El Nido de la Golondrina

Cuando Juan se casa con Inés, la suegra, Doña María, se lleva bien con la nuera al instante. La niña le había llamado la atención desde que Juan era alumno y la veía en los bailes del pueblo.

Juan, ¿te has enamorado?, te miro al espejo como quien contempla a una doncella rubia se ríe María. Muéstranos a la esposa con tu padre.

Sí, madre, ya verás responde Juan, sonriendo y saliendo del patio.

¡Qué suerte la nuestra si mi hijo tiene una mujer como Inés! dice María a su esposo durante la cena.

¿Qué Inés?, pregunta él.

Pues la nieta de Federico, que la cría él solo. No es una niña consentida, es amable, educada y muy bonita.

Doña María muere de curiosidad por saber quién será la mujer que llegará a su casa. Cuando Juan llega con Inés a tomar el té, la madre se queda boquiabierta.

Hijo, ¿has leído mis pensamientos? Yo siempre quise que te casaras con Inés. La he estado mirando desde hace tiempo exclama, mientras la pareja se ríe y se mira.

La boda es típica de la zona, sencilla, pero los novios se casan por amor. Inés es de carácter tranquilo, pero decidido; cuando se empeña en algo lo hace con delicadeza y sentido.

Nuestra Inés, como una golondrina, es amable y cuidadosa comenta Doña María a la vecina, Señora Carmen. Qué buena ama de casa.

Poco después nace su hijo, Miro. Los abuelos lo adoran, aunque él llega prematuro y enfermo. Con el tiempo crece calmado y fuerte.

Los años pasan. Los padres de Juan fallecen y, dos años después, también muere Juan, de un infarto mientras corta leña bajo el sol abrasador. Inés queda sola con su hijo. El tiempo transcurre y Miro se hace mayor; viven tranquilos y llevan una vida pausada. Cada tarea la planifican y la reparten; cultivan la tierra, ordeñan la vaca, cuidan al cerdo y a las gallinas, y si el heno no llega a tiempo bajo el tejado, Inés dice:

No te preocupes, hijo, el verano es largo y todo se secará.

Los vecinos siempre discuten ese tema, pero ellos nunca levantan la voz.

Inés mantiene la casa impecable: suelos brillantes, cortinas bien planchadas. Le gusta cocinar, aunque no en abundancia, pero sí con variedad. Miro disfruta de la comida y ella siempre le pregunta qué quiere para el día siguiente.

La vecina Ana a veces pasa y comenta:

Inés, ¿vives solo con tu hijo y ya tienes la mesa puesta?

Siéntate, Ana, que Miro se lo come todo, aunque no sea alto ni corpulento le responde.

¡Ay, Inés! Tu hijo no tiene la fuerza de Juan, pero al menos es guapo, ¡qué mirada! ríe la vecina. Algún día tendrás una hija que sea tan tranquila como él.

En el pueblo respetan a Inés y a Miro; los consideran sensatos, ordenados y sin envidias. Miro elige a su esposa. Le llama la atención Vera, una muchacha alta, fornida, casi dos metros, no muy bonita pero con mucha energía, berrera y un poco ruda.

No sé cómo ha escogido Vera a mi hijo piensa Inés. Son dos polos opuestos y ninguno se puede domar.

Sin embargo, Inés se resigna. Vive con ellos y trata de aguantar; si su hijo es feliz, ella también lo será.

No hay problema, mamá, los niños crecen y yo les enseño el diablo, les explico lo que les corresponde dice Miro, mientras su madre guarda silencio.

La boda se celebra sin altercados. Después de la fiesta, la gente se queda bebiendo en el patio, en mesas y bancos; al amanecer, todos se dispersan.

Por la mañana, Inés sale al patio a recoger los platos. Vera llega a ayudar, murmurando:

No hacía falta esta boda, bastaba con firmar y ya.

Vete a dormir, Vera, si estás cansada, yo seguiré limpiando le dice Inés

Así que después se dirá que soy una suegra mala, que duermo mucho y no ayudo.

No digas esas cosas, Vera, todavía están todos durmiendo contesta Inés con calma.

Y tú lo contarás a todo el pueblo agrega Vera, mirándola con desdén. Sé lo que hacen las suegras.

