FOTOGRAFÍA ANTIGUA: UN VIAJE AL PASADO

¡Mira, abuelo! ¿Son setas de trompeta? giraba alrededor de Don Juan el travieso chaval. Y su nombre le quedaba como anillo al dedo: Julián, el ágil.
Sí respondió el viejo, cansado, y exhaló un suspiro pesado.

Aunque las setas de trompeta llevaban allí desde tiempos inmemoriales, a Don Juan le costaba arrastrar la cesta rebosante de setas. Así que se sentó a recobrar el aliento en la taberna tan vieja como él, la de Doña Carmen, la anciana del caserío. ¿Qué anciana? Pues sí, era la suegra de Julián, aunque él ya se había casado antes que Carmen saliera con su esposo, Antonio. Era la abuela de Julián, y si su sobrino Luis no hubiera dado la vuelta a la villa hasta los cuarenta, ya habría sido considerada bisabuela. Su casa estaba vacía, hasta que el año pasado apareció Luis en el portal con su familia. ¡Menudo susto! Doña Carmen gritó tan fuerte que los vecinos pensaron que la estaban atacando. Al final resultó ser pura alegría.

Ese verano, los pueblerinos de la ciudad volvieron a refugiarse bajo el atardecer de agosto. Julián daba vueltas de la madrugada al anochecer por los caminos del pueblo. ¿Qué más podía hacer, si no había compadres de su edad? Así que se dedicaba a molestar a los mayores. Ahora Don Juan necesitaba un respiro, pero antes quería llegar a casa para que Ana le revisara las setas y las remojara mientras él frotaba los pies en la cama. En ese momento, Julián, con su juguete de plástico, se acercó a la cesta de Don Juan y pidió:
¡Déjame fotografiar!
¿Y eso qué vas a hacer, chiquillo? ¿Disparar con una tabla? se extrañó el anciano, olvidándose de sus pies.
¡Con mi tablet! alzó triunfante Julián su artilugio.

Con aire de importancia giró su dispositivo hacia la cesta, y al instante se oyó el chasquido de una cámara.
¡Mira! mostró Julián la parte trasera de la “tabla”. Don Juan vio, atónito, una foto de su propia cesta.
¡Qué maravilla! exclamó el viejo, mientras Julián, sin darle tiempo a recobrar el sentido, deslizó el dedo sobre la imagen y, ¡puf!, en vez de setas apareció Luis.

Papá anunció Julián con solemnidad, y Don Juan, sorprendido, echó una mirada de reojo a su cesta: ¿qué había pasado? No era ninguna broma, la cesta había desaparecido y Luis había tomado su sitio. Pero al final, las setas seguían allí…

Julián siguió señalando con el dedo:
Esta es mamá, esta es nuestra casa y este es el Marqués
El Marqués, Don Juan lo conocía bien: no era un gato, sino un cerdito. La nuera de Doña Carmen sacaba al cerdo a pasear sólo con una correa. Don Juan, como el resto del pueblo, no entendía para qué necesitaba una correa; los gatos siempre se paseaban perezosamente detrás de sus dueñas, hasta que el tractorista Paco se dio cuenta:
¡Pues la lleva atada como a un saco de papas!
Abue, ¿puedo fotografiarte? soltó de golpe Julián.
¿Y eso por qué? se extrañó el anciano.
Porque eres guapo: barba blanca, manos fuertes, no como papá, bronceado, firme. Tú se trabó Julián, buscando palabras, y acabó diciendo: Como mi abuela, pero abuelo. hizo una pausa, y añadió con aire dramático: ¡Eso!

Don Juan se rió.
No me… empezó, pero se cortó.

Pensó un momento, miró a Julián a los ojos y preguntó:
¿Te importa la película?
¿Qué película? no comprendió el chico.
La fotográfica.
Llegó el turno de Julián de reírse.

En los cinco minutos que tardó en explicar que no necesitaba película y que cualquier foto la imprimiría Ana en la impresora, Don Juan sintió que le quedaba energía para el resto del camino. Pero antes de ponerse en pie, dijo:
Sabes qué, Julián ven a nuestra casa dentro de una hora. Nos fotografias a Ana y a mí, ¿vale?
¡Vale! respondió el chaval con entusiasmo, y Don Juan, crujiendo, se levantó.

