Innecesaria. Un relato.

Aitana supo que su padre seguía vivo cuando cayó enferma. Desde hacía tiempo se sentía indispuesta, había acudido a la enfermera del instituto y ésta le remitió al neurólogo. Aitana le pidió a su madre que la anotara en la lista y ésta lo olvidó; después se reprochó durante horas no haberlo hecho a tiempo, imaginando cómo habría cambiado todo si hubieran descubierto la enfermedad antes.

¿Vive?, repitió Aitana, temblorosa.

Su madre miraba sus calcetines; en el dedo gordo del pie asomaba una enorme ampolla roja.

Sí, vive dijo la madre, intentando sonreír. Perdóname.

Durante mucho tiempo Aitana no preguntó nada sobre su padre biológico. No lo recordaba, aunque sabía que existía. Desde los dos años fue criada por su padrastro, a quien llamaba papá y que la adoptó legalmente. Cuando cumplió trece años la relación con él se quebró; ella sentía que le exigía demasiado, que la regañaba sin cesar y que no le dejaba vivir su propia vida. Entonces quiso encontrar a su padre biológico. Durante tres meses le suplicó a su madre el nombre, la dirección, cualquier pista. La madre se mantenía impasible, como una estatua muda, y Aitana escuchaba a susurros entre ella y el padrastro, como si debatieran si debía decirle la verdad. Por mucho que se disgustara con el padrastro, Aitana estaba convencida de que él había presionado a su madre para que confesara.

Murió dijo la madre. Se estrelló en los Pirineos.

Resultó extraño que Aitana le creyera sin exigir pruebas ni buscar a familiares. No encontró nada.

He llamado a un centro especializado. Si el donante se ajusta, te harán un trasplante de médula ósea. Todo saldrá bien.

En ese instante Aitana comprendió que el bien ya no volvería a llegar. Su madre le había mentido, su padre la había abandonado, el padrastro había renunciado, diciendo que no se puede obligar a amar. ¿Para quién servía ahora? Por eso cayó enferma; la naturaleza se deshacía de lo que consideraba superfluo.

¡No quiero! exclamó. No necesito esa operación, los odio, no quiero vivir.

Su madre intentó abrazarla, pero Aitana se escapó a su habitación.

El cielo se fundía con una densa niebla que flotaba bajo los tejados, impidiendo distinguir el horizonte. A Aitana le gustaba que sus ventanas dieran al campo de tierra baldía; su madre, al mudarse, se lamentó de que la casa tuviera vistas al patio interior, lo que a Aitana le parecía aburrido. Así podía observar el ocaso, mientras en el patio sólo jugaban niños y ancianas. Pero aquel día no hubo atardecer; el mundo se sumió en una grisácea penumbra que no cedía, ni siquiera en los breves instantes entre el día y la noche. La oscuridad se extendía, como toda su vida.

Al oír pasos pensó que era su madre pidiendo perdón, pero era el padrastro. Se detuvo en el umbral, como temiendo que Aitana lo echara fuera.

No le guardes rencor a tu madre. Quiso lo mejor para ti.

¡Lo mejor, claro! ¿Te habría gustado que te enterraran así?

Ella te escribía, diciendo que querías encontrarte con él. Él no contestó. Tu madre pensó que así sería mejor repitió él.

Aitana se mordió el labio. No respondió. Ahora, cuando el padre está a punto de morir, él responde.

El padrastro se quedó inmóvil en la puerta y, sin esperar respuesta, se retiró a la cocina.

A la madre sólo se acercó una hora después. En realidad había tomado la decisión al instante, pero concedió tiempo a que todos se calmaran.

En la habitación de su madre flotaba el perfume de vainilla que siempre llevaba, más intenso que cualquier otro aroma, aunque Aitana también percibía el polvo de talco que su madre espolvorea sobre su rostro, la crema de manos de fresa y el olor a libros viejos de la biblioteca municipal, a la que su madre adoraba ir, considerándolo un lujo. La lámpara estaba apagada; la figura de su madre se fundía con el sillón, mientras un bata larga cubría sus piernas pálidas. No le gustaba el bronceado artificial y pasaba el invierno esperando el sol del verano.

Vale dijo Aitana. Que haga su análisis.

En el hospital descubrió que su padre estaba vivo. Su salud empeoró, aunque el médico aseguró que aún había tiempo. Pero el tiempo se había agotado, como ella, que casi había dejado de existir.

Aitana yacía tirada, mirando la pared, raspando con la uña un trozo de pintura descascarada. Observaba las grietas y se sentía irreal. Todo lo que le ocurría parecía una ilusión. Se incrustó bajo la uña un fragmento de pintura y brotó sangre, como queriendo sentir que estaba viva. El crujido de la red de la cama, las voces de las enfermeras en el pasillo, el olor a antisepsia: todo le parecía un sueño que no terminaba.

Antes de abrir los ojos, percibió un aroma familiar y supo que lo reconocía. Inhaló el olor a tabaco mezclado con aceite de motor, exhaló con fuerza y abrió los párpados.

