Amar tal como sabemos hacerlo

Amar como se puede

Manuel, entrecerrando los ojos bajo una gorra arrugada y sucia, miraba a la mujer. Ella, como si no existiese nadie a su alrededor, erguía el cuerpo con orgullo mientras avanzaba descalza por el polvoriento y agrietado camino, llevando en cada mano un cubo lleno de agua.

«¿Ayudarla, quizá? Pero ¿cómo acercarse a una mujer así?», pensó Manuel, dudando de repente, aunque siempre había sabido cómo acercarse a las mujeres, y no era hombre tímido precisamente, trotamundos con experiencia, aunque aún no pasaba de los treinta.

La juventud de Manolito fue un enredo, viajando de aquí para allá por toda Castilla, con amistades dudosas y ciudades ajenas, con mujeres poco respetables, mucho vino y muchos vasos, como tantos otros hasta que asentaron la cabeza, fundaron una familia y levantaron casa propia.

¿Y qué le quedaba al díscolo, si su padre se perdía durante días en la carpintería, y su madre ya no estaba? Y la tía Candelaria, tuerta y desconfiada, que vivía con ellos en la vieja casa de piedra, cuidaba del muchacho por puro compromiso, apenas atina, pero mientras el chico estuviera comido y bebido, todo bien. Cuando terminó la escuela, los ocho cursos, la tía Candelaria ya estaba ciega y muchas veces ni sabía si Manuel estaba en casa. Lo llamaba a gritos, tal vez lo escuchaba, y después se dormía. Durante el sueño era joven, veía, era feliz así acabó sus días.

Y el chico, perdido estaría, de no ser por que el destino le cruzó a Clara, seria y de ojos oscuros y rasgados, como lagunas, con una trenza negra, piel tostada y suave de melocotón y un carácter fiero, de caballo joven y salvaje. Era viuda, con solo veinticinco años, el primer marido llevaba años bajo tierra, con él sólo vivió un lustro, tuvieron un hijo, se acomodaron y todo acabó cuando Dios se lo llevó.

Podría haber seguido sola, viuda, pero había un hijo que criar, un campo que trabajar y algo en Clara hervía, lo joven quería compañía.

¡De ella emana vida! decían, no sin envidia, las vecinas, mirándola por detrás. Está consumida. ¡Tiene la sangre caliente, esas no pueden vivir sin hombre! Aunque ella sola levanta incluso una casa. Pero necesita un Adán al lado.

¡Pero menudo genio tiene! susurraban otras. De esas que ni pueden vivir solas ni aguantan en compañía. Así penarán toda la vida.

Clara sonreía ante los rumores. Sabía que si de verdad encontraba a su hombre, sabría quererlo como nadie.

Manuel, al cruzar la mirada con Clara, quedó sin habla, tragando saliva, ronco. ¡Era como embrujo! Y eso que solo quería pedirle agua, pero apenas pudo balbucear.

¿Qué haces ahí plantado? Lleva los cubos dentro, te doy de comer. ¿Eres de los que están trabajando en la carretera? le sonrió ella, y a Manuel hasta las manos le temblaron.

«¡Ella es de verdad, con una así no es pecado vivir la vida entera!», decidió de golpe.

Clara no temía llevar a Manuel a casa, ni volverse de espaldas ante ese hombre sucio, quemado por el sol y el hollín.

No sentía miedo. Nervios, sí; el corazón palpitaba, la sangre hervía, la cara ardía, pero miedo no. Bajo el cinturón, siempre un cuchillo que le dejó su padre antes de echarla de casa para que iniciase una vida mejor. Y de la madre ni rastro, sólo venía a enterrar.

Manuel bebió dos jarras de agua fresca del pozo con ansia. Con cada trago sentía cómo el pecho se le enfriaba y la cabeza dejaba de darle vueltas. Quiso decir algo, señalando al niño que jugaba con unos cachorros.

Mi hijo. El padre está en el cementerio, aclaró Clara, preparando la mesa, cortó pan, sirvió un vaso de vino y sacó del horno una cazuela de patatas.

Come. Luego te lavas. ¿Cómo te llamas? preguntó, severa, señalándole una silla.

Me llamo Manuel, contestó él, sentándose, para luego levantarse y lavarse las manos.

No sabía de ternura, acostumbrado a los gritos de Candelaria y al silencio paterno. Allí sentía, de nuevo, el calor dulce de un hogar.

Siempre le gustaron mujeres así: firmes, fuertes Y cuando ella le miraba, sentía cómo algo se encendía dentro: quemaba hasta el alma casi al delirio.

Las manos no quedaban blancas y Manuel sentía vergüenza de sus palmas sucias.