Alzó su pesada cesta que para un hombre sano ya es una carga de guerra y se encaminó a la casa. Tras dos pasos, se giró inesperadamente y gritó al niño que se alejaba:
¡Julián, no lo olvides: dentro de una hora!
¡Apuntado! se oyó desde la calle contigua.
Que se muera el pillo suspiró el viejo, y siguió su paso hacia el hogar.

Aquí tienes, Ana murmuró, dejando la cesta en el umbral y sentándose en la escalera. Una más así y pasaremos el invierno como nobles: patatas y setas ya que no hay carne.

Don Juan, que había vivido toda su vida en el pueblo sin probar nunca un embutido de supermercado esos sólo llegan de la ciudad y aparecen en los festines cuando llegan visitas , nunca se había enganchado a la comida industrial. No es que fuera de rechistar, sino que siempre había subsistido de su huerto y de lo que el campo le ofrecía: sal y pimienta, y la necesidad de levantarse antes del alba cada día. No había tiempo para correr tras una tajada de jamón de paquete, aunque el cuerpo empezaba a protestar.

Ya basta, Violeta dijo Ana, intentando levantar la cesta. Descansa un poco, viejo.
¡Espera, tonta! protestó Don Juan, resbalando otra vez en la escalera. Te lo dije, espera. No hay setas ahora. Ve, péinate y ponte el traje de tu hermana.
¿Qué dices, viejo? croantó Ana con su típica voz ronca. ¿Te vas a casar otra vez? ¡Llevamos sesenta años juntos!
Exacto replicó Don Juan, sin prisa, mientras se levantaba. Hay que sacarse una foto.
¿Qué?
Hay que fotografiarse insistió, frunciendo el ceño. Ya viene Julián con su aparato
Tú haz lo que quieras, pero sácate una foto lanzó Ana, y salió orgullosa de la casa.

Sin mirar la cesta, Don Juan, con el semblante serio, siguió a su esposa.
Ana, ¿dónde estás? preguntó entrando en la vivienda. ¡Ana! No la encontró.

A los pocos minutos de pasos tambaleantes, la descubrió escondida tras la chimenea, aquel rincón donde de joven se ocultaba durante las discusiones. Ana tenía la cara entre las manos, sollozando en silencio. Lágrimas se filtraban entre sus dedos apretados como agua de colador, cayendo sobre el borde descolorido de su vestido.

Don Juan quiso abrir la boca, pero la garganta se le trabó. ¿Cuándo fue la última vez que pelearon así? ¿Hace veinte años? Tal vez. No había visto a su mujer en aquel rincón desde hace décadas, y ahora, sin razón aparente, el silencio los envolvía.

Ana la palabra, temblorosa, salió de su garganta como un susurro. Ané

Los hombros de Ana dejaron de temblar; bajó los brazos y miró al marido con los ojos llenos de lágrimas. Se acercó, apoyó la cabeza en su hombro y la barba del viejo se humedeció con la lluvia de su llanto. Apenas había empezado a sollozar cuando Ana, sin darle tiempo, le dijo:
Peina la barba mientras plancho la camisa

Julián llegó media hora antes, pero los ancianos ya estaban listos. Se sentaron a la mesa, y Don Juan jugueteaba con su barba, temiendo que el niño hubiera hecho alguna travesura. Ana intentó calmarle, pero la puerta del pasillo se cerró de golpe

Al caer la noche, ya en la cama, los viejos revisaban una a una las fotos. Una era pequeña y en blanco y negro: una jovencita rubia, con un ramillete enorme de flores silvestres, apoyada en el hombro de un hombre robusto de traje. Sus caras irradiaban felicidad, y detrás de ellos, en la pared de ladrillo, colgaba un letrero de cuatro letras: REGISTRO.

La otra foto era grande y a color. Allí, una anciana canosa apoyaba su cabeza sobre el hombro de su marido, mientras sobre la mesa reposaba un gran ramo de flores de huerto bajo el sol de agosto. Los rostros de los dos mostraban el mismo júbilo que en la primera imagen

Tenían otras imágenes, pero sólo en esas dos aparecían juntos.

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