Un hombre con una bata blanca colgando de los hombros estaba junto a la cama. Tenía el rostro curtido, lleno de arrugas, cejas tupidas y ojos marrones y abiertos, tan rectos como los de Aitana.

Hola, hija.

Su voz era grave y extrañamente conocida.

Hola gargajeó Aitana, tosió y repitió. Hola.

El padre resultó ser muy distinto de lo que ella había imaginado. Tenía esposa y tres hijos. Trabajaba como mecánico de trolebuses, un oficio que Aitana desconocía. Le contó que quería ser cinóloga, pero su madre se lo oponía, así que estudiaría veterinaria y, al fin y al cabo, seguiría con los perros.

Los perros son mejores que la gente dijo él.

La operación fue un éxito. Aitana esperaba que su padre entrara o al menos llamara, pero él no apareció. En cambio, su madre y su padrastro se turnaban cada dos días: la madre dejaba el perfume de vainilla y nuevos libros, sin notar que Aitana no había abierto los antiguos. El padrastro se sentaba a su lado y contaba tonterías, aunque ella permanecía volteada hacia la pared.

El día del alta, Aitana también aguardó al padre. Creía que llegaría. Mientras esperaba al médico, se levantó, miró la ventana entreabierta con huellas infantiles borrosas, salió al balcón y respiró el aire frío y húmedo. Sintió el suelo temblar bajo sus pies, como si estuviera en una barca sobre una corriente rápida. La habitación quedó vacía y ella abrió la ventana de par en par. El viento golpeó su cara, arrastrando olores de tierra mojada, asfalto y polvo. Los coches pasaban, espantando a los gorriones que revoloteaban. El azul del cielo primaveral le picaba los ojos.

Pensó en su padre: sus manos gruesas manchadas de grasa, el cabello escaso peinado a un lado para disimular la calvicie, el día a día reparando trolebuses. Ahora, al ver esos vehículos metálicos con sus extraños cuernos como antenas de escarabajo, le recordaría al padre. En su rostro, las arrugas que se alzaban sobre la nariz, las palabras que nunca pronunciaría.

Abajo esperaban el padrastro y la madre, aferrados como siempre, como si una tormenta los mantuviera inseparables. Cuando estaban a punto de irse, la puerta se abrió de golpe; del pasillo entró el sol y el olor a agua. El padre, con la chaqueta de trabajo, sostenía la puerta. En sus manos llevaba un ramo de tulipanes. Aitana se secó las lágrimas con la palma, sonrió y dio un paso adelante.

Aquel momento le enseñó que, aunque el sufrimiento y las mentiras pueden marchitar el corazón, la verdad y el perdón son la verdadera cura que permite volver a florecer.