¡Qué deshollinador! rió Clara. No te preocupes, que tenemos baño. Allí te quedas como nuevo.

Manuel comió en silencio, con el mismo ansia que antes bebió agua. Quiso alabar el guiso, solo murmuró, azorado, que estaba rico.

Esta noche, cuando acabes el trabajo, ven. A bañarse, Clara abrió la puerta y le indicó que se fuera.

El hijo, sentado en la banqueta, miraba curioso a Manuel, alto y fuerte, husmeando si su madre tramaba algo raro.

A Clara no le temblaba ni una ceja. ¡Ella decidía su vida!

Manuel no volvió a la cuadrilla; cobró su jornal y se quedó en casa de Clara. Ella reía ante las vecinas, que la reprendían diciendo que no era tiempo aún de traer hombre a casa.

No tengáis envidia, mujeres, ¡mi baño es mejor que el de cualquiera! decía, marchándose del pozo con los cubos. Manuel ya corría a su encuentro, descargándole la carga. Y cómo la miraba ¡Fuego! Aquello no era amor, era incendio.

A Clara la llamaban bruja, libertina, déspota con faldas, que bien mandaba a Manuel. No daba un paso sin consultarle; igual que con la tía Candelaria. Costumbre

¿Adónde vas con ese palo, bribón?… ¿Para qué cogiste el hacha?… ¡En esas botas, por Dios!… ¡Ha caído nieve y tú ahí tumbado! ¡A limpiar! ordenaba Clara, mientras él andaba con los leños. ¡Más deprisa!, que si no estamos hasta la noche, gritaba cuando Manuel chapuceaba. Otra vez has pisado el zaguán, ahora limpias tú, grandote.

Otro ya habría huido, pero Manuel aguantaba, o ni notaba. Si había que hacer, hacía; si no, pues vuelta a empezar. ¿Qué importaba?

Al hijo, Jacobo, lo paseaba sobre los hombros; Clara reñía por miedo a que lo dejara caer.

¡No lo va a caer, mamá! ¡Manu es fuerte! Jacobo ya estaba en pie sobre los hombros del padrastro, levantando los brazos: ¡Ooooo!

Baja, vamos a comer. Manuel, pásate por el ayuntamiento, que te busca don Agustín. ¿Qué has liado ahora? guiñó Clara con picardía. Como te despidan, te echo, no me valen vagos puso cara dura y luego sonrió por dentro, feliz porque su hijo tenía ahora ejemplo de hombre.

Clara nunca dejó de pelear, desde niña supo que así era la familia. Así amaba ella: si aguantabas, eras el más feliz. Si no, pues puerta.

Manuel llegó al despacho, se arregló el pelo, asomó la cabeza.

Hombre, Manuel, trabajas bien. Te mereces una prima; ve a la ciudad y llévale regalos a tu mujer y al chico. Y además te apunto a cursos de formación, el regidor, don Agustín, redondo y jovial, se levantó, dándole la mano.

Manuel la estrechó, indeciso.

Clara no me dejará ir dirá que me va a echar de menos.

Te deja. Ella me pidió el favor. Vaya mujer la tuya, nunca sé si te quiere o te va a despellejar. Vas con su bendición: vas, recoges el dinero en secretaría y en septiembre te vas una semana. Ya te doy papeles. Vamos, vete.

Don Agustín volvió al papeleo y Manuel, confundido, regresó a casa.

¿Me echas? ¿Para qué me envías a la ciudad? ¡Si tú controlas todo en el pueblo y no dejas que mire a nadie, por celosa! dijo Manuel, encendiendo un cigarro, sentándose al lado.

Ve. Hay que crecer, si no te dejaré de querer. Yo soy exigente, ¡lo sabes! Clara levantó la barbilla. Manuel lo entendió: ella era la dueña y él haría lo que decidiera.

Aprobó el curso, volvió con regalos: para Jacobo, juguetes; para Clara, tela para un vestido.

Preciosa Pero poca tela: pronto no quepo en ella. ¡Mejor hubieses mirado un carrito!

Luego calló. Manuel, extrañado, la miró.

¿Carrito para qué?, preguntó.

Ya pensarás, padre. Clara se fue al interior.

El embarazo fue duro; todo la irritaba, cada conversación acababa en discusión. Temía Manuel que ella lo echase: bastante difícil era ya. Pero él no se fue, aguantó lágrimas, reproches y caprichos.

Fue a buscarla al hospital, y Clara lo recibió con un regaño: ¿Y por qué has traído a Jacobo?

Es lo correcto. Madre y hermano deben recibirlos. Somos una familia, debemos estar juntos.