Inés se queda callada; no quiere entrar en discusiones sin sentido. Desde el primer día, Vera muestra su carácter. Tras la boda, Vera se fija en cómo Miro trata a su madre, le pide que le haga el favor de abrazarle la mejilla y le agradece la comida. A veces le parece una ternura exagerada.

Qué infantil es esa relación pensaba Vera. Nunca había visto a una madre mimar tanto a su hijo. No entiendo por qué le dedica tanto cariño.

En el mercado, Vera comenta a las chicas del pueblo que su marido adora a su madre y nunca le dice nada malo.

El abuelo Mateo, sentado en su silla, asiente y dice:

¡Ay, Inés! Qué pena que pusieran a la golondrina en el nido de una urraca.

Muchos compadecen a Inés, pero ninguno la ve hablar mal de su nuera. Saben que Vera es conflictiva y que se lleva mal incluso con su propia madre.

Inés no habla con Miro de su descontento por el matrimonio, pues nunca dice nada desagradable. Vera, por su parte, impone su manera de hacer las cosas desde el primer día: lava los platos sin prisa, pero sin esmero; al ordeñar, el cubo siempre está sucio y la leche lleva hierbas. Inés, por su parte, revisa todo, limpia la ubre de la vaca antes de ordeñar y solo entonces empieza a extraer la leche. Cuando Vera prepara la sopa, corta las patatas en cuartos y el ajo en trozos grandes.

A veces Inés ve la mirada de Miro durante la cena y se percata de que prefiere la comida de su madre, pero no sabe qué hacer.

Aunque Miro y Vera no discuten, Inés percibe que la relación les presiona. Intenta, poco a poco, orientarlos, pero al conversar con la suegra de Vera entiende que los insultos y reproches son habituales.

Al cabo de un año, Vera da a luz a Timoteo. El bebé llora mucho por la noche, la leche escasea y el pequeño se queda hambriento. Vera no acude a los consejos de Inés ni lo alimenta con biberón.

Inés, cansada, empieza a dar de comer al nieto; el niño engorda y duerme tranquilo. Un día, Vera la sorprende y grita:

¡Has alimentado a mi hijo enfermo cuando él debía ser tuyo! ¡No vuelvas a tocarlo!

Inés guarda silencio, pero sigue alimentándolo. Timoteo crece sano, entra en la escuela y tiene una relación muy cercana con su abuela, quien lo cría con cariño. Su padre también lo abraza y besa, pero Vera continúa protestando:

Se supone que debéis criar a un varón, no a una niña delicada dice, mientras él solo sacude los hombros.

Los conflictos entre Vera y la familia continúan, pero Inés mantiene la calma y no alimenta la discusión.

Miro trabaja en el taller de mecánica del pueblo; a veces los vecinos se sorprenden de que viva con una mujer tan pendenciera, pero él simplemente se encoge de hombros.

Timoteo estudia bien; Inés se sienta a su lado cuando hace los deberes, aunque no entienda mucho, asiente y le da ánimos. Cuando Timoteo se hace mayor, descubre que Vera lo trata bruscamente y que su padre le ayuda con el té y la mermelada de frambuesa. Él le pide a su madre que le prepare algo rico, pero ella, irritada, le responde:

Si no te gusta, te lo comes, no esperes comida de la realeza.

Timoteo recuerda los momentos en que su abuela le esperó en la puerta con un vaso de leche tibia y un trozo de pastel. Cuando le cuenta a Inés que le gusta Tania, una chica del pueblo, ella le responde con ternura:

Que te guste Tania, hijo mío, es un buen augurio. Rezaré por vosotros.

En la ciudad, Timoteo se muda a un piso universitario y echa de menos los pasteles de su abuela. Antes de los exámenes finales, vuelve a casa; su abuela, temblorosa, le pregunta:

¿Volverás solo después de terminar la carrera?

Sí, abuela, volveré. No me quedaré en la ciudad, aunque mi madre lo quiera. Volveré como ingeniero y Tania también, y nos casaremos. Construiré una casa y te traeré contigo. No te dejaré aquí sola. Todo irá bien.

Inés siente que así será. Con Timoteo y Tania, la vida seguirá tranquila y feliz, y ella sabrá que todo lo que sembró en la infancia volverá a florecer.

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