Descansar con mi hija

Descansar en casa de la hija

Doña Teresa Pérez, mientras removía la sopa en la cocina de su piso en la Gran Vía, pensaba en voz alta: «¿Y a mí no me vendría bien, de vez en cuando, no mover ni un dedo?»

Su hija, Alba, llegaba cada fin de semana a la ciudad de Valencia y siempre conseguía dormir la siesta, mientras la madre, como una auténtica cocinera de escuadra, giraba sin descanso entre cazuelas y ollas para alimentar a la familia entera.

El día anterior a la visita, Teresa limpiaba el apartamento con una meticulosidad que haría temblar a cualquier ama de casa de la feria de San Isidro. El marido, Andrés, llegaba tarde del trabajo, agotado y con la misma agenda apretada que la suya, así que la carga del hogar caía sobre sus hombros.

A veces, cuando el silencio se hacía insoportable, Teresa marcaba el número de Alba a mitad de semana solo para oír su voz, o para pedirle un consejo. Pero siempre la hija estaba ocupada. Alba ocupaba un puesto de directora en una empresa de telecomunicaciones y, como la típica milenial, no perdía el minuto para atender llamadas personales.

– «Mamá, otra vez llamas. Ya te dije que en la oficina no contestamos a los mensajes de cariño. ¿Tienes urgencia? Mejor mándame un WhatsApp, que te lo he repetido mil veces», le respondía Alba, algo irritada.

A Teresa no le apetecía escribir; solo quería escuchar la risa de su hija.

Una tarde, se dio cuenta de que jamás tenía un fin de semana libre de faenas. Sí, Andrés le echaba una mano con la compra y el jardín, pero a veces deseaba que alguien más le preparara el menú del mediodía. Aunque ya estaba jubilada y disfrutaba de su merecido descanso, los quehaceres no la dejaban respirar.

«Ya vamos a ir a visitarles», se dijo, y tras consultar con Andrés, acordaron hacer una visita sorpresa a la casa de Alba durante las fiestas.

Alba, al enterarse, sonrió y pensó que al fin le esperaría la mesa de pinchos, tortilla y ensaladas que tanto le gustaban. Pero cuando llegaron, la sorpresa fue otra: en vez de ponerse a pelar patatas, los dos padres se plantaron frente al televisor y empezaron a comentar el concierto de la orquesta sinfónica que se emitía en La 1.

– «Estamos tan cansados, qué bien que nos hemos venido a veros», lanzó Andrés con una sonrisa forzada.

Alba frunció el ceño; se sentía abandonada, como si su madre le hubiera hecho la tabla. Los ojos de Teresa se apagaron al ver la desilusión de su hija.

«¡Qué remedio!», pensó, y aceptó que el descanso también puede ser compartir un café y una charla.

Al final, aunque la madre ya no era tan joven como antes, y la sonrisa se le había vuelto más escasa, se armó de valor, tomó la espátula y se dirigió a la cocina a preparar el almuerzo festivo.

Alba la siguió, deseosa de decirle cuánto le había dolido la falta de apoyo. Al abrir la puerta, se encontró con una Teresa que ya no era la mamá con mil trucos, sino una mujer cansada, con la mirada algo triste y sin la típica sonrisa de siempre.

La hija, con el corazón encogido, la abrazó y le susurró:

– «Mamá, pensé en preparar un plato nuevo y necesitaba tu ayuda. Pero si prefieres que lo haga sola, lo entenderé. Además, te he comprado una crema de manos y otra de rostro de la marca que tanto te gusta. Después, cuando nos sentemos a la mesa, te lo enseño todo».

Alba le entregó el regalo: una lujosa crema de hidratación que costó ochenta euros. En ese momento, un temblor infantil se apoderó de ella: el tiempo pasa, la madre envejece y las conversaciones se hacen escasas. ¿Qué haría sin ella?

Los recuerdos de la infancia, la adolescencia y los primeros años de matrimonio de Alba surgieron a borbotones. Recordó cómo su madre siempre hallaba tiempo para contestar el móvil, incluso de madrugada, cuando Alba necesitaba una palabra de aliento antes de ir a la oficina.

Teresa, con una sonrisa entre lágrimas, escuchó las palabras de su hija y sintió que todas las rencillas se desvanecían, como el vapor de la sopa.

Desde entonces, Alba no vuelve a cargar a su madre con todas las tareas; colaboran juntas, y cuando el asunto lo requiere, se sientan a charlar como dos amigas.

Incluso ahora llama a su madre durante la hora de la comida, diciendo: «¡Mamá, me muero por oír tu voz!».

Teresa sigue encontrando tiempo para su hija, la cuida y espera con ilusión que nunca llegue el día en que, al querer llamarla, no haya quien conteste.

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