Clara lo miró perpleja y atenta. Y la soltó: ya no tenía que ser la única fuerte, tenía un buen marido en quien confiar. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Vivieron bien, criaron hijos, erigieron una casa nueva, grande, como Manuel, de vigas gruesas, con sus encajes de madera y un gallo en la veleta. No les faltó de nada. A Manuel lo respetaban en la cooperativa, a Clara la cuidaban. Se volvió más dulce y buena.

Crecieron los hijos, Jacobo y Aurelio, marcharon a estudiar, enviaban cartas contando aventuras. Y el hogar, de golpe, se volvió tranquilo y algo frío.

Cada día igual, todos los temas ya hablados, peleas cerradas, cartas releídas, parecía que ya no quedaba nada para vivir en pareja.

Manuel y Clara nunca antes se habían sentido así: perdidos, silenciosos, mirando los sitios vacíos.

Unas pocas palabras por la mañana, nada de profundidad por la noche, a dormir en silencio y separados aunque bajo una misma manta.

Se ha apagado la Clarita. Ya no luce collares ni se peina, está mustia, comentaba la vecina Elvira. Ya no le grita a Manuel, soltó las riendas.

Se vuelve vieja. Estas morenas arden fuerte y pronto quedan secas, mira: una pasa sin dientes, añadía Sole. Y Manuel sigue cautivador.

Las mujeres reían en el banco, imaginando cómo alguna le quitaba el marido a Clara, y la dejarían sola.

Ella escuchaba, iba a casa, se miraba largo en el espejo, probaba pendientes, tocador, y todo lo volvía a guardar.

¿A qué viene, mujer? Ya pasó tu tiempo, vive como eres se decía.

Pero era duro, y no sabía hacerlo diferente.

De pronto volvió al carácter ácido, cortante, incluso cruel con Manuel, que arrastraba la espalda dolorida, lo llamaba inútil, le despreciaba lo hecho, le decía que la leña era un desastre, que la cerca torpe, que no merecía ni una empanada si así trabajaba.

Debería Claudia pararse, pero no podía, la irritación la arrastraba cuesta abajo. Quizá si Manuel la hubiese cortado en seco, un grito, una bofetada, pondría todo en su sitio: él fuerte, ella sumisa. Le hacía falta esa prueba de que aún era él su gigante, que seguía teniéndole respeto.

Pero no, Manuel no la frenó, dio un portazo, maldijo fuera y para bien ni se lo lanzó en la cara.

Ella, sonrojada, esperaba que a la vuelta él entraría, calmaría el cuerpo, que todo es por la vejez, que no es culpa, solo tristeza

Pero Manuel no regresó. Clara oyó el portón, luego el motor: Manuel y el vecino Fernando se marchaban.

Pronto volvió Fernando solo, dio vueltas por el huerto, alzó el pestillo, entró:

Clara, sólo vengo a decir… Tu marido, Manuel

Solo tengo uno, Manuel se llama. ¿Qué pas ó?

Se ha ido. Lo he acompañado a la estación. Recoge sus cosas. Él te escribirá a dónde enviarlas. Nada más.

Fernando se fue rápido. Clara se quedó en la puerta apretando el paño, inmóvil.

Se fue, la dejó; a ella, a su Clarita. ¡Canalla, traidor!

Rondó toda la noche, oyendo si volví a y no volvía.

Vino a verla Elvira con pescado: Me lo dio mi marido.

La miró mucho rato.

Tú sola tienes la culpa. Ese hombre no era galán, pero te aguantó toda la vida, tus gritos y broncas, lo soportó y entre hombres decía que no había mejor mujer, que por ti cualquier cosa haría.

¿Y ahora? ¿No hay mejores? Pues ya buscará, solo será para él. Clara suspiró, puso té.

No. Le echaste tú. Como se limpia una astilla; duele aunque ya no hay nada. Vive, pero escuece. Era tu marido; presumías, decías que el tuyo era el mejor. ¿Ahora cambias?

No cambié. Él sabía mi genio. Casarse quiso. Cuando envejecí, me dejó. Los hombres, decía mi madre, son como el tomillo, se doblan donde el viento sopla. Ya buscará joven

Ay, Clarita. Con hijos, con años y tan terca como mi cabra. Ese hombre te adoraba, aguantaba tus noches y tus gritos, hasta a Jacobo quiso como hijo. Pero tú, brava, te marchaste galopando ¿Agradecida? ¿O no sabes querer? Tanto mostrar poder y solo lo agotaste. Ahora, sola.

Elvira se fue y Clara aún estuvo rato así, en la ventana, sin notar el frío ni el té amargo.

Ese era el carácter de Clara. Su madre siempre la recriminaba, que era inútil, carga de la vida, nacida por error. Clara respondía, lloraba, asegurando que su padre la quiso, llevó vela a la iglesia por ella. Pero la madre, borracha, solo se alejaba. Así creció, gritando, luchando por no ser pisoteada.

