Hazte mi reina

**Sé mi reina**

Al regresar a su pequeño pueblo natal, donde había nacido y crecido, Verónica sintió un alivio inmenso y una alegría profunda.

—Dios mío, estoy en casa. Todo aquí es tan familiar.

—Hija, baja a desayunar —oyó la voz de su madre desde abajo. Mientras ella seguía disfrutando de su habitación en el segundo piso de la casa familiar.

Allí había crecido. Desde allí se había marchado para estudiar Medicina. Nueve años después, volvía para quedarse, dejando atrás la gran ciudad.

En la capital, terminó la carrera y, en quinto año, se casó con Arturo, un chico local, hijo de médicos: su padre, dentista; su madre, médica de familia. Por supuesto, lo enviaron a estudiar lo mismo, aunque a Arturo le daba igual. Su padre pagaba todo.

Casi cuatro años vivió Verónica con él. En una enorme casa en las afueras, junto a sus suegros. La aceptaron bien, una chica guapa y de buen corazón. Nunca la menospreciaron por ser de pueblo. No exigían que su hijo se casase con alguien de su círculo.

Como estudiantes, todo iba bien. Pero al graduarse, ambos empezaron a trabajar. Verónica como médica en un ambulatorio; Arturo, colocado por su padre en un hospital. Como regalo, su padre le compró un piso en el centro… pero lo puso a su nombre. Conocía bien a su hijo.

Verónica quería un hijo; Arturo, no.

—Ni hablar, Nica. Hay que vivir para uno mismo —la cortó él cuando ella lo mencionó—. No soporto a esos mocosos gritones. Ya habrá tiempo.

Amigos le susurraban que Arturo coqueteaba con cualquiera. Ella no les daba crédito, hasta que un día llegó antes a casa y lo pilló en brazos de otra. No supo cómo se excusó esa vez, pero la siguiente fue con otra mujer.

Hubo un escándalo. Arturo la culpó a ella.

—Tú tienes la culpa por llegar antes y por no prestarme atención. Por eso la busco fuera —dijo con una sonrisa burlona, sin remordimiento.

Verónica pidió el divorcio y volvió a casa, olvidando a Arturo como una pesadilla. Consiguió trabajo en el ambulatorio, un edificio nuevo. Aunque eran muchos pacientes, venían incluso de pueblos vecinos, trabajaba con gusto.

El trabajo la ayudaba a distraerse. Le gustaba sentirse útil.

—Este ambulatorio lo construyó nuestro diputado, Eugenio —le contó la enfermera, Lucía—. La gente lo respeta. Se preocupa por el pueblo, no como otros.

—¿Es de aquí? —preguntó Verónica.

—Sí, por eso se esfuerza.

Al atardecer, un hombre alto y apuesto entró en su consulta. Lucía se levantó de un salto:

—¡Buenas tardes, Eugenio!

Él saludó y se acercó.

—Siéntese —dijo Verónica, estudiándolo. No parecía enfermo—. ¿En qué puedo ayudarle?

Él rio.

—Vine a conocerte. Pedí cita, no me colé. Muchos hablan bien de la doctora Verónica. A tu padre, Román, lo conozco. Un buen hombre. En la constructora lo respetan. Justo, pero sabe ponerse firme.

—No me quejo. Me gusta el ambulatorio, nuevo y bien equipado. Tuve suerte —sonrió ella.

—No te entretengo más. Aquí mi tarjeta. Un placer —dijo antes de irse.

—¡Uf! Creo que le gustaste —rió Lucía—. Sé de estas cosas.

Tres días después, Verónica salía del trabajo cuando él la llamó:

—Verónica… ¿a casa?

—Sí.

—¿Cenamos? Debe ser duro escuchar quejas todo el día.

—Me acostumbré. Soñaba con ser médica desde niña —rió ella. Él notó que su sonrisa era encantadora.

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