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Innecesaria. Un relato.
—Ya no eres mi hija. No sé quién es él ni de dónde ha salido. Me das vergüenza. Vete a vivir a la casa de la abuela y aprende a ser responsable de tus actos. —Oye, Olga, ¿te has enterado? Han traído gente de fuera a echarnos una mano. ¿Vamos esta noche al centro social? —dijo Marga, repanchingada en el sillón con una sonrisa pícara. —Marga, ¿pero tú en qué piensas? ¿Y a quién le dejo a Vladito? ¿Me lo llevo de fiesta? —rió Olga. —¿Y si le pedimos a tía Luisa que se quede con él? —insinuó Marga con cautela. Olga negó con la mano, resignada. —Deja, que todavía me está echando en cara lo de haberme ido de aquí y volver con tripa en vez de con carrera. Quería que me casara con Andrés y mira… Estuvo un año sin hablarme, hace dos meses que, como quien dice, ha vuelto a dirigirnos la palabra. Anda, vete tú, igual tienes suerte y encuentras a alguien. Marga suspiró. —Bueno, iré con Tania y mañana te lo cuento todo. Olga acostó a su hijo y salió a la galería. Llegaban los ecos de la música del pueblo. Se arrebujó en su chal imaginando a todos bailando. Seguro que Marga había ido con su vestido de leopardo; siempre le hacía parecer más una oruga que un felino. Esbozó una sonrisa melancólica y se fue a dormir. Por la mañana, Marga irrumpió a primera hora, justo cuando la madre de Olga vino de visita. Olga le pidió silencio, pero Marga, imposible de callar, soltó: —¡Menuda pena que no vinieras! Había unos tíos… Uno, Vítor, hasta me acompañó a casa. Divertido, un cachondo. Y hoy tengo cita con él. La madre de Olga alzó la ceja: —¿Seguro que no está casado? Marga encogió los hombros. —No sé, no le pedí el DNI. Si lo está, pues una aventura para recordar. —Ay, hijas, ¿pero qué hacéis? Mira que Andrés sería buen partido. La tuya ya perdió el tren, pero tú, Marga, aún puedes camelártelo —la tía Luisa se vino arriba con la idea. —Ay, tía, ¿qué dices? ¿A quién le interesa ese? Y menos con su madre al lado, ¡válgame el cielo! —replicó Marga. Y dirigiéndose a Olga: —Había un chico, imponente. Todas suspiraban por él. Pero se quedó solo y ni bailó con nadie. Entonces tía Luisa dijo, como intrigada: —Deberías ir al centro social, Olga. Yo me quedo con Vladito. A ver si encuentras a uno serio, de los que valen la pena. Y acuérdate: nada de casados, que esos huelen a una mujer sola a kilómetros, ¿me oyes? Olga, incrédula ante su suerte, asintió y, emocionada, besó a su madre. Esta gruñó: —Anda, tira ya, pelotera. Luciendo su mejor vestido, Olga charlaba feliz con sus amigas. Cuánto añoraba esos ratos despreocupados. —Mira, ahí está. Ha vuelto —murmuraron las chicas. Olga le miró con interés, pero al instante sintió las piernas temblar. Se giró y le susurró a Marga: —Me voy. Vladito seguro que me está echando de menos. —Pero Olga, ¿en serio? Primer día que sales, ¿y te vas sin bailar siquiera? —Venga, tú quédate, ahí viene tu Vítor. No te aburrirás. Mientras caminaba hacia la puerta, alguien le tomó la mano: —¿Bailas, guapa? Olga intentó soltarse sin mirarle siquiera: —No bailo. Él insistió: —Concedeme un baile, por favor. Al girarse, reconoció al muchacho que marcó su vida. Y él no parecía recordarla. Olga, aliviada y risueña: —Bueno, uno rápido, que tengo prisa. Bailaron. —¿Tu marido debe echarte de menos, no? —preguntó él insinuante. —No estoy casada —replicó Olga seca. El chico le guiñó el ojo, muy familiar: —Entonces tengo una oportunidad, ¿verdad? Olga se apartó: —Ni lo sueñes —y salió corriendo. Mientras volvía a casa, lloraba. A ella le había bastado una vez para no olvidarle nunca, casi se enamoró al instante… y él no la reconoció. Se conocieron en un tren, cuando Olga regresaba derrotada por no haber pasado el examen de ingreso. Él iba a casa de sus padres. Viéndola tan desanimada, intentó animarla. —Me llamo Marcos. Mi madre me dice Marquitos, mi sobrina me llama Marco. Elige el que te guste. —Me quedo con Marco, suena mejor —rió Olga. —Casi estamos presentados. ¿Cómo te llamas tú, belleza? —Olga. Él asintió serio: —Ya lo sospechaba. Nombre de reina. Y entre charla y charla, ella confesó lo de los exámenes y lo mucho que su madre la reprocharía. —Pues estudia este año y el siguiente lo intentas —le propuso Marcos. —¡Claro! No se me había ocurrido. Gracias. Él la miró fijamente: —De nada. ¿Nadie te ha dicho que eres preciosa? Olga se sonrojó: —Normalita, no exageres. Pero gracias igualmente. Marcos se le acercó: —Es la verdad —y, de pronto, la besó. Lo que vino después fue tan dulce como embarazoso. Marcos se bajó antes. —Prometo encontrarte. Pero ni siquiera le pidió la dirección. Al descubrir que estaba embarazada, su madre fue tajante: —Ya no eres mi hija. No sé quién es él ni de dónde has salido con ese bombo. Me das vergüenza. Vete a la casa de la abuela y madura. Antes de dar a luz, Olga trabajaba en la biblioteca. Su amiga Marga la recogió del hospital, su madre ni apareció. A los cinco meses del pequeño, la abuela empezó a hacer más visitas, trayendo algún juguete para el nieto. —¿Tan pronto de vuelta? —preguntó su madre—. Allí no había nada interesante, ¿no? ¿Y Vladito? —Durmiendo. Si acabas de llegar puedes irte ya —dijo Olga. Cerró la puerta y trató de dormir. Sólo lo logró de madrugada. Somnolienta, alimentaba a su bebé. —No quieres papilla, ¿eh? Así nunca crecerás como tu padre, tan fuerte y guapo. —¿Hablas de mí? Encantado de oírlo. ¿Éste es mi hijo? —se oyó desde la puerta. Olga dejó caer la cuchara: —¿Tú? ¿Cómo? ¿Qué haces aquí? —Marcos sonrió. —Ya te dije que te encontraría. No sabía que mientras tanto sería padre. Me olvidé por completo de pedirte dirección, estaba tan… Pero creo que era el destino que volviéramos a vernos —le guiñó un ojo al niño. El pequeño rió. Por la mañana, la madre de Olga sorprendió a la pareja: él paseaba feliz con el niño al hombro. —¿Es él? —preguntó la madre. —Sí, mamá —contestó Olga, radiante. La madre se acercó a Marcos y le tendió la mano: —Me llamo Luisa Gómez. Que sepas que vigilaré muy de cerca qué marido y padre eres. Marcos le estrechó la mano: —Entendido.