De noche, cuando nadie veía salvo Manuel, relajaba las alas, dormía en su hombro y susurraba cuánto lo quería, que moriría sin él. Tal vez por eso la amó él

Se fue. Y no murió. Solo se apagó, se dobló sobre sí y enmudeció, esperando cada tarde.

Llegó su carta con la nueva dirección; ella recogió cosas. Fernando quiso llevarla, pero fue sola.

Él la vio en la portería de la residencia, pañuelo negro, gabardina gris, igual que un perro apaleado, bloqueada con la maleta a los píes.

Clara, tiritando, en día lluvioso. Podría haber entrado, pero no quiso.

¿Clara? ¿Qué haces aquí? ¡Le pedí a Fernando que viniera! ¿Está malo?

Está bien. No habría llevado mis cosas, lo hago yo. ¿Así que te has instalado aquí? Bien. Seguro te sobran mujeres de consuelo.

No soy un chiquillo. Estoy bien. Puedo enviarte dinero, si para eso vienes.

No quiero tu dinero. Ni a ti. ¿Comprendes? ¿Te has marchado? Pues no vuelvas. Diré la verdad a los chicos.

Entendido. Diles también que no supiste querer. Mandar, humillar, eso sí; querer no. Que para amar hace falta alma, y tú de eso… nada. Perdona, tenemos bañera hoy. Adiós.

Manuel tomó la maleta y ni miró atrás. Le tembló un instante la cabeza, intentó girarse, no pudo. ¿Orgullo? ¿Dolor de hombre? ¿O ya sin fuerzas? Porque si miraba atrás, no se iba.

Clara tampoco notó cuánto él había envejecido ¿Estaría enfermo?

De vuelta, se metió en la cama, cogió la pelliza de Manuel, se tapó la cara en el pelo y se quedó quieta…

Venían gentes, ofrecían té, aguardiente, llamaban al médico. Ella no quería nada. Ella misma se había perdido; no necesitaba seguir viviendo

Llamaron a los hijos, la animaban a comer, a ir al hospital, a mudarse con ellos. Ella apartaba las manos dulcemente. No hacía falta

Él llegó cuando ya ni distinguía noche o día, acurrucada bajo la pelliza, medio dormida.

Clara, hazme arroz, que tengo hambre, le llegó la voz entre sueños, sonrió; era buen sueño, del pasado. ¡Clara! otra vez. Ayudo con la leña, que hace frío.

Manuel salió, cuchicheó con alguien; en la entrada Elvira puso agua a hervir, sonó el hacha en el patio, luego la estufa crepitó, llenando de olor a madera y cerillas.

Clara se sentó despacio, la cabeza daba vueltas, las piernas sin fuerza.

Quiso decir algo duro, echarlo otra vez, pero solo tomó la mano de Manuel, la apretó contra la cara y lloró.

Manuel muchas veces le vio llorar dormida y la despertaba, pero siempre decía que era solo una pesadilla.

Ahora era de verdad, lágrimas, labios inseguros, miedo en la mirada.

No llores, paloma mía. Ya no me iré. Te elegí una vez y solo viviré contigo. Difícil, sí, con espinas, pero es la vida que quiero, Manuel la acarició como a niña. Prepara la mesa y luego vamos al baño, que lo calenté yo. Verás qué bien.

Clara asintió, pero no fue, se quedó asida a su mano, temiendo que se desvaneciera.

Sí tiene alma Clara, tanto que le duele por dentro, en carne viva. El alma a veces se entumece o se enfría, pero vuelve a sangrar, busca cariño

Clara y Manuel volvieron a vivir juntos, ella volvió a mandar, pero cada noche pide perdón ante Dios y ante él. Teme perderlo de nuevo. No aguantaría.

Manuel perdona. Él tampoco es santo. Eligió a su mujer, prometió ante los hombres ser uno solo con ella. Sabe que si algo le pasa a Clara, tampoco él resistirá. Amor de espinas, duro, pero tan cálido que abrasa el pecho.

¡Clara! llama Manuel al despertar de noche, sin verla a su lado. ¿Dónde estás?

Aquí. Soñé mal, fui por agua. Duerme, Manu. Mañana vienen los hijos, habrá fiesta. Duerme susurra Clara, acariciándole la mejilla.

Si pudiera vivir de nuevo, bajaría los ojos, callaría. Pero no se puede. Vive como sabe, y pide a Dios tiempo para amarle un poco más. Su amor pincha, pero para Manuel no hay mejor; probó a vivir sin ella, no pudo. Y está bien así.

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