Un Corazón Generoso

**Corazón Bondadoso**

Esperando su primer permiso, Adrián viajó al pueblo para visitar a su padre, quien lo crió hasta los nueve años. Después, su madre murió. Aún recordaba ese día: ella estaba pálida y demacrada en la cama, la enfermedad no la perdonó. Recordaba su llanto, lo que le faltaba su madre.

Gregorio, su padre, también estaba destrozado. Habían sido felices con su esposa. Ahora, solo con su hijo, el miedo lo invadió:

—¿Podré criarlo bien? —se preocupaba—. Un niño necesita a su madre. Tendré que pedirle a mi madre que lo cuide mientras trabajo. Menos mal vive cerca.

**La nueva esposa del padre**

La vida sigue. Pasó un año, luego otro. Un amigo de Gregorio le presentó a Lucía, una pariente lejana. Salieron, y ella entró en su casa. No tenía hijos, aunque ya pasaba los treinta, y nunca se había casado. Había tenido relaciones, incluso vivió un tiempo con uno, pero no funcionó.

Desde el primer día, Adrián y Lucía se desagradaron. Al principio, lo disimularon.

—¿Para qué quiero a este niño? —pensaba ella—. Debería vivir con su abuela, la madre de Gregorio. Total, ella ya lo cuidaba.

—¿Por qué papá trajo a esta mujer? No se parece en nada a mamá, cocina mal y me mira con esos ojos fríos —pensaba Adrián, que casi tenía once años.

Gregorio no notaba nada. Estaba contento: su hijo y él comían bien, la ropa estaba limpia y la casa ordenada. ¿Qué más necesitaba? Lucía era astuta: delante de Gregorio, hablaba amablemente con Adrián, pero a solas le gruñía y lo insultaba. Incluso le decía directamente:

—Oye, mocoso, estarías mejor con tu abuela Carmen.

El chico lo entendió.

—Abuela, ¿puedo mudarme contigo? No quiero vivir con esa Lucía. No me gusta, y yo tampoco le caigo bien. Cuando papá no está, me grita y me llama «mocoso».

—Claro, Adriancito —respondió Carmen, viendo que Lucía no soportaba al niño.

Al principio, Gregorio se sorprendió de que su hijo se fuera con su abuela, pero Adrián nunca se quejó de Lucía. Eso sí, no se casaron, solo vivían juntos. Gregorio no lo propuso; pensaba que aún no era el momento.

Adrián dejó de visitar a su padre. Era Gregorio quien iba a verlos, llevando dinero cada mes, consciente de que su madre, con su pensión, no podía mantener a su nieto. No escatimaba en gastos para su hijo, comprándole todo lo que pedía. Pero Lucía siempre se quejaba:

—¿Por qué le das la mitad de tu sueldo a tu madre? Sobrevivirán.

—¿Acaso nos falta dinero? Tú también trabajas, no tenemos hijos —respondía él, y ella callaba.

**El sueño y la elección correcta**

Adrián creció tranquilo y sensato. Soñaba con ser militar. Le encantaban los uniformes; le parecían personas rectas y ordenadas cuando los veía en la televisión.

—Abuela, después del colegio, entraré en la academia militar —anunció un día, antes de graduarse—. Hay una en nuestra región, y mis notas son buenas. Solo tengo tres sobresalientes en el boletín. Además, ya hago deporte.

—Adriancito, me alegro mucho. Es una buena decisión. Rezaré por ti, pediré a Dios que te ayude —dijo Carmen, feliz de verlo encaminado.

**Un guapo militar**

Adrián entró en la academia. Durante sus vacaciones, visitaba a su abuela, pero no iba a casa de su padre. Era Gregorio quien iba a verlos. Finalmente, se graduó. Obtuvo sus galones de teniente y regresó al pueblo. Caminó por las calles con su uniforme impecable, alto y de hombros anchos, un auténtico galán.

—Dios mío, Adriancito —lo recibió su abuela en el patio—, ¡qué parecido eres a tu abuelo! Él también era fuerte y apuesto.

Tras un breve permiso, Adrián partió a su destino. No tenía novia. Durante sus estudios, salió con algunas chicas, pero no se enamoró. En el pueblo, le gustaba Laura, una excompañera que vivía dos casas más allá, pero ella estudiaba en la universidad, así que no se vieron después del colegio.

Ahora, Adrián estaba de vuelta. Carmen había envejecido, pero seguía luchando contra sus achaques sin quejarse.

—Abuela, ¿por qué no viene papá? —preguntó Adrián al segundo día—. Sabe que estoy aquí.

—Está enfermo. Vino hace poco, se quejaba del estómago.

—Debería ir al médico.

—Se lo dije, Adriancito, pero Lucía no lo deja. Odia a los médicos, dice que lo matarán. Le da hierbas, y él empeora. No puede comer.

—Bueno, iré a verlo —dijo el nieto.

**El reencuentro con Laura**

Al salir, Adrián se topó con Laura. Estaba más hermosa que nunca, sonriente, con hoyuelos y una figura esbelta.

—Laura, ¿eres tú? —la levantó en un abrazo, y ella rió, liberándose.

—¡Adrián! —se alegró—. ¡Estás guapísimo!

Habían pasado años, pero el corazón de Adrián latía fuerte, como en el colegio. Entonces, ella soltó:

—Me caso este viernes con Gonzalo, en el café del pueblo. Ven. Lo conoces, vivía en la calle de al lado. Y mi dama de honor es Claudia, tu excompañera.

—Entiendo —dijo Adrián, decepcionado, pero prometió ir.

Al llegar a casa de su padre, lo encontró en un banco, demacrado y triste.

—Hola, papá. No te ves bien.

—Hola, hijo. Te esperaba. No tengo fuerzas para ir a verte.

Lucía salió de casa, sin detenerse:

—Hola, Adrián. Voy al mercado. Gregorio, no hay pan —y se fue, como si Adrián nunca se hubiera ido.

**La noche de pesca**

Mientras, entró al patio Antonio, su amigo de toda la vida. Juntos jugaron al baloncesto y esquieron.

—¡Adrián, estás hecho un toro! ¡El ejército te ha cambiado!

Se abrazaron fuerte, riendo. Pasaron horas hablando hasta que Antonio se fue. Adrián se levantó:

—Me voy, papá. Me siento más cómodo con abuela.

—Te entiendo, hijo —dijo Gregorio, apenado.

**La conversación**

Al día siguiente, Adrián fue a casa de Antonio. Quedaron en ir de pesca, pero Adrián no tenía caña. Su amigo lo tenía todo preparado.

Hablaron de sus excompañeros.

—¿Sabías que Laura se casa con Gonzalo? —Adrián asintió—. ¿Qué le ve? Solo piensa en fiestas y amigos. Mientras ella estudiaba, él se divertía.

—Supongo que es amor —respondió Adrián, aunque no podía sacársela de la cabeza.

**Todo pasa por algo**

Mientras caminaba pensativo, Adrián vio a Laura llorando.

—¿Qué te pasa? —la tomó de los hombros.

—Ellos… Ella… —balbuceó, sin poder hablar.

—Tranquila. Vamos a casa, bebe agua.

Carmen salió al patio.

—¿Qué ocurre, cariño?

Laura les contó que Gonzalo le dijo que iría de pesca, pero lo encontró en la cama con Claudia, su dama de honor.

—Me mintieron. Ni siquiera cerraron la puerta. Cancelaré la boda y me iré del pueblo.

Adrián sintió pena, pero también alivio. Antonio tenía razón sobre Gonzalo.

—Laura

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eleven − 3 =