapaba de las manos, el alquiler de su piso en Madrid estaba a punto de vencer y aún no encontraba nada.
Justo cuando perdía la esperanza, vio un anuncio nuevo. Marcó el número sin pensarlo.
—¿Puedes venir a las once? —preguntó una voz femenina, neutra.
—¿Hoy? Sí, claro —respondió Almudena, aliviada.
—Apunta la dirección…
Al consultar el mapa, se llevó un susto. La oficina quedaba lejos de su casa y solo le quedaba una hora. Se arrepintió de haber aceptado tan rápido, pero no podía perder esa oportunidad.
Se vistió a toda prisa y salió disparada. Afuera llovía a cántaros, así que tuvo que volver a por el paraguas. Llegar empapada a la entrevista no daría buena impresión. La primera impresión lo era todo.
En la parada, una anciana le informó que el autobús acababa de marcharse. El día no podía ir peor. Almudena contuvo las lágrimas mientras alzaba la mano para parar un taxi.
Los coches pasaban a su lado, salpicándola. Por fin, un Seat gris plateado se detuvo. El conductor, un hombre joven, bajó la ventanilla.
—¿A dónde vas?
Almudena se subió y le dio la dirección.
—Eso queda lejos —protestó él.
—Por favor, es para una entrevista. Voy tarde —rogó, mirándolo con ansiedad.
—Vale, vamos —aceptó, aunque a regañadientes.
—¿Puedes ir más rápido? —insistió ella.
—Encima me apuras —murmuró él, irritado.
—¿Qué?
—Nada, tranquila, llegaremos.
El coche paró frente al edificio con tres minutos de antelación.
—¡Suerte! —gritó el conductor mientras Almudena salía corriendo.
Entró en la oficina justo a tiempo, sofocada y roja por el esfuerzo.
—Llegar puntual es un buen comienzo —comentó la entrevistadora, una mujer de traje estricto—. Se ve que necesitas el trabajo.
—¡Muchísimo! —afirmó Almudena.
Media hora después, salió con una sonrisa de oreja a oreja. Para su sorpresa, el coche que la había traído aún estaba allí. Entonces recordó, avergonzada, que no le había pagado.
—Perdona, estaba tan nerviosa que me olvidé… —sacó la cartera.
—No hace falta. Quería saber si lo habías conseguido. Por tu cara, diría que sí.
—¡Sí! Me han contratado —sonrió, agradecida.
—Hay que celebrarlo. ¿Comemos algo?
Almudena dudó, pero no supo negarse. Después de todo, él había sido clave.
—Vale. Parece que me traes suerte —dijo, subiendo al coche.
Ahora, sentada frente a él en el restaurante, pudo observarlo bien: alto, ojos oscuros, impecablemente vestido. Se llamaba Adrián.
Así empezó su historia. Dos meses después, Almudena se mudó con él. Seis meses más tarde, se casaron. Vivían en un piso prestado por un amigo de Adrián que trabajaba en el extranjero.
Decidieron comprar una vivienda con una hipoteca ventajosa para jóvenes. Adrián buscó trabajos extra para acelerar los pagos.
Sobre los hijos, prefirieron esperar. Almudena creció en una familia numerosa, usando ropa heredada de sus hermanos mayores. Quería darles a sus hijos lo mejor, sin prisas. A los veinticinco, aún tenía tiempo.
En la oficina, su compañera Laura era su ejemplo a seguir. Vestía con elegancia sencilla, llevaba el pelo corto y parecía mucho más joven de sus cuarenta y dos años. Almudena la admiraba.
—¿Qué haréis en Nochevieja? —preguntó Laura un día.
—En casa. La hipoteca nos tiene ajustados.
—Yo también estaré en casa. Sola —confesó, con tristeza.
—¿Y tu familia?
—No puedo ir con mi madre. Hay razones —suspiró.
Almudena no entendía pasar la noche sola.
—Ven con nosotros. Será más animado.
—Lo pensaré —sonrió Laura, agradecida.
Esa noche, Laura llegó con champán, caviar y frutas exóticas. Fue una velada divertida, con Adrián haciendo de anfitrión. A la mañana siguiente, él la llevó a casa.
Pero después de Año Nuevo, Adrián empezó a actuar raro. Hablaba por teléfono en el baño, lo llevaba siempre encima, dormía hasta tarde incluso los fines de semana. Ya no salían ni hacían el amor.
Almudena sospechó lo peor. ¿Habría otra mujer?
En el trabajo, Laura notó su angustia.
—¿Te pasa algo?
Almudena al final se sinceró.
—Te has relajado —dijo Laura—. Los hombres necesitan emoción. Haz que vuelva a perseguirte. Cámbiate el look, actúa distante, que sienta celos. Puedo llamarte por la noche para ayudarte.
Almudena siguió su consejo: se tiñó el pelo, maquilló más sus ojos. Cuando Laura llamó, ella se encerró en el baño.
—¿Quién era? —preguntó Adrián, desconfiado.
—¿Y a ti quién te llama a ti tanto? —contraatacó ella.
La pelea escaló. Esa noche durmieron separados.
Almudena revisó su teléfono y descubrió mensajes de Laura. Todo encajó: pretendía separarlos.
A la mañana siguiente, se lo contó a Adrián.
—Ella te mintió. Quiere quedarse contigo.
Tras una larga charla, Adrián entendió la trampa.
Laura dejó el trabajo cuando todos supieron la verdad. Almudena y Adrián reconciliaron su matrimonio con un viaje a la playa. Un segundo mes de miel que terminó en embarazo.
A veces, las personas más cercanas son las que más daño hacen. Pero el amor verdadero resiste cualquier intriga. Las peleas, como el viento al fuego, solo lo avivan más.







